No era la primera vez que nos encontrábamos, por eso, cuando lo vi, sentí un nudo en el estómago. La vez anterior había sido mágica y las sensaciones de tenerlo entre mis manos volvieron a mi cabeza con todas sus fuerzas. Allí estaba, junto a otros compañeros, destacando sobre todos, ¿cómo podía resistirme? Es más, no quería resistirme, así que lo cogí del mostrador y me lo llevé corriendo a la caja: Khaled Hosseini se venía conmigo esa tarde. Me daba igual lo que contara la contraportada, el flechazo que sentí con Mil soles espléndidos fue tal que estaba decidida a lanzarme de nuevo a sus páginas, porque estaba segura del resultado.
Y ha vuelto a pasar. Me he vuelto a enamorar perdidamente. Cuando alguien escribe con la elegancia y la dulzura de Hosseini y, al mismo tiempo, con esa fuerza y ese realismo, es difícil resistirse. La facilidad de este hombre para crear personajes de carne y hueso con los que conecto desde las primeras páginas, no deja de sorprenderme.
En Y las montañas hablaron, todo empieza con un cuento, un simple cuento inocente que un padre les narra a sus hijos en su viaje a la ciudad. Abdulá y su hermana Pari escuchan ensimismados la historia sin saber que es el germen de sus propias vidas y el origen de esta narración. A partir de aquí, comienza un relato que irá deslizándose suavemente a lo largo del libro y uniendo la vida de varios personajes que se cruzarán a lo largo de los años. La vida de Pari irá enlazando las diferentes historias de estos protagonistas, que van a llenar los huecos unos de otros, para que tengamos una visión completa y redonda de lo que sucedió en la mansión de los Wahdati, a partir de un día de otoño de 1952.
La pequeña Pari es dada en adopción por su familia, para evitar que muera de hambre o de frío en uno de esos crudos inviernos de Shadbagh. A partir de aquí, el autor nos describe las vidas, lugares y sentimientos de todos los personajes que intervienen en la novela, personas reales, con sus bondades y sus miserias y que, contándonos cada uno su propia historia en primera persona, van completando los vacíos que han dejado sus compañeros, además de darnos diferentes puntos de vista sobre lo que pasa en la novela.
Como ya hizo en Mil soles espléndidos, nos describe los ambientes y los paisajes con tanta maestría que parece que estoy sentada en el árbol legendario de la aldea, o que paseo por las lujosas estancias de la mansión o por las desoladoras salas del hospital de Kabul. Como en otras ocasiones, también nos describe los horrores de las guerras, un poco de la historia de su país, bastante de las costumbres y rasgos de su cultura y, según yo creo, un poco de su propia historia personal.
Como ya hizo en Mil soles espléndidos, nos describe los ambientes y los paisajes con tanta maestría que parece que estoy sentada en el árbol legendario de la aldea, o que paseo por las lujosas estancias de la mansión o por las desoladoras salas del hospital de Kabul. Como en otras ocasiones, también nos describe los horrores de las guerras, un poco de la historia de su país, bastante de las costumbres y rasgos de su cultura y, según yo creo, un poco de su propia historia personal.
Khaled Hosseini ha ido entrecruzando historias y vidas desde Afganistán a París, desde San Francisco a la isla de Tinos, a través de pequeños guiños del destino, de pequeños caprichos del azar que cierran el círculo que empezó con Pari y Abdulá.
Como en la vez anterior, he caído a rendida a sus pies. Y, gracias a este viaje, estoy decidida a caer rendida muchísimas veces más.



