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sábado, 17 de septiembre de 2022

La tan nombrada "rentrèe"


Después del "todo vale" veraniego, septiembre parece poner cada cosa en su sitio. La ilusión de improvisación, de rutina rota, de normas olvidadas, de dietas sanas y de lecturas "ligeras" empieza a desvanecerse y comenzamos con los planes para un nuevo curso, llenos de "altos y bellos" propósitos que seguramente, al menos yo, abandonaremos al girar la esquina. 

   En esta vuelta que tan elegantemente llamamos rentrèe, para que en francés nos resulte más llevadera, yo he preparado mi propia lista de "elevados objetivos" que poner en marcha lo antes posible. El primero es conseguir volver al blog; el segundo, recuperar antiguos autores que se quedaron olvidados en mi memoria personal. Así que, plumero en mano, me puse a desempolvar esa memoria literaria que suele perdérseme tan a menudo, y busqué mi próxima lectura.

   Conocí a Camen Laforet hace tanto tiempo que casi tuve que presentarme de nuevo, como si fuera la primera vez. Desde  Nada, no había vuelto a tener contacto con ella, hasta que llegó a mis ojos una antigua noticia del centenario de su nacimiento. Una cosa llevó a la otra y decidí volver a conocerla, pero en otra obra, sin recuerdos ni ideas preconcebidas. Me di de bruces con La isla y los demonios y no me lo pensé dos veces. Me la llevé a casa y le hinqué la vista nada más entrar por la puerta.

   Una adolescente de la isla de Gran Canaria, Marta Camino, esperaba en el muelle del puerto de Las Palmas la llegada de unos parientes de la península que pondrían su vida patas arriba. Era noviembre de 1938. A partir de aquí, con un ritmo tranquilo que parecía seguir los latidos de la propia isla, se fue desarrollando la historia, sin prisas, presentando a los distintos personajes, sus vidas, sus pensamientos, sus miserias. Poco a poco, ese ritmo fue cogiendo impulso, tal y como lo hacían las vidas de los protagonistas, y todo empezó a tomar fuerza.


   Comenzaron a asomar los auténticos sentimientos de los protagonistas, las encorsetadas normas sociales en las que vivían, las rancias costumbres y las falsas apariencias de una sociedad en decadencia a punto de salir de una guerra civil. En ese ritmo lento tan real, algo hace tambalear todos esos principios y, de forma inconsciente y casi inocente, se empiezan a descubrir las miserias que hay debajo de ese falso barniz brillante, y los miedos y angustias de los personajes, mientras un paisaje de leyenda lo envuelve todo formando parte de la historia como un personaje más. Es como si los sentimientos y reacciones de todos ellos se explicaran en parte por la gravilla de la lava, el caluroso viento de levante o las montañas donde habita el dios Alcorah. 

   Estos fuertes sentimientos son la auténtica sustancia de la historia; esas fuertes pasiones son las que dan origen a todo lo que sucede. Todo presentado sin alarmismo, sin dramas exagerados ni ruidosos. Ni siquiera en la desbordada Pino resultan estruendosas sus exageradas histerias. Es como si todo siguiera el compás marcado por el ritmo de la isla.


   Cuántas veces he buscado fuera, en literaturas lejanas, la grandeza que ya tenía en casa y que desconocía. Esta historia me ha vuelto a descubrir a una gran escritora que había olvidado injustamente. Gracias a ella, he reencontrado esa forma de contar que tanto me gusta, porque parece sencilla, cotidiana y cercana, pero que está llena de riqueza, de imágenes poéticas, de sinceridad y de belleza. 

   Cruzo los dedos para que el resto de propósitos de esta vuelta al cole empiecen con tan buen pie como estos dos que he conseguido cumplir.

domingo, 27 de marzo de 2022

Lo que yo encontré bajo este sofá


¡Qué manera de sacudirme por dentro! Lo que encontré bajo el sofá, de Eloy Moreno, me ha zarandeado, me ha apretado las entrañas y me ha hecho retirar la vista en algún que otro párrafo. Me ha dejado, en ocasiones, al borde del abandono, pero me he visto incapaz de dejar de leer. Su forma de contar me agarraba y me sujetaba tan fuerte que me impedía marcharme.

   Al terminar la novela, me doy cuenta de que no hay palabras grandilocuentes, ni gramática rebuscada, ni giros con efecto. No, hay un vocabulario conocido, utilizado cada día, increíblemente fuerte cuando sabes enlazar adecuadamente las palabras, tanto que te impacta de lleno, en el pecho, en las tripas... y que, a mí, me ha removido por dentro. Y, sin embargo, lo hace suavemente, con calma, como si una lengua de miel se fuera extendiendo poco a poco.

   Apenas hay capítulos como tales, sino pequeñas historias como reflexiones sueltas que se agrupan en bloques. Pueden ser del autor o de los personajes, y parecen escritas a vuela pluma y recogidas en una misma encuadernación. Pero no es verdad; al final, te das cuenta de cuánto tienen en común.

   De este autor, había leído Tierra, que me pareció original, y Diferente, que me arrancó lágrimas como puños, así que tenía que seguir conociéndole y descubriéndole. Y así llegué a esta novela, que me he puesto el corazón del revés al comprobar, una vez más, cómo puede cambiar una vida en un momento, con una decisión o con no tomarla.

   En estos últimos años, todos hemos experimentado cómo pueden cambiar las cosas de repente, o nuestra perspectiva de ellas, o nuestras prioridades. Alicia, la protagonista, también lo experimenta y nos lo cuenta paso a paso, al mismo tiempo que ella misma lo va viviendo y comprendiendo. No lo hace sola, por supuesto, hay mucha gente alrededor que la completa, y sobre todo, es la ciudad de Toledo la que le echa una mano. Todos los que la acompañan tienen sus decisiones escondidas, camufladas o ignoradas, y como cuentas de un rosario, van apareciendo a lo largo de la novela para darnos las pistas que lo explican todo.


   Publicada por primera vez en 2013, me ha asustado bastante ver que es totalmente actual. ¿Tan poco hemos avanzado? No he encontrado ni una sola línea que no pueda aplicarse a la sociedad de hoy. Las miserias humanas, las necesidades de justicia, las cobardías y el coraje están en el mismo lugar. Es verdad que algunos personajes se deciden a actuar, a impartir justicia a su manera. Y aunque, moralmente, sabía que ese no debería ser el camino, confieso que mi fuero interno ha sentido cierto placer al ver en el papel lo que yo he deseado hacer muchas veces.

   Son muchas las sensaciones que me ha despertado este libro, muchas cuestiones las que me ha planteado, hasta el punto de traerme de vuelta por estos lares, tan abandonados. Que me ha hecho pensar y sentir, es evidente. Que me va a hacer actuar, ojalá. En cualquier caso, a partir de ahora, me plantearé más a menudo la conveniencia o no de buscar debajo de mi  propio sofá.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Ay, viajar... siempre viajar

Quien me robó el mes de abril me ha robado también el verano. Se ha esfumado de repente, de un día para otro, como todo lo que ha sucedido este año. Y aquí estoy, una madrugada fría como todas las de septiembre, aturdida por el silencio sepulcral que ocupa la calle. Cualquier otro año, estaría llena de voces y risas de los que volvían de la verbena de turno, despidiéndose o decidiendo en dónde tomar el chocolate con churros. Pero hoy no, hoy solo se oyen los pitidos del móvil anunciándome ese maravilloso viaje a playas exóticas o a ciudades de ensueño. Porque estos días siguen llegando a mi teléfono los mensajes de las plataformas de viajes ofreciéndome auténticos chollos alrededor el mundo, que como gotas malayas, me recuerdan a donde no puedo ir. 
   Sin embargo, soñar es gratis, y muy fácil cuando eres lector empedernido. Así que sin querer rendirme, he tirado de memoria bloguera para rescatar los libros con los que he recorrido medio mundo, o casi. No todos los he encontrado en este maremágnum que tengo de blog, aunque habría jurado que los tenía bien colocados en su lugar correspondiente. Qué más da, recurriré a la otra memoria.
   El primero que me ha venido a la mente ha sido Corazón de Ulises, de Javier Reverte, probablemente por ser el último que leí de este tipo. O quizás, porque los últimos calores me piden mar y el encierro me pide sitios históricos donde otros vivieron antes historias increíbles. El caso es que con este libro visité los lugares que, en principio, pisó Ulises en su viaje de vuelta eterna desde Troya. Y desde aquí hasta Ítaca, el Mediterráneo clásico no tuvo secretos. Visité Ítaca, Alejandría, Éfeso, Atenas, Creta, Micenas, ¿qué más se puede pedir?
   Después se agolpan de repente otros títulos que no recuerdo si he reseñado o no, pero que me veo incapaz de buscar en los listados del blog. Por eso, he tirado directamente de técnica táctil y, con el dedo índice, he ido deslizando la pantalla hasta encontrar el siguiente título que os presento. En Arcadia, de Ian Pears, los protagonistas viajan a un mundo fantástico simplemente atravesando una puerta, además de a otros lugares que es mejor no desvelar porque os espachurraría la historia. Lo que sí os digo es que me sorprendió la forma de recorrer épocas y mundos en esta novela. Yo ahí lo dejo.
   He seguido buscando en el totum revolutum de entradas, pero no encontraba las que estaba "casi" segura de haber publicado, "prácticamente" convencida de haber reseñado y "a punto" de poner la mano en el fuego de haber compartido. ¿Qué tal si voy directa a las que sé que están ahí? Cambio de tercio y me decido por otro tipo de viaje: el literaturario. Con Testamento de un libro, de Abdellah Baïda, recorro los siglos de vida del Libro, así, con mayúsculas, contada por él mismo: su nacimiento, sus momentos de gloria y horror, de decadencia y de miedo a desaparecer. En resumen, un viaje a través del tiempo donde conocer momentos cruciales de la literatura.
   Por último, me he encontrado con una estupenda sorpresa, un antigua entrada que preparé en mis primeros días de bloguera aprendiza y que pretendía convertirse en la primera de una serie de futuras camaradas. Con la novela Tiempo de cenizas, de Jorge Molist, preparé un itinerario por Roma siguiendo algunos de los puntos más importantes de la historia. Como esta ciudad nunca, pero nunca, defrauda, pude recorrer la Roma de los Borgia por las calles y plazas donde lo hicieron los protagonistas.
   No he conseguido dar con algunos otros títulos con los que he recorrido lugares increíbles, pero se han despertado las memorias de algunos otros que también me hicieron viajar y a los que me gusta volver, de vez en cuando, para recordar algunos de sus pasajes. 
- La casa de vapor. Viaje a través de la India septentrional. Julio Verne.
- La guía de viaje al Egipto de los faraones. Christian Jacq.
- Viajeras intrépidas y aventureras. Cristina Morató.
- El viaje de la reina. Ángeles de Irisarri.
   
Siguiendo estos viajes astrales míos, tengo que añadir uno muy particular que he vivido gracias a Gabi Martínez y su Un cambio de verdad. No ha sido el típico viaje al uso de visitas y fotos, pero sí uno de descubrimientos, en el que el autor decide volver a los orígenes de su familia materna en Extremadura y experimentar la forma de vida de los pastores de la zona. Lo llaman nature writing, yo lo llamo crónica perfecta y mágica sobre un sistema de vida y el paisaje al que va unido. Pero esto espero contároslo más adelante.
Ahora me despido con mi viaje actual, Un otoño romano, de Javier Reverte, porque necesito despedir a este verano fugaz con un paseo tranquilo que me deje saborear una de las ciudades de mi vida. Hasta la vuelta.

lunes, 27 de abril de 2020

Diario de una crisis. El olvido

¡Qué tentador! ¿Verdad? Poder olvidar lo que nos incomoda: los momentos de ridículo absoluto, de "tierra, trágame", de meter la pata hasta la cintura. Y qué decir de los momentos de dolor, de desengaño, de angustia. Pero ¿luego, qué? ¿También los incómodos, los que nos avergüenzan?


   En una de mis últimas lecturas, El encuadernador, de Bridget Collins, hay libros que se encargan de "rescatar" a la gente de sus malos recuerdos (de los buenos, nadie quiere ser rescatado, aunque los vayamos perdiendo con la edad y los desengaños), de ¿liberarla? de pesos y arrepentimientos. Sin embargo, ¿es correcto?, ¿es ético?, ¿es saludable para el rescatado? Todo esto se pregunta Emmet Farmer, el protagonista. De repente, se ve obligado a trabajar como aprendiz de encuadernador, una profesión que despierta miedo y rechazo. Cualquier cosa relacionada con los libros está llena de superstición y de leyendas oscuras. Sin embargo, su familia se lo ofrece como remedio para su "enfermedad", una enfermedad de la que nadie quiere hablarle.

   La primera parte de este libro me entusiasmó. Estaba llena de misterio, de esas frases que me gusta anotar en mi libreta porque me hacen reflexionar, de personajes interesantes que sabes que te ocultan cosas que estás deseando descubrir. El lenguaje era poético y, al mismo tiempo, ligero y asequible. Las descripciones de sentimientos y, sobre todo, de paisajes era muy plástica, muy hermosa, y te unía a unos personajes que contaban con sus propios rasgos y personalidades. La historia iba añadiendo datos, poco a poco, dando las pistas justas para crear ese misterio y esas expectativas que me tenían tan enganchada. Y de pronto...
   
Imagen tomada de Internet
De pronto, me encuentro con un giro en la trama que me descoloca. Según avanzo voy viendo las intenciones de la autora. Creo que sé por dónde van sus tiros y me tranquilizo. Vale, ahora voy a empezar a descubrir el porqué de la enfermedad de Emmet. Bien de acuerdo. Pero aquello avanza sin muchas alegrías. El lenguaje ha perdido color y fuerza, las frases "lapidarias" empiezan a escasear, los personajes van transformándose en arquetipos y, en el trascurso de la historia, el argumento se hace cada vez más previsible y empiezo a sospechar el resultado. Efectivamente, lo que imaginaba, pocas sorpresas.
   Llega la tercera parte, y aquí la voz cantante la lleva otro personaje. Pero la línea descendente continúa cuesta abajo, y no encuentro nada nuevo que me sacuda, nada que me sorprenda. Al menos, la trama está entretenida y me mantiene el interés lo suficiente para quedarme hasta el final. El final es correcto y cierra bien la historia, con lo que me queda un buen sabor de boca a pesar de la decepción sufrida.
   ¿Conclusión? En estos días en que todo lo analizo y sobre todo reflexiono, esta lectura me ha hecho pensar de lo lindo: en cuánto tendremos que olvidar para poder salir adelante; en cuánto deberemos recordar para no volver a caer en los mismos errores... en cuánto vamos a ser capaces de perdonar.
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jueves, 2 de abril de 2020

Diario de una crisis. Días de lluvia y soles

Y encima, casi siempre llueve. O solo asoma el sol a veces.  Es cierto que los días de lluvia invitan a quedarse en casa, calentitos, bajo la manta, disfrutando de un buen libro. Pero a mí, "antes", si la lluvia caía lenta, con calma, y era suave y templada, me gustaba dar un paseo a media tarde por una calle poco concurrida y escuchar su sonido sobre el paraguas.
Evidentemente, "ahora", eso es imposible, así que me he quitado el antojo buscando en internet este sonido tan relajante para mí, y lo escucho mientras recorro las estanterías maternas buscando lecturas que vengan bien con este día.
He desempolvado unas cuentas: algunas me han venido a la mente de golpe; otras, las he encontrado por casualidad.



Jane Eyre. Charlotte Brontë.
Cumbres borrascosas. Emily Brontë.
Vinieron las lluvias. Louis Bromfield.
Rebeca. Daphne Du Maurier.
Nieve en abril. Rosamunde Pilcher.
Los gozos y las sombras. Gonzalo Torrente Ballester.





   Jane y Charlotte fueron mis primeras amigas literarias. Con Jane Eyre me bauticé en la literatura "adulta" y quedé tan enamorada de esta novela que la leí tres veces seguidas, para repasar después los párrafos que más me habían impresionado.
   Con Cumbres borrascosas fue distinto. Había visto varias versiones cinematográficas bastante buenas y una serie de la BBC muy bien adaptada, y ¡claro!, como me suele pasar, me costaba mucho lanzarme a por la novela. Hace un par de años me decidí por fin y aún sigo dando gracias.
   Vinieron las lluvias fue una novela que mi madre compró en Círculo de Lectores cuando yo no era más que una mocosa. Enamorada hasta la médula de Tyrone Power, ella (mi madre) devoraba su historia sentada en el balcón de casa durante las tardes grises y frías de marzo, mientras yo miraba la cartelera del cine de enfrente donde el actor acaparaba el enorme cartel que publicitaba la película de la Fox.
   Y qué decir de Rebeca, de ese impresionante Manderley en blanco y negro, cuyas ventanas eran azotadas por la tormenta mientras Mrs Danvers susurraba siniestra al oído de Jane Fontaine. Pasó mucho tiempo hasta que me decidí a leer la novela y, aunque no pude librarme de las imágenes creadas por Hitchcock, fui capaz de disfrutarla como nunca.
   Nieve en abril me saltó a los ojos prácticamente al empezar el recorrido por las estanterías. Era evidente que venía al pelo para esta entrada. A esto había que añadir la paz que me producen las novelas de Rosamunde Pilcher; su habilidad para hacerme sentir como en casa cuando visito a sus protagonistas siempre me sorprende, sea cual sea la historia. Este viaje a Escocia de Carolina, la protagonista, es uno más de los típicos melodramas Pilcher que tanto me entusiasman, y al igual que el resto, esconde un genial retrato de los diferentes sentimientos y comportamientos humanos, perfectamente aderezados de costumbrismo.
   Los gozos y las sombras no podían haber existido sin ese chirimiri perpetuo que envuelve el relato y que le da esa media luz a los caprichos del cacique del pueblo y al poder de la rancia nobleza que representa "la vieja" Doña Mariana. Si queremos retratos costumbristas y crítica social, pocos hay que hilen tan fino como Torrente Ballester.
   
   Hoy parece que ha salido el sol, pero como volverá la lluvia, es posible que me apetezca repasar alguna paginilla de alguno de ellos.

domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de una crisis. Héroes

Es tiempo de héroes, grandes y valientes, a los que aplaudimos todos los días desde los balcones para que sepan lo agradecidos que estamos. Y también de héroes modestos y con miedo, pero dispuestos a ayudar como puedan, quedándose en casa, cumpliendo las normas, cuidando de los suyos.
   Y es que hay muchas formas de ser valiente, de enfrentarse a los problemas, de no resignarse. Hace unos días os hablaba de La colina del Almendro y de su protagonista, Mary Ellen, y su lucha contra lo que le tocó vivir. Hoy os hablo de Circe, de Madeline Miller, y de su especial manera de revelarse contra su destino.


   Es cierto que Circe no era una mujer cualquiera. Hija de dioses, amante de Ulises, entre otras cosas, dominaba las artes de la magia. Pero, precisamente esto era su calvario. En esta magnífica novela, Miller da vida a una heroína que lucha y se sobrepone a su destino, y lo hace con una carga propia de la que no puede librarse, porque está en su propia naturaleza. La dota de conciencia, algo de lo que solían carecer los dioses, y la hace evolucionar a lo largo de la novela. Vemos como la Circe niña pierde sus ilusiones y su inocencia y se vuelve desconfiada y solitaria. Como ocurre con otras heroínas, cuando parece que no tiene salida y que lo lógico es rendirse es cuando se muestra más fuerte y más decidida.
   El hilo conductor de esta historia son las propias reflexiones de la maga, el repaso que hace de su vida y de las decisiones que ha tomado, de los hombres que ha conocido y de las personas que la han lastimado, pero también de quienes la ayudaron y la amaron. Es mujer antes que maga o que diosa, y actúa más por su corazón que por "cólera divina". 
   Había leído muchas cosas sobre este personaje mitológico, pero nunca lo había encontrado tan humanizado y tan creíble. Un gran trabajo el de Madeline Miller, lo mismo que el de Alanza Editorial, con una edición cuidadísima que da gusto tener entre las manos. Y no digo nada ya del regalo con el que venía acompañado. 
   En estos días de héroes, y heroínas, esta puede ser muy buena lectura. 

domingo, 1 de diciembre de 2019

La escritura como salvación.

La señora Hopgood es una mujer decidida. Es sincera, bastante directa y sin miedo a mostrar sus sentimientos. El señor Larsen es más tímido, menos lanzado y siempre muy correcto. Yo, siempre deseosa de buenas historias, me he enamorado de los dos.
   Todo empieza cuando Tina Hopgood decide escribir al conservador del Museo de Silkeborg, en Dinamarca, interesándose por el Hombre de Tollund, un señor de más de 2.000 años, perfectamente momificado y custodiado en dicho museo. Ella sabe que algo no funciona en su vida e inicia una especie de "terapia epistolar" con el señor Larsen, el actual conservador: "Por favor, tenga en cuenta que escribo para dar un sentido a mi vida". 
   El señor Larsen, más hermético y menos lanzado, también siente que algo no va del todo bien, pero le cuesta más darse cuenta de ello y entrar en el juego terapéutico, aunque poco a poco terminará por sentir el bálsamo de esa correspondencia y, pronto, el "querido señor Larsen" irá descubriendo las inquietudes de la "estimada señora Hopgood", y compartiendo con ella recuerdos, rutinas diarias, estados de ánimo, esperanzas y arrepentimientos. 
   En Nos vemos en el museo, Anne Youngson ha conseguido que me sintiera testigo de todo este proceso, que me encariñase tanto de Tina y Anders que les echara de menos al llegar el final. No tengo ninguna duda de que todo es gracias a la naturalidad con la que la autora nos cuenta la historia y a su lenguaje cercano y expresivo, que le da a la novela ese aire de sinceridad que te engancha desde el principio. 
Para mí, la magia de esta novela está en sus protagonistas, pero no solo en ellos. También encontramos sesudas reflexiones sobre el comportamiento humano, sobre las imposiciones sociales con las que vivimos o a las que decidimos enfrentarnos y, lo que nunca deja de sorprenderme, la conexión que podemos llegar a sentir con alguien lejano mientras que somos incapaces de comunicarnos con quien tenemos al lado.
    Son muchas cosas las que se pueden disfrutar de esta novela; seguramente, cada lector encontrará las suyas. Yo me quedo con mi conexión con los protagonistas, con verlos evolucionar en cada carta y con esa curiosidad que me despertaron acerca de ese Hombre de Tollund que, tan apaciblemente dormido, no es consciente de cómo ha contribuido ha cambiar sus vidas.

domingo, 3 de noviembre de 2019

El cumpleaños secreto. Un excelente guion

Me ha ocurrido una cosa muy curiosa: había olvidado por completo haber leído esta novela. ¿Os ha pasado alguna vez? A mí no. No así. Si en alguna ocasión empezaba una lectura que ya había pasado por mis manos, a las tres o cuatro páginas, la recordaba y la localizaba. Sin embargo, esta vez no ha sido así. No he sabido que ya la había leído hasta que me he encontrado con la reseña que escribí hace seis años para este blog: Kate Morton y la ternura. ¡Qué curioso lo que hace el paso del tiempo! Tras leerla, mis impresiones no se parecen en nada. Podéis comprobarlo vosotros mismos  si os apetece.
  En esta ocasión, ha vuelto a mí esa sensación que tengo hace tiempo de que muchas novelas actuales parecen más un guion de cine que una auténtica novela. Escenas y personajes metidos en un argumento, más o menos interesante, misterioso o vertiginoso, perfectamente descritas para ser llevadas a la pantalla. No es que sea malo, simplemente es diferente.
   En el caso de El cumpleaños secreto he tenido esa misma sensación, como si Kate Morton me estuviera contando el guion que había preparado para la Paramount o la Metro: un drama en blanco y negro que, perfectamente, podría haber estado interpretado por Jane Terney o Hedy Lamarr. Y no solo por transcurrir uno de sus hilos temporales durante la Segunda Guerra Mundial, sino por la intensidad de la historia, el bagaje de los personajes y la forma en que se cruzan sus vidas; por el peso de los recuerdos y del pasado.
   Kate Morton siempre consigue que siga leyendo, aunque a veces tuerza el gesto por algún truco utilizado para engancharme. A veces, me agota su forma de alargar una escena para crear tensión, de dar vueltas entorno a algo que va a suceder pero que no termina de cuajar, a ese "rumiar" un pensamiento, a ese insinuar sin concluir. Sin embargo, todo se me olvida con su forma de dar vida a los protagonistas, de hacerlos tan creíbles, de hacer que les coja cariño o antipatía. Y, sobre todo, esos secretos familiares que, de repente, alguien descubre y que abren la caja de los truenos y ponen patas arriba las vidas de los implicados, todo bien combinado en dos hilos temporales (o los que hagan falta) para reconstruirnos determinada época, determinadas costumbres y determinadas formas de pensar y sentir.
   
Imagen tomada de Wikipedia
   Así es como la autora me ha contado la historia de Dorothy, Vivian y Lauren. De como esta última necesita descubrir la verdad de un crimen que presenció en su adolescencia y que, ahora, con la enfermedad de su madre, adquiere un protagonismo que ella había tratado de esconder a lo largo de los años. La descripción de los escenarios creados por la guerra, de las situaciones a las que se veían empujadas muchas personas, también de su forma de evadirse de todo, se presentaban ante mí con ese halo casi mágico del cine de los años 50. La equilibrada alternancia de los dos hilos temporales me aligeraba ese "remolonear" ante algunos acontecimientos; hechos que iban explicándose unos a otros mientras saltaban del año 1941 al 2011, y que me permitían ir conociendo, al mismo tiempo, a los protagonistas de ambas épocas. 
   Siempre me ha gustado la forma de escribir de la autora, que me hace tan fácil leer sus novelas. Esa manera tan cálida y sencilla de describir, de crear imágenes, de contar. Esos finales que parecen cerrar un círculo y que dejan buen sabor de boca. A pesar de que he vuelto a encontrarme con una de esas novelas "cinematográficas" de las que hablaba al principio, en esta ocasión, la he recibido con cariño y le he agradecido que me recordase aquellas películas en blanco y negro tan elegantes y cuidadas que veía cuando era niña.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Pánico

Pánico a no ser capaz de contar, a no poder escribir, a haber perdido sensibilidad ante la lectura, a no poder transmitir, a no identificar los matices y guiños de los escritores... Pánico a miles de cosas. Cada vez ha sido más difícil pasarme por aquí a contaros mis impresiones sobre un libro. Quejarme me resulta más fácil, lo cual me preocupa muchísimo porque puede convertir esto en un paño de lágrimas. De hecho, dando un repaso rápido por algunas de mis últimas entradas, me he visto dentro de un bucle, un círculo vicioso que me alejaba una y otra vez del blog.
  
         


   Como quiero derrotar ese terror y volver a mis buenas costumbres "blogueriles", empezaré paso a paso, despacito y con buena letra. Por eso, creo que es mejor que os haga un resumen de lo leído este verano, una visión de conjunto, antes que meterme de lleno en una "sesuda" entrada.
  Vamos a ver. Si no recuerdo mal, mi verano empezó abandonando un libro, algo no muy alentador, y que me hacía muy difícil volver aquí a explicar los motivos. Además, tanto la novela como su autor contaban con muy buenos comentarios y críticas en la blogosfera, especialmente entre blogueros a los que tengo muchísimo respeto y de los que me fío un rato largo. Así que aquí fue cuando empecé a dudar de mi criterio y a titubear a la hora de contar lo que pensaba. Resultado: no escribí la reseña.
   El libro en cuestión era El mapa del tiempo, de Félix J. Palma. Y es que no conseguía creerme la historia, el argumento no terminaba de engancharme y ni lo que contaba ni los personajes me convencían. Dejé de leer. Hasta que después de un tiempo, lo terminé por "honrilla", tras haber "colado" en el intervalo una lectura bastante interesante.
  Fueron Joaquín Leguina y su Domicilio familiar los responsables de ese intervalo. En este libro, me presentaba a su familia, y al mismo tiempo se presentaba él. Y me resultó de lo más interesante descubrir su bagaje personal, su "mochila". De una manera bastante austera, creo, sin florituras literarias ni mucha grandilocuencia, desgranaba su árbol genealógico mientras me explicaba cómo había sido la vida durante aquellos años, o cómo la recordaba al menos, que en eso me pareció bastante honesto. Pero a pesar de disfrutarla, seguía teniendo delante de mí esa maldita pendiente que, en mitad de una escapada veraniega, me hizo abandonar una posible reseña.
   

Decidí olvidarme por un tiempo de diseccionar la lectura y volver a leer como cuando era niña, sin analizar, sin escudriñar, sino recibiendo la historia como venía, empapándome de ella, sin más. Y me lancé a por la segunda parte de una trilogía, Guardianes de la Ciudadela, que había llegado a mis manos sin querer, ya que la había comprado para completar un lote con el que me había comprometido hacía tiempo. Como veis, una razón "de peso". Pero estaba ahí, tan sugerente; parecía tan fácil y sencilla. ¡Qué sorpresa! Disfruté de El secreto de Xein, de Laura Gallego, como en mi más tierna infancia y adolescencia, sin complejos, sin juicios. Me enganchó tanto que me hice con la tercera parte La misión de Rox (ir también a por la primera ya me pareció excesivo). Pero no solo me atraía el argumento, un mundo amenazado por todo tipo de monstruos donde una élite de guerreros vivía exclusivamente para vencerlos y donde el resto moría sin remedio cuando esa élite fallaba, que me parecía de lo más original, sino también los personajes. Me encariñe enseguida de ellos e incluso le hice ojitos a uno de los guardianes "matamonstruos". En fin, toda una aventura que me reconcilió con mis criterios, pero desgraciadamente no con el blog. No fui capaz de escribir más líneas que estas que os pongo aquí. El bloqueo seguía.   
   Le eché la culpa al verano, a las vacaciones, al trasiego de ir de la Ceca a la Meca todo el tiempo sin un mínimo de rutina; y seguí mi camino lector, segura de que llegaría el momento en que podría volver a compartir. Y así pasó julio. 
   Pasaron por mis manos Rialto 11, de Belén Rubiano; magnífica, con la que me divertí muchísimo y aprendí más, con la que conecté, pero de la que seguía sin poder transmitir los guiños, las virtudes y los elementos que me habían hecho disfrutarla tanto. La página en blanco seguía intimidándome. También le hinqué el diente a Un misterio en París, de Gascon Leroux que, gracias a mi librería de barrio, encontré pegadita a Patricia Brent, solterona, de la que espero poder contaros el resultado final si sigo dando pasos hacia "la reseña completa".
   
   Un misterio en París fue entretenida, no le vi mayores pretensiones que servir al público al que iba destinada. Una novela que me sirvió para darme cuenta de cómo ha cambiado la novela policíaca desde principios del siglo XX, y también lo que atraía a los lectores de antes y a los de ahora. ¡A veces resultaba tan ingenua! La falta de reseña de esta novela ya fue simple vaguitis. No puedo inventar ninguna escusa, desgraciadamente.
   

   Y llegó el turno de Patricia Brent, solterona, de Herbert George Jenkins, sus problemas frente al mundo, frente a las normas y prejuicios sociales, frente a ella misma. Y me enamoró. Y me hizo romper un poco la maraña. Y me despertó las ganas de contar, aunque fuera tímidamente.
   Y aunque estas vidas azarosas que llevamos, más la pereza y el cansancio, más algún que otro miedo al blanco me han tenido fuera de juego unas semanas, espero poder ofreceros muy pronto una reseña como Dios manda sobre esta genial novela. Patricia no se merece menos. Hasta pronto.

domingo, 9 de junio de 2019

El taller de libros prohibidos

A veces es provechoso volver los ojos al pasado, pero soñar con recuperarlo siempre es devastador.

Encontrarme con una novela sobre libros y, además, prohibidos era un caramelito difícil de rechazar. El argumento de una mujer, viuda, al frente de un taller de encuadernación, en la España de Felipe II, era demasiado tentador para mí y, cuando empecé a leer, lo hice con tales expectativas que, quizás por eso, la terminé con un pellizco de desilusión.
   El argumento no defrauda en absoluto, eso que quede claro. Las aventuras que vive Inés Ramírez cuando tiene que hacerse cargo del taller de encuadernación de su difunto marido son dignas de la mejor novela negra. En una época donde la Inquisición tenía el brazo muy largo, donde todo y todos eran sospechoso de herejía y donde las mujeres apenas podían ni respirar, Inés decide mantener el tipo contra viento y marea y lidiar ella solita con los problemas que le acarrea el descubrimiento de los tejemanejes que se traía su "difunto", además de intentar mantener en pie el taller y plantar cara a una sociedad retrógrada y supersticiosa. 
   La autora, Olalla García, recrea muy bien la sociedad de la época. Las costumbres sociales, la vida en los talleres, el funcionamiento de los gremios, las leyes y los hombres que los dirigían, todo está estupendamente descrito para que podamos hacernos un retrato mental de cómo se vivía a finales del siglo XVI. Entonces, ¿por qué se va todo al garete con "pecados" lingüísticos actuales? Vicios tan de hoy como "el camino a tomar" o "la puesta en común", me dejaban bastante ojiplática al encontrarlos justo al lado de un "malhaya" o un "mentecato". 
   A esto se unía la sensación de que me estaban quitando párrafos. De repente, o los personajes empezaban a hablar de algo que parecía que acababa de ocurrir, pero que yo no había leído por ningún sitio; o eran otros personajes diferentes los que se me presentaban de golpe sin que hubiera la más mínima señal de haber cambiado de escena. Inés no solo luchaba contra su época, sino también contra la mala edición de la mía: párrafos seguidos que no se correspondían y erratas que salpicaban demasiado a menudo la lectura. 
   A pesar de todo, ella y yo seguimos adelante, cada una frente a sus "enemigos". La trama se fue desarrollando paso a paso. Los peligros, los descubrimientos, las conspiraciones, hacían que la novela fuera muy muy entretenida. Se saboreaba en toda la historia el trabajo de investigación y documentación. La descripción de cómo funcionaba el taller del maestro Juan Gracián, de cómo recalaron en España los impresores franceses, de cómo funcionaban estos gremios, etc. me curaban las heridas de esa edición tan dañina y me reconciliaban con la novela.
   Los misterios y secretos de los protagonistas me animaban a saber más sobre su futuro en la historia. Aunque no fuesen unos personajes muy profundos, cumplían su papel a la perfección, y no necesitaban más aristas que las que mostraban para enseñarme de qué iba el asunto y lo que se podía esperar de ellos. E incluso alguno que otro me dio una buena sorpresa al tener a sus espaldas un pasado que no esperaba.
   Y así fue como llegué al final: con algunos momentos en que parecía adormecerse un poco la trama y otros en que cogía velocidad y resolvía las "cuitas" en menos que canta un gallo; disfrutando mucho con los detalles de talleres, gremios, impresión y encuadernación, y cabreándome como una mona cuando la edición me arreaba un zasca; en tensión cuando los protagonistas estaban en un tris de caer por el precipicio y enarcando las cejas con alguna que otra afirmación sobre las costumbres de la época que jamás había oído. 
   Pero, al cerrar el libro, cuando hago el balance general, lo que me importa es el gusto que me ha dejado y que paladeo a pesar de los pesares. En este caso, es justo decir que el dulce venció al agrio.

domingo, 31 de marzo de 2019

Esperando a Murakami

Ojalá pudiera echármelo a la cara, le diría cuatro cosas bien dichas. Don Haruki me ha dejado con dos palmos de narices. La muerte del comendador libro 1 es, literalmente, el libro 1. No es la primera parte de una duología, ni hablar, es un primer tomo, como si se tratase de una enciclopedia. El señor Murakami parece haber partido por la mitad el manuscrito original (me resulta tan frío pensar en un archivo de ordenador) y haber enviado cada mitad por separado a la editorial. Mi cara de panolis al girar la última página se hizo mayor cuando me decidí a leer la contraportada: "En este primer volumen...". Ahí estaba, primer volumen. Eso me pasa por no leer las contras de los escritores en quien confío. Ahora me toca esperar a que llegue el segundo volumen, la otra mitad, para saber cómo nuestro protagonista va a afrontar la revolución que está experimentando su vida. 
   Hasta ahora, ha conseguido sobrellevar su divorcio y el cambio de dirección de su carrera, dedicada a hacer retratos de grandes empresarios del momento, de una forma nada convencional e insuflándoles una alma que le convierten en el mejor de su campo. Hasta ahora, está afrontando con bastante dignidad todos los giros rocambolescos de su vida: sus dos amantes, su aislamiento en la casa de un prestigioso pintor tradicional japonés, el descubrimiento de un inquietante cuadro en el desván de la casa, el encuentro con el señor Menshiki. Hasta ahora, se ha visto envuelto en unos acontecimientos de lo más extraños y sortea como puede las sorpresas con las que se encuentra a cada paso. Hasta ahora.
   ¿Y cómo va a seguir haciendo todo esto conforme se están desarrollando las cosas? Ah, pues eso es lo que don Haruki ha decidido dejar en la otra mitad, a la que tendré que esperar con calma y paciencia oriental. Aunque no sé si lo conseguiré, porque el autor me ha sorprendido tanto con esta novela que necesito saber ya cómo termina.
Imagen tomada de la revista De Zeen
 
   La he encontrado muy distinta de lo que he leído hasta ahora de él, pero puede que no haya leído lo suficiente, la verdad. Pero no os alarméis, sigue manteniendo sus rasgos más característicos: esa mezcla entre tradición y globalización, esa disección del sexo como si fuese un cirujano, ese detenimiento en la descripción de los detalles, esa torpeza social que parecen tener sus protagonistas, esas sacudidas que arrea cuando empiezas a acomodarte en la lectura. 
   Sin embargo, le he notado especialmente distante con algunos momentos importantes de la vida del protagonista; frío en la narración de escenas que piden a gritos fuertes sentimientos: el arte, el amor, el sexo, la pasión. Hasta que aparece el cuadro, La muerte del comendador, y entonces destila sensaciones, se implica emocionalmente, y todo cambia: lo irreal coge protagonismo, el baile entre sueño y realidad se hace fuerte, los personajes se vuelven más enigmáticos. Y entonces es cuando me atrapa definitivamente. Me enamoro de sus descripciones: "sonrisa de media luna", "rasgos que intentan romper la armonía"; y me sorprende con sus personajes: la madurez de unos, la franqueza o la parsimonia de otros. Y esa música que lo inunda todo.
   Y es que Murakami nunca me deja indiferente. Me engancho a esa cruda realidad que alterna de golpe con las cosas más extrañas, a esos personajes que, a veces, me dan ganas de zarandear para que espabilen, a su forma de contar, impactante pero sin tremendismos.
   Así que, aquí estoy, esperándole, llenando el intermedio con otras lecturas y echando la vista atrás de vez en cuando para estar bien preparada cuando vuelva.

domingo, 17 de febrero de 2019

Serindipia = Disfrutar

Puede que haya sido porque ya sabía que tras Alice Lovelace se escondía Serindipia, pero en este libro de fantasía me he encontrado con muchos de los guiños de nuestra querida Mónica Gutiérrez. Están sus diálogos ingeniosos, sus toques de humor irónico y a veces sarcásticos, los datos históricos bien encajados en la trama, hasta la presencia del té.
   En esta ocasión, los vampiros, los superhombres y los seres humanos conviven en un equilibrio más o menos estable, vigilándose los unos a los otros y manteniendo el cumplimiento de unas normas muy precisas, hasta que nuestra protagonista, Grace, aparece en escena. Ella parece tener un "don" que todos quieren y por el que están dispuestos a romper todas las reglas si es necesario. Solo estará a salvo gracias a uno de los mandamases vampírico. Y hasta aquí puedo leer... porque el resto solo tiene gracia si lo descubre uno mismo.
   Me chiflan los relatos fantásticos contados como si fuesen una historia cotidiana más, los hechos increíbles incluidos en el día a día con toda normalidad y los personajes extraordinarios paseándose como si tal cosa por la trama. Cuando eso se hace bien, se hilvana con maestría y se presenta con naturalidad se consigue una novela que te atrapa desde la página cero.
   
Porque así he estado yo con este libro: atrapada. Desde que abrí Cuéntame una noctalía (aquí tenéis la reseña), su primera novela, siento algo adictivo con los libros de Mónica, algo que me mueve a aferrarme a su lectura y no querer soltarla. Para mí, se debe a su lenguaje cercano, a su vocabulario rico y expresivo, a su fuerza para describir determinadas situaciones y sentimientos. 
   En realidad, en este caso creo que la trama ha sido lo de menos, aunque no deje de ser muy interesante y muy entretenida, y llena de imaginación. Pero lo que realmente me atrapaba era ver cómo los personajes se enfrentaban a lo que les estaba sucediendo, a lo que trastocaba su vida cotidiana, a lo que descubrían de los demás y de sí mismos. Nuestra protagonista es una mujer fuerte, decidida e independiente, como todas las mujeres "serendipia" y, por eso, no se comporta como los demás le piden, y por eso también no le sirve cualquier galán. Este tiene que ser inteligente, con personalidad y con valores.
   
Confieso que, cuando empecé a leer, me parecía estar ante una novela de corte juvenil y mi vena adolescente salió a la luz para disfrutar como una quinceañera con la historia de nuestra protagonista. Sin embargo, según iba encontrando los "guiños" de la autora, iba disfrutando más mi parte adulta, mi lado literario e historiador. Su romanticismo no es solo de tipo amoroso, sino también literario. Los cementerios, los castillos medievales,  las noches de luna llena, una buena tempestad, el bien y el mal que aparecen a lo largo de la novela los habrían elegido encantados Becquer o Espronceda. 
   Nuestra protagonista, Grace, tiene un secreto que la convierte en blanco de las distintas facciones que habitan Londres. Poco a poco va descubriendo para qué está destinada, de dónde viene, y como mujer valiente que es, decide tomar el control de la situación. En ocasiones, la trama podía parecerme previsible, pero era tan emocionante la forma de contar lo que ocurría, que me era imposible despegarme del libro. 
   Y una vez más, tras un libro de Mónica Gutiérrez, mi problema fue encontrar una buena lectura que me ayudara a desengancharme.
   ¡Qué cabeza la mía! Me olvidaba de esas magníficas entradillas que nos abren las ganas de "hincarle el diente" al capítulo. Son geniales. ¡Descrubidlas!

domingo, 10 de febrero de 2019

La Tigresa y el Acróbata


Hay veces que necesito cambiar el tercio de mi lectura. Cuando enlazo novelas que solo me entretienen, el cuerpo me pide sacudidas; tampoco demasiado fuertes, no hace falta exagerar, pero sí algo que me despierte, que me estimule. En esa búsqueda, mientras pasaba el dedo por el listado de libros que me ofrecía la tienda online, me encontré con Susanna Tamaro y, por mi experiencia, supe que no me defraudaría.
   La portada que tenía delante era de un azul plomizo, pero que me resultaba tranquilizador. La imagen era la de un tigre que se paseaba por ella majestusoso y, bajo el título, una leyenda decía: "Entre la libertad y el poder, he elegido la libertad". Y así fue como, con el espíritu dispuesto a emocionarse, empecé a leer La tigresa y el acróbata. 
   Siempre me ha sorprendido la fuerza de los sentimientos que esta escritora, aparentemente tan frágil, imprime en sus libros. Con un lenguaje sencillo, lleno de poesía y de plasticidad, crea una maravillosa fábula para hablarnos de las cuestiones importantes de la vida. A través de las vivencias de una tigresa, la autora nos ofrece toda una cadena de reflexiones éticas y morales sobre la propia existencia, sobre nuestro destino, sobre nuestra capacidad real de poder elegir o si, por el contrario, seguimos unas normas impuestas desde siempre.
   Vale, sí, dicho así "da miedito"; suena pomposo y muy sesudo. Seguro que algunos habéis salido "por por patas" del blog. Pero nada más lejos. Es una fábula, una de esas bonitas fábulas que leíamos de niños en el cole, protagonizadas siempre por animales y con su moraleja y todo.
   Este hermoso y temible animal nos cuenta su vida con mucha naturalidad, casi con inocencia. Desde su nacimiento y los primeros días de vida junto a su madre y su hermano, ella siente que no es cómo los demás. Aprende las "mañas" propias de su especie, presta atención a las enseñanzas y consejos de su madre, pero sus ganas de saber siempre el porqué de las cosas, su gran curiosidad, parecen ir contra su naturaleza, ir más allá de lo que se espera de ella, de lo que se supone que debe hacer. 
"¿Se puede vivir fingiendo ser algo que no eres? Renegar de la propia naturaleza para ir al encuentro de una nueva de la que no conocía el rostro.
(...)
¿Una abeja sabe porqué es atraída por la flor? De repente, una energía misteriosa te llama y no puedes resistirte a su voz. Lo que a otro le parece locura, a ti te parece el único camino que recorrer".

  Tenía claro que Susanna Tamaro se había propuesto hacerme reflexionar sobre lo que siempre ha preocupado al ser humano. Así que recogí el guante y me acomodé para disfrutar de sus recursos literarios: sus elegantes metáforas, su lenguaje poético, su ternura. La autora había elegido a un animal poderoso y temido, que lo tenía fácil para seguir sus instintos y vivir cómodamente según su naturaleza. Sin embargo, la tigresa "necesita" descubrir lo que hay más allá de la línea por donde sale el sol cada mañana. No siente la necesidad de cazar grandes animales que demuestren quién manda en la taiga; se conforma con cazar para sobrevivir y poder continuar su marcha hacía el este.
   Como era de esperar, en su viaje se encontrará con el bien y con el mal; con almas gemelas que, curiosamente, pertenecen a un mundo opuesto al suyo, y almas oscuras y miserables, independientemente de la especie a la que pertenezcan. Cuando conoce a El Hombre, quien se supone que es su mayor enemigo se convierte en su apoyo, su guía y su maestro. El único que la comprende, que siente las mismas inquietudes que ella:
"¿En serio, ningún miedo? (...). __ El hombre suspiró: "Uno, y siempre el mismo. No a la muerte, sino a no conseguir ser yo mismo".
  El relato es pura filosofía. E insisto, no para echar a correr, sino para saborearla despacito, a nuestro propio ritmo, de una manera fluida y natural, a medida que nuestra tigresa (porque se hace nuestra) va encontrándose obstáculos y trampolines en su camino y va aprendiendo a conocerse mejor. 
"Tener unos ojos y tener una mirada no es lo mismo (...). Los ojos están ligados a las manos, mientras que la mirada está ligada al corazón. La mirada no conoce distancia ni barrera. Los ojos, al contrario, miden cada cosa. Si encuentran un espacio vacío, construyen rápidamente un muro".
   Pero, ¡qué sabia! ¡Qué a gusto he ido aprendiendo con ella! Porque me era difícil seguir el relato sin hacerme también las mismas preguntas. 
   En resumen, una aventura que me ha mostrado el valor que hace falta para dejar lo que conoces y arriesgarte ante lo desconocido; ese mantra tan popular ahora de "salir de la zona de confort". Aunque yo me preguntó: si de verdad fuese una zona de confort, ¿necesitaríamos salir a buscar algo diferente?
Yo ahí lo dejo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Y en el entretanto...

Como todo el mundo sabe, el tiempo vuela y, creo que en mi caso, a la velocidad de la luz. Así que mientras consigo atrapar el suficiente para reorganizar mis lecturas y mis entradas, os hablaré de las visitas que he recibido y, así, "en el entretanto", intento que no os olvidéis de mí.
   
La primera de estas visitas fue la de Leo Mazzola para informarme de la publicación de su última novela Sueños de luna. Leo ya me había visitado en otras ocasiones, y como entonces, le aseguré que os hablaría de su novela y también le rogué paciencia dados mis enredos diarios y mis "corre-que-te-corres" habituales, lo que me concedió amablemente, como siempre.
   Sueños de luna se presentaba como un "trepidante y apasionado thriller romántico". Y esta era su sinopsis:
¿Alguna vez has soñado con una persona desconocida? ¿Has sentido la imperiosa necesidad de buscarla?
Sergio, un hombre que ha sufrido un trágico suceso familiar, y Alba, una mujer cautiva de un doloroso desengaño sentimental, se conocen surgiendo entre ellos una fuerte atracción. Pero él aún no es libre; Luna, una mujer desconocida que aparece con insistencia en los sueños de Sergio y la actitud de él de encontrarla a toda costa, impiden que Alba pueda entregarle todo su amor.
Será en Egipto, a orillas del Nilo, donde Alba y Sergio descubrirán quién es y qué se esconde tras la enigmática mujer del sueño, una revelación sorprendente que jamás habrían podido imaginar.
Bueno... El Nilo, Egipto y un gran misterio. ¿Qué más se puede pedir?
Aquí tenéis todos los datos:
   Amazón: (en ebook y en papel): https://amzn.to/2wNvrET.
   leo_mazzola@outlook.es
   www.leomazzola.com
   www.facebook.com/leo.mazzola.96
   @LeoMazzolaE

Poco después, otro amable y comprensible escritor llamó también a mi puerta con su última novela bajo el brazo. También él me había hecho el honor de visitarme otras veces y, como otras veces, demostró una paciencia infinita con mis "retrasos" blogueros. 
   Juan Pedro Delgado Espada tiene ya en las librerías su última novela para lectores de 12 y 13 años (y algunos un poco más creciditos que las disfrutamos igual). Mosquetero del Rey nos cuenta la historia del conde de Dubois en la Francia de Luis XIV:
“Y ahora narraré mis vivencias fascinantes en un tiempo en el que protegí a un rey, formé un cuerpo de mosqueteros valientes, me batí en duelos, luché con gran riesgo de mi vida, hice varios amigos y algunos enemigos poderosos, sufrí en el corazón y en el alma, me compadecí, amé, quise volverme loco y en el momento menos esperado tomé la decisión más dolorosa de mi vida.”
¡A quién le entusiasme una buena historia de espadachines, que levante la mano! No hace mucho, informaba en Facebook de que su novela ya se podía conseguir en varias librerías de Sevilla. Además, me consta que también se encuentra en Amazon. Así que, a por ella.

Y en el "entretanto", buenas lecturas a todos.

domingo, 21 de octubre de 2018

Y nos habla El Libro

¿Qué pasaría si fuese el libro el que nos contase su punto de vista, lo que  ha experimentado, lo que ha sentido? ¡Qué extraño! ¿Verdad?
   Por eso me atrajo tanto esta novela, por eso y porque me la prestó una sabia amiga mía, que absorbe con pasión los libros y con la misma pasión los adora o los rechaza. Si ella me lo recomendaba, no había más que hablar.
   Testamento de un libro, del escritor marroquí Abdellah Baïda, es una novela donde el propio libro se confiesa; el Libro, con mayúsculas. Él mismo nos cuenta su historia a través de los siglos, sus años de gloria absoluta, sus momentos de horror y sufrimiento, sus confesiones más íntimas, su amor con aquellos autores que lo hicieron grande. ¿No me digáis que no es un argumento original?
   Conocí a Abdellah Bäida en una charla que ofreció en la Escuela Oficial de Idiomas donde yo estudiaba francés, hace ya algunos años. Eran mis primeros pasos en este idioma y mi oído siempre duro no estaba todavía muy ducho. Sin embargo, la pasión del autor al hablar de sus novelas, la seducción que desprendía, su musicalidad y su forma de hablar calmada y elegante hacían que me fuera sencillo comprenderlo, que pudiera seguir fácilmente su mensaje, con lagunas evidentemente, pero que no molestaban demasiado.
   Y así ha sido también el paseo por esta novela suya, como fue aquella charla de hace años. Su forma de escribir ha sido como su forma de contar: elegante, fluida, culta y al mismo tiempo cercana, con traspiés por mi parte, pero que me permitían seguir avanzando sin caerme. Mi problema era que quería aprender todo de su lenguaje, su gramática, sus giros, y anotaba y consultaba continuamente el diccionario. Aunque, a veces, me era imposible dejar la narración y tenía que saltar el obstáculo; ya volvería a él más tarde.
   Testamento de un libro comienza con una frase casi dramática: Soy un libro. Estoy amenazado, es urgente que lo registre todo antes de mi extinción. Porque nuestro amigo está seguro de que va a desaparecer, que ya no quedan muchos de su "especie", que la memoria es frágil y que las nuevas formas de conservarla se abren paso casi a empujones. De esta forma, el autor hace un recorrido por sus obras de cabecera, por momentos cruciales en la literatura; aunque, a mi modo de ver, se deja algunos autores indispensables en el tintero, pero eso es algo totalmente personal. Lo que sí nos muestra son sus propias referencias culturales, que por diferentes en muchos casos, me han enseñado mundos nuevos y muy interesantes.
   
Nuestro protagonista especial nos habla de los grandes momentos vividos con Averroes, Honoré de Balzac, Stephan Zwieg o Gabriel García Márquez, entre otros muchos. De los maravillosos lugares en los que habitó durante siglos, como la Biblioteca de Alejandría o Bayt Al-Hikman, la Casa de la Sabiduría. O de los avances que lo engrandecieron, como la invención del papel en China o la imprenta. Pero también nos narra los horrores vividos y las prohibiciones y destrucciones de muchos de sus congéneres: la persecución de Almanzor, la quema de libros de la Santa Inquisición o del III Reich. Gracias a él he conocido a algunos de sus "amantes", como él los llama, de los que, por desgracia, nunca había oído hablar, como Jahiz, un sabio nacido en Bassora en el año 776; o Pico della Mirandola, humanista y pintor, contemporáneo de Botticelli. 

   En el momento de hacer este testamento, nuestro amigo El Libro está encerrado en la biblioteca de Al Quaraouiyine, en Fès, en un abandono total, invadido por la convicción  de su extinción y esperando que este testamento suyo sirva como testimonio de su existencia.
   Mostrándonos tanto sus alegrías como sus miserias, el libro humanizado por Abdellah Baïda nos lleva por un recorrido muy personal del autor, un recorrido muy interesante y absolutamente apasionante. Yo os aconsejaría que no os lo perdieseis. 
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