domingo, 23 de septiembre de 2018

Mientras tú no estabas

Este ha sido uno de esos libros que me dan buen pálpito cuando me los cruzo; luego puede pasar cualquier cosa, pero el flechazo inicial es seguro. Tenía que elegir deprisa porque se me acababa el tiempo, y la historia de Conchita Montenegro me pareció de lo más atrayente: una española convertida en una gran estrella del Hollywood de los años 30 y, ahora, completamente olvidada. Era un caramelo en toda regla y no me lo pensé dos veces.
   "La Greta Garbo española". Así la llamaron y así se la conoció durante mucho tiempo, hasta que decidió desaparecer, dejar que la olvidaran. Al parecer fue por amor, pero eso es algo que hay que descubrir leyendo la novela. Entre otras muchas cosas. Porque la novela cuenta los más recónditos secretos de esta mujer decidida, disciplinada, luchadora y fuerte que, desde muy jovencita, sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Supo aprovechar las oportunidades que se le presentaban con decisión y sabiendo los riesgos que corría. Y le salió bien.
   La periodista Carmen Ro demuestra su admiración por esta actriz, sin duda. Mezclando datos históricos con imaginación literaria ha reconstruido, a veces, lo que fue y, otras, lo que posiblemente pudo ser la vida de la Montenegro. Lo que vivió, consiguió y perdió la estrella y lo que imagina que pudo haber vivido, conseguido y perdido la mujer.
"Van mechadas las páginas de episodios reales de la protagonista, pero es a menudo el espíritu de la fabulación quien resuelve o no resuelve a su antojo esos momentos".
 
 La autora construye, así, una historia contada a través de la propia Conchita, de los recuerdos de Pelayo, posiblemente uno de los hombres que más la amaron, y de la curiosidad de Inma, la joven periodista que se cruza con él en el momento preciso: una ingeniosa idea para entrelazar dos hilos temporales, entre los que se cuela la vida personal de esta última. 
   Y entonces... ¿Por qué no he conseguido entrar en la novela? ¿Porqué no he conectado con los protagonistas? ¿A dónde se fue ese flechazo? ¿Qué me ha faltado? Como digo muchas veces, mi percepción de las cosas es solo mía y puede  que alguno de vosotros, si la ha leído, eche por tierra mis argumentos, lo que por otra parte estaría genial, ya que la discusión es lo que más nos enseña. Así que, ¡ánimo!
   La cuestión es que todo me ha resultado lejano: el lenguaje utilizado, la descripción de los sucesos, de los pensamientos y sentimientos de los personajes, hasta la estructura de la novela en capítulos cortos, casi como artículos periodísticos. Y puede que sea esto lo que más haya influido en que no le cogiera del todo el tranquillo. 
   El lenguaje me ha resultado un poco artificial, poco creíble en ciertos personajes y, a veces, muy efectista, muy "periodístico", como si buscara el impacto más que el realismo, sobre todo en la descripción de sentimientos, y en ocasiones un pelín pomposo. Los capítulos se me hacían cortos, rápidos, como si quisiera contar muchas cosas y sintiera que le faltaba tiempo. Y, mientras, yo buscaba más narración, esa que me trajera mayor profundidad sobre los sentimientos de los personajes, esa que pausara la marcha acelerada de hechos y acontecimientos. Por suerte, la historia intercalada de Inma y su relación con Pelayo, y la manera en que llega a conocer la vida de Cochita Montenegro, me dio un poco de esa pausa que buscaba.
 
 Y luego esta Hollywood, ese oscuro y misterioso mundo que se esconde tras las cámaras, lleno de las historias truculentas que algunos entendidos nos descubren cuando nos hablan de las luces y las miserias de esta industria. Me habría gustado que hubiese rascado un poco más en ese campo. Las vivencias de Conchita, una mujer que fue amiga de Jean Harlow y Spencer Tracy, que fue perseguida por Clark Gable y Charles Chaplin, no precisamente para "repasar el guión", que tuvo un romance con Buster Keaton y que calló rendida en los brazos de Leslie Howard dan para más intensidad sobre "la meca del cine". 
   Pero no quiero terminar así, con la impresión de una lectura perdida. En absoluto. Porque este libro me ha permitido descubrir una historia muy interesante, conocer a una mujer pionera, luchadora e inteligente y encontrarme con la forma de escribir de esta periodista, a la que solo conocía de alguna que otra tertulia de la televisión. Además, me ha dado otra "perspectiva" del actor Leslie Howard, al que siempre había visto un poco "blandito", sobre todo después de devorar una y otra vez Lo que el viento se llevó y ver cómo dejaba escapar a Escarlata O'Hara. Por eso, aquí me quedo esperando otras opiniones que me descubran lo que yo no he sabido descubrir.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Misterios literarios

En un pequeño pueblo de la Bretaña francesa, un bibliotecario peculiar y solitario decide acoger todos los libros rechazados por los editores, con una condición: debe ser el propio autor quien lo deposite en la biblioteca. Esto despierta toda una ola de popularidad que, sin embargo, termina por desaparecer. Hasta que un buen día, una editora bastante avispada descubre uno de esos libros rechazados, escrito por un tal Henri Pick, y convence a su jefe para publicarlo. El éxito es rotundo, brutal, y según va transcurriendo la novela, más y más misterioso, hasta el punto de que llegaremos a dudar de si el éxito de dicho libro se debe realmente a su genialidad o a toda la "parafernalia" publicitaria que lo acompaña.
   La originalidad de esta novela de David Foenkinos, El misterio Henry Pick, está tanto en lo que cuenta como en la manera en que lo cuenta. El autor, para mostrarnos los "intríngulis" de la historia, llena la novela de múltiples personajes, cada uno relacionado de una forma u otra con el libro del momento, y los utiliza para qué pensemos en cuánto hay de ruido y cuánto de nueces en el mundo editorial. La maraña de circunstancias que tienen lugar debido a todo lo que rodea a la publicación de este libro "rechazado" es tal que cambia la vida de muchos de los protaganistas e, incluso, altera la personalidad de otros. Unas veces, porque son personas decididas, con coraje y empuje para cambiar su destino; otras, por lo contrario, porque se dejan arrastrar por los acontecimientos.
   Sea como sea, El misterio Henry Pick tiene un montón de lecturas diferentes, un montón de puntos de vista distintos, un montón de formas dispares de afrontar las sorpresas que nos trae la vida. El autor, mediante la descripción de sus personajes, el rol que cada uno de ellos asume, las reacciones que cada uno tiene, modela un retrato de nuestra sociedad actual que da que pensar: ¿hasta qué punto nos gusta la popularidad, o el dinero, o el éxito?, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer si se nos presenta la oportunidad de conseguirlos?, ¿somos tan fáciles de manipular por la publicidad y los medios como parece o de verdad hay cierto criterio en nosotros?
   
Como veis, la novela tiene miga. Y también toques de humor, y de ironía, y de ternura. El autor me ha convencido con su lenguaje claro y colorido, con sus metáforas eficaces y con sus notas a pie de página puestas por él mismo para aclarar sentimientos o pensamientos de los protagonistas, incluso suyos propios, arrancándome alguna que otra sonrisa.
   El misterio de Henry Pick es más que el descubrimiento de quién es el autor del "revolucionario" libro; es el descubrimiento de cómo somos realmente cuando algo rompe nuestra rutina, nuestra "zona de confort", que tanto se dice ahora, y que no siempre es de tanto confort como pensamos. El misterio de Henry Pick es también una forma entretenida de hacernos reflexionar sobre la sociedad en que vivimos: llena de apariencias, de "culturetas" de nuevo cuño, de snobismo, de "gurús" que se sienten en posesión de la verdad. Pero también de personas coherentes y honestas, de luchadores natos, de valientes, de pacientes.
¡Qué bien sienta cuando un libro te provoca todas estas cosas! ¿Verdad?

domingo, 12 de agosto de 2018

Veraneando con Mónica

Siempre que leo un libro de Mónica Gutiérrez se me calma el alma. No sé exactamente si ese es el sentido de la literatura feelgood, supongo que sí. Para mí es lo que yo llamo "de buen rollo", de ese que cierras el libro con un gran suspiro de gusto.
Este Todos los veranos del mundo no ha sido una excepción. Mónica tiene una habilidad especial para crear ambientes en los que siempre querrías estar, y no solo los crea, sino que además te coge de la mano y te mete en ellos. Y lo hace manejando muy bien el lenguaje, con bonitas metáforas pero alejado del almíbar, que es algo que agradezco sinceramente.
Seguramente la mayoría de vosotros conoce ya el argumento de la novela, así que no me detengo en eso, pero sí me gustaría hacerlo en los guiños propios de sus libros, como los nombres que da a los lugares especiales, por ejemplo. Ahí está La biblioteca voladora. ¿Imagináis uno mejor? Quién iba a negarse a entrar en un sitio así:
"La tienda de Strenge me llena de paz; como un refugio de madera y libros, un oasis protector tan alejado de la ciudad que ya apenas recuerdo su ruido infernal".
Otros de sus "amuletos" son el té, los personajes entrañables (que suelen ser viejecitos despistados al más puro estilo Einstein), las chimeneas o sus referencias musicales, cinematográficas o literarias, que siempre me sacan una media sonrisilla; coincido tanto con la mayoría de ellas.
Me ha gustado veranear con Mónica porque no me ha llevado solo a un simple pueblo sencillo y tranquilo, me ha llevado al Paraíso, a un auténtico Brigadoon. Los sitios que describe son mágicos, algunos personajes son de cuento (pero si el librero hasta parece un duendecillo). Desempolva vivencias de otras épocas, recuerdos que algunos tenemos todavía con nosotros a pesar de los años, donde los veranos eran eternos y los niños jugábamos siempre en la calle, yendo primero de casa en casa para buscarnos unos a otros, escapándonos en cuanto nuestras madres levantaban el toque de queda de la siesta, aunque el sol derritiese aún el asfalto, y volviendo a casa justo en el momento en que empezaban a cantar los grillos o cuando nos llamaban para cenar.
Mónica ama el lugar que describe, es evidente, y eso es lo que ha dada color a toda la historia. Hay personajes y situaciones tan bucólicos que si los encontrase fuera de este libro, seguramente me resultarían irreales: ¿pasar todo el día a cargo de un rebaño de ovejas y, sin embargo, ser un pastor de los más interesante? Ni hablar.
Sin embargo, para ser honesta, sobre todo con la autora, y por el gran respeto que siento por ella, en algunos momentos me parecía que bajaba la guardia y se dejaba llevar en algunas escenas por situaciones algo sentimentales y muchas veces vistas. Pero no me importó, porque ya estaba rendida a su historia y solo quería acompañar a los protagonistas, ¿quién no se dejaría arrastrar por este lugar, por estos personajes, por esta historia?; es muy difícil nadar contra la marea.
El resto... El resto es puro placer. Te atrapa, hace que quieras más, te sujeta fuerte para que ni siquiera desees levantar la vista y ver dónde estás, aunque ese sitio te guste, porque siempre te gustará más al que ella te lleva. Y es que me parece verla en ese lugar, en su propia infancia, en sus propios veranos. Y me arranca una sonrisa con sus toques de humor, y me obliga a buscar los libros que menciona y disfruto con esos pequeños placeres que a veces olvido:
"... el mejor trago de una cerveza bien fría en verano es justo ese, el primero, sin  vaso".
Imposible terminar de mejor forma.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Así empieza todo


   Abro la cubierta y empiezo a leer. Primero son solo datos: el título, el nombre del autor, a veces una dedicatoria, casi siempre una frase emblemática de un escritor o de una obra. Después empieza el viaje. 
   Las primeras líneas me abren la puerta. Si al asomarme, me gusta lo que veo y consigo traspasar el umbral, casi siempre me quedo. Si después de un rato sigo allí, es difícil que consiga dar un paseo por sus escenarios. Como mucho, me quedaré sentada en el porche a ver pasar la historia, pero sin participar.
   Sin embargo, cuando puedo entrar, cuando planto los pies en esa nueva tierra y siento su aire y su lluvia y su frío y su calor, me quedo para siempre. Me voy del brazo de sus personajes a conocer las calles de una ciudad o de varias ciudades, a recorrer carreteras, a subir y bajar montañas, a viajar en barco, lo que sea; ya es imposible que vuelva hasta que no llegue el final.
   Los personajes y yo nos hacemos amigos, a veces, hasta participo de sus conversaciones. Puede que hasta me enfade con sus reacciones o que suelte un profundo suspiro cuando por fin les veo felices. He llegado incluso a enamorarme de alguno de ellos, imaginando ser yo quien le coge de la mano, quien le mira a los ojos, quien le besa profundamente.
   Me gusta sentirme otra persona, reaccionar como nunca lo haría a este lado del libro, experimentar sensaciones que aún no conozco y puede que nunca conozca. Me gusta conocer realidades imposibles, vivir en lugares extravagantes, viajar en el tiempo.
   Si consigo todo esto, no habrá nada más difícil que la despedida. El momento de volver se hace duro. Siempre doy la vuelta a esa página en blanco que sigue a la última línea, como si esperase encontrar todavía un poco más, como si pudiera mantener lo vivido mientras siga sintiendo el papel, tocándolo con los dedos, oliéndolo. Un olor que ha ido cambiando a lo largo del camino y que nada tiene que ver con ese olor de libro nuevo recién abierto.
   Todo esto es lo que puede darte un buen libro. Y que nadie me diga que también pasa con el cine o con los videojuegos, porque ninguno de ellos me da la posibilidad de crear una imagen única: la mía. Los personajes tendrán la misma cara para todos; los paisajes, los mismos colores; las ciudades, la misma luz. 
   Así que, cuando llega el momento de abrir de nuevo esa puerta, de preparar un nuevo viaje, me pongo tan nerviosa como un niño desenvolviendo un regalo. Y empiezo a revisar los libros que tengo delante todavía sin leer, y los miro como la ratita presumida miraba su moneda en el cuento de Perrault, y empieza así el primero de los rituales que se desencadenan siempre que leo un libro.
   Con vuestro permiso, voy a dar el primer paso en este ritual; está llegando el momento de decir adiós a quienes están ahora conmigo y quiero dejarlo todo listo para que la transición sea lo más corta posible. Siempre se corren riesgos, por supuesto, pero afortunadamente hay miles de historias que los curan. Allá voy.

domingo, 15 de julio de 2018

Una agradable sorpresa

Me encanta no dejar de sorprenderme nunca, sobre todo cuando no espero encontrar algo sorprendente. Y es que las sorpresas están agazapadas donde menos te lo esperas, dispuestas a dar el salto. Eso es lo que ha ocurrido con el último libro que me ha prestado una gran amiga que me conoce y que me intuye, y que por eso se atreve (algo que a mí siempre me cuesta). Llegó un día con la sorpresa agazapada bajo el brazo en un libro de Antonio Muñoz Molina, un libro de relatos.
Relatos, nada menos, con lo nerviosa que pongo yo con este género. Pero como estoy tratando de superar mi reparos, y yo también la conozco y la intuyo, a veces, y siempre me fío, me lancé de lleno a por ellos. Y fue entonces cuando apareció la sorpresa.

Sefarad ha resultado ser un homenaje a los éxodos, las huidas, el peregrinar forzado por el mundo y también por la vida. Unas veces a través de recuerdos ajenos y otras de los propios, el autor nos lleva de viaje por diferentes relatos sobre las diferentes vidas de los personajes (reales o no), en diferentes épocas y situaciones, pero con la experiencia común de la huida, del miedo al repudio, al ataque de los otros que, en masa, se empeñan en identificar lo ajeno a ellos con el enemigo. Con la excusa de los viajes, ensarta historias oídas y otras vividas, experiencias ajenas y propias, con un lenguaje elegante, cambiando la narración si hace falta, dirigiéndola unas veces hacia alguien que no conocemos pero al que habla de "tú"; otras trayéndola en primera persona; otras, como el narrador omnisciente que es. A veces, lo hace incluso en un mismo párrafo, sin que nos chirríe, sin sobresaltos, con la maestría capaz de hacernos sentir en la charla amigable de la mesa de un café.
El primero relato, "Copenhague", recoge una de las frases que más me ha gustado del libro:
"No creo que sea verdad eso que dicen, que al viajar uno puede convertirse en otro; lo que sucede es que uno se aligera de sí mismo, de sus obligaciones y de su pasado, igual que reduce todo lo que posee a las pocas cosas necesarias para su equipaje".
Con un lenguaje que parece acomodarse al del viaje en tren, pausado, de ritmo constante, hay momentos para los detalles y otros para la historia que nos está contando, como si levantásemos la cabeza del libro para mirar por la ventanilla de vez en cuando o recorrer con la vista el resto del vagón.
En "Quien espera" te golpea con la injusticia del fanatismo y la estupidez humana, y lo que es peor, te demuestra lo poco que hemos cambiado, aunque se camufle de supuestos derechos antiguos o de cierta superioridad. Entre mis notas veo: "debería ser lectura obligada en los institutos". Porque es bueno reflexionar sobre la habilidad del ser humano para mirar hacia otro lado, para repetir los mismos errores, para olvidar, cuando le interesa, con enorme facilidad.
En "Tan callando" te oprime el corazón la crueldad y el terror que supone una guerra y en "Valdemún" te arranca las lágrimas sin que puedas remediarlo, estés donde estés, es igual, no podrás evitarlo; con delicadeza, con elegancia, sin ñoñerías ni trucos fáciles sino mediante los recuerdos, la nostalgia, las pérdidas.
En "Münzenberg" sentí un escalofrío con el siguiente texto:
"Bien sabía él (...) cómo se organiza una campaña espontánea de indignación internacional, lo maleable que puede volverse la realidad si se utilizaban con inteligencia las técnicas publicitarias (...), la repetición machacona y masiva de algo".
En "Olympia" se experimenta la asfixia de la monotonía, las ganas de escapar, la cobardía de la comodidad y las obligaciones. La combinación de angustia, agobio, nerviosismo y libertad en un simple viaje de trabajo,o "el valor de los cobardes, la resistencia de los débiles, la osadía de los pusilánimes" cuando de repente rompen sus limitaciones.

Y estos son solo algunos ejemplos de esas sorpresas que encerraba este libro, escritas con una elegancia infinita que no tiene prisa en contarnos atropelladamente las cosas, describiendo no solo escenas, sino también sentimientos, y mostrando un bagaje literario que solo con las menciones que hace nuestro escritor podría llenar una biblioteca.
Nunca se sabe dónde puede saltar la sorpresa, pero si por casualidad intuis esta, no la dejéis escapar.
"Eres lo que otros, ahora mismo, en alguna parte, cuentan de ti, y lo que alguien que no te ha conocido cuenta que le han contado, y lo que alguien que te odia imagina que eres".
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