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domingo, 1 de junio de 2014

Cerrar un cine, abrir un teatro

La primera vez que vi Cinema Paradiso sentí un nudo en la garganta. Me atrapó la historia, me enamoró la música y me emocionó la escena final de aquellos besos cortados por la censura y ensamblados de nuevo por las expertas manos de Alfredo. Pero lo que verdaderamente me hacía llorar como un niño era ver caer desplomado el cine en el que había ocurrido todo. 
   Yo había visto desplomarse poco a poco el cine de mi infancia. El antiguo "Gran Teatro" había quedado reducido a escombros. El que fue un teatro real, el coliseo cubierto más antiguo de España, se había caído a pedazos. La sala en la que descubrí la magia del cine se había cerrado hacía ya varios años sin que nadie pusiese remedio. El teatro y cine en el que mis abuelos vieron a Estrellita Castro o Gilda, en el que mis padres rieron con las comedias y vibraron con las películas, el ya definitivamente cine en el que yo descubrí la magia de la gran pantalla en medio de la oscuridad y el olor de las palomitas había perdido su cielo y todos los bastidores, bambalinas y telones que habían subido y bajado durante años.


   La increíble y maravillosa música de Ennio Morricone me hacía recordar aquellas tardes de domingo, en la sesión infantil de las cuatro y media, con las palomitas y el regaliz negro, con los gritos y aplausos de entusiasmo cuando el prota vencía al malo. Recordaba las naves de La guerra de las galaxias pasando por encima de mi cabeza hasta perderse en el espacio, a John Travolta enamorándose a pleno pulmón de Olivia Newton John, a Indiana Jones salvando el arca de la alianza y obligándome a elegir la carrera de Historia o el maravilloso ciclo sobre Hitchcock donde descubrí todo lo que puede dar de sí una soga.
   Al escuchar esta increíble banda sonora, más con el corazón que con los oídos, mis lágrimas caían como una catarata y mis compañeros de butaca me miraban como si me hubiera vuelto loca. Cada nota suya era un suspiro mío hasta acabar llorando juntos el protagonista y yo.

   Ahora, veinticinco años después de aquel cierre tan doloroso, aquel cine de mi infancia vuelve a abrir sus puertas convertido en un encantador teatro, cargado de los aires del original, inaugurado por Carlos III en 1766. Ayer, cuando pasé por delante de las puertas sentí cierta nostalgia al ver que mi cine se había transformado en un nuevo escenario lleno de posibilidades. Habían cambiado muchas cosas, pero estoy segura de que sus fantasmas, como los del Roxy de Serrat, estaban haciendo de las suyas entre las nuevas bambalinas que estaban a punto de estrenarse. Bienvenido "Teatro Carlos III".

jueves, 17 de abril de 2014

La saeta. Antonio Machado

Dijo una voz popular:
«¿Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?»

Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar.
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.

Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores
!Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!.



jueves, 27 de marzo de 2014

Momento musical teatral: pura magia, pura música

Dicen que la magia está por todas partes y que solo hay que saber verla. Puede ser, pero, además, la magia busca a aquellas personas que saben agarrarla con las manos y hacer con ella verdaderas maravillas. Una de esas personas es Isabel, además de pianista, artista, profesora, directora de una escuela de música, cantante de un coro, madre de dos niños, fotógrafa y bloguera. 
   Hace unos días, yo tuve la suerte de disfrutar de esa magia. Ella me invitó al salón de su casa, junto a otras muchas personas más y a unos cuantos amigos músicos (uno de ellos muy especial para mí). Unos sillones, una mesa de café, un bonito perchero y un hermoso piano hacían de su salón el lugar perfecto para sentarse cómodamente a escuchar música. Todos fuimos entrando poco a poco y fuimos ocupando nuestros asientos. Cuando estábamos ya preparados para tomar el té, de repente, sonó el timbre y sus amigos del Grupo de cámara Croché fueron llegando, uno por uno, para unirse a la fiesta.
   El público invitado era de lo más exigente, porque los niños (y los no tan niños) saben perfectamente lo que les gusta y lo que no, y sus padres también, ya que sufren las consecuencias del desengaño o disfrutan de lo que les emociona. Así empezó todo, la magia se fue apoderando del salón y de cada una de las butacas del pequeño auditorio, y cada uno de los invitados pudo disfrutar de los grandes músicos que había en el escenario.
   Ellos, nos enseñaron cómo eran sus instrumentos, cómo se tocaban, cuales eran sus virtudes. Todos los "niños" escuchábamos con la boca abierta, aprendiendo de las cuerdas de esos propios instrumentos lo que es un pizzicato o un solo de violonchelo, cómo la viola se convierte, por su sonido grave, en la hermana mayor del violín o de como estos últimos discuten por ser el primero del cuarteto. En muchas ocasiones, se colaba el piano de Isabel, que no se conformó con preparar la casa, atender a sus amigos o dirigir estas interpretaciones "teatralizadas".
   Finalmente, los aplausos no dejaban a los músicos despedirse porque no solo los niños habían disfrutado como enanos con la gran actuación musical y teatral de los genios del escenario, sino que todos nos marchábamos de allí con una sonrisa de oreja a oreja, reconociendo cuándo algo está bien hecho. No sólo la magia se había pasado por allí, también la fantasía de la música, la imaginación de la puesta en escena y la habilidad para combinar todas esas cosas.
   Y yo estuve allí. ¡Qué pena todos aquellos que se lo perdieron!
Los que viváis cerca de Madrid, tenéis la posibilidad de disfrutar de este mágico salón. Pinchad aquí.

domingo, 2 de marzo de 2014

Paco de Lucía

Imagen tomada de ElNaviero.com
Todas las guitarras están mudas, todas ellas se han quedado huérfanas, las que pasaron por sus manos y las que nunca podrán hacerlo. Ha muerto Paco de Lucía, el mejor guitarrista del mundo, y no admito discusión.
   Nació en Algeciras y respiró arte todos los días. Su padre le enseñó todo sobre la guitarra, su madre le enseñó todo lo demás, según él mismo contaba. Con siete años dio su primer concierto y con diecisiete grabó su primer disco. Cantaor frustrado por culpa de su timidez, llevaba el genio dentro en otra forma: la guitarra. Porque el arte se respira, pero el genio se es; se trabaja, se cultiva, pero se es. El genio se tiene dentro o no se tiene, y el lo tenía, lo tenía todo. 
   Se han parado las manos del más grande, del que tocaba flamenco junto a Camarón (el mejor artista que decía haber conocido, como si él no se mirara al espejo), jazz junto a Chick Corea o baladas con Brian Adams. Se han parado las manos que recogieron el premio Príncipe de Asturias y el doctorado Honoris Causa por el Berklee College de Boston.
   El hombre tímido y discreto que no pedía a gritos subvenciones para el arte en las galas porque demostraba lo que su arte merecía encima de un escenario; el que fundía el saber ancestral de la música flamenca con nuevos ritmos de blues y jazz cuando no lo hacía nadie, salvo él, que, con una guitarra entre las manos, se atrevía a todo, porque todo lo conseguía; el que sin alharacas, sin exigencias, discretamente, recogía premios y reconocimientos sacando de dentro el genio y el ingenio; el que enseñó al pop español cómo se trata a una guitarra; un hombre tranquilo, mientras no la tocara, entonces era atrevido, original, "Virtuoso", omnipresente; luego, cuando la reposaba con cuidado, volvía a ser casi invisible, excepto, ¡que curioso!, en Amsterdam donde, al parecer, no podía pasear por las calles sin que una multitud le reclamara y le pidiera autógrafos. Sí ¡Que curioso! Me pregunto cuántos de nuestros jóvenes le conocen.
   Y es que así son las cosas en esta tierra nuestra, la que no se cansa nunca de producir grandes genios para olvidarlos después, en las instituciones, en los medios intelectuales, en los círculos que se adueñan de la vida cultural, en la televisión. Aunque quiero pensar que no en las calles, ni en la música que suena en los patios de las casas, ni en los silbidos y tarareos de la gente, ni en los discos de antes o en los CD de ahora.
   Yo, desde luego, no pienso olvidar nunca sus manos rasgando la guitarra que traducía las partituras del maestro Rodrigo. Con el permiso de Narciso Yepes y de Andrés Segovia, el Concierto de Aranjuez nunca tuvo un intérprete como él. Es domingo, no hay prisas, oídle tranquilamente.

domingo, 23 de febrero de 2014

Amami Alfredo

Era difícil entrar en la sala. Todo el mundo se agolpaba en las puertas como si fueran a perder sus asientos. Yo sujetaba mi entrada con la mano izquierda y a mi acompañante con la derecha. Empezamos a subir las escaleras y enseguida encontramos nuestro sitio. Veíamos perfectamente el escenario y controlábamos cada una de las sillas en las que iban a sentarse los músicos. De pronto, todo quedó a oscuras y en silencio. Nada se movía, nadie respiraba. La emoción del instante en que el director alza la batuta y la suspende en el aire tiene comparación con muy pocas cosas. 
   De repente, esa batuta cayó de golpe sobre los músicos y todo empezó. La música, las emociones y los aplausos iban pasando de uno a otro sin tregua. Por fin llegó ese momento que mi corazón y mi garganta estaban temiendo. Mi corazón, porque late a mil por hora cada vez que escucho esta pieza, y mi garganta porque se estrecha como unos vaqueros recién lavados. Ya no había marcha atrás, sabía lo que iba a pasar.
   Empezaron los primeros acordes de la parte más hermosa, para mí, de La Traviata, la parte que desata mis emociones más románticas y lloricas; esa parte en que la dulce Violeta tiene que abandonar a su amado Alfredo, el momento en que quiere sentir por última vez el abrazo de la persona que le da la vida para, después, dejarla para siempre. La música acompañaba a la perfección los sentimientos de angustia y dolor en la voz de Violeta y también mis lágrimas, que iban acercándose a la salida.
   Y es que, cuando algo te toca el corazón, no tienes escapatoria, da igual lo que intentes hacer para evitarlo; no importa que estés en medio de un auditorio lleno de gente que verá tu nariz enrojecida y tus ojos llorosos en cuanto enciendan las luces para el descanso, un descanso de diez minutos que los músicos y este corazón mío necesitaban para seguir. Porque, cuando escucho a Violeta pedir a Alfredo que la ame por última vez, no hay nada en el mundo que detenga el río de lágrimas que sale de mis ojos, acompañado de suspiros e hipos, como corresponde a una gran emoción. 
   He intentado analizar psíquicamente esta reacción, quizás algo exagerada. He hecho experimentos muy serios con mi persona para saber en qué momento exacto y con qué notas, mi cerebro deja de controlar mi cuerpo, desde el primer cosquilleo en la nariz hasta el primer hipo. Siempre es igual, todo empieza tímidamente con los primeros compases del "Amami Alfredo" y termina desbordándose con el Addio. Porque, cuando algo así nos toca de verdad el corazón, es que se está haciendo arte, y el arte no se puede controlar.

Dedicado a las creadoras de "Momentos musicales" que provocaron mi adicción a estos ratitos. Y espero, con su permiso, poder traer a mi blog, algún otro "momento" de vez en cuando.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Momento musical navideño

Mis días de Navidad han estado llenos de miles de villancicos de todos los colores y ritmos, alegres o pausados, con coros o con panderetas, rocieros o teutones, en inglés, andaluz, español o latín. Todos los villancicos me han causado siempre el mismo efecto: multitud de mariposas en el estómago y un ritmo ágil en cualquier cosa que estuviera haciendo en casa.
   He odio villancicos en las iglesias, en las plazas de los pueblos, en los teatros de los colegios, en los labios de mi madre o en los chapurreos de mi sobrina. Los he bailado con amigos en las fiestas de fin de año o en las comidas de empresa. Los he cantado por lo "bajini" o a voz en grito. Todos, absolutamente todos, me han hecho reír y emocionarme. He sentido un nudo en la garganta con Noche de paz, cantada por los niños cantores de Viena, o con El tamborilero, de Raphael. Me he tronchado de la risa con Abeto fiel (perdón Alberto) y he dado botes de desesperación con  los Pitufos maquineros.
   Pero solo uno está en mi recuerdo de una forma especial, el que cantamos un grupo de amigas y yo en el instituto, una Navidad en la que nos invadió la locura y decidimos participar en un concurso de villancicos organizado  por el departamento de Literatura. La profesora de Latín nos animó a cantar Adeste fideles y nosotras, plenamente descerebradas como correspondía a nuestros 15 años, ensayamos y ensayamos en clase aquellos maravillosos latinajos que no sonaban mal del todo. 
   El problema surgió el día del "estreno". De nuestra conocida y cómoda clase, tuvimos que pasar al enorme y desangelado salón de actos al que, generosamente, solo habían acudido unas quince o dieciséis personas, la mayoría el resto de participantes. Disfrazadas como muñecas de Famosa, todavía no sé por qué maldita decisión, fuimos entrando en el casi vació y frío salón de actos, cogidas de la mano, hasta llegar a los pies del escenario. En aquel momento mi timidez apareció en todo su esplendor y no recuerdo absolutamente nada. Tengo todo sumido en una espesa neblina. No sé cómo llegué arriba del escenario, ni cómo mi boca empezó a cantar, todo aparece borroso en mi memoria, acompañado de un sudor frío y un zumbido en los oídos. 
   Y en ese momento, se produjo el milagro navideño. Alguien con mejor voluntad que acierto, decidió repartir nieve en polvo detrás de nosotras, mientras soltábamos nuestros trinos, dando pequeños saltitos como un elfo, y la explosión de carcajadas entre los que esperaban su turno fue tan fuerte que se contagió como un virus por toda la sala. Nadie podía dejar de reír, ni de cantar, ni de aplaudir. La tensión se esfumó como por arte de magia y la música del radiocassette entró por fin en mis oídos, desapareció la timidez y, en nuestra segunda oportunidad, el Adeste fideles salio de nuestras bocas como si fuéramos dulces angelitos, y todo terminó con un dignísimo segundo premio que disfrutamos como se merece en la hamburguesería de la esquina.
   Tranquilos, no he puesto nuestra versión, sino esta maravillosa interpretación de Andrea Bocelli que, estoy segura, os gustará más. Feliz Navidad a todos.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Momento musical de CINE

Era una tarde de mucho calor. Había estado esperando en la puerta del cine a que llegaran mis amigas. Estrenaban La Misión, una película llena de buenos actores, de grandes localizaciones, según anunciaba la crítica, y de una banda sonora única. 
   Quedaban apenas cinco minutos para que empezara la película y mis amigas no llegaban. Había que comprar palomitas, es imposible disfrutar de una gran película sin palomitas. No íbamos a tener tiempo, si no aparecían pronto. Empezaba a ponerme muy nerviosa, empezaba a sudar y mucho, paseaba arriba y abajo por la acera sin parar. Nada, que no llegaban y la peli a punto de empezar. Estaba decidida a entrar yo sola; no estaba dispuesta a perderme el principio, el apagado de las luces, los susurros de los que se están sentando, los primeros silencios. Agarré el picaporte de la gran puerta de madera y me dispuse entrar. De repente oí que me llamaban "Marisa, espera". Se oyeron carreras por el  vestíbulo, mis amigas llegaban sofocadas, nerviosas, yendo como flechas a por su entrada. 
   Corre que te corre, el acomodador nos sentó en nuestras butacas, no nos había dado tiempo a comprar las palomitas, yo estaba que echaba chispas por la tardanza, por el calor, las prisas, los sudores.
   De repente, una música mágica lo envolvió todo, era dulce pero llena de fuerza, era grandiosa sin ser abrumadora, era bellísima, maravillosa, perfecta y calmante, muy calmante. Esa melodía mágica tranquilizó mi corazón y mi espíritu. Olvidé por completo el calor, el sudor, el enfado y las palomitas. La magia de Ennio Morricone me llegó al corazón y, desde entonces, no se ha ido. 
   Muchas felicidades a los músicos por su gran día. Muchas felicidades a Isabel por su primer año de bloguera, en Mi isla de la música, que seguro que serán muchos más. Y muchas felicidades por esta genial idea del Momento musical de cine que ha unido dos de mis placeres más queridos. Gracias por todo, miles y miles de veces.

lunes, 21 de octubre de 2013

Mi momento musical relajaaaaante

Todos los meses espero con ganas esta cita con La isla de la música y con La morada de Nieves. Y es porque pocas veces disfruto tanto como en este momento musical. Es la música, como los olores, lo que despierta mis recuerdos y lo que provoca en mí miles de reacciones. 
   
En esta ocasión, cuando empecé a pensar sobre mi momento musical relajante, tuve claro por primera vez la música que iba a elegir y por qué. Hasta ahora me resultaba muy complicado hacerlo porque siempre había miles de posibilidades en mi cabeza para expresar los distintos temas propuestos para nuestros momentos musicales. Pero esta vez solo había una posibilidad para mí: la única música que había conseguido tranquilizar mi espíritu en los momentos complicados de mi vida; la única melodía que me calmaba el alma estuviera como estuviese; los únicos acordes que me hacían flotar como si estuviera sobre una nube. 
   Y es que esta música llena por completo mis sentidos, como si fuera seda, como cuando me abraza uno de mis pequeños sobrinos después de haber comido galletas María o natillas y su olor sube por mi nariz hasta mi cerebro mientras siento el calor de una de sus manos en mi cuello o en mi cara. Cuando escucho sus canciones, todo mi cuerpo se relaja, todos mis sentidos perciben como nunca. Para mí es como meterse despacio en una bañera de agua caliente y llena de espuma con aroma de La Toja. Mi cabeza se llena de imágenes de todo tipo: vaivenes del agua a la orilla del mar, hamacas meciéndose bajo los árboles, un campo verde lleno de sombra donde dormir una buena siesta. 
   El problema solo ha sido uno: elegir uno de sus temas, elegir solamente una canción de entre todos sus álbumes, tener que decidir entre todos los acordes que me serenan el alma, porque eso es lo que hace Enya conmigo, serenarme el alma cuando la tengo a mil por hora, completamente desbocada. En esos momentos, me tumbo tranquilamente en el sofá, enchufo el equipo de música, le doy al play y cierro los ojos. Todo lo demás ya no depende de mí, está en sus manos. Y ahí me quedo hasta que todo vuelve a su lugar, mi alma a su escondite, mi corazón a latir con normalidad y las imágenes de mi cabeza a recuperar la realidad.
   Aquí os dejo la que, después de mucho pensar, he elegido como la más relajante y curativa de todas. ¡Qué la disfrutéis!

sábado, 21 de septiembre de 2013

Momento musical vibrante

Cada vez que llega el día 21 de cada mes, sé que tengo una de las tareas más especiales y mágicas desde que empecé este blog, Mi momento musical. Y eso es porque escuchar música y hablar sobre ella siempre me cura.
   Igual que me ocurre todos los meses, tengo que andar dándole vueltas a la cabeza para ver qué elijo, porque se me agolpan un montón de temas. -- "Eso es bueno" -- me digo. -- "Eso quiere decir que he sentido mucho".
Cuando La morada de Nieves propuso el Momento musical vibrante, dos canciones saltaron las primeras a mi cabeza: El universo sobre mí, de Amaral e Insurrección, de El último de la fila.  Los dos me trajeron recuerdos de momentos llenos de energía, vitalidad, adrenalina y ganas de comerme el mundo, llenos de lo que para mí significa vibrar y sentirme llena de vida. Son dos momentos que vuelvo a recordar, alguna vez, sintiendo casi las mismas cosas que sentía entonces. 
El primero lo reservo para momentos caseros en los que, como bien dice la canción, "quiero vivir, quiero gritar, quiero sentir el universo sobre mí". 

   El segundo es un recuerdo más lejano pero que todavía se conserva muy bien.

   Era el mes de mayo y estábamos a las puertas de la vorágine de los exámenes universitarios. Esos días estábamos casi prisioneros en la biblioteca de la facultad, en donde no te podías permitir perder tu sitio en la sala, porque miles de ojos acechaban "como un halcón" en busca del ingenuo que se marchara a estirar las piernas. Después de pasar allí todo el día intercambiando apuntes, consultando libros, esperando los que no llegaban, decidiendo los que te llevabas; después de varios turnos de vigilancia del puesto, con permisos cortos para ir al baño, tomar un café o fumarse un cigarrito (tanto si fumabas como si no), llegaba el momento de salir al exterior, cansados, con los ojos llenos de luz fluorescente y los oídos cargados de siseos y cuchicheos. En uno de estos días, cuando ya abandonábamos la clausura, llegamos a ese bar que alguien eligió la primera vez y que se convirtió en el oficial para siempre, pedimos una cañita y un pincho de tortilla y sonó Insurrección  y, como tocados por una barita mágica vibrante, empezamos a cantar como locos,  "me siento hoy como un halcón, llamado a las filas de la insurrección". La energía nos quitó de un plumazo el olor a encierro, los ojos rojos y el cansancio y me unió todavía más a aquella panda de ilusos que adorábamos la Historia y pretendíamos vivir de ella. Algunos lo han conseguido.



miércoles, 21 de agosto de 2013

Momento musical. El cierre del verano

Hola a todos de nuevo. He pensado mucho en este momento musical del verano porque mi cabeza estaba llena de canciones y me resultaba muy difícil elegir una música, un recuerdo o un verano.
   De pronto recordé mi último verano en el colegio. Al año siguiente empezábamos el instituto y algunas de nosotras dejaríamos de ser compañeras de clase. Ese verano fue bastante especial porque disfruté cada momento del día, hasta las siestas que tanto odiaba y que tanto deseo ahora.
Nos juntamos cuatro amigas que pasábamos las tardes de verano montando en bici, yendo a la piscina, comiendo helados y paseando por las calles contándonos miles de cosas, de secretos, de deseos y de temores de lo que nos esperaba al año siguiente. En medio de todo este "batiburrillo", nos sentíamos más mayores que nunca (a pesar de nuestros catorce tiernos años) por la responsabilidad que suponía cambiar de sitio y de compañeros, compartir pasillos, patios y aulas con chicos mayores que nosotras y tener un profesor para cada asignatura que, no sé por qué, nos parecía el colmo de la madurez (se acabó ya eso de "la clase de la profesora Fulanita"). Ese verano me dio otra perspectiva de la vida. Ya dejaba de ser niña, yo misma no me sentía niña y  todo a mi alrededor cambiaba.
   Aunque cantábamos y bailábamos cualquier cosa que oyéramos por la radio, hubo un tema en especial que nos tocó el corazón mientras llegaban los últimos días de agosto y El Corte Inglés ya anunciaba mochilas nuevas y cuadernos blancos y pulcros llenos de posibilidades. En esos momentos, los padres de una de nosotras habían rescatado discos del Dúo Dinámico (lo sé, no son precisamente glamurosos, pero...) y nos machacábamos con el tema El final del verano, de una forma totalmente masoquista, pensando en todo lo que habíamos pasado juntas y todo lo que nos esperaba en adelante. 
   Este es mi homenaje a uno de los veranos más encantadores y más nostálgicos que recuerdo: el de la amistad.

domingo, 21 de julio de 2013

Mi momento musical infantil

Hola a todos. Ya estamos otra vez aquí, compartiendo nuestra vida musical y, como dice Isabel, conociéndonos un poco más a través de la música. Y me parece especialmente bonito empezar este aprendizaje siendo otra vez niños. Y es que la infancia es ese mundo entre el sueño y la realidad donde mezclamos lo que realmente recordamos con lo que nos cuentan nuestros padres que pasó, y de todo ello surgen nuestras primeras sensaciones, nuestros primeros sentimientos. Para mí, esos momentos entre la realidad y la ficción están llenos de las canciones de los Payasos de la tele (Gabi, Fofó, Miliki y Fofito), de sus vestidos largos y de sus enormes narices. 
   Mis recuerdos me llevan a los primeros días del verano, a la edad de seis años, cuando había que dormir la siesta, sin remedio, después de comer y esperar para poder ver la tele a la hora de la merienda. Me levantaba con los ojos pegados, el pelo revuelto y una marca de la sábana en la cara. Después, con los restos del sueño todavía pegados a mí, mi hermano y yo delante de la tele y la merienda delante de nosotros, (preparada por nuestra abuela y colocada sobre una mesa baja de mármol negro y patas de metal plateado y brillante) estábamos preparados para gritar como niños cuando Fofó nos preguntara "¿Cómo están ustedeeeeees?". Después todo era reír y cantar con Mi barba tiene tres pelos, Hola don Pepito, hola don José, La gallina turuleca, etc. (servidora ya tiene una edad) y mis abuelos sentados frente al enorme balcón, unas veces cantaban con nosotros, otras miraban a la calle distraídos.
Son los primeros recuerdos de unos primeros años todavía confusos en los que todo se entremezcla un poco: los sueños del verano con las imágenes guardadas y con los sonidos cantados. Encantada de volver a saludaros de nuevo, me despido con una de las canciones que más cantaba en medio de aquellas meriendas y que luego he podido cantar, de nuevo a voz en grito como entonces, gracias a lo más grande que me ha dado la vida: mis sobrinos.
¡Qué lo disdrutéis!


viernes, 21 de junio de 2013

Mi momento musical italiano

En una vieja caja de madera que yo misma decoré hace cientos de años, conservo una vieja cinta de música italiana de mi primer viaje a Italia. De vez en cuando, la desempolvo y la escucho en mi más viejo todavía radiocassette, y puedo recordar, casi a la perfección, aquel maravilloso viaje en el que aprendí, sentí y experimenté tantas cosas.
   Esa vieja cinta guarda una canción muy especial, la canción que tocaba un viejo músico callejero en una pequeña plaza de la ciudad de Boloña, en la que se encontraba una de las iglesias románicas más hermosas que he visto nunca. La canción era del músico italiano Angelo Branduardi, Vanitá di vanitá, y la iglesia era la de Santo Stefano.
    Ni el señor era un virtuoso de la flauta, ni el instrumento estaba en las mejores condiciones, pero en aquel momento daba igual, la pasión con la que tocaba hizo que la música se pegara a mí de tal manera que no podía dejar de tararearla, casi  sin pensar, y así entramos las dos en la iglesia.
  
   El interior apenas estaba iluminado con unas cuantas velas y unos pocos candelabros. Sus gruesos muros producían ese frío especial  de las iglesias antiguas, en contraste con el inmenso sol y el calor de la calle. El olor de las velas, de la humedad, de los antiguos muros, todo unido a la música que seguía sonando allí dentro, creó una especie de conjuro. De repente, el agobio del calor había desaparecido. El olor a incienso era suave y el murmullo de los visitantes y turistas casi parecía una oración. Mientras recorría la nave central, impresionada por el ambiente, yo seguía tarareando la letra: "sei felice, sei, dei piacieri tuoi" (Sé feliz, sé, con tus placeres).
   ¿Cómo no iba a ser feliz? Mis pies necesitaban un descanso, y también mis posaderas, y allí había encontrado el refugio  que necesitaba: "vivete con gioia e semplicitá, state buoni se potete, tutto il resto è vanitá" (vivid con alegría y sencillez, sed buenos si podéis, todo el resto es vanidad), seguía diciéndome la cancioncilla. En aquel momento no había mayor goia para mí que sentarme sobre las miles de capas de barniz de uno de los antiguos bancos de madera, y tranquilamente, disfrutar de todas las maravillas que había allí guardadas mientras la música todavía me susurraba: " state buoni se potete" (allí dentro era imposible ser malo) "tutto il resto é vanitá" (allí dentro era imposible no ser humilde).
   Los gruesos muros de pequeños ladrillos, los blasones señoriales, las imagines y pinturas románicas que me rodeaban acompañaban a la perfección a ese anciano músico que me trasladó, con unos cuantos soplidos, a los tiempos de quienes llenaron la iglesia de fe, de trabajo y de arte.
   Felicidades a todos en el día de la música.


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