Se puede luchar contra un enemigo, incluso contra dos; se puede luchar contra una institución, incluso contra varias; se puede luchar contra abogados y leyes...; pero, ¿cómo se lucha contra la hipocresía, contra la soberbia, contra la manipulación y la confabulación? Además de contra la mala suerte.
Eso es a lo que debe enfrentarse Florence Green cuando decide comprar una propiedad ruinosa donde vivir y, para colmo, donde abrir una librería. ¿Qué le pasaba en la cabeza a la señora Green para hacer algo así? Se preguntaban sus vecinos. ¿Era realmente necesario meterse en líos de préstamos, de obras de reconstrucción? ¿A su edad, era lógico enfrentarse con las fuerzas vivas de Hardborough, y encima por unos libros? Pobre Florence. Pero ahí estaba ella, dispuesta a luchar por la decisión que había tomado, y luchó, vaya que si luchó, hasta con un poltergeit, un espíritu particular que habitaba en Old House antes que ella y al que habían revolucionado con tanta obra y tanto cambio.
Siempre me han gustado las heroínas, pero no esas monísimas que saben en todo momento qué hacer y no conocen el miedo. No, me gustan aquellas cargadas de problemas cotidianos (los más agotadores), las que tienen miles de dudas y las afrontan todas con coraje, las que están asustadas por lo que se les viene encima y lo superan, las que son tan valientes como para tomar una decisión y seguirla hasta el final. Por eso, me pegué a Florence Green en la primera página y ya no la abandoné hasta la última, en donde, por cierto, me quedé con la boca abierta y los ojos a cuadros. Pero ese es otro cantar que tendréis que descubrir vosotros; yo no espachurro finales (spoiler para los más modernos).
Florence había decidido abrir una librería contra el viento y la marea de un pueblecito pesquero apartado del resto del mundo en todos los sentidos. Empezó enfrentándose a la humedad de un cobertizo medio derruido y al banco que se negaba a concederle un préstamo, luego lo hizo a las miradas suspicaces de sus vecinos y, finalmente, a la señora Gramart, la "mandamás" del lugar, a la que se le antojó hacer un centro cultural justo donde Florence tenía su librería y su casa. Pero Florence echó mano de su decisión y fuerza de voluntad, y de su ayudante Christine, y abrió su librería, y vio como se llenaba de vecinos curiosos por ver y leer, y comprobó como disfrutaba colocando los pedidos que llegaban, y se sorprendió al ver como su ayudante de diez años tenía la fuerza de los veinte para poner en su sitio a clientes impertinentes.
Pero hay cosas contra las que no se puede luchar. Es muy difícil vencer unas normas sociales rancias, uno prejuicios obsoletos, unas fuerzas vivas marimandonas y anquilosadas en el pasado que, además, suelen tener muy buenos contactos con el poder, y mucha suerte, las muy puñeteras. Y sobre todo, es difícil vencer a la traición. Y a pesar de todo, Florence lo intenta, con todas sus fuerzas y con una flema británica increíble y un sentido del humor también muy British. Con ellos, sortea la retahíla de estupideces que los abogados le escriben en sus cartas para "solicitarle" amablemente que se largue de una vez de Old House, y soporta las "pullitas" de la "todopoderosa" señora Gramart.
No, no me había equivocado con este libro, con aquella elección rápida y bajo presión. No me había equivocado con Penelope Fitzgerald, con su magistral forma de retratarnos las costumbres y el ambiente opresivo que podía existir en un pequeño pueblo; con sus estupendos personajes, perfectamente armados, muy complejos e incluso extravagantes; con un lenguaje muy rico pero limpio, sin florituras aunque con muchos recursos para fotografiar perfectamente ambientes, sentimientos y formas de ser; y con un sentido del humor modesto e inteligente que sobrevuela toda la novela, que nos arranca más de una sonrisa, en ocasiones, y en otras lo notamos escondido en las reacciones de los personajes o en las situaciones más "pintorescas". No, no me había equivocado en absoluto.
Tendré que volver a por más, Penelope.



