Siempre es agradable encontrarse con un sorpresa, si es grata, claro está. Últimamente, mis clases de francés no solo me enseñan el passé composé, también me están presentado pequeñas historias llenas de ternura y de encanto. Primero fueron Les fleurs du Corán; ahora, 35 kilos d'espoir.
Tengo que ir descifrando, poco a poco, el mensaje, porque aún me queda mucho por aprender, de hecho, estoy aprendiendo a leer de nuevo, despacio, palabra por palabra; es toda una iniciación.
Esta nueva historia que se va desvelando paso a paso me habla de un chico apasionado por el bricolaje, pero un infant terrible en el colegio. Lo detesta de tal forma que ya no recuerda las veces que ha repetido curso, solo recuerda los sentimientos de plenitud que siente mientras se esconde en la caseta de su abuelo y fabrica cosas con sus manos. ¿Por qué no puede dedicarse a esto?
Esta harto de ver discutir a sus padres usándolo a él como escusa. No quiere ver cómo se alejan, cada vez más, en esas eternas vacaciones que, sin embargo, se acaban de golpe cuando apenas ha llegado a casa de sus abuelos. Solo soporta los consejos del abuelo Leo sobre su futuro:
"... si usaras toda la energía de tu odio al colegio en formarte para hacer lo que de verdad te gusta, sería tan feliz, podrías lograr lo que te propusieras".
Qué maravillosas conversaciones entre los dos, llenas de ingenio y de ironía.
Pero, a pesar de todo esto, en la mente de Gregoire se agolpan solamente pesadillas sobre el aburrimiento infinito de las clases; los recuerdos sobre la única profesora que le ha hecho sentir interés, cuando estaba en preescolar; la estupidez de algunos compañeros. ¿Sería capaz, realmente, de terminar primaria y dedicarse a lo que le gustaba de verdad? Siguen sonando en su cabeza los consejos de Gran Leon:
"¡No tiene sentido! Abandonar desde el principio para repetir después. ¡Bravo! ¡Vaya plan! Te felicito. Te diré una cosa, amiguito: es más fácil ser desgraciado que feliz y a mi no me gusta la gente que elige lo fácil, no me gustan los quejicas. ¡Sé feliz, mierda! Y haz lo que haga falta para conseguirlo".
Los pensamientos de Gregoire y los consejos de Grand Leon, con ese lenguaje que me hace aprender expresiones cotidianas, un lenguaje coloquial, cercano, reflejan esa relación tan especial que existe entre los abuelos y sus nietos. Esa es la base de esta historia: el amor entre ellos, tan grande, que les ayuda, a los dos, a cambiar su destino.
Gregoire es consciente de que necesitaba hacer feliz a la persona que más quería en el mundo, por eso, la publicidad sobre aquella escuela de formación le quemaba entre las manos. Tendría que estudiar mucho para permanecer allí, al menos tres años estudiando, pero no quería defraudar más a Gran Leon. Los ojos como platos de sus padres, el examen y entrevista de ingreso en el instituto técnico de Grand-champs, su penosa formación en matemáticas, le parecían obstáculos insalvables, pero la voz de su abuelo resonando aún en los oídos le empujaban a escribir su carta de presentación:
"... Creo que hay más cosas en la vida que las notas. Creo que está también la motivación. (...) Es allí donde yo seré feliz. No estoy demasiado gordo. Peso 35 kilos de esperanza".
Sin embargo, la alegría de su admisión, el orgullo que ve en los ojos de su padre se mezclan con la repentina enfermedad de su abuelo que, sin embargo, le empujará a esforzarse como nunca. ¿Volverá a verlo de nuevo? ¿Volverá a recibir sus consejos mezclados con esas pequeñas regañinas? Eso es algo que todavía tengo que desentrañar.
