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jueves, 12 de junio de 2014

Dónde leer hoy. El balcón

¿Acaso no os gustan las tardes de tormenta? Esas tardes de treinta y siete grados a la sombra, de un bochorno aplastante, de algunas ráfagas de viento muy, muy caliente. De repente, el cielo se oscurece, la luz se vuelve gris, empieza a oler a humedad y se oyen los primeros truenos. Estas tormentas de verano te avisan con tiempo suficiente para que te pongas a cubierto, otras cosa es que les hagamos caso. Empiezan tímidamente con unas pocas gotas, tan calientes como antes lo era el aire, al principio muy suaves, para ir refrescándose poco a poco a medida que se hacen más grandes, más rápidas y más frecuentes.
   Aquí es cuando empiezo a disfrutar de ellas, sobre la cabeza, luego sobre la espalda, después en la cara. ¡Es tan agradable! Me encanta sentirlas, fresquitas, en mi cuello o en los brazos, siempre y cuando no se transformen en el diluvio universal. Noto el olor de la tierra al mismo tiempo que siento la lluvia y, si no me pilla muy lejos de mi destino, me puedo permitir el lujo de un paseo agradable, sin demasiadas prisas.
   Cuando llego a casa, me descalzo, cojo mi libro y salgo pitando hacia el balcón, antes de que se vaya la tormenta. Lo abro, casi de par en par, y me siento en el suelo, apoyada en la puerta; no me importa clavarme los cuarterones que la decoran. Sin embargo, el libro que tengo ahora entre manos no me encaja con la tormenta, el cuerpo me pide algo más... poético. Así que hago caso de mi cuerpo y me voy a por una buena dosis de poesía. Reviso la estantería; tengo a mano a Garcilaso:
SONETO V
Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.
Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

   En ese momento, cae un rayo, le sigue el trueno: ¡Qué oportuno! Le ha puesto sonido a la fuerza del poema. Sigue oliendo a gloria, el aire sigue refrescándose y yo necesito cambiar el poema. Me levanto "como un rayo" a por los versos de Lorca:
LLUVIA
La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.
(...)

 
    En esta ocasión, ni un rayo, ni un trueno, la lluvia descansa, solo está el olor de la tierra. Creo que, ante el maestro, solo cabe el silencio. Hay que reflexionar sobre lo leído, hay que sentir.
   La tormenta ha pasado y el sol ha vuelto, aunque mucho más tranquilo; es casi atardecer así que no se molesta en brillar demasiado, total, se va dentro de poco. Mi momento de poesía preferida también ha pasado ya. El balcón es un sitio muy bucólico para estas ocasiones, pero algo incómodo para pasar allí algo más que un rato. Así que recojo los bártulos poéticos, entorno el balcón y me preparo una buena cena.
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