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| Edificio palacial |
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| Casa de Mamerto |
Y es que el día no acompañaba en absoluto. El cielo estaba plomizo, a veces chispeaba, luego salía el sol, pero siempre soplaba el viento. Todo esto en medio de un paraje solitario, cruzado por el río Guadarrama y delimitado por una pequeña valla metálica. En el parque arqueológico de Carranque, me esperaban los restos de una antigua villa romana, rica por su actividad en la producción de vino y aceite y, ahora, magnífica por sus mosaicos. Solo tenía que caminar muy despacio para empaparme bien de lo que había sido aquella villa; pararme el tiempo suficiente en cada construcción para imaginarme sus muros, sus accesos, sus pavimentos; hacer fotos que retuviesen en mi cabeza el lugar que estuvo ocupado, hace siglos, por los "tardo-romanos" del siglo IV d. C.; y disfrutar, disfrutar mucho de lo que otros hicieron antes.
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| Mosaico |
No tenía que llamar, la puerta estaba abierta, la planta me recibía llena de colores, de escenas mitológicas increíbles, de dimensiones que todos quisiéramos para nuestro pisito. Una pasarela me dejaba recorrer poco a poco el perímetro de la vivienda, me permitía detenerme en la cocina y pasar después al comedor, bordear el jardín central y llegar al gran salón, y seguir después por las otras habitaciones hasta volver a la entrada. Después, afuera, estaba el campo, el río con sus árboles y un poco de sol para acompañarme. Desde allí, volví paseando tranquilamente, tratando de retener en mis ojos todo lo que había visto, porque no confiaba en la cámara de fotos. Esta no te retrata las sensaciones, ni fija la boca abierta durante todo el recorrido. Eso era algo que solo yo podía retener.
¿Qué libro releería al llegar a casa? Seguramente Sonnica la cortesana, de Blasco Ibañez. Es verdad que no correspondía ni a aquel lugar ni, exactamente, a aquel momento, pero había tanto de la vida, las costumbres y la mentalidad romanas en ese libro que necesitaba acercarme a él para saborear un poco más mi excursión al pasado.



