Cuando vi, en casa de mis padres, sobre la mesa de la ventana, el libro de Cristina Morató, Reinas malditas, mi mano se adelantó a mi cabeza para echar mano de él y llevármelo a hurtadillas; había disfrutado tantísimo con su otro Viajeras intrépidas y aventureras que no me podía parar a pedirlo siquiera... Me lo llevé a escondidas; conozco a la dueña del libro y tiene la fea costumbre de terminar los libros que empieza, y yo no podía esperar.
Así que, cometido el delito, me metí de lleno en la historia, esperando que hubiera merecido la pena: la vida de estas seis mujeres tan peculiares así me lo parecía. Y me puse manos a la obra.
Sissi era la princesa de mi infancia, de las peleas con mis primas por representarla en mis juegos, la protagonista de mis "grandes actuaciones" frente al espejo disfrazada con los tules, pañuelos, vestidos y faldas de mi madre.
Sobre María Antonieta y Victoria de Inglaterra parecía imposible decir algo más de todo lo que ya se había escrito y filmado, así que el interés era mayor por descubrir posibles novedades.
Cristina de Suecia había tenido siempre la cara de Greta Garbo para mí, pero sabía que nada había más lejos de la realidad, necesitaba conocerla de verdad.
Eugenia de Montijo me atraía por toda la "mala baba" que los franceses habían vertido sobre ella y que no coincidía en nada con los testimonios de los que la trataron, entre ellos, muchos intelectuales franceses. Aunque solo fuera por orgullo patrio, quería descubrir el fondo de la historia.
Y finalmente, Alejandra Romanov, la última zarina, una mujer que siempre me había despertado mucha tristeza.
Pues bien, tras una documentación increíble, unos datos bien fundamentados, unos aspectos diferentes a todos los que yo había visto otras veces, estas reinas me resultaban muy lejanas. No sentía pasión en el relato; todo era solo un recuento de hechos y de datos en los que veía poca alma, un alma que sí había notado en ese otro libro del que os hablaba al principio, y en el que había visto admiración por aquellas aventureras. En este caso, no tenía por qué haber admiración hacia unas reinas que, en muchos casos, eran déspotas, caprichosas, marimandonas e iracundas. Pero otras también eran cultas, bondadosas, inteligentes y luchadoras y, para colmo, las había elegido la autora, imagino que libremente.
No he entendido esa falta de entusiasmo, ese relato extremadamente correcto, limpio de todo, casi aséptico. Como todo esto es una cuestión de percepciones, os pido la vuestra si la habéis leído, para saber si me equivoco. Si no, os animo a que la leáis porque seguro que aprenderéis mucho y es posible que hasta comprendáis a estas mujeres mucho mejor.

