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domingo, 11 de mayo de 2014

Monsieur Ibrahim et les fleurs du Coran

Lo veía desde lejos mientras la profesora lo sostenía en sus manos junto a otros cuatro o cinco libros. Abiertos todos como un pequeño abanico, este era el primero del reparto de lecturas que ella nos ofrecía para el próximo trimestre. Mientras lo miraba, estaba segura de que el señor de la foto era Omar Sharif, quien me robó el corazón en Doctor Zhivago, pero a veces mis ojos me engañan.
   Cuando lo cogí para ojearlo, mi intuición no me había fallado. Quizás fue este motivo tan superficial el que me hizo elegir este libro como lectura de mi clase de francés, o quizás fue el pequeño resumen de la contraportada: "Las apariencias son tramposas, la rue Blue no era azul, el árabe no era árabe y la vida no es, quizás, forzosamente triste". El motivo es lo de menos porque, de la misma forma que yo lo agarré fuerte con las manos, me agarró él a mí con su historia.
   El pequeño Moïse es un niño judío de once años que no se comporta como tal, más bien tiene trazos de adolescente precoz. Quizás sea la vida difícil con la que se ha encontrado: abandonado por su madre, vive con un padre triste y tacaño, que echa de menos al hermano mayor de Moïse, a quien su madre se llevo en su huida. Esta vida de soledad le es más llevadera sisando a su padre algunos francos que le permiten visitar a las prostitutas del final de la calle. Esta habilidad sisadora, la practica también con M. Ibrahim, el árabe que no es árabe, y que regenta la carnicería de la esquina, surgiendo entre ellos una auténtica amistad: " (...) si tienes que seguir robando, ven a robar a mi tienda". A partir de estos "mimbres" se construye una historia entrañable, llena de ironía y de lecciones que va dando la vida y que podemos enfocar de muchas maneras. En este caso, "Momo" (como le llama M. Ibrahim), decide fiarse de las enseñanzas que el anciano dice haber prendido del Corán, para hacer frente a todo lo que le ocurre.
Éric-Emmanuel Schmitt
   Su autor, el escritor belga Éric-Emmanuel Schmitt, no puede evitar "contaminar" la historia con pequeñas reflexiones filosóficas como buen licenciado en la materia, reflexiones sobre los sentimientos, los miedos, la amistad... la mayoría de ellas llenas de ironía: "En fin, el sufismo no era una enfermedad (...), aunque hay formas de pensar que son enfermedades, dice a menudo M. Ibrahim".
   M. Ibrahim será la tabla de salvación de un chico falto de cariño, pero con una fuerza interior y un instinto de supervivencia increíbles. Él le enseñará mucho de su sabiduría y a cambio recibirá cariño y compañía. Juntos emprenden un viaje por Europa, un viaje también personal, hasta la tierra del viejo carnicero que será, especialmente para Moïse, todo un aprendizaje para la vida y la madurez que le rondaba desde el inicio de la novela. Habrá muchas cosas que también nosotros iremos descubriendo, al mismo tiempo que el joven protagonista, porque no todo es lo que parece.
   Mi francés está dando sus primeros pasos y estoy segura de que me he perdido muchas riquezas y matices, pero es el suficiente como para comprobar la sutileza y la ironía del lenguaje de este escritor y la sencillez con la que nos habla de sentimientos muy profundos, lo que me ha permitido aprender algo más que vocabulario.
   No sé si veré pronto la película que se hizo a partir del libro, pero estoy segura de que volveré a leerlo de nuevo, cuando mi francés haya avanzado lo suficiente como para soltar el diccionario de la mano libre que me dejaba M. Ibrahim y sus flores. Y espero que sea pronto.
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