El protagonista del libro que acabo de terminar se define como un loco de los tangos, del ron cubano y de Cervantes, aunque no sé si por este orden. Como he disfrutado tanto con su historia y algún que otro "pero", he decido rendirle un merecido homenaje creando el ambiente adecuado mientras me pongo a redactar la entrada.
Lo primero sería empezar con un buen tango, banda sonora de la novela, pero no poseo tangos en mi discoteca ¿Cómo solucionarlo? Hecho mano de Chavela Vargas, lo más parecido que encuentro a la melancolía "tangera". El ron va a ser más difícil de sustituir; no tengo nada remotamente parecido, y acompañar a Chavela con Coca-Cola, mi primera opción, me parece una falta de respeto, así que he terminado dando sorbitos a una copa de Pedro Ximénez. En cuanto a Cervantes, nada mejor que "picotear" a lo largo del Quijote diversos pasajes, tan solo para disfrutar de la genialidad del maestro. Y con esta preparación light, empiezo a escribir.
Cuando me topé con El escudero de Cervantes y el caso del poema cifrado me pareció un título propio de Agatha Christie, suficiente para que llamara mi atención. El argumento de la solapilla sobre un profesor de instituto envuelto en una intriga que le obliga a buscar un antiguo manuscrito inédito de don Miguel hizo el resto.
Nuestro protagonista se llama Miguel Saavedra y, evidentemente, es un experto en su tocayo. Su tranquila vida como profesor se pone del revés al conocer a una estudiante estadounidense que "parece" querer saberlo todo sobre Cervantes (y sobre el profesor), y también, cuando su exmujer le entrega un misterioso soneto destinado al escritor, encontrado por casualidad entre los papeles de la biblioteca personal de una importante familia.
A partir de aquí todo son misterios, intrigas, verdades a medias, investigaciones, corazones rotos, fantasmas personales y familiares, aventuras, todos los ingredientes necesarios y muy bien mezclados para que el autor, Manuel Berriatúa, haya creado una entretenidísima novela de misterio, con la que he disfrutado de lo lindo.
Los personajes no son demasiado profundos o "tridimensionales" (palabrita que he leído por ahí más de una vez y que me gusta lo "profesional" que queda), pero resultan simpáticos y cercanos. El lenguaje del hilo temporal actual es algo rimbombante y artificial, pero terminó gustándome eso de poder leer un vocabulario culto pero asequible, con el que rescatar la riqueza de nuestro idioma. Por otro lado, esa manía de algunos autores de trufar una historia con su opinión sobre diferentes temas es algo que me cansa bastante, pero aquí se hace de una forma sutil, sin demasiada insistencia. El misterio familiar de nuestro Miguel del presente no me encajaba demasiado en la trama, pero tampoco me disgustó esta especie de "novela intercalada" a modo de homenaje al Quijote. Y, finalmente, los dos hilos temporales, muy bien enlazados y en perfecto equilibrio, me han permitido pasear por Sevilla en dos siglos diferentes, recorrer calles de Madrid que tengo un poco abandonadas y regresar a uno de mis primeros viajes de la infancia.
Solo puedo deciros que, salvo algún que otro frunce de ceño y de labios, las hojas volaban ante mis ojos, la intriga me tenía totalmente enganchada y la forma de contar de Manuel no me dejaba escapar de sus páginas. La vida del escudero Andrés, del profesor Miguel y de los amigos y enemigos que les rodean, junto con algunos diálogos bastante divertidos me han hecho disfrutar muchísimo, algo que siempre le agradezco a un libro.
Este libro fue el ganador del último Premio Círculo de Lectores de Novela, cuyo jurado son los propios lectores.

