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miércoles, 13 de abril de 2022

Cómo explicar la muerte con inteligencia


No es la primera vez que Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga se unen para explicar la vida o, en este caso, la muerte. Pero sí ha sido la primera vez que yo me asomo a sus conversaciones. En La muerte contada por un sapiens a un neardental se entrelazan las reflexiones, conversaciones y puntos de vista de estos dos autores, cada uno con su personalidad, sus modos de actuar y afrontar el fin de la vida en la Naturaleza, ¿o más bien la transformación? 

   La literatura de Millás pone los sentimientos y las sensaciones, la descripción de ambientes y de personajes, las diferentes actitudes ante el hecho de la muerte. La ciencia de Arsuaga pone el análisis, el estudio, la observación, las deducciones. Los dos se complementan y disfrutan peleando verbalmente, retándose, midiéndose el uno al otro, compitiendo a veces y divirtiéndonos mientras nos enseñan.

   Los diálogos son ingeniosos, en ocasiones, juveniles y frescos, muchas veces llenos de humor negro, un poco absurdo, y siempre refrescantes. Arsuaga hace de sabio que va guiando a su pupilo en los descubrimientos. Millás hace de aprendiz que va siguiendo el hilo conductor que le tiende el maestro. Y al tiempo que descubre, se descubre también a sí mismo y nos descubrimos un poco los lectores al plantearnos las cuestiones que van surgiendo en el camino. 

   Esta lectura se me ha presentado como un baile perfecto donde he aprendido de lo que supone la muerte desde un punto de vista científico al ritmo en que he aprendido de lo que supone la vida, a la vez que sabía algo más de la personalidad de los autores. 

Imagen encontrada en Goglee

   ¿Y cómo hablar de la muerte sin hacerlo también de la inmortalidad, el después, el por qué? A través de distintas experiencias que Arsuaga prepara para su compañero de viaje, se habla de la longevidad, de si existe la vejez o no en la Naturaleza, de prioridades. El "sapiens" hace un recorrido por diferentes entornos y especies animales y vegetales para hablarnos de cuánto tiempo viven, de cómo mueren, de cómo se adaptan a esa fecha de caducidad. Acompaña al "neardental" por distintos lugares, incluso a través del tiempo, para ejemplarizar sus reflexiones y ponerlo en situación. Le presenta a varias personas que por su profesión o por su forma de entender la vida, afrontan de diferente manera la muerte.

   Cuánto me gusta que me sorprendan. Qué agradable es aprender y encontrar lecturas que pueden hablar de un tema peliagudo de manera entretenida, original, a veces hasta divertida, interesante, reveladora y muy muy inteligente.

domingo, 27 de marzo de 2022

Lo que yo encontré bajo este sofá


¡Qué manera de sacudirme por dentro! Lo que encontré bajo el sofá, de Eloy Moreno, me ha zarandeado, me ha apretado las entrañas y me ha hecho retirar la vista en algún que otro párrafo. Me ha dejado, en ocasiones, al borde del abandono, pero me he visto incapaz de dejar de leer. Su forma de contar me agarraba y me sujetaba tan fuerte que me impedía marcharme.

   Al terminar la novela, me doy cuenta de que no hay palabras grandilocuentes, ni gramática rebuscada, ni giros con efecto. No, hay un vocabulario conocido, utilizado cada día, increíblemente fuerte cuando sabes enlazar adecuadamente las palabras, tanto que te impacta de lleno, en el pecho, en las tripas... y que, a mí, me ha removido por dentro. Y, sin embargo, lo hace suavemente, con calma, como si una lengua de miel se fuera extendiendo poco a poco.

   Apenas hay capítulos como tales, sino pequeñas historias como reflexiones sueltas que se agrupan en bloques. Pueden ser del autor o de los personajes, y parecen escritas a vuela pluma y recogidas en una misma encuadernación. Pero no es verdad; al final, te das cuenta de cuánto tienen en común.

   De este autor, había leído Tierra, que me pareció original, y Diferente, que me arrancó lágrimas como puños, así que tenía que seguir conociéndole y descubriéndole. Y así llegué a esta novela, que me he puesto el corazón del revés al comprobar, una vez más, cómo puede cambiar una vida en un momento, con una decisión o con no tomarla.

   En estos últimos años, todos hemos experimentado cómo pueden cambiar las cosas de repente, o nuestra perspectiva de ellas, o nuestras prioridades. Alicia, la protagonista, también lo experimenta y nos lo cuenta paso a paso, al mismo tiempo que ella misma lo va viviendo y comprendiendo. No lo hace sola, por supuesto, hay mucha gente alrededor que la completa, y sobre todo, es la ciudad de Toledo la que le echa una mano. Todos los que la acompañan tienen sus decisiones escondidas, camufladas o ignoradas, y como cuentas de un rosario, van apareciendo a lo largo de la novela para darnos las pistas que lo explican todo.


   Publicada por primera vez en 2013, me ha asustado bastante ver que es totalmente actual. ¿Tan poco hemos avanzado? No he encontrado ni una sola línea que no pueda aplicarse a la sociedad de hoy. Las miserias humanas, las necesidades de justicia, las cobardías y el coraje están en el mismo lugar. Es verdad que algunos personajes se deciden a actuar, a impartir justicia a su manera. Y aunque, moralmente, sabía que ese no debería ser el camino, confieso que mi fuero interno ha sentido cierto placer al ver en el papel lo que yo he deseado hacer muchas veces.

   Son muchas las sensaciones que me ha despertado este libro, muchas cuestiones las que me ha planteado, hasta el punto de traerme de vuelta por estos lares, tan abandonados. Que me ha hecho pensar y sentir, es evidente. Que me va a hacer actuar, ojalá. En cualquier caso, a partir de ahora, me plantearé más a menudo la conveniencia o no de buscar debajo de mi  propio sofá.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Por tierras de Salamanca

Tengo claro que las cosas que me curan el alma están enlazadas y me llevan de una a otra, aunque no siempre sea consciente. La música, la lectura o los viajes son algunas de ellas, y solo a veces me doy cuenta del camino y me dejo llevar. Así ha sido con mi última lectura Por tierras de Portugal y de España, de Miguel de Unamuno.
   Estaba yo feliz de la vida, disfrutando de mi viaje a Salamanca y sacándole el jugo a todo lo que se me ponía por delante, cuando al descorrer la cortina de la habitación me encontré un día gris plomizo acompañado de una cortina de lluvia. Bueno, vale... Era tan sencillo como acomodar los planes al cielo y cambiar un paseo a la deriva a través de los últimos rincones sin descubrir, por algunos museos bien resguardados de la lluvia y no muy alejados del hotel. Así llegué a la Casa Museo de Unamuno.
   Desde que leí Niebla en el instituto y, más tarde, La Tía Tula en la facultad, mi relación con don Miguel había brillado por su ausencia, así que conocer sus "intimidades" me pareció una buena forma de volver a relacionarnos. No sé si conocéis la que fue su casa, pero si no es así, escapaos en cuanto podáis para ir a verla, no solo por la atmósfera que queda de él en sus habitaciones, sino por la pasión que encontraréis en el guía que os llevará de la mano. Qué gustito cuando alguien sabe contagiarnos su admiración por lo que muestra. El caso es que aquellas fotos, retratos, libros, plumas y demás enseres que tocó Unamuno no habían estado entre mis planes de viajera por Salamanca, y si no hubiese sido por el cielo plomizo y la lluvia infatigable y calmosa, posiblemente no habría terminado en esta casa, lo que me desató las ganas de volver a leer a don Miguel.
   

   A la vuelta del viaje, busqué entre esos eternos pendientes que todos tenemos en las estanterías y, ¡bingo!, allí estaba este libro de artículos que Unamuno recopiló allá por 1911 para hablarnos de esas "excursiones" con las que recorría la península. ¿Porqué tenía yo este libro? Ni lo recordaba, pero era evidente que mi viaje lo había colocado en la parrilla de salida de las próximas lecturas. 
   En este libro, a don Miguel se le escapa el ingenio por las manos. Es como si su cabeza no pudiera retener tantas ideas y reflexiones y se agolpasen todas en los dedos a la hora de escribir. No me interpretéis mal, no hay nada atropellado en su escritura, pero sí se agolpan los comentarios sobre este o aquel paisaje o costumbre, que le lleva de un pensamiento a otro como si no pudiera sujetarlos; eso sí, perfectamente argumentado todo y muy bien descrito. Esa seguridad en sus ideas hace que suelte por la pluma toda su sinceridad, sin tapujos, a veces de forma no muy caritativa, aunque siempre educada. En ocasiones, he pensado que debería haberse mordido la lengua, pero después me doy cuenta de que es imposible frenar un torrente. 

   Porque esa ha sido mi sensación durante toda la lectura, la de un torrente que necesita discurrir. No sé si es acertado, teniendo en cuenta que los artículos fueron escritos para diferentes periódicos y, lógicamente, cabe pensar que estaban planeados y meditados. Sin embargo, debe de ser difícil contener el ingenio. Mucho menos filosófico que las novelas que yo recordaba, estos artículos están llenos de ironía, honestidad, confesiones, vitalidad, respeto, pesar, lamentos, enfado..., y una enseñanza que quisiera poner en práctica siempre que pueda:

   "No ha sido en los libros (...) donde he aprendido a querer a mi patria, ha sido recorriéndola, ha sido visitando devotamente sus rincones".

Que las cosas que nos curan el alma sigan enlazándose eternamente.

lunes, 18 de octubre de 2021

Volver a sorprenderse

Fuente: Google
Fuente: Google

El mundo de los libros te da sorpresas increíbles cuando menos te lo esperas. Yo, que cacareo tan a menudo lo de rechazar un libro si ya he visto la peli, acabo de tragarme mis  palabras tras devorar Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. 

   Este libro llegó a mis manos por casualidad: un conocido hizo limpieza en un antigua casa familiar y necesitaba deshacerse de varios libros; y allí estaba yo para recibirlo. Aún no sé porqué lo acepté; he visto la película prácticamente todas las veces que la han emitido en televisión, porque me gusta la historia y porque la protagoniza Gregory Peck, los labios más sexis del cine. Y a pesar de mis prejuicios habituales, me veía con el libro entre las manos reproduciendo en mi cabeza la historia con los fotogramas que tan bien conocía. 

   Pero la novela, como siempre (no sé de qué me sorprendo) era mucho más. Encerraba el retrato valiente y sincero de las costumbres y la mentalidad de Maycomb, una población "antigua y fatigada" del estado de Alabama allá por los años de la Gran Depresión, donde a la pobreza se sumaba el racismo, los prejuicios de clase y la ignorancia, pero también la bondad y la rectitud. El lenguaje elegante y fluido de la autora me hacía muy fácil meterme de lleno en lo que me contaba Scout, una niña de unos 8 años, que con sus "inocentes" preguntas dejaba al descubierto la doble moral de una sociedad anclada en un pasado sureño de rancias familias de abolengo. Scout no entiende porqué no puede llevar pantalones si son más cómodos para correr libre y jugar con su hermano Jem y su amigo Dill; no comprende porqué su tiíta Alexandra insiste en que es una vergüenza para la familia Finch que no lleve vestido o que su padre defienda a Tom Robinson; tampoco sabe porqué los Ewell son los únicos que van al colegio el primer día de clase y desaparecen el resto del curso, o porqué no puede visitar la casa de Calpurnia, su criada negra.

 

Fuente: Google

   Sé que no voy a descubrir nada nuevo sobre el argumento de esta novela, pero lo que más me ha sorprendido de ella es la habilidad de la autora para destapar las miserias y bondades de una época y unas costumbres con tanta naturalidad y sutileza, no solo valiéndose de una niña pequeña sino de todos y cada uno de los personajes que la acompañan, personajes de carne y hueso que muestran lo mejor y lo pero del ser humano. Y esto lo ha hecho sin decirme lo que tenía que pensar, sino dejándome descubrir a mí los entresijos de aquella sociedad.

   A pesar de tener en todo momento las imágenes de la película en mi retina, ha conseguido emocionarme como la primera vez, intrigarme y engancharme como si no la conociera y sentir de nuevo las ganas de volver a su lectura en cuanto tenía un momento libre. Y, sobre todo, mucho más importante para mí, empujarme otra vez a pasarme por aquí.

Ah, me olvidaba. Por fin he comprendido lo que significa matar un ruiseñor.

domingo, 26 de julio de 2020

Mi salvadora: Irène Némirovsky

Leer a Némirovsky siempre me trasmite paz. Me resulta elegante, serena y sin dobleces. No importa que nos hable de momentos duros y difíciles, de sentimientos convulsos, confusos o atormentados; aún así, ella es capaz de ser amable con el lector. Por eso, ella es de los pocos autores a los que les dejo que me hablen de guerra.
 

 Después de meses de buscar una lectura que me devolviera un pellizco de mi normalidad, después de muchos intentos por hablar sobre lo que leía, de intentar, sin éxito, analizar mis lecturas, llegó a mis ojos Irène Némirovsky en forma de recomendación bloguera, y fue el empujón que necesitaba para salir de la "cueva" y lanzarme a la aventura de las librerías. Y así se convirtió en el primer libro comprado físicamente en los últimos meses, sin "onlines" que valgan.
   
Los fuegos de otoño me llevaba de nuevo a París, un París que pasa de la Gran Guerra a los locos años veinte y de nuevo al horror de otra nueva guerra. En este período, la autora retrata una sociedad burguesa que se creía segura, de valores firmes y costumbres arraigadas, que ve como todo se viene abajo y cambia de una forma radical, dejando al descubierto las lagunas de esa firmeza y las carencias de dicha sociedad, junto a las distintas reacciones de incredulidad, exaltación patriótica, temor o incertidumbre que sienten los personajes de esta historia ante todo lo que viven.
   Y aquí es donde aparece, una vez más, mi admiración por Némirovsky, porque es capaz de describir todos esos acontecimientos tan convulsos sin estridencias ni golpes de efecto, sino de una forma serena y directa. Porque ella no necesita envolver los momentos duros y crueles con imágenes impactantes, ni tampoco sacudirnos utilizando un vocabulario brutal. Por el contrario, con una sencillez mucho más eficaz, que puede ser igualmente fría y dura, narra los acontecimientos sin rodeos, recurre a los adjetivos precisos para trasmitirnos sensaciones desgarradoras y describirnos los ambientes y las situaciones extremas en las que se mueven los protagonistas, hace que los personajes se confiesen directamente con nosotros y sean ellos mismos quienes nos cuenten lo que sienten, lo confusos que están, los miedos que les invaden.
 
Foto tomada de Internet


 Los encargados de contarnos lo que pasa durante esos años en París son los Brun, los Jacquelain y las Humbert, cuyas vidas se van entremezclando y protagonizando la vida en las trincheras, los negocios turbios, las grandes fiestas o los campos de prisioneros. Como me ocurre siempre con esta escritora, no deja de emocionarme la entereza con la que narra los hechos y la comprensión que desprende con algunos comportamientos sabiendo cómo fue su vida y cómo terminó. En mi caso, aumenta mi admiración por ella. 
   Esta novela la escribió en la primavera de 1942, parece ser que al mismo tiempo que Suite francesa, aunque se descubrió y publicó después de su muerte, en 1957. La edición que yo he leído, además, corresponde a un segundo texto revisado por la autora que contenía correcciones y modificaciones de su puño y letra.
   Y así es como Irène Némirovsky me salva de volver a la cueva y me ayuda a dar los primeros pasos para recuperar un poco de mi normalidad.

lunes, 27 de abril de 2020

Diario de una crisis. El olvido

¡Qué tentador! ¿Verdad? Poder olvidar lo que nos incomoda: los momentos de ridículo absoluto, de "tierra, trágame", de meter la pata hasta la cintura. Y qué decir de los momentos de dolor, de desengaño, de angustia. Pero ¿luego, qué? ¿También los incómodos, los que nos avergüenzan?


   En una de mis últimas lecturas, El encuadernador, de Bridget Collins, hay libros que se encargan de "rescatar" a la gente de sus malos recuerdos (de los buenos, nadie quiere ser rescatado, aunque los vayamos perdiendo con la edad y los desengaños), de ¿liberarla? de pesos y arrepentimientos. Sin embargo, ¿es correcto?, ¿es ético?, ¿es saludable para el rescatado? Todo esto se pregunta Emmet Farmer, el protagonista. De repente, se ve obligado a trabajar como aprendiz de encuadernador, una profesión que despierta miedo y rechazo. Cualquier cosa relacionada con los libros está llena de superstición y de leyendas oscuras. Sin embargo, su familia se lo ofrece como remedio para su "enfermedad", una enfermedad de la que nadie quiere hablarle.

   La primera parte de este libro me entusiasmó. Estaba llena de misterio, de esas frases que me gusta anotar en mi libreta porque me hacen reflexionar, de personajes interesantes que sabes que te ocultan cosas que estás deseando descubrir. El lenguaje era poético y, al mismo tiempo, ligero y asequible. Las descripciones de sentimientos y, sobre todo, de paisajes era muy plástica, muy hermosa, y te unía a unos personajes que contaban con sus propios rasgos y personalidades. La historia iba añadiendo datos, poco a poco, dando las pistas justas para crear ese misterio y esas expectativas que me tenían tan enganchada. Y de pronto...
   
Imagen tomada de Internet
De pronto, me encuentro con un giro en la trama que me descoloca. Según avanzo voy viendo las intenciones de la autora. Creo que sé por dónde van sus tiros y me tranquilizo. Vale, ahora voy a empezar a descubrir el porqué de la enfermedad de Emmet. Bien de acuerdo. Pero aquello avanza sin muchas alegrías. El lenguaje ha perdido color y fuerza, las frases "lapidarias" empiezan a escasear, los personajes van transformándose en arquetipos y, en el trascurso de la historia, el argumento se hace cada vez más previsible y empiezo a sospechar el resultado. Efectivamente, lo que imaginaba, pocas sorpresas.
   Llega la tercera parte, y aquí la voz cantante la lleva otro personaje. Pero la línea descendente continúa cuesta abajo, y no encuentro nada nuevo que me sacuda, nada que me sorprenda. Al menos, la trama está entretenida y me mantiene el interés lo suficiente para quedarme hasta el final. El final es correcto y cierra bien la historia, con lo que me queda un buen sabor de boca a pesar de la decepción sufrida.
   ¿Conclusión? En estos días en que todo lo analizo y sobre todo reflexiono, esta lectura me ha hecho pensar de lo lindo: en cuánto tendremos que olvidar para poder salir adelante; en cuánto deberemos recordar para no volver a caer en los mismos errores... en cuánto vamos a ser capaces de perdonar.
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domingo, 11 de agosto de 2019

Antes de tiempo

Es la primera vez que me pasa que tengo unas ganas locas de contar lo que pienso sobre un libro antes de haber terminado de leerlo, y en un momento en el que soy incapaz de transmitir lo que siento cuando leo. Llevo tanto tiempo sin escribir en el blog que ha empezado a convertírseme en extraño. Cada intento que hacía por contar la última lectura era todo un reto, y no porque no sintiera nada al leer, sino por incapacidad. Y de repente, Herbert George Jenkis y su Patricia Brent, solterona me desatan esas ganas. Y aquí estoy.
   No sé todavía cómo será el final, pero estoy casi segura de que no me defraudará. Su sentido del humor, irónico y absolutamente flemático me tiene encandilada. Su habilidad para retratar los "pecados" sociales de principios del siglo XX me parecen magistrales. La facilidad con la que teje una trama de enredo que mezcla todo tipo de personajes interesantes creo que es admirable. Y todo esto desde el punto de vista de un hombre, consciente de la situación social de la mujer de su época, que, sin embargo, no puede evitar que se le escape algún pensamiento "pelín" machista si lo juzgamos desde nuestra perspectiva, pero que es absolutamente lógico y coherente con el momento en el que vive. Esto es algo que muchos deberían tener en cuenta a la hora de "crucificar" una novela escrita en otro siglo.

   Por eso estoy disfrutando tanto de este libro, porque es real y porque me enseña, de primera mano, todo lo que tenía que soportar una mujer que quisiera ser independiente y dueña de su propia vida. Y me lo enseña desde la perspectiva masculina y de una forma tan divertida, sin dramas, sin histerias, pero a la vez en toda su injusticia, sin dejarse nada en el tintero. Además, inconscientemente por supuesto, H. G. Jenkins se retrata a sí mismo a través de sus valoraciones y la descripción de los personajes. ¡Y qué personajes! No sabéis cuánto estoy disfrutando con ellos.
   En la pensión donde vive Patricia, la protagonista, están las auténticas "solteronas de nacimiento", como diría Gila, que estaban decididas a ser las defensoras y protectoras de su "estirpe"; los caballeros venidos a menos cuyo consuelo es tirarle los tejos a jóvenes como Patricia y alardear de antiguas "glorias" y hazañas; o las viudas respetables que se autoproclaman veladoras de la moral de la comunidad. Es todo un abanico de prototipos de aquella sociedad bastante hipócrita y fingida, que vivía de aparentar y del qué dirán. ¡Bueno!, algo que también existe ahora, solo que lo llamamos "postureo", pero no deja de ser hipocresía.
   En fin, que Patricia me tiene en vilo por ver la forma en que conseguirá salir del embrollo en el que se ha metido. Por cómo marchan las cosas, puedo imaginármelo, pero en realidad eso no es lo importante, lo importante es ver con qué frases ingeniosas, con qué toques de humor lo va a resolver el autor; lo que de verdad quiero es seguir enganchada a esta delicia de "manera de contar" tan elegante, divertida y sencilla de H.G. Jenkis.

domingo, 17 de febrero de 2019

Serindipia = Disfrutar

Puede que haya sido porque ya sabía que tras Alice Lovelace se escondía Serindipia, pero en este libro de fantasía me he encontrado con muchos de los guiños de nuestra querida Mónica Gutiérrez. Están sus diálogos ingeniosos, sus toques de humor irónico y a veces sarcásticos, los datos históricos bien encajados en la trama, hasta la presencia del té.
   En esta ocasión, los vampiros, los superhombres y los seres humanos conviven en un equilibrio más o menos estable, vigilándose los unos a los otros y manteniendo el cumplimiento de unas normas muy precisas, hasta que nuestra protagonista, Grace, aparece en escena. Ella parece tener un "don" que todos quieren y por el que están dispuestos a romper todas las reglas si es necesario. Solo estará a salvo gracias a uno de los mandamases vampírico. Y hasta aquí puedo leer... porque el resto solo tiene gracia si lo descubre uno mismo.
   Me chiflan los relatos fantásticos contados como si fuesen una historia cotidiana más, los hechos increíbles incluidos en el día a día con toda normalidad y los personajes extraordinarios paseándose como si tal cosa por la trama. Cuando eso se hace bien, se hilvana con maestría y se presenta con naturalidad se consigue una novela que te atrapa desde la página cero.
   
Porque así he estado yo con este libro: atrapada. Desde que abrí Cuéntame una noctalía (aquí tenéis la reseña), su primera novela, siento algo adictivo con los libros de Mónica, algo que me mueve a aferrarme a su lectura y no querer soltarla. Para mí, se debe a su lenguaje cercano, a su vocabulario rico y expresivo, a su fuerza para describir determinadas situaciones y sentimientos. 
   En realidad, en este caso creo que la trama ha sido lo de menos, aunque no deje de ser muy interesante y muy entretenida, y llena de imaginación. Pero lo que realmente me atrapaba era ver cómo los personajes se enfrentaban a lo que les estaba sucediendo, a lo que trastocaba su vida cotidiana, a lo que descubrían de los demás y de sí mismos. Nuestra protagonista es una mujer fuerte, decidida e independiente, como todas las mujeres "serendipia" y, por eso, no se comporta como los demás le piden, y por eso también no le sirve cualquier galán. Este tiene que ser inteligente, con personalidad y con valores.
   
Confieso que, cuando empecé a leer, me parecía estar ante una novela de corte juvenil y mi vena adolescente salió a la luz para disfrutar como una quinceañera con la historia de nuestra protagonista. Sin embargo, según iba encontrando los "guiños" de la autora, iba disfrutando más mi parte adulta, mi lado literario e historiador. Su romanticismo no es solo de tipo amoroso, sino también literario. Los cementerios, los castillos medievales,  las noches de luna llena, una buena tempestad, el bien y el mal que aparecen a lo largo de la novela los habrían elegido encantados Becquer o Espronceda. 
   Nuestra protagonista, Grace, tiene un secreto que la convierte en blanco de las distintas facciones que habitan Londres. Poco a poco va descubriendo para qué está destinada, de dónde viene, y como mujer valiente que es, decide tomar el control de la situación. En ocasiones, la trama podía parecerme previsible, pero era tan emocionante la forma de contar lo que ocurría, que me era imposible despegarme del libro. 
   Y una vez más, tras un libro de Mónica Gutiérrez, mi problema fue encontrar una buena lectura que me ayudara a desengancharme.
   ¡Qué cabeza la mía! Me olvidaba de esas magníficas entradillas que nos abren las ganas de "hincarle el diente" al capítulo. Son geniales. ¡Descrubidlas!

domingo, 10 de febrero de 2019

La Tigresa y el Acróbata


Hay veces que necesito cambiar el tercio de mi lectura. Cuando enlazo novelas que solo me entretienen, el cuerpo me pide sacudidas; tampoco demasiado fuertes, no hace falta exagerar, pero sí algo que me despierte, que me estimule. En esa búsqueda, mientras pasaba el dedo por el listado de libros que me ofrecía la tienda online, me encontré con Susanna Tamaro y, por mi experiencia, supe que no me defraudaría.
   La portada que tenía delante era de un azul plomizo, pero que me resultaba tranquilizador. La imagen era la de un tigre que se paseaba por ella majestusoso y, bajo el título, una leyenda decía: "Entre la libertad y el poder, he elegido la libertad". Y así fue como, con el espíritu dispuesto a emocionarse, empecé a leer La tigresa y el acróbata. 
   Siempre me ha sorprendido la fuerza de los sentimientos que esta escritora, aparentemente tan frágil, imprime en sus libros. Con un lenguaje sencillo, lleno de poesía y de plasticidad, crea una maravillosa fábula para hablarnos de las cuestiones importantes de la vida. A través de las vivencias de una tigresa, la autora nos ofrece toda una cadena de reflexiones éticas y morales sobre la propia existencia, sobre nuestro destino, sobre nuestra capacidad real de poder elegir o si, por el contrario, seguimos unas normas impuestas desde siempre.
   Vale, sí, dicho así "da miedito"; suena pomposo y muy sesudo. Seguro que algunos habéis salido "por por patas" del blog. Pero nada más lejos. Es una fábula, una de esas bonitas fábulas que leíamos de niños en el cole, protagonizadas siempre por animales y con su moraleja y todo.
   Este hermoso y temible animal nos cuenta su vida con mucha naturalidad, casi con inocencia. Desde su nacimiento y los primeros días de vida junto a su madre y su hermano, ella siente que no es cómo los demás. Aprende las "mañas" propias de su especie, presta atención a las enseñanzas y consejos de su madre, pero sus ganas de saber siempre el porqué de las cosas, su gran curiosidad, parecen ir contra su naturaleza, ir más allá de lo que se espera de ella, de lo que se supone que debe hacer. 
"¿Se puede vivir fingiendo ser algo que no eres? Renegar de la propia naturaleza para ir al encuentro de una nueva de la que no conocía el rostro.
(...)
¿Una abeja sabe porqué es atraída por la flor? De repente, una energía misteriosa te llama y no puedes resistirte a su voz. Lo que a otro le parece locura, a ti te parece el único camino que recorrer".

  Tenía claro que Susanna Tamaro se había propuesto hacerme reflexionar sobre lo que siempre ha preocupado al ser humano. Así que recogí el guante y me acomodé para disfrutar de sus recursos literarios: sus elegantes metáforas, su lenguaje poético, su ternura. La autora había elegido a un animal poderoso y temido, que lo tenía fácil para seguir sus instintos y vivir cómodamente según su naturaleza. Sin embargo, la tigresa "necesita" descubrir lo que hay más allá de la línea por donde sale el sol cada mañana. No siente la necesidad de cazar grandes animales que demuestren quién manda en la taiga; se conforma con cazar para sobrevivir y poder continuar su marcha hacía el este.
   Como era de esperar, en su viaje se encontrará con el bien y con el mal; con almas gemelas que, curiosamente, pertenecen a un mundo opuesto al suyo, y almas oscuras y miserables, independientemente de la especie a la que pertenezcan. Cuando conoce a El Hombre, quien se supone que es su mayor enemigo se convierte en su apoyo, su guía y su maestro. El único que la comprende, que siente las mismas inquietudes que ella:
"¿En serio, ningún miedo? (...). __ El hombre suspiró: "Uno, y siempre el mismo. No a la muerte, sino a no conseguir ser yo mismo".
  El relato es pura filosofía. E insisto, no para echar a correr, sino para saborearla despacito, a nuestro propio ritmo, de una manera fluida y natural, a medida que nuestra tigresa (porque se hace nuestra) va encontrándose obstáculos y trampolines en su camino y va aprendiendo a conocerse mejor. 
"Tener unos ojos y tener una mirada no es lo mismo (...). Los ojos están ligados a las manos, mientras que la mirada está ligada al corazón. La mirada no conoce distancia ni barrera. Los ojos, al contrario, miden cada cosa. Si encuentran un espacio vacío, construyen rápidamente un muro".
   Pero, ¡qué sabia! ¡Qué a gusto he ido aprendiendo con ella! Porque me era difícil seguir el relato sin hacerme también las mismas preguntas. 
   En resumen, una aventura que me ha mostrado el valor que hace falta para dejar lo que conoces y arriesgarte ante lo desconocido; ese mantra tan popular ahora de "salir de la zona de confort". Aunque yo me preguntó: si de verdad fuese una zona de confort, ¿necesitaríamos salir a buscar algo diferente?
Yo ahí lo dejo.

domingo, 21 de octubre de 2018

Y nos habla El Libro

¿Qué pasaría si fuese el libro el que nos contase su punto de vista, lo que  ha experimentado, lo que ha sentido? ¡Qué extraño! ¿Verdad?
   Por eso me atrajo tanto esta novela, por eso y porque me la prestó una sabia amiga mía, que absorbe con pasión los libros y con la misma pasión los adora o los rechaza. Si ella me lo recomendaba, no había más que hablar.
   Testamento de un libro, del escritor marroquí Abdellah Baïda, es una novela donde el propio libro se confiesa; el Libro, con mayúsculas. Él mismo nos cuenta su historia a través de los siglos, sus años de gloria absoluta, sus momentos de horror y sufrimiento, sus confesiones más íntimas, su amor con aquellos autores que lo hicieron grande. ¿No me digáis que no es un argumento original?
   Conocí a Abdellah Bäida en una charla que ofreció en la Escuela Oficial de Idiomas donde yo estudiaba francés, hace ya algunos años. Eran mis primeros pasos en este idioma y mi oído siempre duro no estaba todavía muy ducho. Sin embargo, la pasión del autor al hablar de sus novelas, la seducción que desprendía, su musicalidad y su forma de hablar calmada y elegante hacían que me fuera sencillo comprenderlo, que pudiera seguir fácilmente su mensaje, con lagunas evidentemente, pero que no molestaban demasiado.
   Y así ha sido también el paseo por esta novela suya, como fue aquella charla de hace años. Su forma de escribir ha sido como su forma de contar: elegante, fluida, culta y al mismo tiempo cercana, con traspiés por mi parte, pero que me permitían seguir avanzando sin caerme. Mi problema era que quería aprender todo de su lenguaje, su gramática, sus giros, y anotaba y consultaba continuamente el diccionario. Aunque, a veces, me era imposible dejar la narración y tenía que saltar el obstáculo; ya volvería a él más tarde.
   Testamento de un libro comienza con una frase casi dramática: Soy un libro. Estoy amenazado, es urgente que lo registre todo antes de mi extinción. Porque nuestro amigo está seguro de que va a desaparecer, que ya no quedan muchos de su "especie", que la memoria es frágil y que las nuevas formas de conservarla se abren paso casi a empujones. De esta forma, el autor hace un recorrido por sus obras de cabecera, por momentos cruciales en la literatura; aunque, a mi modo de ver, se deja algunos autores indispensables en el tintero, pero eso es algo totalmente personal. Lo que sí nos muestra son sus propias referencias culturales, que por diferentes en muchos casos, me han enseñado mundos nuevos y muy interesantes.
   
Nuestro protagonista especial nos habla de los grandes momentos vividos con Averroes, Honoré de Balzac, Stephan Zwieg o Gabriel García Márquez, entre otros muchos. De los maravillosos lugares en los que habitó durante siglos, como la Biblioteca de Alejandría o Bayt Al-Hikman, la Casa de la Sabiduría. O de los avances que lo engrandecieron, como la invención del papel en China o la imprenta. Pero también nos narra los horrores vividos y las prohibiciones y destrucciones de muchos de sus congéneres: la persecución de Almanzor, la quema de libros de la Santa Inquisición o del III Reich. Gracias a él he conocido a algunos de sus "amantes", como él los llama, de los que, por desgracia, nunca había oído hablar, como Jahiz, un sabio nacido en Bassora en el año 776; o Pico della Mirandola, humanista y pintor, contemporáneo de Botticelli. 

   En el momento de hacer este testamento, nuestro amigo El Libro está encerrado en la biblioteca de Al Quaraouiyine, en Fès, en un abandono total, invadido por la convicción  de su extinción y esperando que este testamento suyo sirva como testimonio de su existencia.
   Mostrándonos tanto sus alegrías como sus miserias, el libro humanizado por Abdellah Baïda nos lleva por un recorrido muy personal del autor, un recorrido muy interesante y absolutamente apasionante. Yo os aconsejaría que no os lo perdieseis. 

domingo, 23 de septiembre de 2018

Mientras tú no estabas

Este ha sido uno de esos libros que me dan buen pálpito cuando me los cruzo; luego puede pasar cualquier cosa, pero el flechazo inicial es seguro. Tenía que elegir deprisa porque se me acababa el tiempo, y la historia de Conchita Montenegro me pareció de lo más atrayente: una española convertida en una gran estrella del Hollywood de los años 30 y, ahora, completamente olvidada. Era un caramelo en toda regla y no me lo pensé dos veces.
   "La Greta Garbo española". Así la llamaron y así se la conoció durante mucho tiempo, hasta que decidió desaparecer, dejar que la olvidaran. Al parecer fue por amor, pero eso es algo que hay que descubrir leyendo la novela. Entre otras muchas cosas. Porque la novela cuenta los más recónditos secretos de esta mujer decidida, disciplinada, luchadora y fuerte que, desde muy jovencita, sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Supo aprovechar las oportunidades que se le presentaban con decisión y sabiendo los riesgos que corría. Y le salió bien.
   La periodista Carmen Ro demuestra su admiración por esta actriz, sin duda. Mezclando datos históricos con imaginación literaria ha reconstruido, a veces, lo que fue y, otras, lo que posiblemente pudo ser la vida de la Montenegro. Lo que vivió, consiguió y perdió la estrella y lo que imagina que pudo haber vivido, conseguido y perdido la mujer.
"Van mechadas las páginas de episodios reales de la protagonista, pero es a menudo el espíritu de la fabulación quien resuelve o no resuelve a su antojo esos momentos".
 
 La autora construye, así, una historia contada a través de la propia Conchita, de los recuerdos de Pelayo, posiblemente uno de los hombres que más la amaron, y de la curiosidad de Inma, la joven periodista que se cruza con él en el momento preciso: una ingeniosa idea para entrelazar dos hilos temporales, entre los que se cuela la vida personal de esta última. 
   Y entonces... ¿Por qué no he conseguido entrar en la novela? ¿Porqué no he conectado con los protagonistas? ¿A dónde se fue ese flechazo? ¿Qué me ha faltado? Como digo muchas veces, mi percepción de las cosas es solo mía y puede  que alguno de vosotros, si la ha leído, eche por tierra mis argumentos, lo que por otra parte estaría genial, ya que la discusión es lo que más nos enseña. Así que, ¡ánimo!
   La cuestión es que todo me ha resultado lejano: el lenguaje utilizado, la descripción de los sucesos, de los pensamientos y sentimientos de los personajes, hasta la estructura de la novela en capítulos cortos, casi como artículos periodísticos. Y puede que sea esto lo que más haya influido en que no le cogiera del todo el tranquillo. 
   El lenguaje me ha resultado un poco artificial, poco creíble en ciertos personajes y, a veces, muy efectista, muy "periodístico", como si buscara el impacto más que el realismo, sobre todo en la descripción de sentimientos, y en ocasiones un pelín pomposo. Los capítulos se me hacían cortos, rápidos, como si quisiera contar muchas cosas y sintiera que le faltaba tiempo. Y, mientras, yo buscaba más narración, esa que me trajera mayor profundidad sobre los sentimientos de los personajes, esa que pausara la marcha acelerada de hechos y acontecimientos. Por suerte, la historia intercalada de Inma y su relación con Pelayo, y la manera en que llega a conocer la vida de Cochita Montenegro, me dio un poco de esa pausa que buscaba.
 
 Y luego esta Hollywood, ese oscuro y misterioso mundo que se esconde tras las cámaras, lleno de las historias truculentas que algunos entendidos nos descubren cuando nos hablan de las luces y las miserias de esta industria. Me habría gustado que hubiese rascado un poco más en ese campo. Las vivencias de Conchita, una mujer que fue amiga de Jean Harlow y Spencer Tracy, que fue perseguida por Clark Gable y Charles Chaplin, no precisamente para "repasar el guión", que tuvo un romance con Buster Keaton y que calló rendida en los brazos de Leslie Howard dan para más intensidad sobre "la meca del cine". 
   Pero no quiero terminar así, con la impresión de una lectura perdida. En absoluto. Porque este libro me ha permitido descubrir una historia muy interesante, conocer a una mujer pionera, luchadora e inteligente y encontrarme con la forma de escribir de esta periodista, a la que solo conocía de alguna que otra tertulia de la televisión. Además, me ha dado otra "perspectiva" del actor Leslie Howard, al que siempre había visto un poco "blandito", sobre todo después de devorar una y otra vez Lo que el viento se llevó y ver cómo dejaba escapar a Escarlata O'Hara. Por eso, aquí me quedo esperando otras opiniones que me descubran lo que yo no he sabido descubrir.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Misterios literarios

En un pequeño pueblo de la Bretaña francesa, un bibliotecario peculiar y solitario decide acoger todos los libros rechazados por los editores, con una condición: debe ser el propio autor quien lo deposite en la biblioteca. Esto despierta toda una ola de popularidad que, sin embargo, termina por desaparecer. Hasta que un buen día, una editora bastante avispada descubre uno de esos libros rechazados, escrito por un tal Henri Pick, y convence a su jefe para publicarlo. El éxito es rotundo, brutal, y según va transcurriendo la novela, más y más misterioso, hasta el punto de que llegaremos a dudar de si el éxito de dicho libro se debe realmente a su genialidad o a toda la "parafernalia" publicitaria que lo acompaña.
   La originalidad de esta novela de David Foenkinos, El misterio Henry Pick, está tanto en lo que cuenta como en la manera en que lo cuenta. El autor, para mostrarnos los "intríngulis" de la historia, llena la novela de múltiples personajes, cada uno relacionado de una forma u otra con el libro del momento, y los utiliza para qué pensemos en cuánto hay de ruido y cuánto de nueces en el mundo editorial. La maraña de circunstancias que tienen lugar debido a todo lo que rodea a la publicación de este libro "rechazado" es tal que cambia la vida de muchos de los protaganistas e, incluso, altera la personalidad de otros. Unas veces, porque son personas decididas, con coraje y empuje para cambiar su destino; otras, por lo contrario, porque se dejan arrastrar por los acontecimientos.
   Sea como sea, El misterio Henry Pick tiene un montón de lecturas diferentes, un montón de puntos de vista distintos, un montón de formas dispares de afrontar las sorpresas que nos trae la vida. El autor, mediante la descripción de sus personajes, el rol que cada uno de ellos asume, las reacciones que cada uno tiene, modela un retrato de nuestra sociedad actual que da que pensar: ¿hasta qué punto nos gusta la popularidad, o el dinero, o el éxito?, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer si se nos presenta la oportunidad de conseguirlos?, ¿somos tan fáciles de manipular por la publicidad y los medios como parece o de verdad hay cierto criterio en nosotros?
   
Como veis, la novela tiene miga. Y también toques de humor, y de ironía, y de ternura. El autor me ha convencido con su lenguaje claro y colorido, con sus metáforas eficaces y con sus notas a pie de página puestas por él mismo para aclarar sentimientos o pensamientos de los protagonistas, incluso suyos propios, arrancándome alguna que otra sonrisa.
   El misterio de Henry Pick es más que el descubrimiento de quién es el autor del "revolucionario" libro; es el descubrimiento de cómo somos realmente cuando algo rompe nuestra rutina, nuestra "zona de confort", que tanto se dice ahora, y que no siempre es de tanto confort como pensamos. El misterio de Henry Pick es también una forma entretenida de hacernos reflexionar sobre la sociedad en que vivimos: llena de apariencias, de "culturetas" de nuevo cuño, de snobismo, de "gurús" que se sienten en posesión de la verdad. Pero también de personas coherentes y honestas, de luchadores natos, de valientes, de pacientes.
¡Qué bien sienta cuando un libro te provoca todas estas cosas! ¿Verdad?

domingo, 12 de agosto de 2018

Veraneando con Mónica

Siempre que leo un libro de Mónica Gutiérrez se me calma el alma. No sé exactamente si ese es el sentido de la literatura feelgood, supongo que sí. Para mí es lo que yo llamo "de buen rollo", de ese que cierras el libro con un gran suspiro de gusto.
Este Todos los veranos del mundo no ha sido una excepción. Mónica tiene una habilidad especial para crear ambientes en los que siempre querrías estar, y no solo los crea, sino que además te coge de la mano y te mete en ellos. Y lo hace manejando muy bien el lenguaje, con bonitas metáforas pero alejado del almíbar, que es algo que agradezco sinceramente.
Seguramente la mayoría de vosotros conoce ya el argumento de la novela, así que no me detengo en eso, pero sí me gustaría hacerlo en los guiños propios de sus libros, como los nombres que da a los lugares especiales, por ejemplo. Ahí está La biblioteca voladora. ¿Imagináis uno mejor? Quién iba a negarse a entrar en un sitio así:
"La tienda de Strenge me llena de paz; como un refugio de madera y libros, un oasis protector tan alejado de la ciudad que ya apenas recuerdo su ruido infernal".
Otros de sus "amuletos" son el té, los personajes entrañables (que suelen ser viejecitos despistados al más puro estilo Einstein), las chimeneas o sus referencias musicales, cinematográficas o literarias, que siempre me sacan una media sonrisilla; coincido tanto con la mayoría de ellas.
Me ha gustado veranear con Mónica porque no me ha llevado solo a un simple pueblo sencillo y tranquilo, me ha llevado al Paraíso, a un auténtico Brigadoon. Los sitios que describe son mágicos, algunos personajes son de cuento (pero si el librero hasta parece un duendecillo). Desempolva vivencias de otras épocas, recuerdos que algunos tenemos todavía con nosotros a pesar de los años, donde los veranos eran eternos y los niños jugábamos siempre en la calle, yendo primero de casa en casa para buscarnos unos a otros, escapándonos en cuanto nuestras madres levantaban el toque de queda de la siesta, aunque el sol derritiese aún el asfalto, y volviendo a casa justo en el momento en que empezaban a cantar los grillos o cuando nos llamaban para cenar.
Mónica ama el lugar que describe, es evidente, y eso es lo que ha dada color a toda la historia. Hay personajes y situaciones tan bucólicos que si los encontrase fuera de este libro, seguramente me resultarían irreales: ¿pasar todo el día a cargo de un rebaño de ovejas y, sin embargo, ser un pastor de los más interesante? Ni hablar.
Sin embargo, para ser honesta, sobre todo con la autora, y por el gran respeto que siento por ella, en algunos momentos me parecía que bajaba la guardia y se dejaba llevar en algunas escenas por situaciones algo sentimentales y muchas veces vistas. Pero no me importó, porque ya estaba rendida a su historia y solo quería acompañar a los protagonistas, ¿quién no se dejaría arrastrar por este lugar, por estos personajes, por esta historia?; es muy difícil nadar contra la marea.
El resto... El resto es puro placer. Te atrapa, hace que quieras más, te sujeta fuerte para que ni siquiera desees levantar la vista y ver dónde estás, aunque ese sitio te guste, porque siempre te gustará más al que ella te lleva. Y es que me parece verla en ese lugar, en su propia infancia, en sus propios veranos. Y me arranca una sonrisa con sus toques de humor, y me obliga a buscar los libros que menciona y disfruto con esos pequeños placeres que a veces olvido:
"... el mejor trago de una cerveza bien fría en verano es justo ese, el primero, sin  vaso".
Imposible terminar de mejor forma.

domingo, 15 de julio de 2018

Una agradable sorpresa

Me encanta no dejar de sorprenderme nunca, sobre todo cuando no espero encontrar algo sorprendente. Y es que las sorpresas están agazapadas donde menos te lo esperas, dispuestas a dar el salto. Eso es lo que ha ocurrido con el último libro que me ha prestado una gran amiga que me conoce y que me intuye, y que por eso se atreve (algo que a mí siempre me cuesta). Llegó un día con la sorpresa agazapada bajo el brazo en un libro de Antonio Muñoz Molina, un libro de relatos.
Relatos, nada menos, con lo nerviosa que pongo yo con este género. Pero como estoy tratando de superar mi reparos, y yo también la conozco y la intuyo, a veces, y siempre me fío, me lancé de lleno a por ellos. Y fue entonces cuando apareció la sorpresa.

Sefarad ha resultado ser un homenaje a los éxodos, las huidas, el peregrinar forzado por el mundo y también por la vida. Unas veces a través de recuerdos ajenos y otras de los propios, el autor nos lleva de viaje por diferentes relatos sobre las diferentes vidas de los personajes (reales o no), en diferentes épocas y situaciones, pero con la experiencia común de la huida, del miedo al repudio, al ataque de los otros que, en masa, se empeñan en identificar lo ajeno a ellos con el enemigo. Con la excusa de los viajes, ensarta historias oídas y otras vividas, experiencias ajenas y propias, con un lenguaje elegante, cambiando la narración si hace falta, dirigiéndola unas veces hacia alguien que no conocemos pero al que habla de "tú"; otras trayéndola en primera persona; otras, como el narrador omnisciente que es. A veces, lo hace incluso en un mismo párrafo, sin que nos chirríe, sin sobresaltos, con la maestría capaz de hacernos sentir en la charla amigable de la mesa de un café.
El primero relato, "Copenhague", recoge una de las frases que más me ha gustado del libro:
"No creo que sea verdad eso que dicen, que al viajar uno puede convertirse en otro; lo que sucede es que uno se aligera de sí mismo, de sus obligaciones y de su pasado, igual que reduce todo lo que posee a las pocas cosas necesarias para su equipaje".
Con un lenguaje que parece acomodarse al del viaje en tren, pausado, de ritmo constante, hay momentos para los detalles y otros para la historia que nos está contando, como si levantásemos la cabeza del libro para mirar por la ventanilla de vez en cuando o recorrer con la vista el resto del vagón.
En "Quien espera" te golpea con la injusticia del fanatismo y la estupidez humana, y lo que es peor, te demuestra lo poco que hemos cambiado, aunque se camufle de supuestos derechos antiguos o de cierta superioridad. Entre mis notas veo: "debería ser lectura obligada en los institutos". Porque es bueno reflexionar sobre la habilidad del ser humano para mirar hacia otro lado, para repetir los mismos errores, para olvidar, cuando le interesa, con enorme facilidad.
En "Tan callando" te oprime el corazón la crueldad y el terror que supone una guerra y en "Valdemún" te arranca las lágrimas sin que puedas remediarlo, estés donde estés, es igual, no podrás evitarlo; con delicadeza, con elegancia, sin ñoñerías ni trucos fáciles sino mediante los recuerdos, la nostalgia, las pérdidas.
En "Münzenberg" sentí un escalofrío con el siguiente texto:
"Bien sabía él (...) cómo se organiza una campaña espontánea de indignación internacional, lo maleable que puede volverse la realidad si se utilizaban con inteligencia las técnicas publicitarias (...), la repetición machacona y masiva de algo".
En "Olympia" se experimenta la asfixia de la monotonía, las ganas de escapar, la cobardía de la comodidad y las obligaciones. La combinación de angustia, agobio, nerviosismo y libertad en un simple viaje de trabajo,o "el valor de los cobardes, la resistencia de los débiles, la osadía de los pusilánimes" cuando de repente rompen sus limitaciones.

Y estos son solo algunos ejemplos de esas sorpresas que encerraba este libro, escritas con una elegancia infinita que no tiene prisa en contarnos atropelladamente las cosas, describiendo no solo escenas, sino también sentimientos, y mostrando un bagaje literario que solo con las menciones que hace nuestro escritor podría llenar una biblioteca.
Nunca se sabe dónde puede saltar la sorpresa, pero si por casualidad intuis esta, no la dejéis escapar.
"Eres lo que otros, ahora mismo, en alguna parte, cuentan de ti, y lo que alguien que no te ha conocido cuenta que le han contado, y lo que alguien que te odia imagina que eres".

domingo, 26 de noviembre de 2017

Flores y misterio

Desde hace un tiempo, me resulta cada vez más difícil escribir sobre los los libros que leo. Cuando me planto ante la página en blanco para contaros mi experiencia con la última lectura, mis dedos son incapaces de trasladar lo que todavía tengo en mi mente, y en mi espíritu. Yo lo achacaba a la falta de tiempo, a las prisas, a las miles de cosas que se agolpan siempre en mi cabeza esperando su turno para coger protagonismo. Pero justo ayer, leí la entrada de mi admirada Ángeles, en su blog Juguetes del viento, sobre los problemas de algunas personas para leer o para encontrar lecturas que les apasionen. Con su permiso, os pongo aquí el enlace para que lo leáis; no tiene desperdicio: Yo leo, ¿tú lees?
   Pues bien, me empecé a plantear que ese podría ser mi problema. Últimamente, "engullía" lecturas de tal forma que casi no las procesaba. Las disfrutaba, me gustaban más o menos, pero me entretenían. Todas me acompañaban mis momentos perdidos, pero ninguna me marcaba tanto como para poder hablaros de ella sin esfuerzo. También podía tener que ver con algo tan sencillo como mi poca capacidad de expresión. Pero, hasta ahora, y con riesgo de pecar de inmodestia, no se me había dado tan mal.
   Eran varios ya los libros que se iban quedando en el tintero porque era incapaz de transmitiros mis impresiones, y justo eso era lo que me estaba pasando con el recién terminado Herbarium. Las flores de Gideon. Para ser sincera, los motivos por los que me decidí a leerlo fueron un pelín superficiales: su portada y la mención de Jane Eyre como parte de su argumento. Sin embargo, he disfrutado de su lectura y, en general, creo que está bien escrita y con buenos elementos para enganchar al lector. ¿Por qué, entonces, soy incapaz de escribir sobre ella? 

   Cada vez que he tratado de desgranar la historia, de contaros cómo estaba narrada, de hablaros de los personajes, etc., he borrado más de lo que he escrito. De hecho, esta es la tercera vez que empiezo esta entrada. ¿Por qué? El argumento es entretenido: hay misterio, romance, dos líneas temporales bien compaginadas. Los hechos están bien enlazados, la tensión y el suspense bien conseguidos, el lenguaje utilizado es correcto y los personajes, en general, bien armados. Si esto lo tenía claro, ¿dónde estaba el problema? Era evidente, en mí.
   Cada vez que empezaba a escribir me enredaba y se me amontaban los datos. Si trataba de contaros el argumento, espachurraba la trama; si intentaba hablaros de los personajes, los presentaba demasiado planos (no es que fueran muy profundos, pero lo suficiente para ser creíbles); si probaba suerte con la forma de narrar la historia, tan solo era capaz de plasmar la extrañeza que me había causado que los dos protagonistas narraran los hechos siempre en presente, como si les estuviéramos leyendo el pensamiento.
   He repasado varias veces las notas que tomé mientras la leía, pero solo soy capaz de hacer un listado con ellas: la asombrosa madurez de Sara, la protagonista, con tan solo 23 añitos, y una vida tan intensa como una mujer de 40; los textos en cursiva, contados por un narrador omnisciente, sobre la vida de Gideon y Sara, y que de repente desaparecen a mitad de la novela; algunas escenas y reacciones que me han parecido muy manidas; algunos momentos de tensión bien conseguidos; un giro erótico hacía el final que no me cuadraba con el tono del resto de la novela, pero que daba una "nota de color"; y así sucesivamente. Retazos sueltos que he sido incapaz de hilvanar. 
   Quiero pensar que se debe a esta racha de lecturas, correctas pero poco profundas, con las que me he encontrado últimamente, al menos para mí, claro está. Así que os pido disculpas si, lo más seguro, es que no podáis tener una idea clara sobre qué va este libro, y mucho menos, de sus virtudes o defectos, aunque fuesen totalmente subjetivos. Además, no me parece justo para su autora, ya que no os doy unos argumentos serios sobre mis impresiones. Por eso, os dejo a continuación la síntesis de la novela, para que tengáis una referencia mínima, y espero hacerlo mejor la próxima vez. 
Herbarium. Las flores de Gideon.Un oscuro secreto familiar hizo que Sarah se marchara de Oxford a los dieciocho años. En su huída a Brasil dejó atrás una vida. Pero cinco años después, tras la muerte de su padre, se ve obligada a regresar. Quiere ver a su abuela Sylvia, la mujer que la crió de niña y que ahora sufre Alzheimer.Sarah cree que estará solo unos días, pero cuando va a la Universidad donde su padre era profesor de química descubre que él se ha pasado los últimos años estudiando a Jane Eyre y buscando los dibujos de unas misteriosas flores, las flores de Gideon.¿Quién es Gideon? ¿Qué significan esas ilustraciones? ¿Qué tiene que ver Jane Eyre en todo esto? Aunque su abuela parece conocer las repuestas, no puede ayudarla. Lo más paradójico es que el único que puede hacerlo es Liam Soto, profesor estrella de la Universidad de Oxford, el mayor experto en Jane Eyre de Inglaterra y él ni quiere ni puede estar cerca de Sarah. A través de las flores de Gideon, Sarah descubrirá el pasado de su abuela y una gran historia de amor que tal vez la ayude a recuperar su vida y le dé las fuerzas necesarias para desenterrar lo que de verdad se esconde en su corazón.


domingo, 22 de octubre de 2017

Un lugar a donde ir

Allí estaba yo, pasando las hojas de aquel catálogo de libros para hacer la petición mensual correspondiente, sin demasiado entusiasmo pero con demasiada urgencia, porque se acababa el plazo. Ya desesperada, mirando más que viendo, frené en seco al ver su nombre y, de nuevo, María Oruña me convenció de que recorriera paisajes con ella y conociera lo que se esconde en lo más profundo de algunos seres humanos. Y así fue como empecé a leer Un lugar a donde ir, segura de que disfrutaría con este libro tanto como con el anterior, Puerto escondido.
   Son los protagonistas de la anterior novela quienes, de nuevo, tienen que enfrentarse a un increíble misterio en la localidad de Suances. Cuando ya todos pensaban que habían vuelto a la normalidad tras los asesinatos que lo pusieron todo patas arriba hacía ya unos cuantos meses, el cadáver de una joven que parece haber viajado en el tiempo aparece en La Mota de Trespalacios, una particular construcción medieval. Todo lo que lo rodea vuelve a alterar la comisaría donde trabaja la teniente Redondo, al igual que los asesinatos que le siguen y que traerán de cabeza a nuestros protagonistas. Mientras estos investigan los entresijos de estos crímenes, Oliver Gordon se enfrenta a su propio misterio, la desaparición de su hermano Guillermo.
   Me frotaba las manos con esta nueva historia, sobre todo, porque esperaba que detrás de ese argumento hubiera mucho más, como en su anterior novela. Porque deseaba encontrarme con esos personajes tan completos, daba igual su escala de protagonismo, cada uno con su propio pasado, sus propias cicatrices, dándoles así realismo y profundidad. También, con esa forma de escribir tan fluida que hace la lectura tan fácil, con diálogos ingeniosos y un lenguaje que encaja muy bien con cada personaje. Y por último, con esa perfecta combinación de saltos en el tiempo que, a la vez que explican hechos del presente, aumentan el misterio y la intriga. Todo esto, sin olvidar la increíble labor de investigación que se refleja en los detalles y datos de las distintas disciplinas que se mezclan en la trama y que van completando el rompecabezas. 

   Y en medio de todo esto, el paisaje. Un paisaje tan protagonista como los personajes de la novela, que parece entrelazado con la historia como si esta no hubiera podido transcurrir en otro lugar, y que yo misma había tenido la suerte de recorrer no hacía mucho. Reconocía lugares y recordaba rincones, pero no era solo esto lo que me me hacía caminar de nuevo por allí, era también la habilidad de María Oruña para crear una fotografía del entorno donde pasa todo. 
   Según iba leyendo me iba encontrando con referencias a la anterior novela, pequeños guiños a personas y hechos que habían cambiado la vida de los protagonistas; suficientes para que los que habíamos leído Puerto escondido supiéramos cómo habían evolucionado algunos acontecimientos, pero no tantos como para que los recién llegados se perdieran y necesitasen leerla para saber de qué se hablaba. Aunque, sinceramente, no creo que puedan resistir mucho tiempo sin salir corriendo a por ella.
   Y así es como, otra vez, esta escritora ha vuelto a sorprenderme, a hacerme disfrutar y a que cerrase el libro con satisfacción, esperando ya su próxima obra.
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