Hay sensaciones que permanecen en mí de forma mucho más fuerte que algunos recuerdos. De algunos libros, tengo más marcadas las sensaciones que me produjeron que lo me contaron. Y creo, no, sé, que eso será lo que me suceda con El vino de la soledad.
Mucho más que el argumento, he cruzado esta historia leyendo sentimientos: angustia, pasión, soledad, venganza. He encontrado pocos escritores tan virtuosos para transmitir emociones como Némirovsky.
A través del interior de Elena, una niña rusa de ocho años, conocemos el entorno de una sociedad decadente, incapaz de hacer frente tanto a los caprichos del destino, como a los golpes de fortuna, y mucho menos, a viejos prejuicios de clase. La seguimos hasta sus diecinueve años y, en ese tiempo, Elena nos transmite su desprecio hacia una madre egoísta y superficial que nunca la ha querido, su cariño por la institutriz francesa que le mostró los únicos sentimientos nobles que conoció, su angustia ante un padre al que adora y que apenas le presta atención, por su adicción al juego y su obsesión por su mujer, el odio y el desprecio por el amante de su madre, al que luego utilizará para vengarse de ella.
Sentimos su miedo, su dolor, su soledad, su desilusión y, en ocasiones, sus momentos de alegría (contenida, bastante contenida). Su desorientación ante el comportamiento de los adultos, su tesón para no dejarse vencer, su firmeza para destruir a su madre, su obligación de crecer antes de tiempo.
Dicho así, parece muy duro, pero no es una novela dura. La habilidad de esta esta escritora para presentarte los hechos sin estridencias, casi con tranquilidad, con un lenguaje increíblemente sencillo y elegante, me parece casi mágica. No hay palabras grandilocuentes, ni escenas sobrecogedoras; no hay alharacas ni fanfarrias; hay vida, momentos reales, testimonios. Ha sido tal su facilidad para hacerme correr por las hojas que tengo la sensación de haber participado en una exhibición de patinaje artístico, en donde me deslizaba por la historia como si nada, leyendo mientras volaba, sin esfuerzo, hasta el final, cuando, de repente, me di cuenta de que casi me faltaba el aliento.
Dicen que hay mucha autobiografía en este libro. Quizás por eso es tan auténtico; quizás por eso, los sentimientos son los verdaderos personajes de la trama. Solo puedo deciros que, a pesar de haberme encontrado con Irène Némirovsky solo en dos libros, estoy decidida a no separarme nunca más de ella y a seguir volando.

