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domingo, 9 de noviembre de 2014

El ladrón de tumbas

He estado un buen rato mirando fijamente la página en blanco, sin saber muy bien qué podía escribir sobre este libro. He borrado, más de una vez, la línea que acababa de escribir. ¿Es un libro tan difícil? Para nada, al contrario; es un libro fácil de leer, aunque el lenguaje me haya resultado a veces un poco redicho, con todos esos "mas" sin acento, en lugar de un buen "pero"; y bastante raro al haberle quitado todos los "de que", hiciera falta o no. Entonces, ¿la historia ha sido aburrida? ¡Qué va! Un chico que crece acompañando a su padre y a su abuelo a robar las tumbas de los antiguos gobernantes de Egipto, en medio de la noche, en pleno desierto, y sabiendo que, si los pillan, serán condenados a las peores torturas por cometer el peor delito que se podía cometer. Y que luego crece y aprende y vive experiencias vetadas al pueblo llano. En absoluto. ¿Las expectativas eras mayores de lo que han sido al final? Pues... Es que no tenía unas expectativas fijas: hablaba del antiguo Egipto, y eso, para mí, era más que suficiente. No, no ha sido nada de eso. Pero no consigo saber exactamente que es lo que me ha faltado en este libro. 
   No puedo decir que el argumento sea aburrido, porque mentiría como una bellaca; tiene escenas de auténtica intriga. Pero, otras veces, se me iba el santo al cielo en alguna que otra conversación entre los protagonistas.

   Tampoco puedo decir que esté mal documentado, porque seguiría mintiendo, en este caso, "con premeditación y alevosía", es decir, con mala uva. La descripción de las antiguas tumbas y de las necrópolis, la recreación de las calles de la ciudad o de la vida diaria de sus habitantes, los desfiles del faraón y sus tropas, la descripción de las batallas, la vida en el Nilo, que lo dominaba todo, son buenísimas. Sin embargo, yo y solo yo, he tenido la sensación de estar leyendo trocitos de otras historias anteriores, como una especie de max-mix con el estribillo de Sinué el egipcio, una estrofa de El conde de Montecristo y alguna que otra nota de Los diez mandamientos. 
   Si la parte histórica estaba bien hilvanada con la trama y no interrumpía en absoluto la marcha de lo que es el argumento de la novela, la cantidad de notas de referencia sí lo hacían y confieso que me han puesto un poquito de los nervios. Aunque necesarias, algunas podían haberse evitado.

   Es indudable que la vida del protagonista es de lo más interesante, yendo de la pobreza más absoluta a la amistad del hijo del faraón, por otro lado, demasiado "campechano" para ser el hijo de un dios, tal y como se consideraba al faraón. Sin embargo, me hubiera gustado algo más de asalto a las tumbas. Sí, lo sé, suena macabro, pero no os podéis imaginar la habilidad que debían tener aquellos ladrones para burlar todas las trampas que existían en una pirámide o tumba real. Los arquitectos inventaban de todo para que el difunto se llevara al más allá todo lo que había "amasado" en el más acá. ¡Pobres! No sabían que había que buscarse las mañas para "reciclar" tanta riqueza.
   
   En fin, no quiero extenderme más. ¿He disfrutado del libro? Sí. ¿Cómo para tirar cohetes? No. Pero ya sabéis lo que dice el refrán: "Cada uno cuenta la feria según le va en ella". Ahora os toca a vosotros contadme la vuestra.

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