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domingo, 4 de enero de 2015

Capítulos L a LII: Hasta pronto don Quijote

Yo siempre con retraso, siempre corriendo para, al final, llegar tarde. Porque, estos capítulos con los que termina esta andadura de nuestro hidalgo y su escudero deberían haber quedado "finiquitados" con el año que se ha ido. Sin embargo, pensándolo bien, es una excelente manera de dejaros un regalo de reyes y de despedir las navidades de este 2014 que me ha dejado tantas cosas buenas en este blog. Por una vez, mis retrasos, mi falta de tiempo y mis prisas me van a dar la oportunidad de cerrar la Navidad de la mano de uno de los personajes que más he disfrutado en mis años de lectora.
   En estos capítulos, don Miguel nos resume lo que representan estos dos, entre locos razonamientos de uno y ciega lealtad del otro, entre una última aventura para don Quijote y una última historia intercalada, y entre alabanzas y descalificaciones de los libros de caballerías. Se cierra el ciclo como empezó, pero con ellos mucho más amigos, mucho más unidos y mucho más parecidos.
   Empezamos con nuestro hidalgo, aún "encantado" en su jaula, discutiendo con el canónigo sobre las maravillas y verdades que encierran estos libros:
"-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, (...), ¿habían de ser mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad (...)".
   Después, mientras el último se admira de la falta de juicio de don Quijote, don Miguel nos obsequia con una última historia intercalada de la mano de un cabrero que corre tras su cabra "fugitiva" y que termina hablándoles de sus desamores con una tal Leandra, una joven algo "casquivana" que se deja engatusar por la labia de un tunante que le quita todo lo que puede menos la honra:
"Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban". 
   Quien no se consuela es porque no quiere, dice el refrán. Y, claro está, los enamorados que tenía la dama, no podían por menos que echarse al monte a cuidar cabras, después de verla encerrada en un convento, tan de moda en aquella época.
   ¿Qué quedaba, entonces, para poner el broche final a esta primera parte? Una nueva aventura de nuestro caballero: la de los "deceplinantes". Pero antes, para no perder las buenas costumbres, don Quijote se lía a guantazo limpio con el cabrero por llamarle "menguado" de entendederas y por responderle él:
"-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió". ¡Qué boquita se nos gasta, a veces, nuestro caballero!
   Mamporro va, mamporro viene (Sancho de por medio intentando defender a su señor), don Quijote ve aparecer una procesión de disciplinantes que portaban la imagen de una virgen y rogaban por que Dios les enviara lluvia. Aquello olía a aventura de las buenas y, quitándose de encima al cabrero, se lanzó a la aventura porque aquella panda de "follones y descomedidos malandrines" llevaban prisionera a la dama enlutada que portaban a hombros:
"Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes".
"-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le incitan a ir contra nuestra fe católica?". Buena pregunta, Sancho.
   Evidentemente, todo terminó a golpe limpio: que si sois unos sinvergüenzas, que si estás como un cencerro, que si eso no me lo dices en la calle, que si te meto un mamporro que te vas a enterar, etc., lo normal ¡Vaya!
   Y, entonces, surge del corazón de Sancho, la lealtad más profunda y también el cariño, cuando cree que su señor don Quijote ha muerto:
"-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!"
   Y así les dejo, emocionados, molidos y deseando llegar a su aldea, donde, por fin, podrán descansar de tantas aventuras y prepararse para otras nuevas, porque tal caballero andante no podía dejar a los menesterosos mucho tiempo desvalidos.
   Hasta la próxima, valeroso don Quijote de la Mancha, Caballero de la Triste Figura. Hasta pronto, Sancho Panza. Os voy a echar de menos.

P.D.: Gracias Laky por organizar este reto, porque me empujaste a releer uno de mis clásicos favoritos. Un abrazo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El perdón de don Quijote

Nuestro hidalgo, no solo es valiente y justo y caballeroso, también es bondadoso y comprensivo; por eso, ha perdonado mis ausencias y ha valorado mi lucha contra el tiempo. En este pulso, sigo con el brazo a punto de tocar la mesa, pero resisto, mantengo la distancia e, incluso a veces, me separo unos centímetros de la derrota.
   Como el sabe de encantamientos y pérdidas de batallas, perdona mis ausencias y me deja recapitular sus últimas andanzas en esta entrada "dominguera", que serán las que vengan de ahora en adelante.
   Mi última visita encontró con don Quijote enfurecido por la "cruda realidad" que salía de la boca de su escudero, refiriéndose a la supuesta reina Micomicona:
«yo tengo por cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice, no se anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza y a cada traspuesta». 
   La caballerosidad de don Quijote no podía consentir estas cosas y explotó como un tornado:
«-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación?» 
   ¿Cómo acabó la cosa? Con las deudas pagadas por el cura y don Fernando, con la tormenta apaciguada por el buen decir de la discreta Dorotea, con una nueva trama urdida por todos para llevarse de vuelta a nuestro hidalgo, metido en una jaula y haciéndole creer que estaba en una prisión por obra de un encantamiento, y con la reconciliación de Sancho y su señor. Después, todos se despiden, se desean lo mejor, prometen escribirse, lo normal.

   ¿Cómo serán las próximas aventuras de nuestro caballero?: de vuelta a casa, con don Quijote enjaulado: «jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los aires (...)» y Sancho escamado: «Por Dios, señor -replicó Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que aquí anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de la que yo he oído decir que tienen los demonios». Y en el camino de vuelta se encuentran con un canónigo y sus acompañantes que, claro está, quieren enterarse del por qué de esa extraña "procesión", y ya enterado de todo, le suelta una buena berborrea sobre los libros de caballerías que, al parecer, había leído de vez en cuando, y que no le gustaban "ni pizca": «-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república estos que llaman libros de caballerías;». Y bla, bla, y bla, bla...: «(...) y, aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, (...) jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo». Sí, sí, eso dicen todos: «¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias (...)?».
   Y así se pasan este capítulo XLVIII el señor canónigo y el señor cura, hablando de lo divino y lo humano sobre libros de caballerías contra grandes obras literarias, sobre memeces que gustan al vulgo y escritores que crean obras maestras. Solo por curiosidad, ¿a que esto os suena familiar?:
«Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, (...), y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, (...); y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, (...), y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, (...). Y, aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que hagan el arte que no con las disparatadas, (...), que no hay razón ni evidencia que dél los saque». ¡Ay! ¡Qué poco hemos cambiado!
   
Y para ir acabando con este reencuentro que he tenido con nuestro caballero, me despediré con el capítulo XLIX, una auténtica maravilla de diálogos entre la razón y la sinrazón, entre lo que ven los ojos de Sancho y lo que imaginan los de don Quijote. Dejamos a los dos hablando sobre las necesidades humanas:
«-(...) y así, porque hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse. -¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame deste peligro, que no anda todo limpio!».
«-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber (...). De donde se viene a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana que vuestra merced tiene. -Verdad dices, Sancho (...), pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamentos, (...), y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían».
   El pobre Sancho está que no vive pensando en cómo liberar a su amo. Consigue que el señor cura le deje salir para "aliviarse" y, bajo palabra de honor de no escapar, don Quijote abandona su prisión, estira las piernas, hace lo que tiene que hacer y se dedica a discutir con el canónigo sobre libros de caballerías.
   Y aquí les dejamos: discutiendo, batallando, defendiendo posturas y admirándose mutuamente de la ignorancia del otro.
Gracias mi amable caballero por dejarme acompañarle de nuevo.

martes, 18 de noviembre de 2014

Capítulo XLV: Y don Quijote volvió a tomar las riendas

Y es que llevábamos ya demasiados capítulos sin que nuestro hidalgo se explaye con sus locuras. Así que esta ocasión, con la venta a rebosar de espectadores, era tan buena como cualquier otra.
   Con el recién llegado barbero, porfiando y porfiando sobre su bacía y su albarda, y con el resto de los alojados en la venta, hartos ya de tantos momentos de tensión y emociones como habían vivido, el ambiente "pedía marcha":
"Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para que todos riesen". 
   A él se sumaron todos los que conocían la locura de nuestro amigo, dando la razón a don Quijote sobre el yelmo de Mambrino, pero los había que no tenían ni pajolera idea de qué iba el asunto y ya empezaban a perder la paciencia:
"Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la pendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo: Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de estar hecho uva".
   Pero... ¡Alma cándida! A quién se le ocurre provocar así a nuestro amigo don Quijote, él que no necesita excusas para enfrentarse a los "follones" que se atrevan a ofender las leyes de la caballería. Pues, claro, pasó lo que tenía que pasar:
"El ventero, (...), entró al punto por su varilla y por su espada,(...); los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros. (...). El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía, Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre".
   ¿Se puede reflejar mejor el caos que se vivía en esa venta? Lo veo difícil, la verdad. ¡Qué maestría para trasladarnos el jaleo y la confusión en un solo párrafo!
   Entre locura y locura e imaginación e imaginación, nuestro amigo vuelve a tomar las riendas, después de "liarla parda", para poner un poco de cordura, ¡qué ironía!:
"¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que alguna región de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual, quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante (...) y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y pónganos en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas".
Después de esto, la solución al jaleo y el riesgo en el que se coloca don Quijote, es algo que merece la pena leer por uno mismo. Así que, ¡venga! Ánimo. No os quedéis con la intriga.

martes, 11 de noviembre de 2014

Capítulos XLIII y XLIV: ¡Madre mía! ¡Cómo está la venta!

¡Madre mía! ¡Cómo está la venta en estos dos capítulos! No cabe un alfiler. Lo que se suele decir: "lleno hasta la bandera".
   Allí teníamos a los Cardenios, Doroteas y compañía; a don Quijote, Sancho y el resto de la pandilla manchega; a los venteros y criados; al cautivo, su hermano, la mora, etc; al oidor y a su hija; y por si esto fuera poco, está también el mozo de mulas que resulta ser un joven enamorado de la señorita Clara y que la viene siguiendo desde... ¡Vaya usted a saber! Para rematar la faena, aparecen unos caballeros que vienen buscando al jove mozo de mulas que, ¡oh cielos!, es el hijo de un señor muy principal. ¡Quién lo iba a decir! Como el lío era pequeño, don Quijote, bastante recuperado de sus últimas aventuras, decide dedicarse a velar las armas en los muros de ese "descomunal castillo", a la luz de la luna y a sabiendas de los encantamientos que guarda. 
   Esta es una de las cosas me más me gustan del Quijote, la facilidad con que don Miguel nos monta un circo de tres pistas como si fuera la cosa más natural del mundo, como si, todos los días, se reunieran en una venta manchega, gentes de todo tipo y procedencia; allí, juntitos, para contarse los unos a los otros, sus aventuras y desventuras.
   Pues esto, amigos, es lo que me he encontrado estas dos últimas semanas, la virtud de rizar el rizo del señor Cervantes, además de una "travesura" más de Maritornes y su señora contra don Quijote, ¡el pobre!, convencido siempre de estar bajo el hechizo del peor de los encantamientos. Eso sí, sin perder nunca de vista las nobles reglas de la ley de caballerías.
   ¡Ah! Me olvidaba. Hubo otro invitado de última hora en este "camarote de los hermanos Marx! Aquel pobre barbero, al que don Quijote quitó su bacía y Sancho su albarda. En fin, don Miguel iba cerrando las distintas novelas intercaladas como un gran entremés cómico. ¿Alguien da más?
   ¿Los habéis disfrutado tanto como yo?


martes, 28 de octubre de 2014

Capítulos XLI y XLII: Y se resuelve la historia del cautivo, y se resuelve bien

Pensabais que volvería a fallar otro martes más, ¿a qué sí? Pues no, aquí estoy, a pesar de los pesares. 
   Como nuestro caballero andante, yo también he tenido que luchar contra molinos de viento, aunque me he llevado menos palos y he salido mejor parada. Así que "sin más dilación", me pongo manos a la obra.
   Dado el retraso de mis lecturas quijotescas y, como seguro ya os habréis puesto al día con las estupendas entradas de otros blogs, yo solo os diré que me he quedado a cuadros con la maestría de nuestro amigo don Miguel para enlazar unas historias con otras y concluirlas en el mejor final posible.
   Además de contarnos todas las aventuras por las que pasa nuestro protagonista, el capitán Ruy Pérez de Viedma, más conocido como "el cautivo", su enamorada, la mora Zoraida, y el resto de los cautivos liberados, también nos da algunas pinceladas de costumbres de aquellas tierras en las que él mismo estuvo cautivo:
"(...) la primera persona con quién encontré fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería, y aun en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas con la cual todos nos entendemos;".
"(...) salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la cual ya había mucho que me había visto; y, como las moras en ninguna manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba".
   Además de todas las aventuras a las que se enfrentan hasta llegar a España, también se nos cuentan los felices encuentros que, como propios de la época, tienen lugar en una buena historia de enredos y aventuras. 
   Y así, el cautivo termina su historia ante los allí reunidos y se inicia otra con un oidor que llega a la venta acompañado de sus hija (una venta que cada vez se parece más al camarote de los Marx). ¿Quién es este oidor? ¡Ah, milagro! En un nuevo giro de tuerca, don Miguel reune al cautivo con su hermano, el hombre de letras, presentado aquí como el oidor: ahí queda eso. Quien diga que nuestro autor no tiene mecanismos para tener encandilado al público durante tantas páginas, miente "cual bellaco".
   Pero no contento con esto, hace su aparición don Quijote, en medio de abrazos y suspiros de alegría, quien, más confundido que todos los presentes, está seguro de ser víctima de algún encantamiento de ese increíble castillo, y siempre atento a las normas de caballería:
"(...) se ofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún gigante o otro mal andante follón no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que le conocían, y dieron al oidor cuenta del humor estraño de don Quijote, de que no poco gusto recibió".
   Tanto como todos los que disfrutamos cada semana de estas geniales historias.

martes, 14 de octubre de 2014

Capítulo XL: Y el cautivo continua...

Es que se trata de una larga historia, y con mucha miga. ¡Claro! Esto va a necesitar de varios capítulos porque, además de que don Miguel luzca dotes de poeta con dos preciosos sonetos, el cautivo tiene que conocer a la mora misteriosa, reunir dineros para su rescate, explicarnos como funcionaba esto de ser cautivo en Argel y organizar la fuga de él y sus compañeros cautivos, además de un renegado que se les ha unido.
En fin, como veréis, hay mucha tela que cortar. Os dejo algunas de las "perlas" que he encontrado en el capítulo. Disfrutadlo.
"Primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo, 
con ser vencidos, llevan la vitoria".
"Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, (...), temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez;".
"Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién me dará con quien me case".
"El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a tierra de cristianos, porque te quiere bien. (...). De mi parte y de la de todos estos cristianos que están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta morir. (...). A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros".
"Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con ochocientos me rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a la sazón se hallaba en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome sobre su palabra, (...)".

martes, 7 de octubre de 2014

Capítulo XXXIX: Y el recién llegado nos cuenta su historia

Y esta historia no es otra que la de la gran batalla de Lepanto, donde nuestro don Miguel perdió la movilidad de su mano izquierda "para mayor gloria de la diestra" como decían los antiguos libros de texto.
   Cervantes no podía perder la oportunidad de contar lo que pensaba y sentía de aquellos años de batallas que le llevaron, como al personaje, a estar cautivo durante cinco largos años en una cárcel de Argel:
"(...)  y solo fui el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos libres;".
   En este relato, por boca del cautivo, Cervantes nos cuenta las hazañas de grandes hombres y no tan grandes, las experiencias vividas y lo que significó para ellos tomar parte en aquella batalla.
   De paso, con el inicio de esta nueva historia, donde el cautivo nos explica el reparto de la herencia de su padre y el destino de sus dos hermanos y el suyo propio, don Miguel nos presenta las tres empresas a las que podían dedicarse los "hombres de bien": Iglesia, comercio o ejército, incluyendo con la primera, las letras y con el último, el servicio al rey:
"Iglesia, o mar, o casa real", como si más claramente dijera: "Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando el arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas".
   Y para rizar el rizo, como si de un buen culebrón televisivo se tratase, une a don Fernando con el cautivo a través de un conocido común. ¿Quién será? ¡Ah! Leedlo mejor vosotros. Por cierto, nos promete unos sonetos en el siguiente capítulo. Veremos qué tal la rima.

martes, 30 de septiembre de 2014

Capítulo XXXVIII: Y don Quijote se explayó a gusto

Todos sabemos que don Miguel utilizó su obra, no solo para entretener y contar, sino también para despacharse a gusto con todo aquello que le inquietaba. Lo hizo con los molinos de viento, infernales recién llegados que estropeaban el paisaje castellano (¡si viviera ahora!); con la liberación de los galeotes, que consideraba excesivamente maltratados; y lo hace ahora con los hombres de armas, a los que considera abandonados y poco valorados por la sociedad a la que sirven.
"Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces".
   Como antiguo soldado, él tenía una espinita clavada en la que, imagino, pesaban bastante sus años de cautiverio en Argel. A través de boca de don Quijote, el autor nos muestra lo que siente acerca de la labor del soldado, su comparación con los hombres de letras y el honor en el combate.
"Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallándose cercado en alguna fuerza, (...) siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando (...). Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; (...) valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra".
"Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería (...), con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos".
   Y para dejarnos pendientes del siguiente capítulo, don Miguel nos promete contarnos la vida del cautivo recién llegado a la posada. Pero esto será ya la próxima semana.

martes, 23 de septiembre de 2014

Capítulo XXXVII: Y volvió la princesa Micomicona y aparecieron nuevas aventuras

Va llegando el final de la novela intercalada de Dorotea, Cardenio, Luscinda y Fernando. Por arte de la pluma de don Miguel, quedan todos tan amiguitos en un abrir y cerrar de ojos, cada oveja con su pareja, y el pobre Sancho con un disgusto que no le cabe en el cuerpo:
"Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que se le desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado de todo lo sucedido".
   Y es que volvía a ser el triste escudero de un hidalgo loco. Mientras, don Quijote, tan descansadito él después de la pelea vinatera, se presenta tan "pichi" delante del personal a comprobar los encantamientos propios de ese castillo que transforma los ogros en odre y la sangre en vino:
"-Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra grandeza se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran señora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella. Si esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas, porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto espacio como yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros de menor fama que la mía habían acabado cosas más dificultosas (...)".
   Imaginaos que estáis en un bar, tomando unos vinitos con su tapita, y os aparece un tipo: "su rostro de media legua de andadura, seco y amarillo", con la moda de hace siglos, hablando de ogros y encantamientos. ¿Cómo se os quedaría el cuerpo? Pues así se quedaron los que estaban allí, con la boca abierta y decididos a que ese pobre hombre volviera a su casa y dejara de dar tumbos por el mundo. Así es cómo decidieron seguir con la historia de la princesa Micomicona, desorientando a don Quijote y alegrándole la vida a Sancho:
"-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida?"
   La mayor de su vida, dice, ¡qué ironía! ¿Verdad?
"-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-, que bien podría ser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora princesa Micomicona; (...) De lo demás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en el alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino". 
   Él a lo suyo.
  Para no alargar más el relato, os diré que don Miguel, no contento con redactar todo un discurso de nuestro hidalgo a favor de la paz (aunque basada en las armas) y de la importancia de las letras, haciéndonos olvidar su locura, decide introducir una nueva historia protagonizada por dos nuevos personajes que aparecen de repente en la venta, con un toque de misterio que ya dejamos para el siguiente capítulo.
   Que lo disfrutéis.

martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo XXXVI: Y la venta se llenó hasta la bandera

Lo mismo que el ventero se frotaba las manos viendo llegar un grupo de posibles clientes a su venta, yo frotaba las mías imaginando una nueva aventura o historia intercalada por nuestro amigo don Miguel. Y no me equivocaba. Gracias al cura, que fue un poco cotilla y le faltó tiempo para preguntar a uno de los mozos recién llegados, y a la gentil Dorotea que intentaba ayudar a la dama enmascarada que no hacía otra cosa que suspirar, descubrí que en esta maravillosa venta a la que todo el mundo llega por arte de birlibirloque, iba a continuar la genial historia de Carnedio, Dorotea, Fernando y Luscinda. De repente, allí se encontraban todos, unos embozados, otros escondidos, otras desmayadas, otros sorprendidos...
"Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio".

   Como el señor Cervantes era un genio, les ofreció a sus contemporáneos un auténtico dramón de los que hacen época, para que disfrutaran de los gustos teatrales del momento y se emocionaran como hay que emocionarse:
Doretea:
"Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de ver que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura hasta que tú quieras y la desdichada Dorotea. (...) Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, (...) cuanto más que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si esta a ti te falta negándome lo que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes".
Cardenio:
"Con el desmayo que Luscinda había tenido así como la dejó don Fernando, iba a caer en el suelo; mas hallándose Cardenio allí junto, (...), acudió a sostener a Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo: —Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal, firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás más seguro que en estos brazos que ahora te reciben y otro tiempo te recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía".
Luscinda:
"—Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque más lo impida la contraria suerte y aunque más amenazas le hagan a esta vida que en la vuestra se sustenta".
Fernando:
"Parecióle a Dorotea que don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada".
El coro:
"Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándole".

   ¡Qué! ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Y es que no me queda más que animaros a que leáis el final del dramón que tuvo lugar en esta venta.

martes, 9 de septiembre de 2014

Capítulo XXXV: Y vuelve don Quijote en todo su esplendor

Nuestro querido caballero llevaba mucho tiempo quietecito y sin liarla y, ¡claro!, no podía seguir así mucho más tiempo. Mientras la "pandi" estaba a punto de terminar la historia del "memo Anselmo", vieron entrar a Sancho, medio desquiciado, pidiendo ayuda para su señor que andaba luchando con el gigante enemigo de la princesa Micomicona y a quien había cortado la cabeza, en medio de un enorme charco de sangre y de improperios tales como "malandrín y follón", palabras que me enternecen cada vez que leo El Quijote. En este punto, el ventero, avispado como nadie, ha comprendido claramente lo que pasaba:
"Que me maten-- dijo a esta sazón el ventero-- si Don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre".
   La escena que se encontraron era de fábula: don Quijote, dormido, gritando como un poseso, espada en mano:
"Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias"; 
lanzando cuchilladas a diestro y siniestro, el odre hecho jirones y el suelo lleno de vino por todas partes. ¿Qué podía hacer el pobre ventero? Liarse a golpes con don Quijote, a quien dio más palos que a una estera, hasta que Cardenio y el señor cura, consiguieron calmarle, mientras Sancho lloraba amargamente por haber perdido su condado:
"(...) sólo sé que vendré a ser tan desdichado, que por no hallar esta cabeza se me ha de deshacer mi condado, como la sal en el agua".

   Entre tiras y aflojas, las aguas volvieron a su cauce, reinó de nuevo la calma y todos decidieron terminar la historia del "memo Anselmo" que les estaba leyendo el señor cura.
   Anselmo seguía feliz como unas castañuelas, confiado en la fidelidad de su amigo y su esposa, cuando pilla al enamorado de su criada Leonela huyendo por la ventana. Ante la "pillada" de su señor, Leonela promete contarle un importante secreto si deja de amenazarla con la daga. Anselmo la encierra en su cuarto para hablar con ella a la mañana siguiente y le cuenta a su esposa los trajines nocturnos y el secreto que le va a revelar la criada. A Camila le entra un sudor frío, claro está, sabiendo cual sería ese secreto así que, ni corta ni perezosa, se fuga en medio de la noche con todas sus joyas, y se planta en casa de Lotario para ponerle al día del lío en el que están metidos. Lotario decide esconderla en un convento mientras él huye de la ciudad.
   A la mañana siguiente, cuando Anselmo descubre la huida de Leonela y la de su mujer y sus joyas:
"(...) triste y pensativo, fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario. Mas cuando no le halló, y sus criados le dijeron que aquella noche había faltado de casa (...) pensó perder el juicio; y para acabar de concluir con todo, volviéndose a su casa no halló en ella ninguno de cuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola. No sabía qué pensar, qué decir, ni que hacer, y poco a poco se le iba volviendo el juicio".
   
   Ya era hora, "criatura". Triste y ojeroso, abandona su casa y se dirige a la de un amigo en donde se encierra a escribir sus penas:
"Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono porque no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ella los hiciese; y pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para qué..."

   Y hasta aquí llegó el desdichado de Anselmo, cuya pena fue tan grande que
"le faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su curiosidad impertinente".

   Para cerrar el capítulo os dejo las reflexiones del cura sobre este cuento:
"Bien-- dijo el cura-- me parece esta novela; pero no me puedo persuadir que esto sea verdad, y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo".

   Si queréis saber lo que les sucedió a Camila y a Lotario, os aconsejo que os deis un paseo por este capítulo; no os arrepentiréis.

martes, 2 de septiembre de 2014

Capítulo XXXIV. Y continua la impertinencia

La semana pasada me hervía la sangre ante la supina estupidez del tal Anselmo. Su "genial" idea no podía traer nada bueno. Y así fue: tanto va el cántaro a la fuente que... Tantos "sile", "sile" y "sile" de Lotario para rendir los "nole", "nole" y "nole" de Camila surtieron su efecto y, al final, terminaron enamorándola y "coronando" al necio de su amigo.
   La cosa se enreda un poco, al estilo de un buen culebrón televisivo (que don Miguel hoy en día se hubiera forrado), con lloros, celos, enredos y planes increíbles, hasta que al final, el tontaina de Anselmo se traga todos los "entremeses" que le preparan su esposa y compañía.
   Don Miguel, sin embargo, quiere continuar manteniéndonos en vilo y alarga el final de este relato hasta el capítulo siguiente. Bien, de acuerdo, aquí estaré, siguiendo sus normas, señor Cervantes, soy buena jugadora.
   Mientras, me parece bien dejar algunas perlas que ha incluido usted en el capítulo, así, como por descuido, para repartir alguna que otra lección a algún iluminado que decida hacer lo que hizo el simple de Anselmo.
"Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más pruebas de las hechas (...), ni quieras hacer experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío que el cielo te dió en suerte".

"(...) porque es cosa ya cierta que los descuidos de las señoras quitan la vergüenza a las criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspiés, no se les da nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan".

"También se suele decir-- dijo Camila--, que lo que cuesta poco se estima en menos".

"Sólo creyó que Camila, de la misma manera que había sido fácil y ligera con él, lo era para otro; que estas añadiduras trae consigo la maldad de la mujer mala, que pierde el crédito de su honra con el mismo a quien se entregó rogada y persuadida".

"Él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. (...) y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad".

Mordiéndome las uñas estoy.

martes, 26 de agosto de 2014

Capítulo XXXIII: El curioso impertinente

Aquí estamos, otra semana más. Hoy (aunque con un pelín de retraso) para escuchar la historia intercalada de "El curioso impertinente". Ahí vamos.
   Anselmo y Lotario eran don jóvenes florentinos tan amigos, que eran lo que vulgarmente se llama "uña y mugre". El primero, enamorado hasta las cachas de la bella Camila, consigue hacerla su esposa gracias, entre otras cosas, a la ayuda de su amigo Lotario quien, después del bodorrio, decide dar algo de cuartelillo a los recién casados por aquello de la intimidad y, sobre todo, porque ya se sabe la importancia de la honra en aquellos tiempos, no vayan a chismorrear de tanta visita a la casa de una dama, por mucho marido que esté por allí:
"Decía él, y decía bien, que el casado, a quien el cielo había concedido mujer hermosa, tanto cuidado había de tener en mirar qué amigos llevaba a casa, como en mirar con qué amigas su mujer conversaba, porque lo que no se hace ni concierta en las plazas (...), se concierta y facilita en casa de la amiga o la parienta de quien más satisfacción se tiene".
   Después de un tira y afloja entre Lotario y Anselmo, llegan al acuerdo de establecer un régimen de visitas: dos a la semana y fiestas de guardar. ¡Ah! Y avisar al compañero si la esposa se desmanda un poco. ¡Error fatal!
   Como el diablo siempre anda enredando y algunas seseras son muy fáciles de enredar, le dio al tal Anselmo por preguntarse si su Camila era tan buena como él pensaba y que no cabía en sí de intriga si no la ponía a prueba para saberlo de forma definitiva. Lotario no daba crédito a tamaña estupidez, que ya son ganas de meter el dedito donde no se debe:
"Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el honor de las mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y pues la de tu esposa es tal, que llega al extremo de bondad que sabes, ¿para qué quieres poner esta verdad en duda?"

   Con lo bien que iba y lo estropea con el pensamiento posterior, que se lo podía haber guardado donde el sol no brilla:
"Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga, sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la imperfección que le falta, que consiste en el ser virtuosa".

   Y en estos tiras y aflojas, en estos "que sí, que no" el bueno de Lotario (o el tonto) entra en el juego y, después de tres días de ausencia de su amigo en los que ha debido visitar de continuo a Camila, cae como un cordero enamorado de la dama:
"En efecto la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasión que el ignorante marido le había puesto en las manos, dieron con la lealtad de Lotario en tierra; y sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia de Anselmo, en los cuales estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos".

   Y en medio la pobre Camila, sin olerlo ni catarlo, se queda de piedra ante los requiebros del tal Lotario. ¿Qué hará lo joven esposa? ¿Cómo acabará todo? Más y mejor el próximo lunes. 
  

lunes, 18 de agosto de 2014

Capítulo XXXII: Y regresaron a la venta

Y yo con ellos. Que ya estamos de vuelta acompañando a nuestro hidalgo y a toda la corte que lleva detrás. De regreso a aquella venta que vio el manteo de Sancho y las locuras de don Quijote, la cuadrilla al completo deja durmiendo al caballero andante y se dedica a comer y a discutir con el ventero y su familia sobre los libros de caballerías.
"Y como el cura dijese que los libros de caballerías que Don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero: -- No sé yo como puede ser eso, que en verdad que a lo que yo entiendo no hay mejor lectura en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos, porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchándole con tanto gusto, que nos quita mil canas".
   Y es que, como dijo don Jacinto:
"No hay ninguna lectura peligrosa. El mal no entra nunca por la inteligencia cuando el corazón está sano".
   Al parecer, no es solo nuestro amigo quien pierde el seso por estos libros; el ventero y su familia gustan bastante de las historias que algunos segadores leen en las horas de reposo para entretener a las cuadrillas, historias como la de Don Cirongilio de Tracia o la de Félix Marte de Ircania. También contaba con otras historias como la del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, o como la de Diego García de Paredes. Sin embargo, estas no entusiasmaban igual a los labriegos: donde esté una buena historia inventada y muy exagerada que se quite la historia verdadera. ¡Qué poco hemos cambiado!
   El señor cura se hace cruces al ver la pasión que despiertan estos libros, mientras su amigo el barbero ya tiene localizada la chimenea dónde quemar los papeles que acaba de enseñarles el ventero.
"-- Pues ¿por ventura-- dijo el ventero-- mis libros son herejes o flemáticos, que los quiere quemar?
-- Cismáticos, queréis decir, amigo-- dijo el barbero--; que no flemáticos.
-- Así es-- replicó el ventero--, mas si alguno quiere quemar, que sea ese del Gran Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno de esotros"
.
   ¡Ahí queda eso! Y ahí queda esta cuadrilla tan extraña, revolviendo entre los papeles del ventero, entre Historia e historias, y encontrando otra pequeña novela intercalada, El curioso impertinente, porque don Miguel no desaprovechaba ocasión de publicitarse. Esto es marketing y lo demás son tonterías.

martes, 5 de agosto de 2014

Capítulos XXX y XXXI: Y don Quijote y su comitiva salen de Sierra Morena

Ya están en marcha. Y también la trama para hacer volver a don Quijote a su casa. No solo veremos la gran inventiva de la guapa Dorotea sobre la pérdida de su reino en manos del gigante Pandáfilo de la Fosca Vista (se las trae el nombrecito, por muy bizco que fuera el Pándafilo ese), siguiendo bastante fielmente las líneas de los libros de caballería, sino también algunos de los más brillantes diálogos entre don Quijote y Sancho, en los que he encontrado el mejor retrato de las personalidades de cada uno: de la locura y sentido del honor de nuestro caballero y de la ignorancia y sentido práctico de la vida de su escudero. 
   Si me he reído con las locuras del caballero:
" -¿Qué te parece, Sancho amigo? -dijo a este punto don Quijote-. ¿No oyes lo que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina con quien casar".  

   También me he emocionado con su sentido del honor:
"(...) y así, de nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia (...)".

   Mientras, nuestro amigo Sancho se retuerce de desesperación ante tanta honorabilidad de su amo:
"-Voto a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote, cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el casarse con tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le ofrece? ¿Es, por dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que está delante. Así, noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego, encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se le viene a las manos de vobis, vobis, y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo".

   ¡Claro! La que se lía a continuación es menuda, un dos de mayo, palo va y palo viene. Pero no llega la sangre al río. Al final, con la intercesión del resto de la "pandi", los dos amigos hacen las paces y entablan una de las conversaciones más estupendas de la novela, y mira que las hay, pero en esta se perfilan los sentimientos y pensamientos de cada uno de ellos, sus formas de ser y de entender la vida. A partir de aquí, cada uno irá cambiando, aprendiendo y evolucionando hasta el otro, hasta casi parecerse. 
   Y la genialidad sigue en el capítulo XXXI donde encontraremos una de las mejores conversaciones entre el que quiere engañar y el que quiere ser engañado: Sancho le explica a don Quijote cómo entregó la carta a Dulcinea y cómo reaccionó esta, y don Quijote le da la vuelta a todo, como a un calcetín, para sacar a relucir las virtudes de "la sin par". Simplemente genial. No os los perdáis.

P.D.: He incluido dos capítulos porque faltaré a mi cita la próxima semana, "por circunstancias ajenas a mi voluntad". Pido disculpas, y sé que me os encontraré a mi vuelta. 

lunes, 28 de julio de 2014

Capítulo XXIX: Y se transformó en la princesa Micomicona

Porque la famosa frase "la imaginación al poder" nació en este capítulo: no se puede inventar más y más rápido con tal de conseguir un objetivo.
   La señor Dorotea, ya descubierta por Cardenio, se ofrece amablemente a ayudar al cura y al barbero para que devuelvan a don Quijote a su "nido" ya que, a cambio, ellos se ofrecen a ayudar a los desdichados amantes a buscar una solución para sus males.
   Así es como surge la princesa Micomicona, dueña del reino de Micomicón (¿para qué complicarse la vida?), allá por Guinea, quien viene en busca de don Quijote para que la salve de un gigante malvado. ¿Qué historia mejor podría engañar a don Quijote para hacerle regresar a su aldea? Bueno, a nuestro caballero y a su escudero, que también se traga el bulo, encantado de que su amo se pueda casar con esta princesa y así él pueda estar más cerca de conseguir una ínsula; en fin, tal para cual.
"Dichosa buscada y dichoso hallazgo --dijo a esta sazón Sancho Panza--, y más si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio, y enderece ese tuerto matando a ese hideputa de ese gigante (...), si ya no fuese fantasma, que contra los fantasmas no tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra merced entre otras, señor licenciado, y es porque a mi amo no le tome gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitado de recibir órdenes arzobispales, y vendrá con facilidad a su imperio, y yo al fin de mis deseos: que yo he mirado bien en ello, y hallo por mi cuenta que no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para la Iglesia, pues soy casado (...)"

   El caso es que el barbero se disfraza de escudero, con una barba postiza que pierde  por la coz de una mula:
"Vive Dios, que es gran milagro éste; las barbas le ha derribado y arrancado del rostro como si las quitara a posta".
   Dorotea se transforma en la susodicha princesa y domina el lenguaje caballeresco como si fuera su lingua mater:
"De aquí no me levantaré, oh valeroso y esforzado caballero, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto"

   Cardenio y el cura también se inventan su historia particular para poder añadirse a la comitiva que regresa de vuelta a la aldea:
"(...) y pasando ayer por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores, y nos quitaron hasta las barbas, (...), y aún a este mancebo que aquí va (señalando a Cardenio) le pusieron como de nuevo; y es lo bueno que es pública fama por estos contornos, que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que libertó casi en este mismo sitio un hombre tan valiente, que a pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y sin duda alguna él debía estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, (...)"
   Y todos y cada uno, excepto nuestros queridos don Quijote y Sancho, vigilantes de no meter la pata en la historia que han urdido. Y así les dejamos, en amor y compaña hasta el siguiente capítulo.

lunes, 21 de julio de 2014

Capítulo XXVIII: Y apareció Dorotea

Otro personaje más viene a unirse a la novela intercalada de Cardenio y Luscinda. El señor Cervantes nos cuenta esta historia en pequeñas dosis, presentándonos a sus personajes poco a poco, contándonos los hechos paso a paso. 
   En este capítulo será Dorotea, la doncella engañada por la "joyita" de don Fernando, quien se encuentre con el cura, el barbero y el propio Cardenio, allí, por entre los riscos de Sierra Morena:
"¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada de este cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo? Si será, si la soledad que prometen estas sierras no miente. ¡Ay, desdichada!"

   Pues... "Va a ser que no" porque más que una sierra, aquello parecía el metro en hora punta; no das dos pasos sin encontrarte con medio mundo. Allí estaban agazapados detrás de unos arbolillos, el cura, el barbero y Cardenio (en estado de tranquilidad momentánea). Pero así eran las cosas en la vida novelada del siglo XVI: amores imposibles, honras robadas por la fuerza o con el engaño, coincidencias extraordinarias, en fin, un "sinvivir".
"(...) y luego con más ligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré por estas montañas, sin llevar otro pensamiento ni otro designio que esconderme en ellas, y huir de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando".

   No sé si lo conseguirá, con los trajines que hay en esta sierra. Y en estas quedamos, que el comentario de hoy es muy cortito ya que solo se refiere a las desventuras de esta pobre doncella que, por guapa, se ve engañada del tal Fernando y, ¡oh casualidades de la vida!, es el mismo Fernando que le arrebató su amada Luscinada al "pirado" de Cardenio. Me río yo de los culebrones de la tele.
   No sé si por cotilla o por la habilidad de don Miguel o por las dos cosas juntas, pero estoy deseando ver que pasa en el siguiente capítulo. ¿Vosotros no?

martes, 15 de julio de 2014

Capítulo XXVII: Y Cardenio cuenta toda su historia

Habíamos dejado al cura y al barbero maquinando cómo disfrazarse para engañar a don Quijote, ¿verdad? Pues, ni cortos ni perezosos, de "estas guisas" se nos visten los dos:
"En resolución, la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver; púsole una saya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo de ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer ellos y la saya en tiempos del rey Wamba".

   Mientras que el barbero:
"(...) con su barba que le llegaba a la cintura entre roja y blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey barroso".

   Vamos, que era una hermosura verles a los dos juntitos, tanto que al cura le pareció que mejor se cambiaban el disfraz, que aquello no era decoroso para un hombre de Dios. Y así llegaron los tres a Sierra Morena, a buscar a don Quijote.
   Mientras nuestro buen Sancho se va en busca de su señor, el cura y el barbero deciden esperarle al lado de un arroyo y a la sombra de los árboles. Y entonces, ¿a qué no sabéis con quien se encontraron, cantando sus penas amorosas y sollozando como un cordero? Exactamente, a Cardenio. Si es que el mundo es un pañuelo.
   Ya que estaban allí sentados sin nada que hacer y con la suerte de haber pillado al loco enamorado en sus horas cuerdas, le pidieron amablemente que les contara el origen de sus desdichas. Esta vez, Cardenio pudo llegar hasta el final:
 "¡Ah, Luscinda, Luscinda! Mira lo que haces, considera lo que me debes, mira que eres mía y que no puedes ser de otro. Advierte que el decir tú sí, y el acabárseme la vida, ha de ser todo a un punto. ¡Ah, traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida. ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes cristianamente llegar al fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa, y yo soy su marido."

   ¿Es realmente este el final de la penalidades de Cardenio? ¿Terminó toda su perorata antes de que encontraran a don Quijote? Pues tendréis que leeros este capítulo, que yo solo os pongo las "miguitas" para que sigáis el sendero.

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