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domingo, 24 de septiembre de 2017

Entre detectives y legionarios romanos

Estas últimas semanas he tenido entre manos unas lecturas bien distintas. Empecé con unos asesinatos en el Londres victoriano y terminé a orillas del Rin, en plena guerra entre germanos y romanos. De una historia de detectives que tenía a Charles Dickens como uno de sus protagonistas, a una novela histórica sobre una de las mayores derrotas sufridas por el imperio romano. ¿Por qué las he unido aquí? Por las cosas en común que han tenido para mí y, honestamente, porque no sabía si darían para una entrada propia.
   Su primer punto en común está en la manera en que las conseguí: sin pensar. Me explico. La primera de ellas El detective y Charles Dickens, de William J. Palmer, estaba en una de las estanterías de una tienda de libros de segunda mano que me topé por casualidad viniendo del trabajo. Era una de esas tardes calurosísimas en las que se derretían las piedras y la semioscuridad de la librería me hizo creer que allí encontraría el aliento que empezaba a faltarme. ¿Qué mejor que recuperarlo entre libros? Pero nada más lejos, la atmósfera dentro era más sofocante que fuera (donde, al menos, corría el aire) y una jovencísima dependienta me perseguía sin descanso ofreciéndome las "increíbles" ofertas de las que podía disfrutar. Mi agobio llegó a tal punto que, cuando vi "Dickens" y "detective" en una misma frase, no lo pensé más y lo compré, para escapar lo antes posible del bochorno. Ya leería la sinopsis más tarde.   
   La segunda novela andaba camuflándose entre las páginas de la revista de Círculo de lectores, a la que yo llevaba ojeando unos días sin encontrar nada que me convenciese. Los wasap de mi agente habían saltado sin descanso los últimos días recordándome que llegaba la fecha del pedido y que yo estaba todavía en Babia; que me decidía o me encascetaba la sugerencia del mes, que no me apetecía nada. En la misma situación de agobio que en el caso anterior, empecé a hojear la revista, hasta que mis ojos se atascaron en Valerio Massimo Manfredi y en Teotoburgo. ¡Anda! --pensé--. Una de romanos. Pues esta misma.
   
El segundo punto en común fue el entusiasmo con que las empecé a leer. En la El detective..., Palmer conseguía crear esa atmósfera tan londinense de calles húmedas, lúgubres y envueltas en niebla, donde parece que no queda más remedio que cometer un asesinato. Los personajes de Dickens y del inspector Feald, que investiga el asesinato de un conocido hombre del teatro, eran bastante convincentes, lo mismo que el del narrador de la historia, Willkie Collins, amigo personal de Dickens y autor de este supuesto manuscrito, autobiogrgáfico e inédito, que desvela las aventuras detectivescas del famoso escritor. El misterio estaba servido y la intriga también.
   La segunda novela me presentaba la historia de dos hermanos, Armin y Wulf, príncipes de la tribu de los queruscos, que son hechos prisioneros por una legión romana y llevados como rehenes a Roma para ser educados y "civilizados" a la manera del Imperio (entonces dirigido por Augusto). La descripción de costumbres de una y otra cultura, las intrigas políticas de la Urbe, el choque de mundos con el que se encuentran los dos muchachos y la habilidad de Manfredi para hacer que la Historia se convierta en un estupendo argumento novelesco me prometían una gran lectura.
   Ya estamos en el tercer punto en común: esa parte media del libro, el meollo de la historia, esa franja tan peligrosa que puede hacer que abandones un libro, ese punto crítico que, si no superas con facilidad, te pone en la disyuntiva de mandarlo todo a paseo. Y aquí, por desgracia, también coincidieron. Me encontré con una caída en picado del argumento, unas situaciones que no terminaba de entender entre los protagonistas, unas reflexiones y unas escenas que rompían completamente con el inicio de la novela, como si los dos autores se hubieran cansado de escribir, como si se les hubieran acabado las pilas en pleno proceso creador y estuvieran tratando de cruzar el foso como fuera, a ver si en la otra orilla encontraban el camino de subida.
   Mientras Palmer se recreaba, sin ton ni son, es escenas sórdidas sobre los vicios y pecados de la sociedad victoriana de aquel entonces, Manfredi metía a sus protagonistas en un acertijo sin sentido que debían resolver lo antes posible, porque se suponía que podía cambiar el curso de la Historia, pero que lo único para lo que sirvió fue para dejarme confundida y sin ser capaz de "pillarle" las intenciones al maestro. En los dos libros, sus autores habían bajado la cuesta pedaleando a toda pastilla en una bici de carreras y ahora tenían que subir la montaña sin aliento y en triciclo. Y yo empezaba a cansarme también y a desear que terminaran pronto. ¿Hay algo más triste?
 Y, por fin, el último y definitivo punto en común: el giro; ese momento en el que las cosas cambian como por un golpe de viento y la historia empieza a coger carrerilla y a engancharte de nuevo. En el primer caso, Dickens y su amigo Willkie se ven metidos de lleno en la vorágine de la investigación, como héroes y actores principales, como mano derecha del comisario Field, para conseguir las pruebas que permitan atrapar al asesino y rescatar a la "prota" (candorosa y muy femenina ella) de un destino horrible; además, lo hace entremezclando muy bien la ficción con los hechos reales de la vida del escritor. En el segundo caso, Manfredi vuelve a surgir de sus cenizas para recrear los hechos históricos con una mezcla de leyenda y realidad, metiéndose en la piel de los protagonistas para darles vida de nuevo y contándonos, de una forma frenética y emocionante, el enfrentamiento que hizo desistir a Roma de convertir Germania en una nueva provincia del imperio.
   Al terminar cada uno de ellos, me quedé con la sensación de despiste que dejan esas vivencias anodinas que no sabes cómo calificar. ¿Fueron malas lecturas? No, pero tampoco fueron buenas. ¿Me dejaron mal sabor de boca? Pues tampoco, pero no es que las paladeara más allá de la última página. ¿Las debería haber dejado en el olvido? En absoluto, pero no me sentía capaz de dedicarles una entrada particular a cada una. Así que, lo mejor era que se hicieran compañía.

domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Comprar al peso

Después de tantos años de bregar por estos mundos de los libros, ya debería saber que comprar literatura al peso no ofrece demasiadas garantías; ninguna, diría yo. Pero yo soy débil, muy débil, cuando veo estanterías llenas de libros en oferta, bien encuadernados, medianamente bien editados y..., el cebo más eficaz de todos, de novela histórica. En ese instante, las chiribitas de mis ojos se convierten en faros que llegan a todos y cada uno de los rincones de esas estanterías, puestas frente a mí para que pique. ¡Y vaya si piqué! Así fue como cayeron en mis manos dos de las tres novelas que no hace mucho leí o "sufrí", podéis elegir lo que más os plazca.
   
   De la primera de ellas ya os hablé en un popurrí que hice hace un par de entradas. El hombre de la plata, de León Arsenal, hizo que me las prometiera muy felices, frotándome las manos ante una novela sobre el reino de Tartessos, esa cultura del sur de la península envuelta en el misterio, que tuvo que verse las caras con griegos y fenicios y supo estar a su altura. Pues bien, menos mal que fue en plena canícula veraniega, porque me dejó más bien fría. No puedo decir que la historia no tuviera buenos materiales: aventura, misterio, datos históricos y otras lindezas, pero cuando no sofríes bien los ingredientes, y no aderezas como Dios manda el guiso, ya puede ser maná del cielo que aquello sabe a experimento de principiante.
   El rey Argantonio, más viejo que Matusalén según la leyenda y excéntrico un rato largo, envía un grupo de hombres expertos a recuperar el tesoro de una tumba expoliada. En el camino de esos hombres se mezclan otros muchos personajes que tratan de contarnos las costumbres y forma de vida de las colonias de la península, los ritos y creencias, las otras tribus que pululaban por allí, etc. Otra cosa es que lo consigan.
   Siento ser tan dura, porque el autor parece honesto en su prólogo, y con muy buenas intenciones a la hora de desarrollar una historia creíble y bien documentada, pero no lo consigue, porque el argumento está cogido por los pelos y la información sobre Tartessos es muy escasa y con bastantes hipótesis en su origen. Sin embargo, es cierto que una novela debe dar rienda suelta a la imaginación, a la probabilidades, pero tienen que ser verosímiles.
   Algo descorazonada con mi primera adquisición, me lancé en brazos de Kate para pasar con ella noviembre, como bien sabéis por mi entrada anterior. Volví a recuperar el sentido del gusto y me vine arriba. Así que fui derechita a por el segundo libro al peso, y nunca mejor dicho.

   Rex. La fundación de Roma, de Dafne Amati, contaba nada menos que con 457 páginas; sí, vale, de letra "gorda" y con un generoso interlineado, pero el peso era el peso. En el tren, en el metro, por la calle, se hacía sentir la vida de Rómulo y Remo. Una leyenda, más que una historia novelada, mitos y realidades entremezclados que me prometían trayectos muy entretenidos. 
   ¡Qué poco dura la alegría en la casa del pobre!.- decía mi abuela. No había llegado ni a la mitad del libro y las pinceladas de mitología, fantasía y leyenda se habían convertido en brochazos gruesos para conseguir un "voy a avanzar como sea", o un "a ver si con esto justifico lo que sigue". En fin, otra decepción. Pero yo seguía avanzando no sé muy bien por qué, ya que, a veces, cuando me pongo cabezona con algo, llego hasta el final, aunque no merezca la pena; una manera inútil de desaprovechar otras lecturas, pero así es el ser humano, o al menos, esta ser humana, impredecible.
   Como estarían mis neuronas lectoras, que necesité desintoxicarme con una historia fantástica de verdad, con brujas, sanadoras, guerreros y magia. Una historia sencilla pero honesta, sin pretensiones de ser El señor de los anillos, pero con calidad suficiente para hacerme pasar un buen rato, despertando el lado infantil que, de vez en cuando, me gusta sacar. Y con Leyendas de la Tierra Límite. Las Tierras blancas, de Ana González Duque, me lamí las heridas y pasé momentos entretenidos.
   Como de todo se aprende, espero que estas dos experiencias de "libros al peso" me sirvan para ser más exquisita la próxima vez, o más cauta, o más sensata o más paciente para ojear y hojear mejor los libros que se me presentan. También me ha servido para elegir una nueva lectura, siguiendo las recomendaciones de dos blogueras a las que admiro, y para mirar de reojillo el tercer libro al peso de aquella compra "inolvidable", cada vez que paso por delante de la estantería del salón. 

martes, 2 de agosto de 2016

La Abadesa

Que la novela histórica me chifla no es ningún secreto, pero también puede ponerme de los nervios si de rigor histórico tiene lo que yo de fraile. Es cierto que tiene que haber licencia poética, pero algunas de estas licencias son tan poéticas, que "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia". Por eso disfruto tanto con Toti Martínez de Lezea.
Esta escritora tiene una habilidad especial para combinar en sus novelas el momento histórico con la trama, y reflejar así la situación de una época determinada de una forma natural y amena. Aprendo un montón con el enorme trabajo de documentación que hay en sus novelas, con la forma en que refleja las normas sociales, los hechos políticos, las tradiciones y costumbres. Todo esto ha hecho que La Abadesa, María la Excelenta haya sido una lectura entretenida y agradable, aunque a veces, algo flojilla. Y ahora os cuento el porqué.
La historia tenía su enjundia: la vida de una de las hijas bastardas de Fernando el Católico (reconocida por el rey cuando ella ya era "mayorcita" y él veía una de sus reales piernas en el más allá), que llevaba en la ignorancia sobre sus orígenes casi toda la vida. Sin embargo, en los hechos "inventados" he notado cierta superficialidad, más parecía una excusa para soltar la moralina. La Abadesa, María Esperanza de Aragón, una vez que se ha enterado de sus orígenes, se pasa la novela en un constante tono de amargura y resentimiento que no termina de gustarme. Es lógico que no sintiera ningún aprecio por el rey, pero se queja más por lo que podía haber tenido como infanta que por haber perdido a su madre y a su familia. Demuestra un odio "siciliano" por uno de sus hermanastros al haber tenido lo que ella debería haber tenido también, y refunfuña cada vez que se tercia del poco cariño recibido en su vida, cuando se presenta a sí misma como una mujer respetada y querida en su convento.
La figura del rey es vapuleada durante toda la novela, pero del "cretino" de su tío se queja poco (culpable de muchos de sus males). Sí, le pone como un mal bicho, igual que a su primo, pero sin demasiado entusiasmo. No voy a decir yo que Fernando de Aragón fuese un alma cándida (a pesar de imaginármelo desde ahora como un tío buenorro gracias a Rodolfo Sancho), pero tampoco es que fuera "oliendo a azufre". Eso sí, las mujeres salen muy bien paradas: son mujeres con coraje, con decisión, que luchan por lo que quieren. Me ha gustado especialmente la manera en que trata la figura de Juana la Loca, sin regodearse en lo macabro de su encierro, pero recreando el ambiente en el que seguramente vivió y el tipo de personas que la rodearon. Como me parece genial el retrato psicológico que hace de la reina Isabel a través de sus rasgos físicos.
Pero salvo algún que otro momento teatrero, propio de culebrón, para arrancarnos la lágrima, el excelente trabajo de documentación y un lenguaje imitando al de la época (sin dejar de ser claro y sencillo) me han metido de cabeza en uno de los momentos, para mí, más interesantes de nuestra historia. Me ha dejado pasear por los monasterios más importantes mostrándome como se vivía en ellos, me ha enseñado costumbres y leyes no escritas que regían la vida de la gente y, sobre todo, me ha dado a conocer costumbres y normas de la sociedad vasca de entonces que me han sorprendido mucho, como que las mujeres solteras llevaran afeitada la cabeza.
¡Ah! ¡Qué no se me olvide!: ¡qué habilidad para la descripción de los paisajes y de las ciudades; en especial, me ha gustado la que hace de Bilbao. ¡Y cómo se nota su amor por la tierra que describe! Trata de ser objetiva destacando los puntos negativos, pero se le escapa, lógicamente, su admiración.
Sé que me dejo muchas cosas en el tintero, pero no quiero que eso sea más largo que un rollo macabeo. Así que, en concluyendo, a pesar de parecerme una novela más floja que otras que había leído hasta ahora de ella (quizás porque fue de las primeras que publicó), sigo disfrutando con su forma de escribir, por lo bien que entremezcla, no solo las costumbres sociales de la época con la trama de la novela, sino sobre todo, por los hechos y personajes históricos que intercala de vez en cuando, dando más realismo al relato. Por eso, seguiré leyendo sus novelas con el mismo entusiasmo que hasta ahora.

domingo, 24 de abril de 2016

Un buen libro

Ayer fue un día muy especial para quienes amamos los libros; daba vueltas a la cabeza sin parar sobre la clase de entrada que haría hoy. Quería conseguir un homenaje digno de lo que se celebraba. Quería ser capaz de expresar lo que un libro valía para mí. Quería compartir algo único con todos los que se mueven por estos mundos de libros, blogs literarios, redes, etc. Pero no conseguía encontrar la manera justa.
   Esta mañana, mientras desayunaba, terminaba las últimas páginas del libro que tenía entre manos. Con el último sorbo del café llegaban también las últimas líneas de la novela, una buena novela. Y, de repente, se encendió la bombillita: no había mejor homenaje para este día que hablar de un buen libro. Y yo acababa de cerrar uno. 
   Escribiría sobre un libro, el mejor de los homenaje; Cartas a Palacio, de Jorge Díaz, una buena novela que me había hecho disfrutar, que me había enseñado muchas cosas, que me  había llevado a partes de la Historia que no conocía, que me había presentado diferentes puntos de vista sobre las cosas ocurridas, que me había enternecido y sorprendido un poco también; que me había arrancado alguna media sonrisa y alguna lágrima final; que me había emocionado y hecho levantar una ceja de sorpresa.   
   Estoy segura que la mayoría de vosotros ya conoce esta genial historia sobre la labor de la Oficina Pro-cautivos que puso en marcha Alfonso XIII, y que, como siempre, se quedó en el olvido porque nosotros no tenemos un Spielberg que lleve al cine las hazañas que consiguieron los hombres y mujeres que trabajaron en ella. Estoy segura que casi todos habéis acompañado a Clara, después de abandonar a su novio en el altar, en la interesantísima vida que se le presentó después; como también sentisteis las dudas de Manuel, un anarquista que se ve trabajando codo con codo con el rey al que quiere derrocar; posiblemente también cogisteis cariño a Álvaro, amigo personal de don Alfonso, al verle enfrentándose al despreciable Carlos de la Era; y habréis seguido las andanzas de todos los personajes que han desfilado por este libro: Gonzalo, Frank, Jean- Marie,Carmen, Elisa o la Murciana.

   Con una forma de escribir muy eficaz, correcta y bien adaptada a la historia, al momento y a los personajes, el autor me ha sorprendido con una forma de escribir directa, rápida, de mucho diálogo y de frases cortas, casi de crónica periodística, ¿o de guión de televisión?, pero siempre capaz de meterme de lleno en el ambiente de cada barrio y ciudad protagonistas de los hechos. Y me ha sorprendido con unos personajes muy creíbles, que evolucionaban a lo largo de la novela, según iban viviendo cada hecho, cada cambio, cada dura prueba.
   Cartas a Palacio me ha descubierto a un rey noble, a personas buenas y justas independientemente del lugar del que procedieran, a la maldad anidada también en cualquier barrio o palacio; a los daños de cualquier guerra, por muy justa que se considere (¿alguna puede serlo?); a miles de situaciones posibles que pueden surgir en circunstancias extremas; a la ignorancia sobre nuestra forma de actuar hasta que nos vemos bajo presión, que es cuando se demuestra verdaderamente como somos; y a otras muchas cosas.
   Sí, definitivamente ha sido un buen libro, con un buen argumento que me ha atrapado muchas veces y del que me he alejado en otras, al sentir que el autor proyectaba valores y actitudes demasiado actuales. Pero ha sido siempre un interesante paseo. 

domingo, 3 de abril de 2016

Uf... ¡Por fin!

Las ausencias son muy difíciles de llevar, mucho. La ausencia de internet me obligaba a una semana de distancia de mis colegas blogueros; podría verles, leerles, pero no decirles lo que me había gustado su entrada, o la entrevista a ese autor, o lo diferente que había sentido yo ese libro que comentaba. Me había quedado sin voz.
   En principio, pensé que una semana de descanso absoluto tampoco me vendría mal; dedicarme a leer, exclusivamente, sin pensar en enfoques o en tiempos, sería volver a otros momentos. Pero me mentía. Mis dedos tecleaban sobre cualquier mesa que se les pusiera por delante, la lectura me pedía notas y comentarios futuros a cada punto y a parte y mi móvil, cruelmente, me mostraba todo lo que se movía en la blogosfera sin dejarme formar parte, dando error a cada intento de comentario, dando fallos a cada pulso de la tecla "enviar".
   Después, llegó la conexión, pero también mi inconsciencia, y no se me ocurrió otra cosa que meterme a "cocinillas" y preparar una serie de cambios de imagen que celebraran mi tercer año en las redes. Y mi inhabilidad con las herramientas de las nuevas tecnologías y mi falta de paciencia decidieron que la Semana de Pasión se alargara a otra Semana de Adaptación: a la rutina, a las prisas y a dejar las cosas como estaban.
   En este peregrinaje, me acompañó una novela, pegada a mí de forma inexplicable. Estuvo conmigo en la travesía de Pasión sin que yo encontrara pasión en ella, como si me agarrara a la única tabla que había, encendiendo y apagando el libro más de una vez, sin conseguir entrar en la historia y sin que los personajes se hicieran mis amigos. Después, siguió a mi lado, más como un hábito que como un deseo. Yo leía y leía, pero no sentía. Avanzaba en la historia sin llegar a entrar en ella.

   La mujer del reloj, de Álvaro Arbina, daba vueltas en mi boca, y no sabía por qué. Estaba bien escrita, sin ninguna duda. Tenía un lenguaje correcto y preciso, a veces un poco rimbombante, pero quizás fuera para adaptarse a los años de 1800, durante la invasión francesa. Sin embargo, se me hacía distante, frío. La historia no podía ser más completa: intrigas, misterio, aventuras, luchas de espadas, batallas, traiciones. Pero había escenas tan tópicas, momentos tan previsibles, hechos que adivinaba antes de que ocurrieran, que todo se desinflaba por momentos.
   La historia del joven Julián, que pierde a su padre, la única familia que le quedaba; que ve como las tropas francesas arrasan la tierra que tanto amaba; que se ve envuelto en los misterios de una logia secreta; que pierde al amor de su vida; que se encuentra con su tío desconocido con el que descubre la labor de las Cortes de Cádiz, la gestación de La Pepa; que conoce el infierno de las cárceles y del destierro; que lucha en una guerrilla; que ve el triunfo y el final de la guerra; ese Julián, que tiene una vida verdaderamente de novela, no consiguió en ningún momento hacerme cosquillas en el estómago, o encogerme la garganta con la tensión, o emocionarme con sus impulsos y sus decisiones. No podía evitar encontrar trucos y recursos mil veces vistos a lo largo de la literatura y del cine: el aprendizaje del manejo de la espada, el sacrificio del amor para salvar a la familia, los personajes que resultan ser otros distintos, momentos emotivos, de los de lágrima fácil y mano en el pecho.
   Sin embargo, esto lo podría haber sobrellevado perfectamente si la historia me hubiera hecho vibrar. Pero todo me resultaba tan lejano. Tanto las descripciones de lugares y de personas como las explicaciones sobre sociedades, logias o hechos históricos me parecían más propios de un manual que de una novela. Eran precisos, rigurosos, exactos y... "fríos".
   
Y a pesar de todo esto, no quería soltar la historia. Estaba decidida a terminarla, a conocer el destino de Julián, porque le había cogido simpatía. Era demasiado justo y equilibrado en sus actos, incluso cuando se alteraba, pero me gustaba. Y, además, quería saber cómo acababa todo aquello, quería descubrir si mis suposiciones eran ciertas, si eso que me parecía tan previsible, en realidad lo era.
   Y lo fue. Y el final resultó el que imaginaba. Y a pesar de que todo se alargaba inútilmente, dando vueltas sobre la misma idea como para intensificar lo que se suponía que era una sorpresa, yo me quedé ahí hasta el epílogo, apagando el ebook con una mueca de desilusión y sorpresa por ese final que suponía, pero que intuía más sonoro, menos incomprensible.
   En fin. Todo pasa. Los obstáculos se suelen superar, los errores se deben intentar arreglar y las lecturas que no nos calan deben dejar paso a la esperanza de la siguiente.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Una ración de historia

Nada que me guste más que viajar por el pasado y moverme entre gente de otro siglo. Por eso, cuando se me cruza una novela histórica, la pillo al vuelo y la aprieto fuertemente contra el pecho para empezar el contacto "a lo grande", aunque en esta ocasión tuviera que aferrarme a la tableta; no se puede tener todo.
   Peña Amaya, de Pedro Santamaría, se me sugirió cuando andaba buscando en Amazon algún libro que llevarme a la boca (últimamente, no había forma de dar con "el libro" adecuado) y al leer "novela histórica", "Cantabria" y "Leovigildo" se me hicieron los ojos chirivitas y mi dedo se fue solito al click de "comprar ya". Mis recuerdos universitarios sobre la época visigoda de la península y, especialmente, de la zona norte no eran muchos, así que parecía la novela ideal para ese momento.
   Los cántabros de Peña Amaya se enfrentan, tanto a la invasión de Leovigildo, que lucha por reinar en toda la península, como a los cristianos, que se extienden cada vez más entre la población. Necón y Urbico son los dos hermanos protagonistas que representan estas dos posturas y que se enfrentarán a lo largo de toda la novela: el primero, por mantener sus tradiciones y su independencia; el segundo, por llevar su fe a su pueblo y convencerlos de abandonar la guerra como sistema de vida. Quién vence de los dos, si es que alguno lo hace, es algo que tendréis que descubrir vosotros si os termina atrayendo este libro.
   A mí me ha gustado el lenguaje habitual en estas novelas, que debe darnos la idea de un tiempo pasado, pero entendiéndose como uno de hoy, algo totalmente conseguido. Me han gustado también esas frases "heroicas" dichas en los momentos en los que hay que crear emoción y tensión. Y, por supuesto, esa armonía entre la narración de los acontecimientos y los datos históricos que nos explican las costumbres, los pensamientos y los sentimientos de aquellas personas. Sin embargo, me ha faltado emoción en escenas que deberían haberme dejado pegada al asiento, me ha sobrado algo de maniqueísmo en los personajes y, sobre todo, me han molestado los numerosos errores de corrección con los que me tropezaba una y otra vez... Es tan molesto leer faltas de este tipo.

   He disfrutado bastante con algunos personajes y su lucha entre el mundo que siempre han conocido y aceptado y la nueva filosofía de vida que se les presenta y que tanto les atrae. Y también, con "héroes" de cine de todos los tiempos y "malos" también de cine de los de toda la vida. He aprendido cosas curiosas sobre una zona que conocía menos y he sentido el apego del autor por esta tierra, que siempre me despierta ternura. Pero también he sentido falta de garra en la narración de las batallas y un posicionamiento claro del escritor por una de las partes. Me he encontrado con un lenguaje hermoso y poético en la descripción de paisajes y bastante tópico en la narración de determinadas escenas. Me he entretenido y disfrutado con la historia, pero en ocasiones, me ha resultado predecible. Me ha gustado recordar momentos estudiados, pero me ha faltado una visión más precisa de lo que supusieron esos siglos en la península.
   A pesar de todo y, al mismo tiempo, gracias a esto, he tenido entre mis manos durante un tiempo, una historia entretenida y agradable; bien escrita, en general, aunque con una mala labor de edición (¿por qué se piensa que para una versión electrónica todo vale?); unos personajes interesantes y atractivos, a pesar de que, a veces, fueron un poco tópicos; y una buena e interesante historia que me salvó de unos días de indecisión y de intentos fallidos por encontrar una lectura en condiciones.
   ¡Ah! Me olvidaba: genial la figura del cronista de guerra que nos cuenta el punto de vista de los conquistadores. A través de sus escritos se ve cómo todos piensan estar en posesión de la verdad, da igual el bando. Algo que parece no cambiar con el tiempo.

domingo, 30 de agosto de 2015

Acompañar a un ejército

Siempre me ha gustado viajar. Si no puedo hacerlo en persona, leo. Lo bueno de viajar con los libros es que, además de elegir el lugar, eliges el momento. Con Valerio Massimo Manfredi podía viajar a la antigua Persia y acompañar al mítico ejército griego de los "Diez Mil". Si además la guía era la joven siria Abira, que había abandonado su casa y su aldea por seguir al ateniense Jenofonte, y que me explicaba y narraba todo lo que se cocía en esta "misteriosa" expedición, no había nada más que decir: las maletas estaban listas.
   Este escritor tiene una habilidad especial para acercarnos las antiguas leyendas clásicas como si fuesen una historia de hace dos días. Lo más curioso es que no renuncia ni a uno solo de los elementos propios de aquella época. Nos describe la vestimenta típica, los paisajes que existían por entonces, y que ahora han cambiado casi radicalmente, la forma de ver la vida de aquellos hombres y mujeres... Todo hace que nos metamos de lleno, en este caso, en el año 401 a.C. Su forma de escribir es ágil, culta, manteniendo los principales términos de la época y actualizando los más difíciles de entender; construyendo personajes creíbles y bien armados; y presentando los hechos históricos en una perfecta novela, emocionante, interesante y muy muy entretenida.
   Para una loca de la Historia como yo, que aún recuerda algunas cosas aprendidas en la facultad, repasar aquellos hechos legendarios y recorrer aquellos territorios tiene algo de mítico y de mágico. No pocas veces había tenido que estudiar y repasar fechas, fuentes, mapas y teorías sobre aquel ejército que quedó perdido en el imperio persa cuando no tuvo "dueño" al que servir. Aquella época para mí siempre ha tenido algo de misterioso y, en las manos de Manfredi, ese misterio se convierte en una estupenda novela que me ha servido para pasar un buen rato, para evadirme de la rutina y para llenar vacíos.

   La historia que Abira cuenta a unas jóvenes de su aldea que acaban de salvarle la vida no habla solo de una gran batalla y de un viaje desesperado a través de Asia para regresar "a casa", sino también de muchas historias personales, las de los protagonistas de esta marcha a través de desiertos, montañas y ríos. Este viaje, basado en el diario de expedición del ateniense Jenofontes fue, incluso para sus contemporáneos, más que una simple aventura, fue casi un milagro, ya que parecía imposible que un ejército de soldados preparados para luchar en campo abierto, cuerpo a cuerpo, y cargados de pesadas armaduras fueran capaces de vencer tanto al clima y al terreno como a las emboscadas de los indígenas, ente montañas cubiertas de nieve y con la táctica de guerrillas. Las dudas de aquellos guerreros y de las mujeres que les seguían, los actos de valor y de miseria, la unión incondicional y las traiciones son el meollo de este libro.
   No creo que ahora fuera posible recorrer realmente aquellas tierras que recorrieron los Diez Mil tal y como lo hizo el autor de la novela en los años ochenta. No sé si será posible hacerlo en un futuro. Por eso decidí escoger este libro y realizar el viaje desde sus páginas. Cuando entras en la historia ya no hay marcha atrás y tienes que acompañar a Abira y a Jenofonte en la larga marcha "hacia casa".

domingo, 31 de mayo de 2015

Ajedrez, asesinos y otras cosas

Los ajedrecistas de la época de Abderramá III, en esta novela, bien podían haber sido miembros del hampa (no las actuales asociaciones de padres sino el de toda la vida, el de Al Capone), con los líos que se traían con las apuestas. Los baños de Al Mursi eran todo un hervidero de gente que jugaba, apostaba, perdía o  ganaba grandes sumas de dinero. En medio de este "selecto" ambiente, el excelente jugador Aiden aparece muerto en medio de un gran charco de sangre. A partir de aquí, todo lo que pueda haber en una auténtica novela negra, estará también en esta: muchos sospechosos, grandes intrigas políticas, envidias, grandes sumas de dinero, cárceles, fugas, espías, vientos de guerra y alianzas entre países, astrología, convivencia, cultura y una de las ciudades más poderosas del mundo en aquellos momentos, Córdoba, ¿cómo no iba a disfrutar con esta novela?
   He disfrutado con la intriga; con la descripción de ambientes y costumbres; con los dos personajes principales: el visir Hasdai y el general Ghalib, tan buenos como cualquier gran pareja policíaca; con los detalles históricos muy bien encajados en la trama; con una forma de escribir sencilla y bastante correcta; y con la intriga muy bien repartida a lo largo de toda la novela. Solo se me han hecho algo liosos los saltos en el tiempo, no porque no se puedan seguir fácilmente, sino porque no les he visto un orden lógico; van y vienen a su antojo, pero nada que no se pueda sobrellevar.
   La descripción de algunas partidas de ajedrez son de lo más emocionante, aunque, como yo, no tengas ni la más mínima idea de dónde colocar esas famosas piezas de las que todo el mundo habla: la reina, el caballo, el rey o el alfil. La tensión que se vive en ellas, la emoción de las apuestas, los chanchullos, amaños y compra de jugadores bien pueden compararse con combates de boxeo.
   
   Su convivencia con el estudio de la astrología, de grandes conferencias en la universidad, de la convivencia entre las tres culturas, la tolerancia respecto a las mujeres, muestran la grandeza del califato de Córdoba en aquellos momentos, algo que no ocurría en ningún otro sitio y que no volvería a ocurrir hasta la época de la Escuela de Traductores de Toledo, a pesar de lo que digan. Y ya ni os cuento los problemas de construcción de la hermosísima Medina Azahara, que traía de cabeza a todos los ingenieros de la corte y que juega también su baza en esta partida.
   No es necesario que te guste la historia, no hace falta que te atraiga la novela negra, este libro está hecho para pasar un buen rato leyéndolo, sin más pretensiones o, al menos, ese ha sido mi caso: un buen compañero de mis viajes en tren, de camino al trabajo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Christian Jacq y Nefer el Silencioso

Una extraña sensación se me quedaba dentro cada vez que terminaba un capítulo de este libro. En principio, el argumento era muy interesante: la vida y los secretos del Lugar de Verdad, la pequeña ciudad en la que vivían los artesanos y trabajadores que llevaron a cabo las tumbas del Valle de los Reyes; pero ni sentía interés, ni encontraba misterio, ni había verdad en lo que leía. 
   Por esa antigua maldición que me persigue desde que comencé a leer de niña, tengo la imperiosa necesidad de terminar los libros que empiezo, aunque no me convenzan (salvo algunas infumables excepciones), así que, día tras día, seguía leyendo esta novela, capítulo a capítulo.
   El lenguaje me resultaba irreal, con expresiones y frases que, a veces, parecían sacados de los propios textos de las tumbas, lo mismo que los nombres de los personajes: Nefer el Silencioso, Paneb el Ardiente, Neb el Cumplido o Pai el Pedazo de Pan, mientras que la joven esposa del primero se llamaba Clara, como mi vecina del quinto. Aquello no me parecía que estuviera bien armado. Los malos eran muy malos y los buenos eran muy buenos, como en los cuentos de mi infancia, y todos, malos y buenos, me resultaban arquetipos, poco reales, personajes apenas perfilados, sin tercera dimensión, más una excusa para la historia que una parte importante de la misma.
   A veces, aparecían pequeños trazos de lo que pretendía ser fantasía, magia religiosa, misterio, pero que no alcanzaba nada de eso; como si el autor tuviera miedo de lanzarse de cabeza y prefiera meter solo los pies. ¡No, hombre, no! Si hablas de "la llamada recibida", de los "haces resplandecientes" de una luz misteriosa que surge de la estancia más profunda o del "ba" del faraón imbuyendo de vida las obras de los artesanos, hazlo con todas las consecuencias, no lo menciones de pasada como si fuera un dato más de la descripción de la historia.
   En estas, conocí a Paneb el Ardiente y Nefer el Silencioso, dos jóvenes amigos que desean entrar en El Lugar de Verdad, esa misteriosa aldea protegida por el faraón, que contiene todos los secretos que dan vida eterna a la última morada de los señores de Egipto, y en donde nadie puede entrar sin haber pasado antes por una serie de pruebas que demostrarán si son o no dignos de ella. Dos jóvenes que, evidentemente, son personalidades opuestas, pero igual de honestos, dignos y justos los dos. Y juntos se van a enfrentar a todos los obstáculos que los malos van a poner en su camino, hasta conseguir su objetivo, claro está.
   Entonces, ¿por qué seguía con el libro entre mis manos? No os vais a creer mi ingenuidad: esperaba un golpe de gracia, un cambio de tercio, ese momento en que se desvelara el "gran secreto" que diera sentido a todo lo que allí estaba escrito. A veces pasa. Pero también debo ser sincera: confiaba en el autor que, otras veces, me había entretenido tanto. La gran documentación que se percibía, la descripción de un lugar que existió realmente, todo lo que contaba de antiguos ritos y costumbres egipcias, todo lo que estaba envuelto en el "olorcillo" a historia me mantuvo al pie del cañón, esperando ese milagro que aparecería al final del libro. Eso que pasa, a veces, pero que aquí... no pasó.
   Llegó el final y allí no había más que un corte brusco de la historia, que continuaba en el siguiente título de la trilogía La Piedra de Luz. Así de simple. ¿No sabía de antemano que aquello pertenecía a un conjunto mayor? ¿No había visto un 1 como un sol plantado al lado del título que encabezaba el libro? Sí y sí, pero otra vez mi ingenuidad me había hecho pensar en una de esas novelas que pueden ser independientes del resto del grupo, una de esas que sirven más para despertarte el gusanillo de leer el conjunto completo, una de esas obras que, siendo el origen, pueden ser también el final. A veces pasa. 
Sin embargo, en esta ocasión, no pasó.

domingo, 25 de enero de 2015

Hanibal, Publio C. Scipion y...

... Santiago Posteguillo. Imposible resistirme.
   Repasaba con el dedo mi lista de libros electrónicos pendientes; los de papel se habían agotado de momento, hasta que fuera de nuevo por casa de mi proveedora oficial o me diera un paseito por unas cuantas librerías. De repente, mi dedo se paró en Africanus, el hijo del cónsul, un pequeño niño romano entre un grupo de soldados y bajo un apellido: Posteguillo. Ya estaba decidido: historia de Roma, de Hispania, del mundo.
   Mi experiencia anterior con este escritor me despertaba esas cosquillas de "ganas de empezar" que entran cuando estás casi segura del éxito de la lectura. Mis necesidades literarias en esos momentos eran exclusivamente de diversión y entretenimiento, pero también sabía que aprendería muchísimo con la excelente documentación de los libros de este autor, y podría desempolvar lo poco que quedara en mi cabeza de mis años de carrera.
   Empecé a leer. Y empecé a caer en las redes de ese lenguaje tan visual del escritor, de esa forma tan plástica de presentarte las escenas, que te hacen "mirar" la historia como si estuvieras en el cine. Su forma de escribir está cargada de sentimiento, de vida; me transmite fuerza, me hace entrar de lleno en la historia.
   Así conocí al joven Hanibal y al pequeño Publio Cornelio Scipion, metiéndome en sus casas, en medio de las conversaciones con sus padres, tíos y hermanos, en sus vidas y viendo como les unía el destino. Acompañé a Hanibal cuando perdió a su padre luchando contra las tribus iberas de la península y, más tarde, cuando conquistaba Sagunto. Me di una vueltecita por la domus de los Escipiones, empezando por el impluvium y terminando por el tablinium, y luego me empapé bien de toda la preparación militar del pequeño Publio por cuenta de su tío Cneo. Vi forjarse una guerra por la simple ambición de algunos políticos, la lucha de los habitantes de Sagunto por sobrevivir a la conquista de los cartagineses.
   Vi como se forjaba la venganza en la cabeza de Hanibal, sus ideas de conquistar Roma, su paso a través de media Europa hasta cruzar los Alpes, no solo con un enorme ejército, sino también con un buen puñado de elefantes, y sentí la fuerza, el carácter y la inteligencia del hombre que estuvo a punto de destruir el imperio romano.
 
   Vi como el pequeño Publio se enamoraba, como iba a la guerra por primera vez, salvaba la vida de su padre, conseguía el respeto del que sería su amigo de por vida y se forjaba, poco a poco, como el hombre capaz de hacer frente al indestructible Hanibal.
   Me ha vuelto a asombrar la habilidad de Santiago Posteguillo para tenerme pendiente de cosas que, en situaciones normales, no hubiera dudado en leer en diagonal: el asalto a una ciudad, la organización de las tropas en el campo de batalla, los asedios. Él ha cogido los antiguos textos que narran estos años de historia, las leyendas escritas por los cronistas del momento, los cantos de los literatos antiguos, y les ha dado vida y les ha dotado de realismo y les ha convertido en un genial relato que pasa ante nosotros con la misma fuerza de una película. 
   Los personajes son tan reales, el mundo en el que se mueven tan auténtico, que he vivido con ellos cada paso que han dado y meditado, sus dudas y sus miedos. He conocido a sus familias y a sus amigos, a sus soldados al mando y a sus enemigos más acérrimos. Les he acompañado al teatro y a las reuniones del senado; a los encuentros con los jefes de las tribus conquistadas y a las reuniones con los generales antes de la batalla. He asistido a sus miedos y a sus dudas, pero también a su seguridad casi irracional, cuando parecía que todo estaba en su contra.
   
Cartago Nova
En fin, que no me he aburrido en absoluto, hasta el punto de que el final me llegó de repente sin que tuviera la más mínima pista de que aquello se acababa. En un libro con hojas y pastas, mi dedo suele ir marcándome el final, sujetando las últimas páginas que me quedan aún por consumir, pero en un libro electrónico, no hay dedo que valga, hay una fría y delgada línea en la parte inferior que a veces aparece y a veces no, y que marca la marcha de la lectura, y a la que no hago ningún caso, dicho sea de paso.
   Y de esta forma, otra vez más, Santiago Posteguillo me ha hecho disfrutar de sus 720 páginas casi sin darme cuenta, sin más ambición que la de pasar un buen rato, sin pretensiones de sacudir conciencias o despertar almas, simplemente ofreciéndome un viaje a un mundo que existió hace mucho tiempo, lleno de manipulaciones políticas, sobornos y traiciones. Me ha mostrado sus ceremonias sociales y sus rituales bélicos y me ha entretenido de lo lindo, a la vez que me enseñaba como podría haber sido la vida de aquellos que crearon los cimientos sobre los que vivo yo hoy.
   Lógicamente, no me queda de otra que seguir con la trilogía de Escipión, no sé si ahora o más adelante, pero seguir.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El ladrón de tumbas

He estado un buen rato mirando fijamente la página en blanco, sin saber muy bien qué podía escribir sobre este libro. He borrado, más de una vez, la línea que acababa de escribir. ¿Es un libro tan difícil? Para nada, al contrario; es un libro fácil de leer, aunque el lenguaje me haya resultado a veces un poco redicho, con todos esos "mas" sin acento, en lugar de un buen "pero"; y bastante raro al haberle quitado todos los "de que", hiciera falta o no. Entonces, ¿la historia ha sido aburrida? ¡Qué va! Un chico que crece acompañando a su padre y a su abuelo a robar las tumbas de los antiguos gobernantes de Egipto, en medio de la noche, en pleno desierto, y sabiendo que, si los pillan, serán condenados a las peores torturas por cometer el peor delito que se podía cometer. Y que luego crece y aprende y vive experiencias vetadas al pueblo llano. En absoluto. ¿Las expectativas eras mayores de lo que han sido al final? Pues... Es que no tenía unas expectativas fijas: hablaba del antiguo Egipto, y eso, para mí, era más que suficiente. No, no ha sido nada de eso. Pero no consigo saber exactamente que es lo que me ha faltado en este libro. 
   No puedo decir que el argumento sea aburrido, porque mentiría como una bellaca; tiene escenas de auténtica intriga. Pero, otras veces, se me iba el santo al cielo en alguna que otra conversación entre los protagonistas.

   Tampoco puedo decir que esté mal documentado, porque seguiría mintiendo, en este caso, "con premeditación y alevosía", es decir, con mala uva. La descripción de las antiguas tumbas y de las necrópolis, la recreación de las calles de la ciudad o de la vida diaria de sus habitantes, los desfiles del faraón y sus tropas, la descripción de las batallas, la vida en el Nilo, que lo dominaba todo, son buenísimas. Sin embargo, yo y solo yo, he tenido la sensación de estar leyendo trocitos de otras historias anteriores, como una especie de max-mix con el estribillo de Sinué el egipcio, una estrofa de El conde de Montecristo y alguna que otra nota de Los diez mandamientos. 
   Si la parte histórica estaba bien hilvanada con la trama y no interrumpía en absoluto la marcha de lo que es el argumento de la novela, la cantidad de notas de referencia sí lo hacían y confieso que me han puesto un poquito de los nervios. Aunque necesarias, algunas podían haberse evitado.

   Es indudable que la vida del protagonista es de lo más interesante, yendo de la pobreza más absoluta a la amistad del hijo del faraón, por otro lado, demasiado "campechano" para ser el hijo de un dios, tal y como se consideraba al faraón. Sin embargo, me hubiera gustado algo más de asalto a las tumbas. Sí, lo sé, suena macabro, pero no os podéis imaginar la habilidad que debían tener aquellos ladrones para burlar todas las trampas que existían en una pirámide o tumba real. Los arquitectos inventaban de todo para que el difunto se llevara al más allá todo lo que había "amasado" en el más acá. ¡Pobres! No sabían que había que buscarse las mañas para "reciclar" tanta riqueza.
   
   En fin, no quiero extenderme más. ¿He disfrutado del libro? Sí. ¿Cómo para tirar cohetes? No. Pero ya sabéis lo que dice el refrán: "Cada uno cuenta la feria según le va en ella". Ahora os toca a vosotros contadme la vuestra.

jueves, 2 de octubre de 2014

Rónin. Francisco Narla

Dámaso estaba dispuesto a todo por Constanza, incluso atravesar los mares hasta el fin del Imperio del entonces rey Felipe III. Constanza lo amaba tanto que estaba dispuesta a esperarlo hasta el fin de los días. Pero Hortuño de Andrade no estaba dispuesto a que esto ocurriera, de ninguna de las maneras, por ello le envió a él al Japón y a ella... Bueno, para eso es mejor leer la novela.
Todos los mimbres de esta historia son capaces de atrapar el interés del más pintado: espadachines, samuráis, barcos, corrupción, luchas de poder, amor.
La veracidad le viene dada por los datos históricos y por sus personajes reales; la magia, por las aventuras de sus personajes y por los avatares a los que se enfrentan.
   Sin embargo, no ha sido oro todo lo que he visto relucir en esta historia. También he encontrado sombras. El lenguaje me ha parecido, a veces, demasiado denso, girando en torno a una idea, como dice cierto lenguaje popular "mascón". Creo que, en su afán de adaptarse al siglo de los acontecimientos, ha incluido demasiadas palabras apenas usadas hoy en día, además los términos japoneses no siempre quedan explicados por el contexto. El uso de varios términos para un mismo personaje me ha confundido más de una vez. Sus giros y vueltas sobre una misma idea me causaban nerviosismo cuando lo que esperaba era avanzar en la historia.
   En ocasiones, el arrojo de algunos personajes me ha parecido poco creíble, al igual que algunos giros de la historia para justificar lo que ocurría. Ojalá pudiera dar ejemplos de lo que digo, pero tendría que desvelar parte de la trama y una de las cosas que más me han gustado del libro ha sido la sorpresa que se escondía página tras página, como ya digo, a veces poco creíble, pero siempre entretenida y emocionante.

   La comparación de dos culturas radicalmente opuestas, las reacciones de dos personas aparentemente diferentes no implica que los valores éticos de algunos hombres no sean iguales, vengan de donde vengan. Me ha gustado la relación entre el aspecto de los personajes y su carácter, y también la diferencia del lenguaje y del estilo de narrar los hechos de cada mundo, Japón: pausado, reflexivo, contemplativo; España: ruidoso, impulsivo, atropellado.
   Unas buenas descripciones del entorno me han llevado hasta Osaka, pasando por Manila, con su clima, sus paisajes, sus deficiencias. A través de olores y sonidos, he viajado en barco por mares encrespados y he visto combates contra buques piratas. He viajado de Madrid a Sevilla y aquí, he recorrido sus calles, sus barrios y, sobre todo, sus tabernas, además de sus cárceles.

   Puedo decir que, a pesar de ciertos pesares, he hecho un gran recorrido histórico y he vivido una interesante aventura.

domingo, 27 de julio de 2014

Todo lo que puede encerrar el Tibet

Este libro se cruzó conmigo varias veces a lo largo del invierno. Me lo encontré reseñado en varios blogs y me hablaron de él algunos amigos. Sabía que tarde o temprano terminaría poniéndole las manos encima, pero, como ya he dicho muchas veces, creo que son los libros los que me eligen a mí y no al revés, aunque en ocasiones parezca lo contrario. Así que, solamente cuando él quiso, se me presentó la oportunidad de hacerme con él, casi sin poder evitarlo, pero esa es otra historia.
   A estas alturas, seguro que la mayoría de vosotros ya conoce la historia del pequeño Thupten, de lo que le sucede a su familia y a su hermano Chögyam, la manera en la que se queda completamente solo y cómo debe hacer frente al tiempo pasado con el proscrito Wangchuk; cómo su vida se cruza con la del lama Lobsang y el monje Dorjee, cuando estos van en busca de la reencarnación del último karmapa, fallecido ya hace seis años.
   Empecé a leer la novela con ganas. El último karmapa estaba a punto de dejar este mundo y se despedía de sus fieles. Este comienzo ya me enseñaba cosas desconocidas para mí sobre el budismo, con el mismo ritmo pausado y tranquilo que yo relacionaba con esta religión y con un lenguaje claro y ligero. De repente, la historia cambiaba de escenario, me llevaba a una pequeña aldea, a una humilde familia, a un desfiladero, y esa tranquilidad y esa calma daban un vuelco enorme y todo se transformaba en una escena impactante que me dejaba el corazón en un puño. ¿Qué les pasaría a sus protagonistas? ¿Habría esperanza para ellos? Después, otro salto más, en el ritmo y en la historia. Llegué a la paz de un monasterio de la mano de su abad, quien regresaba después de muchos meses de predicar y extender la doctrina budista. Gracias a él empecé a conocer muchos de los principios que rigen esta religión, muchas de sus normas, de sus leyes. Y así he pasado el resto de la novela, saltando de momentos tensos y difíciles a otros de enseñanzas, de explicaciones, de conocimiento.
   No solo los escenarios son diferentes, lo son también sus protagonistas. Unos tienen que luchar por sobrevivir a cualquier precio. Otros tienen que enfrentarse a los problemas de una comunidad religiosa en la que también hay rencillas y corazones oscuros (y es que en todas partes cuecen habas) y en dónde hay que tratar de mantener firmes los principios de toda una filosofía de vida. La historia de la búsqueda del nuevo karmapa se cruzará con las vivencias de dos pequeños tibetanos que han perdido a su familia. Cuando estos personajes se encuentran es cuando toma sentido el título de esta novela y es cuando la esperanza de todo lo que se encierra en el Tibet y en sus gentes se pone en marcha para hacer frente a los obstáculos que tendrán que vencer los protagonistas. 
   El paisaje del Tibet, las costumbres de sus pobladores, los principios y normas del budismo son la base de esta historia, sus cimientos, lo que da sentido a lo que se narra. Por eso he echado en falta algo más de pasión, de implicación por parte del autor. A veces, me parecía estar leyendo un reportaje periodístico, objetivo y algo distante. La manera de darnos a conocer las normas y costumbres budistas debería ser más natural: aunque es buena idea que sea a través de las enseñanzas de un maestro a su discípulo, en ocasiones, me resultaba un poco forzada, con más información que sentimientos.
   Pero no os engañéis, he estado pegada a sus páginas todo el tiempo; ha habido acción e intriga suficientes para mantener toda mi atención. Quizás por eso el final me ha sabido a poco, me ha parecido algo precipitado. Me hubiera gustado saborearlo algo más, que se detuviera un poco más en los momentos de tensión y también en la felicidad de los protagonistas cuando los superan. Pero, ya sabéis, nunca llueve a gusto de todos. ¿Cuales fueron vuestras impresiones?

domingo, 29 de junio de 2014

Un gran reto

Tengo que confesar que me asusté un poco cuando tuve este libro entre las manos: era grande, pesaba bastante y tenía 657 páginas, nada menos. Como parte del reto del mes de novela histórica propuesto por Laky en Libros que hay que leer, me había comprometido a leerlo y reseñarlo dentro de este mes y tuve la fuerte sensación de que no sería un libro ligero que podría "ventilar" en un par de sentadas. Y no me equivoqué.
   La historia es una historia de intrigas, traiciones, alguna que otra historia de amor y la lucha por un territorio. El reino cristiano de Asturias tiene que hacer frente a la muerte de su rey Alfonso II y a la sucesión al trono. Al mismo tiempo, Abderraman II, emir de Córdoba, maneja los hilos oportunos para que esa sucesión le beneficie y poder extender aún más su poder. De esta forma, José Javier Esparza nos cuenta cómo Ramiro I tiene que luchar por el trono de Asturias, frente al usurpador Nepociano, mientras en la corte de Córdoba, a su vez, la favorita del emir, Tharub, confabula con el eunuco Nasr Abu-el Fath para derrocar al heredero Mohamed y que su hijo Abdalá sea el elegido. No está mal, ¿verdad?
   Nada más empezar a leer me di cuenta de que no era una historia sencilla, de que necesitaría calma y tiempo para saborearla como se merecía. La narración ganaba por goleada a los diálogos, el lenguaje era un lenguaje bastante culto, a veces con metáforas un poco "floridas", pero todo fluía de forma muy natural, no resultaba farragoso ni pedante (es agradable encontrarse con una buena gramática que no esté influida por el inglés), las descripciones de las batallas y de su preparación era demasiado detallista para mi gusto y, a veces, me resultaba muy densa. Sin embargo, me tenía atrapada y era incapaz de dejar de leer porque todo estaba lleno de detalles sobre la forma de vida de aquella época, sobre lo que suponía luchar por tu casa y tu tierra día tras día y año tras año, no importaba el bando. Y esto, para los que amamos la Historia, era un regalo. No, no iba a ser una novela ligera.

   Lo que pasaba en las dos cortes, la cristiana y la mora, se alternaba a lo largo de la novela. Fui conociendo, casi a la vez, lo que se cocía en cada una de ellas, las diferencias en la forma de vida, costumbres y leyes, y la similitud en el ansia de poder, en las traiciones o en las intrigas de palacio. Era la inteligencia de los tres hombres principales y, especialmente, de las mujeres que les acompañaban, lo que marcaba el desarrollo de la novela. Ellos era hombres fuertes, inteligentes y decididos, pero las mujeres que estaban a su lado eran tan decisivas como ellos, aconsejándoles e, incluso, tomando decisiones por su cuenta. Eran mujeres fuertes que luchaban por sobrevivir y por cambiar el destino que los hombres habían marcado para ellas. 
  Según iba leyendo iba creando el retrato de cómo debía de ser la vida de las personas en esos años, siempre en guerra, siempre luchando. Veía la imagen de los campos de la naciente Castilla, en la frontera con Al-Ándalus, enormes, desolados y arrasados continuamente por las razias moras, defendidos como podían por pequeños señores feudales que llegaban a serlo precisamente por organizar la defensa de esos territorios. Veía también el contraste con la corte de Córdoba, culta, refinada, majestuosa, pero también amenazada por las luchas entre clanes y pequeños reyezuelos que buscaban aumentar su propio poder frente al emir, igualmente llena de crueldad y mano dura para poder gobernar y controlar todo eso.
   
La historia real se mezclaba perfectamente con la inventada. Todos los personajes, históricos o no, tenían detrás una historia que les armaba de realidad y les hacía de carne y hueso, y explicaba muchas de sus acciones. Las costumbres y la forma de vida de la época se me presentaba de manera muy real en medio de la historia, a través de los pensamientos de los protagonistas, de sus valores o de sus miedos. Todo iba encajando a las mil maravillas para poder cumplir mi reto.

   Pero siempre hay algún escollo y, para mí, ha sido la crudeza en la descripción de las batallas y del saqueo de poblaciones. Entiendo que hay que ser realista en la descripción de una guerra, pero no me acostumbro a los detalles tétricos y desagradables. Otros dirán que es indispensable para entender la forma de vida en la que se movía aquella gente. Es cierto, pero me cuesta. Como me ha costado la parte en la que se prepara la batalla, en la que se hacen los planes estratégicos, en la que se forjan las fidelidades y las traiciones. Hay momentos trepidantes, pero otros se detienen demasiado en pensamientos y reflexiones de los personajes.
   Y entonces me voy acercando al final. Veo cómo las hojas se van agotando y cómo se van resolviendo las distintas tramas. Y cuando creo que ya todo acaba y que el autor está atando cabos, aparece un elemento nuevo que añade una nueva intriga o un nuevo misterio en la historia. El final no va a ser tan sencillo, ¡ni hablar!, el final se hace rogar, me tiene en tensión hasta la última hoja y, cuando llega, no me defrauda en absoluto. ¿No es encanta que pase eso?

Muchísimas gracias a La esfera de los libros por hacérmelo llegar con la rapidez del rayo.
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