Ayer me sucedió una cosa muy extraña, conseguí viajar en el tiempo. Era algo que siempre había querido hacer, pero evidentemente no había conseguido. Ayer, sin embargo, ocurrió. Tenía que arreglar la correa de un bolso, así que me fui al zapatero, abrí la puerta de madera y cristal y pasé al interior, y allí fue... De repente tenía siete años y estaba cogida de la mano de mi abuela. La luz era amarilla y fuerte y había un olor dulzón a pegamento, betún, cuero y vaya usted a saber qué más. El señor zapatero era un viejecillo entrañable con cara de cascarrabias, pero con mucha guasa, que llevaba un chaleco de lana gris y una camisa de felpa, tipo leñador canadiense. Mi abuela estaba a punto de entregarle una bolsa con sus zapatos negros para "echarle unas tapas" cuando el viejecillo cascarrabias comenzó a llamarme, desde otra dimensión, mientras tiraba de la correa de mi bolso. Ahí se rompió el hechizo y volví de golpe al 2013.
No sé si fue por el día gris y lluvioso, por las luces de Navidad que ya colgaban de los árboles y de las calles, por las campanadas del reloj del ayuntamiento o por el villancico que se oía por la radio, pero me sentí igual que aquella mañana de mis recién estrenadas vacaciones navideñas, de la mano de mi abuela, dentro del taller del zapatero.
¿A qué no imagináis qué libro me vino a la mente en ese momento? O quizás sí. No podía ser otro que Cuentos de Navidad, de Dickens. Es uno de mis favoritos. Todos hemos visto miles de versiones llevadas al cine: la de Disney, la de los Teleñecos, otras versiones modernas muy libres, otras más fieles, etc, pero nada comparable a mis recuerdos del libro. Mi madre lo guarda desde hace ya muchos años y recuerdo que, de pequeña, me colaba en su habitación y lo cogía de la mesilla para leer un poquito en cada escapada. Era una edición muy cuidada, con sus hojas finas y suaves, su cubierta de cuero con filigranas doradas, su cinta de seda como marcador de lectura y ese olor tan penetrante de los libros especiales. ¿Cómo me iba a resistir? Así que, desde el primer día de mis vacaciones navideñas hasta la vuelta al cole, las mañanas consistían en los trabajos manuales que mi madre nos mandaba para adornar la casa y las incursiones secretas a su habitación para leer a Dickens. No es que mi madre me prohibiera coger el libro; si se lo hubiera pedido me lo habría dejado, pero acompañado de muchos consejos y de preguntas sobre la lectura. A mí me sabía mejor leer a escondidas, sentada en el suelo junto a la cama de mis padres, y en absoluto silencio, con el mismo ambiente misterioso de la habitación de Mr. Scrooge.
La parte que más me gustaba era la llegada de cada uno de sus fantasmas, la mezcla de sueño y realidad. Y después, el viaje al pasado, cuando volvía a su infancia y su juventud, al lado del fantasma de las Navidades pasadas, y volvía a sentir los buenos ratos vividos, su amor por la joven Bell, y cómo la perdió por culpa de su avaricia. Pero Scrooge era duro de pelar, necesitó tres fantasmas para darse cuenta de su error y yo necesité de varias escapadas para ver cómo sucumbía al espíritu navideño. El último fantasma era el más inquietante, con su "ropaje de profunda negrura". No hablaba, no tenía rostro. Tan solo mostraba una mano que guiaba a Mr. Scrooge por las distintas escenas de su futuro. Yo leía deprisa mientras oía a mi madre y a mi abuela cacharrear en la cocina, y, de repente, abrirse la puerta de la calle y entrar mi padre silbando. Entonces cerraba el libro con un golpe seco y salía como una bala del dormitorio con cara de buena y sonrisa de falsa.
Y así, poco a poco, escapada a escapada, entre ángel de cartulina y nueces de purpurina, iba leyendo la historia del avaro Mr. Scrooge, sus tres fantasmas y su conversión al espíritu navideño. Y ahora que no puedo esconderme en el dormitorio de mis padres, me conformo con echarle una ojeada cuando voy a su (mi) casa y mi madre lo tiene todavía en la mesilla de noche, junto a su cama.
Y vosotros. ¿Cómo recordáis este cuento?


