Pocas veces ha sido tan importante ser
"el hijo de" como en esta novela, hasta tal punto que la
protagonista pierde su nombre a cambio del de "hija de Robert
Poste" ante buena parte de su familia.
La hija de este buen señor es en
realidad Flora, una joven alegre y resuelta que ve cómo cambia su
vida al perder a sus padres por culpa de una enfermedad. Entonces, su
vida acomodada resulta que no lo es tanto y tiene que ser acogida por
una amiga suya que, aunque amable y cariñosa, insiste todo el tiempo
en que Flora busque un trabajo que le permita ser independiente ya
que su asignación económica no da para mucho. Pero nuestra heroína
no está dispuesta a trabajar, prefiere "acomodarse" en
casa de algún pariente relativamente agradable que le facilite
seguir con su entretenida vida. Después de descartar un desván
compartido con un loro y una mansión siniestra "a siete millas
de la aldea más cercana con (...) pantanos y ciénagas que rodeaban
la casa" (hay familiares con muy mala baba), decide lanzarse a
la aventura de una granja perdida en la Inglaterra más profunda, en
dónde le espera el misterio de unos "derechos" arrebatados
a su padre hace años y un "oscuro" secreto ocurrido en una
leñera. Flora Poste se encontrará con sus peores temores, con el
ambiente más rural que podría imaginar y con los parientes más
"silvestres" que podría conocer. Sin embargo, ella es una
chica decidida que se crece ante la adversidad, así que se pone
manos a la obra e idea un plan para poner en orden una vieja granja,
unos familiares con "mucho pelo de dehesa" y su propia
vida.
Al leer sobre la vida de la autora,
Stella Gibbons, tuve la sensación de que compartía muchas
cualidades con la protagonista: decisión, resolución y, sobre todo,
inteligencia para tratar con los demás. De una forma un tanto
ingenua, la autora nos presenta a una joven muy decidida, que se
crece ante los problemas, que tiene un gran tesón y constancia y,
sobre todo, la inteligencia suficiente para lidiar con la "caterva"
de parientes que tiene alrededor. Y digo "ingenua" por la
forma tan conveniente en que lo resuelve todo y lo bien que le salen
los planes a nuestra heroína. No digo yo que nuestra Flora no sea
una mujer de una vez, capaz de reorganizar lo que se le ponga por
delante, pero hay que reconocer que la suerte la acompaña, y mucho.
Pero eso no es lo que importa; es tan solo una excusa para
divertirnos e ironizar sobre determinados tipos de personas y de
formas de vida.
Por otro lado, es genial la manera
en que la escritora presenta su novela ante su "supuesto y
admirado" amigo y novelista, llena de burla e ironía:
"-después de malgastar diez años de mi vida como periodista, aprendiendo a decir exactamente lo que quería decir en frases cortas-, descubrí que debía aprender, si pretendía acercarme a la literatura y recibir críticas favorables, a escribir como si no estuviera muy segura de lo que quería escribir pero estuviera encantada de decir exactamente lo mismo en frases tan largas como me fuera posible".
Una ironía que se mantiene durante
toda la novela y en dónde radica el "meollo" de su sentido
del humor. Para los que leemos esta novela en español, el humor
basado en los nombres inventados por la escritora, los juegos de
palabras y los guiños a la moda literaria de aquellos momentos (todo
ello explicado magistralmente en la nota del traductor) pierden
fuerza, pero no lo hace la ironía de sus diálogos o la descripción
de algunos de los personajes o los paisajes y situaciones que
describe, a propósito, de una forma tan pedante y rebuscada que
tiene que marcarlos con doble asterisco (a veces con triple) para que
no nos de un patatús al encontrarnos con uno de ellos. Fuera de esta
"burla", el lenguaje es bastante natural y fácil de seguir
y se adapta como un guante a cada personaje, reflejando perfectamente
su forma de ser.
Y no podemos olvidar que, como parte
indispensable de la novela, no solo está la protagonista Flora Poste
o su corte de primos, los Starkadder, sino que hay otros elementos
importantísimos en el desarrollo de los acontecimientos y que no se
deberán perder de vista: la parravirgen y El sentido común de
índole superior, obra del Abbé Fausse-Maigre, que influyen en los
protagonistas de una manera poco común.
Cuando elegí esta novela para
participar en el reto de Seri, Finales felices, fue un poco por azar,
guiada por las reseñas que me había ido encontrando en varios
blogs. Y creo que acerté de pleno. No solo el final es feliz, todo
el desarrollo de la novela es feliz. Han sido muchas las sorpresas
que me he encontrado y también alguna duda sobre las fechas: si la
novela se publicó en 1932, ¿cómo es posible que se hable de las guerras anglonicaragüenses de 1946 (página 250)? Si algún alma caritativa sabe la respuesta que
me lo diga, por favor.
Solo me queda agradecer a Seri que
organizara este reto que me ha permitido releer una novela que ya
tenía olvidada y volver a disfrutarla tanto como la primera vez.






