Me ha ocurrido una cosa muy curiosa: había olvidado por completo haber leído esta novela. ¿Os ha pasado alguna vez? A mí no. No así. Si en alguna ocasión empezaba una lectura que ya había pasado por mis manos, a las tres o cuatro páginas, la recordaba y la localizaba. Sin embargo, esta vez no ha sido así. No he sabido que ya la había leído hasta que me he encontrado con la reseña que escribí hace seis años para este blog: Kate Morton y la ternura. ¡Qué curioso lo que hace el paso del tiempo! Tras leerla, mis impresiones no se parecen en nada. Podéis comprobarlo vosotros mismos si os apetece.
En esta ocasión, ha vuelto a mí esa sensación que tengo hace tiempo de que muchas novelas actuales parecen más un guion de cine que una auténtica novela. Escenas y personajes metidos en un argumento, más o menos interesante, misterioso o vertiginoso, perfectamente descritas para ser llevadas a la pantalla. No es que sea malo, simplemente es diferente.
En esta ocasión, ha vuelto a mí esa sensación que tengo hace tiempo de que muchas novelas actuales parecen más un guion de cine que una auténtica novela. Escenas y personajes metidos en un argumento, más o menos interesante, misterioso o vertiginoso, perfectamente descritas para ser llevadas a la pantalla. No es que sea malo, simplemente es diferente.
En el caso de El cumpleaños secreto he tenido esa misma sensación, como si Kate Morton me estuviera contando el guion que había preparado para la Paramount o la Metro: un drama en blanco y negro que, perfectamente, podría haber estado interpretado por Jane Terney o Hedy Lamarr. Y no solo por transcurrir uno de sus hilos temporales durante la Segunda Guerra Mundial, sino por la intensidad de la historia, el bagaje de los personajes y la forma en que se cruzan sus vidas; por el peso de los recuerdos y del pasado.
Kate Morton siempre consigue que siga leyendo, aunque a veces tuerza el gesto por algún truco utilizado para engancharme. A veces, me agota su forma de alargar una escena para crear tensión, de dar vueltas entorno a algo que va a suceder pero que no termina de cuajar, a ese "rumiar" un pensamiento, a ese insinuar sin concluir. Sin embargo, todo se me olvida con su forma de dar vida a los protagonistas, de hacerlos tan creíbles, de hacer que les coja cariño o antipatía. Y, sobre todo, esos secretos familiares que, de repente, alguien descubre y que abren la caja de los truenos y ponen patas arriba las vidas de los implicados, todo bien combinado en dos hilos temporales (o los que hagan falta) para reconstruirnos determinada época, determinadas costumbres y determinadas formas de pensar y sentir.
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| Imagen tomada de Wikipedia |
Siempre me ha gustado la forma de escribir de la autora, que me hace tan fácil leer sus novelas. Esa manera tan cálida y sencilla de describir, de crear imágenes, de contar. Esos finales que parecen cerrar un círculo y que dejan buen sabor de boca. A pesar de que he vuelto a encontrarme con una de esas novelas "cinematográficas" de las que hablaba al principio, en esta ocasión, la he recibido con cariño y le he agradecido que me recordase aquellas películas en blanco y negro tan elegantes y cuidadas que veía cuando era niña.




