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domingo, 5 de marzo de 2017

Una auténtica montaña rusa

No sé que me pasa últimamente con los libros que leo, que me resulta muy difícil escribir sobre ellos. Algunos, porque apenas me han sacudido y han sido más un entretenimiento en los viajes que una vivencia. Otros, porque han supuesto tantos altibajos que no sé cómo explicarlos.
   Eso es lo que me pasa con La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, que no sé por dónde empezar. Porque todo ha sido un subir y bajar constante. Ha habido momentos verdaderamente magistrales, en los que la ironía estaba manejada con tanta habilidad que las carcajadas se me escapaban en medio de un vagón atestado de gente comatosa y anestesiada por lo intempestivo de la hora. Esa ironía hacía que el ridículo o la grosería de lo que se vivía en la novela se mantuvieran sujetos, sin escaparse, para que la escena resultará genial en vez de grotesca. Otras veces, sin embargo, me tenía que meter entre pecho y espalda unas cuantas páginas de pensamientos e ideas manidas que me cansaban más que el madrugón que acababa de darme y que me hacían buscar cuánto faltaba para el final; un "subeybaja" continuo, ¡vaya!
   A pesar de eso tengo que ser honesta y confesar que Onofre Bouvila ha conseguido engancharme la mayor parte del tiempo, y con él, y sobre todo, su ciudad, Barcelona, con la que cambia y crece y se transforma a la vez. La historia de los dos se une de exposición universal en exposición universal. Desde 1888 a 1929, el autor nos cuenta la historia de Barcelona y de España, utilizando a Onofre y todo lo que le rodea, que no es poco. Vemos cambiar a los dos al mismo tiempo, uno gracias a la otra y al revés, dando saltos en el tiempo a través de los recuerdos del protagonista. Esto me resultaba a veces un poco confuso, pero enseguida volvía a situarme en el meollo y a coger las riendas. Esos saltos, además, han estado acompañados del más puro estilo "esperpéntico" de Valle Inclán, al entremezclar perfectamente la descripción cruda y real con la superstición y la legenda.
Publicado por DOVEL

   Onofre es un niño pobre que se marcha a la gran ciudad a ganarse la vida, dando con sus huesos en una pensión de mala muerte donde aprende a sobrevivir y donde se une a ciertas personas que le acompañarán el resto de su vida. Será su inteligencia, su frialdad y su falta de escrúpulos los que le llevarán a lo más alto, a la abundancia y al poder más absolutos, influyendo en todo, absolutamente en todo lo que transforma Barcelona.
   La forma de narrar es tranquila, pausada, como de otra época, cuando se escribía para que leyéramos sin prisa, solamente para contarnos cosas y no para sacudirnos permanentemente. Por eso se detiene en los detalles, en la descripción de las escenas y de los pensamientos, sobre todo de Onofre, sin apenas diferenciar los diálogos, que no son muchos, de la narración. Los golpes de ironía y de sarcasmo aparecen a todas horas y sin avisar, como si el autor quisiera romper el ritmo de las vidas tristes y sórdidas de los personajes, algo que he agradecido muchísimo para superar esos momentos en los que desconectaba de la historia.
   
Exposición universal de 1929
Que es una novela interesante, no hay duda; que se merece el reconocimiento que tiene, no lo discuto; pero que me ha producido una sensación de amor-odio permanente, por supuesto. Y esto es lo que me hace tan difícil describirla y analizarla como seguramente se merece. Por eso, lo mejor en estos casos, es dejar paso a las experiencias de otros, para comparar y aprender. Así que, aquí os dejo el guante.
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