Hace mucho tiempo que sigo mirando el buzón, esperando una carta. Hace mucho tiempo que está vacío, pero yo sigo abriéndolo todos los días. Hace mucho tiempo, recibía alguna postal, una tarjeta por Navidad. Hace tanto tiempo de eso. Pero sigo abriendo el buzón todos los días cuando llego a casa, y no sé muy bien porqué. Supongo que aún tengo la ilusión de llevarme una sorpresa.
Como yo, imagino a grandes escritores pendientes de sus buzones, esperando las cartas de amigos y conocidos. Imagino a esos mismos escritores delante de una hoja de papel blanco, con el bolígrafo en la mano, o la pluma incluso, dispuestos a contarlo todo y a vaciar sus mentes y sus espíritus.
Nunca he sido muy aficionada a la literatura epistolar, me resultaba algo extraño leer monólogos, sin una trama establecida, sin diálogos entre personajes, sin acción. Sin embargo, cuando alguna vez ha caído en mis manos este tipo de libros, los he disfrutado muchísimo. En algunos, por ejemplo, el autor se mostraba más sincero, más real y más humano. Describía sus propios sentimientos, sus reflexiones, sus miedos. Me mostraba su visión del mundo. Como en Cartas desde mi celda, de Gustavo Adolfo Becquer, donde me encontré a un hombre diferente del atormentado y despechado poeta. En su lugar, había un escritor preocupado por su tiempo, por los defectos y enfermedades que sentía su mundo, describiendo los paisajes en los que se movía, hablando de sus miedos, de su día a día.
En otras ocasiones, eran cartas inventadas, una falsa correspondencia entre dos personas, una excusa para contarnos una historia que se estaba fraguando poco a poco, día a día, carta tras carta. Como la correspondencia entre Isabel y Laura o entre esta y Marianne, en Amor y amistad, de Jane Austen. A través de estas cartas, una jovencísima Jane se divierte creando personajes con una sinceridad tan aplastante que, a veces, raya el insulto, siempre desde los más exquisitos modales, por supuesto, mostrándonos los tejemanejes de las damas más refinadas que desean conseguir el matrimonio más ventajoso, y con asesinato incluido en la trama. Todo eso puede haber en unas cartas.
Qué sensación era aquella de esperar la respuesta, la de querer conocer, por fin, el final de la historia. Qué ilusión la de ver un trozo de papel blanco asomando por la rendija del buzón, o azul, o verde, o crema, daba igual. La de tratar de adivinar quien había escrito aquella dirección, o de dónde venía aquel sello tan diferente.
A veces, aborrezco Internet, el wasap o el Facebook, y echo de menos el folio en blanco, el bolígrafo y mi firma al final de la carta. Reconozco todas las ventajas de las nuevas tecnologías y las comparto, pero también reconozco mi nostalgia de los tiempos en los que abrir el buzón era toda una sorpresa. ¿No recordáis esos tiempos, o sois tan jóvenes que no los habéis vivido?







