Las ausencias son muy difíciles de llevar, mucho. La ausencia de internet me obligaba a una semana de distancia de mis colegas blogueros; podría verles, leerles, pero no decirles lo que me había gustado su entrada, o la entrevista a ese autor, o lo diferente que había sentido yo ese libro que comentaba. Me había quedado sin voz.
En principio, pensé que una semana de descanso absoluto tampoco me vendría mal; dedicarme a leer, exclusivamente, sin pensar en enfoques o en tiempos, sería volver a otros momentos. Pero me mentía. Mis dedos tecleaban sobre cualquier mesa que se les pusiera por delante, la lectura me pedía notas y comentarios futuros a cada punto y a parte y mi móvil, cruelmente, me mostraba todo lo que se movía en la blogosfera sin dejarme formar parte, dando error a cada intento de comentario, dando fallos a cada pulso de la tecla "enviar".
Después, llegó la conexión, pero también mi inconsciencia, y no se me ocurrió otra cosa que meterme a "cocinillas" y preparar una serie de cambios de imagen que celebraran mi tercer año en las redes. Y mi inhabilidad con las herramientas de las nuevas tecnologías y mi falta de paciencia decidieron que la Semana de Pasión se alargara a otra Semana de Adaptación: a la rutina, a las prisas y a dejar las cosas como estaban.
En este peregrinaje, me acompañó una novela, pegada a mí de forma inexplicable. Estuvo conmigo en la travesía de Pasión sin que yo encontrara pasión en ella, como si me agarrara a la única tabla que había, encendiendo y apagando el libro más de una vez, sin conseguir entrar en la historia y sin que los personajes se hicieran mis amigos. Después, siguió a mi lado, más como un hábito que como un deseo. Yo leía y leía, pero no sentía. Avanzaba en la historia sin llegar a entrar en ella.
La mujer del reloj, de Álvaro Arbina, daba vueltas en mi boca, y no sabía por qué. Estaba bien escrita, sin ninguna duda. Tenía un lenguaje correcto y preciso, a veces un poco rimbombante, pero quizás fuera para adaptarse a los años de 1800, durante la invasión francesa. Sin embargo, se me hacía distante, frío. La historia no podía ser más completa: intrigas, misterio, aventuras, luchas de espadas, batallas, traiciones. Pero había escenas tan tópicas, momentos tan previsibles, hechos que adivinaba antes de que ocurrieran, que todo se desinflaba por momentos.
La historia del joven Julián, que pierde a su padre, la única familia que le quedaba; que ve como las tropas francesas arrasan la tierra que tanto amaba; que se ve envuelto en los misterios de una logia secreta; que pierde al amor de su vida; que se encuentra con su tío desconocido con el que descubre la labor de las Cortes de Cádiz, la gestación de La Pepa; que conoce el infierno de las cárceles y del destierro; que lucha en una guerrilla; que ve el triunfo y el final de la guerra; ese Julián, que tiene una vida verdaderamente de novela, no consiguió en ningún momento hacerme cosquillas en el estómago, o encogerme la garganta con la tensión, o emocionarme con sus impulsos y sus decisiones. No podía evitar encontrar trucos y recursos mil veces vistos a lo largo de la literatura y del cine: el aprendizaje del manejo de la espada, el sacrificio del amor para salvar a la familia, los personajes que resultan ser otros distintos, momentos emotivos, de los de lágrima fácil y mano en el pecho.
Sin embargo, esto lo podría haber sobrellevado perfectamente si la historia me hubiera hecho vibrar. Pero todo me resultaba tan lejano. Tanto las descripciones de lugares y de personas como las explicaciones sobre sociedades, logias o hechos históricos me parecían más propios de un manual que de una novela. Eran precisos, rigurosos, exactos y... "fríos".
Y a pesar de todo esto, no quería soltar la historia. Estaba decidida a terminarla, a conocer el destino de Julián, porque le había cogido simpatía. Era demasiado justo y equilibrado en sus actos, incluso cuando se alteraba, pero me gustaba. Y, además, quería saber cómo acababa todo aquello, quería descubrir si mis suposiciones eran ciertas, si eso que me parecía tan previsible, en realidad lo era.
Y lo fue. Y el final resultó el que imaginaba. Y a pesar de que todo se alargaba inútilmente, dando vueltas sobre la misma idea como para intensificar lo que se suponía que era una sorpresa, yo me quedé ahí hasta el epílogo, apagando el ebook con una mueca de desilusión y sorpresa por ese final que suponía, pero que intuía más sonoro, menos incomprensible.
En fin. Todo pasa. Los obstáculos se suelen superar, los errores se deben intentar arreglar y las lecturas que no nos calan deben dejar paso a la esperanza de la siguiente.

