La primera vez que vi Cinema Paradiso sentí un nudo en la garganta. Me atrapó la historia, me enamoró la música y me emocionó la escena final de aquellos besos cortados por la censura y ensamblados de nuevo por las expertas manos de Alfredo. Pero lo que verdaderamente me hacía llorar como un niño era ver caer desplomado el cine en el que había ocurrido todo.
Yo había visto desplomarse poco a poco el cine de mi infancia. El antiguo "Gran Teatro" había quedado reducido a escombros. El que fue un teatro real, el coliseo cubierto más antiguo de España, se había caído a pedazos. La sala en la que descubrí la magia del cine se había cerrado hacía ya varios años sin que nadie pusiese remedio. El teatro y cine en el que mis abuelos vieron a Estrellita Castro o Gilda, en el que mis padres rieron con las comedias y vibraron con las películas, el ya definitivamente cine en el que yo descubrí la magia de la gran pantalla en medio de la oscuridad y el olor de las palomitas había perdido su cielo y todos los bastidores, bambalinas y telones que habían subido y bajado durante años.
Al escuchar esta increíble banda sonora, más con el corazón que con los oídos, mis lágrimas caían como una catarata y mis compañeros de butaca me miraban como si me hubiera vuelto loca. Cada nota suya era un suspiro mío hasta acabar llorando juntos el protagonista y yo.
Ahora, veinticinco años después de aquel cierre tan doloroso, aquel cine de mi infancia vuelve a abrir sus puertas convertido en un encantador teatro, cargado de los aires del original, inaugurado por Carlos III en 1766. Ayer, cuando pasé por delante de las puertas sentí cierta nostalgia al ver que mi cine se había transformado en un nuevo escenario lleno de posibilidades. Habían cambiado muchas cosas, pero estoy segura de que sus fantasmas, como los del Roxy de Serrat, estaban haciendo de las suyas entre las nuevas bambalinas que estaban a punto de estrenarse. Bienvenido "Teatro Carlos III".






