Nada más abrir los ojos, estos se han ido derechos a la mesa y la silla que se ven desde mi cama. El balcón de mi habitación da a un pequeño patio de luces en donde desayuno, a veces, cuando el silencio y el frescor de la mañana me dejan hacerlo. Hoy era uno de esos días.
El estómago también pedía atención, quería su momento de gloria dominical. Ese desayuno relajado y relajante que te permite disfrutar de una de las mañanas más hermosas de la semana. Así que me puse manos a la obra.
La terraza estaba preparada, el café con leche, un par de tostadas y el kiwi. Le he cedido el asiento frente al mío a un poeta, un señor muy sabio y muy culto que además destacó en política, jurisprudencia y teología. Es cierto que es un poco mayor, nació en 994 en Córdoba, pero no podéis imaginar qué vida más interesante. Fue testigo de la caída del Califato, sufrió en persona el caos de los reinos de Taifas, vio como llegaban a la cima, para caer después, a diferentes gobernantes, del mismo modo que él mismo daba con sus huesos en la cárcel en más de una ocasión. Alguien que ha conocido a Almanzor, entre otros, que ha leído a Platón y a numerosos poetas griegos, que ha formado parte del gobierno de Abderramán V y que ha escrito El collar de la paloma, tiene mucho que enseñarme, ¿no creéis?
Le he servido una taza de té muy, muy caliente, mientras yo saboreaba mi café con leche habitual, y no he podido evitar interrogarle sobre este tratado suyo en el que nos habla del amor, sus costumbres, sus signos, sus características, en un estudio casi científico. Y digo, casi, porque está lleno de hermosas poesías que sirven de ejemplo a sus reflexiones. Él quiere saber si ha cambiado algo desde que escribió esta risala, si el hombre ha transformado en algo sus maneras o sus sentimientos. No veáis como se ha reído cuando le he dicho que no. Le ha divertido muchísimo comprobar que sus teorías sobre el amor (cualquier tipo de amor) se mantienen a través de los siglos. Hemos charlado largo y tendido, entre sonrisas y asombros, intercambiando pareceres. Salvando las lógicas distancias culturales y temporales, nos hemos dado cuenta de que el corazón humano tiene una esencia muy cabezota que se mantiene firme a través de los siglos. Y si no nos creéis, echad un vistazo a esta obra.
Hacía ya bastante tiempo que se nos había terminado el café, pero la conversación era tan entretenida que no nos habíamos dado cuenta. Sin embargo, ya era hora de recogerlo todo y de despedirnos. Le he estrechado la mano, con fuerza, antes de cerrar su libro, y le he pedido permiso para mostraros estos versos que Ibn Hazm de Córdoba escribió hace ya más de mil años. Que los disfrutéis.
Siento por ti un amor inalterable,
y tantos hay que son simple espejismo.
Te consagro un amor sin tacha, puro,
que grabado conservo en mis entrañas.
Si hubiese en mí otra cosa que tú mismo,
la arrancaría con mis propias manos.
Tan sólo de ti amor quiero; no hay nada
que fuera de tu amor pueda pedirte.
Con él para mí el mundo será polvo,
y cuantos en él viven como insectos.






