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jueves, 24 de diciembre de 2020

Recuperar la ilusión

Dados mis problemas para escribir últimamente, he decido rescatar una antigua entrada que me trae muy buenos recuerdos, llenos de aquella antigua ilusión que sentía en plena adolescencia.
Como Blogger se ha empeñado en hacérmelo más difícil con esta nueva versión maldita, no he podido preparar la entrada como me habría gustado, pero aún así, si tenéis paciencia y seguís el enlace, podréis compartir conmigo un bonito recuerdo con el que quiero desearos a todos Feliz Navidad.

Un abrazo fuerte.



lunes, 24 de diciembre de 2018

Llegó Navidad

De repente sonó el timbre de la puerta. El riiiinnngggg rompió completamente el silencio de la casa. Yo aparté el libro de Jeanette Winterson, Días de Navidad, y mi madre, a medio vestir, se asomó por la barandilla de las escaleras para gritarme que abriera la puerta. Pero no hacía falta, el ruido subía desde la calle, enloquecido, excitado y cargado de churros con chocolate. Habían llegado los pequeños de la casa.
   En un pispás preparamos la mesa para dejarles desayunando entre risas, manchas y algún que otro grito nervioso. Los mayores teníamos que mover muebles, bajar cajas de la buhardilla, preparar el serrín y otros "avíos" y decidir si este año perdíamos todos los nervios poniendo un río con agua de verdad o de papel de aluminio. Mirando hacía la mesa del desayuno llena de niños con chocolate, decidimos correr a por el royo de papel Albal. Y se dio el pistoletazo de salida.
   Los caballetes estaban en su sitio, el mantel de papel de plata listo, las cajas abiertas y las figuritas desenvueltas. Solo había que empezar. Y empezamos. Tijeras por aquí, celo por allí, en aquel rincón una piña, en este un tronco y unas ramas de pino. Y al volver la cabeza, vi al mayor de los "pequeños" mirando sin ver el belén que se empezaba a armar. Y sentí un pellizco en el estómago; estaba creciendo. A su lado, otro de los pequeños empezaba a despistarse y a buscar mi móvil por todas partes para jugar a escondidas. Otro pellizco. La más pequeña no hacía otra cosa que desenvolver figuritas de barro y amontonarlas en el sofá, mientras su hermana mayor protestaba porque no la dejábamos hacer nada. Otro pellizco más. 
   Fue entonces cuando los mayores supimos que había llegado la hora del relevo, que el nacimiento tenía que ser cosa suya, quedase como quedase, que a nosotros no nos quedaba más que orientar, ayudar y responder a las preguntas de ¿quién es quién? en el belén. Así que cedimos la batuta al mayor de los pequeños para que fuera él quien montara el portal, la parte más importante del nacimiento, y se encargará de las luces, porque requieren de cierta responsabilidad. La segunda en el mando se ocuparía de la fuente de agua con circuito cerrado y sin peligro de fuga. Y el tercero en discordia, del río de plata, sus puentes y sus lavanderas. La más pequeña se ocupó de agrupar a las ovejas para que durmieran un rato, porque tenían que descansar para acompañar toda la noche a los pastores que van a ver al niño Jesús ("es que es su cumpleaños, ¿sabes tía?"). 
   Y entonces todos los pellizcos desaparecieron. Y se oyeron los villancicos de fondo, y empezó la sesión de fotos de rigor, y la abuela juntó las manos para soltar su frase navideña preferida ("¡Pero qué preciosidad. Este es mejor que el del año pasado!"). Y así empezamos otro ciclo de rituales familiares, de esos que tranquilizan el alma porque nos frena un poco el ritmo loco. Y al marcharnos a comer, el silencio y la calma volvieron a ocupar su lugar en la casa. La castañera se quedó al lado del camello, el herrero sustituyó a Melchor en el portal y el niño que toca la zambomba cruzaba el río por uno de sus puentes. El pescador lanzaba su caña justo al lado de la mula, como si esperase pescar una de las ovejas que descansaban hasta acompañar a los pastores a adorar al Niño.





domingo, 21 de diciembre de 2014

Recuerdos

Mañana empieza la Navidad. En mis recuerdos, el pistoletazo de salida lo daba la tele desde buena mañana con la cantinela de los niños de San Ildefonso. Entonces, los cánticos sonaban en pesetas, pero mis sensaciones eran las mismas que ahora. Mis recuerdos me dicen que mañana empieza de verdad la Navidad; ni con el alumbrado oficial, ni con Cortilandia, ni con El Almendro o con Freixenet. Ni hablar, todo empieza mañana con el olor a día de vacaciones, con el desayuno tranquilo en la mesa del salón viendo el sorteo y con el pijama puesto, con las cajas del belén y de los adornos navideños, y con todos los artilugios preparados por mi madre para tenernos todo el día entretenidos con trabajos manuales: angelitos, reyes magos, estrellas, etc.
   Los recuerdos vuelven todos los años a visitarme, porque yo les invito. No dejo que la Coca-Cola, los perfumes o Toysrus me ocupen el poco espacio libre que tengo en casa para los amigos. 
   Así que, yo sí celebro la Navidad, porque me entusiasma, porque la disfruto, porque quiero recordar todo lo que sentía de niña: el frío en la cara cuando salíamos a enviar las tarjetas de Navidad y la carta de los Reyes Magos, el ruido de los primeros panderos y zambombas de la gente que se reunía con los amigos, el olor dulce de las pastelerías.
   No me importa la falta de belenes en los escaparates, donde solo hay muñecos de nieve y papanoeles, llenos de escarcha, no me importan las quejas de la gente sobre todo lo comercial y falso de la Navidad mientras te hablan cargados de bolsas y paquetes de regalos; sí siento el barullo y el machaqueo publicitario que tienen que soportar quienes odian la Navidad y siento muchísimo más la tristeza de aquellos que echan de menos a quienes más han querido. Pero yo tengo la enorme suerte de tener conmigo a casi todos los que más quiero, y los que faltan siempre me hicieron disfrutar de estas fiestas somo si ellos no echaran de menos a nadie. Esas sonrisas, esos villancicos que cantábamos desafinando como loros, esa decoración espantosa hecha de rollos de papel higiénico, nueces y cartulinas de colores y los bombos dando vueltas en la televisión son mis invitados a partir del lunes y pienso hacerles todos los honores.
   Mañana, extenderé sobre la mesa virtual de mi trabajo todos los billetes de lotería que comparto y reparto, tal y como hacía mi abuelo cada 22 de diciembre y, después, buscaré los libros que estaban siempre desperdigados por la casa porque se leían "a salto de mata" entre el despertar y el desayuno o entre la merienda y la visita a la familia. Así empezaré a celebrar la Navidad, mi Navidad.
Feliz Navidad a todos.

lunes, 6 de enero de 2014

Y llegó... mi bloguero invisible 2013

Anoche pasaron por casa los Reyes Magos y, a una velocidad superior a la de la luz, dejaron estupendos regalos delante de mi balcón. Pero unos días antes, un paje se adelantaba a la cabalgata que venía de Oriente...
   Era una mañana bastante fría. El insomnio me había tenido leyendo casi toda la noche y cuando me quedé K.O. lo hice tan profundamente que eran las nueve de la mañana cuando me desperté, con el sonido del timbre del telefonillo metido en mi oído. Me levanté de un salto, sin despertarme del todo, y corrí hacia la puerta. La cartera me traía un paquete que no cabía en el buzón.
   ¿Qué no cabía en el buzón? Pero si solo recibo facturas. ¿De qué puede ser una factura que no cabe en el buzón? El corazón se me salía por la garganta de lo fuerte que eran los latidos de terror. Pero entonces, se encendió la lucecilla esa que todos tenemos acoplada en alguna parte de nuestro cerebro y, que a veces, anda un poco fundida. El corazón seguía asomándose por la boca, pero ahora era de emoción: ¡Era mi bloguero invisible! Seguro.
   Mientras la cartera subía a mi piso, empecé a sentir un cosquilleo en la tripa. Pocos minutos después, ya tenía el paquete en las manos y una sonrisa nerviosa en la cara. Era mi libro, tenía que ser mi libro. Pero quizás debería esperar a la noche de Reyes, ¿no? Sería la correcto, lo lógico. Y como yo nunca he sido muy lógica que digamos y sí bastante propensa a los arrebatos, mientras estaba pensando qué hacer, estaba rasgando el sobre recibido y buscando en su interior (así que no esperéis ver la foto del envoltorio, lo siento).

   Y allí estaba, tan nuevo, tan bonito, tan interesante, tan envuelto en un bonito papel de regalo que también había rasgado de arriba abajo. Sí, era mi libro, el regalo de mi bloguero invisible. Y más contenta que unas pascuas, me senté en el sofá y empecé a leer, solo cuatro líneas, pero suficientes para sentir el primer contacto entre blogueras.
   Así que, desde aquí, le doy las gracias a mi amiga Teresa, de Leyendo en el bus, por este regalo tan especial: La canción del olvido, de Kiana Davenport. Muchísimas gracias, Teresa, por tu regalo y por poder conocerte a través de tu blog. Te mando un beso enorme, y espero disfrutar de este libro como lo hiciste tú.
   A todos, Feliz Bloguero. 

P.D: Había olvidado dar las gracias a Kayena, responsable de todo este ir y venir de libros (¡Qué desagradecida!). Gracias a ella, a su esfuerzo y a su trabajo, estamos disfrutando de un momento muy especial. 

martes, 31 de diciembre de 2013

El maratón de Noche... Vieja

Empieza el maratón de despedida de una noche... vieja. La pobre lleva a cuestas 365 noches más, ¡cómo va estar? Vieja, ajada, cansada. Por eso, nosotros le ponemos brillos, música, petardos, uvas, chin-chin y un montón de rituales que no funcionan nunca, pero que repetimos obedientemente: la ropa interior roja, el oro dentro de la copa de sidra o cava, el pie derecho bien apoyado en el suelo y el izquierdo levantado, y una uva tragada detrás de otra, al ritmo de las campanadas, que es lo que nos da suerte.
   Besuqueos varios, achuchones fuertes, brindis que salen del corazón y del vino de la cena, petardos en la calle, etc. Y después, relax. La calma después de la tormenta. Un momento de silencio mientras bebemos de nuestras copas. Reflexionamos un poco, miramos la tele, a alguien se le abre la boca,  y... por fin otro alguien rompe el hielo y suelta una frasecita "chisposa", todos reímos y volvemos a la reunión familiar.
   Y yo me siento feliz de repetir, año tras año, este maratón de una Noche Vieja, porque siento que todo está en su sitio, que todos están en su sitio. Y este año, además, acompañada de todos a los que he encontrado en la blogosfera. 
   ¿Estaréis allí con vuestra ropa interior rojo, vuestro oro en la copa y vuestro pie izquierdo levantado?
Foto tomada de Wikipedia.org


Feliz 2014. Aquí estaré el año que viene, es decir, mañana. Besos.


domingo, 29 de diciembre de 2013

Becquer también en Navidad

Pero ¡Cómo me he podido olvidar yo de esta historia! Si no hubiera sido por Carmen Forján, en su página de facebook Carmen y amigos, me habría olvidado completamente de una de las historias más hermosas que recuerdo haber leído sobre los milagros de la Navidad: Maese Pérez el organista, de Gustavo Adolfo Becquer. Estos días, solo me había acordado de Mujercitas, Cuento de Navidad o de los cuentos de Andersen, pero en ningún momento me había venido a la mente esta pequeña historia, este relato que, como la mayoría de los que surgieron de la mente de este escritor, está lleno de misterio y de magia, y además en este caso, de emoción.
   La pequeña iglesia de Santa Inés en Sevilla contaba con el mejor organista de la ciudad. Era una iglesia pequeña y humilde que en Navidad se convertía en el centro de reunión, ya que su misa del Gallo era el acontecimiento que nadie quería perderse. Y todo gracias a la música que salía de las manos de don maese Pérez, un hombre discreto y sencillo, que llenaba el alma de los feligreses que acudían a escuchar su música. El amor de este músico por el pequeño órgano de esta iglesia era tal que ni las más tentadoras ofertas de otras iglesias y catedrales de prestigio le habían hecho abandonar su puesto. Desgraciadamente, una Nochebuena, maese Pérez muere mientras toca el órgano de la iglesia y este permanece mudo hasta la siguiente misa del Gallo.
   Todos se preguntan cómo el obispo consiente en que el mayor adversario de maese Pérez vaya a tocar en su lugar. La pequeña iglesia de Santa Inés está a rebosar, nadie quiere perderse esta "provocación" como la consideran algunos, y están dispuestos a boicotear el acto. Pero de repente, aquel órgano suena como si lo tocara el mismísimo viejo organista. Quien lo iba a decir. Pasa un año más y, en esta ocasión, es la hija de maese Pérez quien se ve forzada a sustituir a su padre, ya que el organista del año anterior toca ahora en la catedral. En el momento cumbre de la misa, el órgano vuelve a sonar como si las manos de su antiguo dueño estuvieran recorriéndolo y, de hecho, cuando algunos vuelven la cabeza hacia el órgano para ver quien reproducía tan fielmente la música del maestro organista, solo pueden ver unas teclas vacías que suenan gracias a unas manos invisibles, ¿las de maese Pérez? Él había vuelto una vez más para tocar aquel órgano. Y así ocurrió, año tras año, hasta que el instrumento se desmoronó por viejo.
   No sé si muchos de vosotros conocíais esta historia, es posible que sí. Si ya la conocíais, os propongo que la releáis tranquilamente en el silencio de la noche. Si no la conocíais, os animo a que la disfrutéis, como se disfrutan las cosas por primera vez, también en el silencio de la noche. ¿Oís a maese Pérez?

martes, 24 de diciembre de 2013

Feliz Navidad

"(...) y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue". 

   Del bestseller La Biblia.

   Y fue entonces cuando se montó el tinglado al que llamamos Navidad. 
    Feliz Navidad para todos. Creáis o no creáis, aprovechad lo bueno que veáis y dejaos llevar por lo bueno que sintáis.




sábado, 21 de diciembre de 2013

Momento musical navideño

Mis días de Navidad han estado llenos de miles de villancicos de todos los colores y ritmos, alegres o pausados, con coros o con panderetas, rocieros o teutones, en inglés, andaluz, español o latín. Todos los villancicos me han causado siempre el mismo efecto: multitud de mariposas en el estómago y un ritmo ágil en cualquier cosa que estuviera haciendo en casa.
   He odio villancicos en las iglesias, en las plazas de los pueblos, en los teatros de los colegios, en los labios de mi madre o en los chapurreos de mi sobrina. Los he bailado con amigos en las fiestas de fin de año o en las comidas de empresa. Los he cantado por lo "bajini" o a voz en grito. Todos, absolutamente todos, me han hecho reír y emocionarme. He sentido un nudo en la garganta con Noche de paz, cantada por los niños cantores de Viena, o con El tamborilero, de Raphael. Me he tronchado de la risa con Abeto fiel (perdón Alberto) y he dado botes de desesperación con  los Pitufos maquineros.
   Pero solo uno está en mi recuerdo de una forma especial, el que cantamos un grupo de amigas y yo en el instituto, una Navidad en la que nos invadió la locura y decidimos participar en un concurso de villancicos organizado  por el departamento de Literatura. La profesora de Latín nos animó a cantar Adeste fideles y nosotras, plenamente descerebradas como correspondía a nuestros 15 años, ensayamos y ensayamos en clase aquellos maravillosos latinajos que no sonaban mal del todo. 
   El problema surgió el día del "estreno". De nuestra conocida y cómoda clase, tuvimos que pasar al enorme y desangelado salón de actos al que, generosamente, solo habían acudido unas quince o dieciséis personas, la mayoría el resto de participantes. Disfrazadas como muñecas de Famosa, todavía no sé por qué maldita decisión, fuimos entrando en el casi vació y frío salón de actos, cogidas de la mano, hasta llegar a los pies del escenario. En aquel momento mi timidez apareció en todo su esplendor y no recuerdo absolutamente nada. Tengo todo sumido en una espesa neblina. No sé cómo llegué arriba del escenario, ni cómo mi boca empezó a cantar, todo aparece borroso en mi memoria, acompañado de un sudor frío y un zumbido en los oídos. 
   Y en ese momento, se produjo el milagro navideño. Alguien con mejor voluntad que acierto, decidió repartir nieve en polvo detrás de nosotras, mientras soltábamos nuestros trinos, dando pequeños saltitos como un elfo, y la explosión de carcajadas entre los que esperaban su turno fue tan fuerte que se contagió como un virus por toda la sala. Nadie podía dejar de reír, ni de cantar, ni de aplaudir. La tensión se esfumó como por arte de magia y la música del radiocassette entró por fin en mis oídos, desapareció la timidez y, en nuestra segunda oportunidad, el Adeste fideles salio de nuestras bocas como si fuéramos dulces angelitos, y todo terminó con un dignísimo segundo premio que disfrutamos como se merece en la hamburguesería de la esquina.
   Tranquilos, no he puesto nuestra versión, sino esta maravillosa interpretación de Andrea Bocelli que, estoy segura, os gustará más. Feliz Navidad a todos.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Libros para Navidad

Son muchas las cosas que hacemos, año tras año, en Navidad. Adornar la casa, preparar comidas, juntarnos con amigos. Algunas hasta cantamos villancicos y tocamos la pandereta. En algunas casas, Papá Noel se da un paseo y deja regalos al lado de la chimenea o debajo del árbol. En otras, todos esperamos a los Reyes Magos, deseando que no se hayan equivocado al leer nuestra carta. A mí me gusta, también, visitar exposiciones de belenes, pasearme por las calles iluminadas, ver escaparates y mirar como la gente llena esas calles con gorritos ridículos y antenas luminosas, pero con una sonrisa de oreja a oreja y estrellas en los ojos.
   Mi Navidad también consiste en  un recorrido por los pasillos de las librerías del centro, mientras busco los libros que siempre han estado conmigo otras navidades o mientras juego a emparejar un libro con un posible dueño: un amigo, un familiar, un conocido.
   En Navidad recuerdo grandes belenes recortables, ocupando parte de la ventanilla del kiosco de la esquina de casa, y miles de revistas con señoras sonrientes que estaban muy orgullosas de decorar el salón con adornos hechos con sus propias manos. Todo se llenaba de cintas de colores, hojas secas pintadas de spray dorado y piñas de todos los tamaños que formaban los centros de mesa.

   Pero sobre todo, para Navidad recuerdo libros, muchos libros, en especial, libros de cuentos. Los escaparates de mi infancia mostraban preciosas ediciones de cuentos de los hermanos Grimm, o de Perrault y, en ocasiones, las fábulas de Esopo o de Iriarte. Otras veces, era Andersen y, sobre todo, el cuento de "La cerillera" el que aparecía en los escaparates a los que pegaba la nariz, imaginando cual de ellos me traerían los Reyes, porque sabía que siempre habría un libro como regalo sorpresa. 
   
Entre tanta fanfanfarria, sidra, petardos, anuncios y lotería, podemos abrir un hueco especial para los libros, especialmente si hay niños en casa. Ahora que se oye tanto eso de "yo... por los niños, que si no...". Pues hagámoslo por los niños, llenemos su Navidad de libros; libros que les den ilusión, sueños y fantasía. Eso es algo que se recuerda para siempre. ¿Recordáis vuestros libros navideños?

domingo, 15 de diciembre de 2013

Viajar en el tiempo

Ayer me sucedió una cosa muy extraña, conseguí viajar en el tiempo. Era algo que siempre había querido hacer, pero evidentemente no había conseguido. Ayer, sin embargo, ocurrió. Tenía que arreglar la correa de un bolso, así que me fui al zapatero, abrí la puerta de madera y cristal y pasé al interior, y allí fue... De repente tenía siete años y estaba cogida de la mano de mi abuela. La luz era amarilla y fuerte y había un olor dulzón a pegamento, betún, cuero y vaya usted a saber qué más. El señor zapatero era un viejecillo entrañable con cara de cascarrabias, pero con mucha guasa, que llevaba un chaleco de lana gris y una camisa de felpa, tipo leñador canadiense. Mi abuela estaba a punto de entregarle una bolsa con sus zapatos negros para "echarle unas tapas" cuando el viejecillo cascarrabias comenzó a llamarme, desde otra dimensión, mientras tiraba de la correa de mi bolso. Ahí se rompió el hechizo y volví de golpe al 2013.
   No sé si fue por el día gris y lluvioso, por las luces de Navidad que ya colgaban de los árboles y de las calles, por las campanadas del reloj del ayuntamiento o por el villancico que se oía por la radio, pero me sentí igual que aquella mañana de mis recién estrenadas vacaciones navideñas, de la mano de mi abuela, dentro del taller del zapatero.
   ¿A qué no imagináis qué libro me vino a la mente en ese momento? O quizás sí. No podía ser otro que Cuentos de Navidad, de Dickens. Es uno de mis favoritos. Todos hemos visto miles de versiones llevadas al cine: la de Disney, la de los Teleñecos, otras versiones modernas muy libres, otras más fieles, etc, pero nada comparable a mis recuerdos del libro. Mi madre lo guarda desde hace ya muchos años y recuerdo que, de pequeña, me colaba en su habitación y lo cogía de la mesilla para leer un poquito en cada escapada. Era una edición muy cuidada, con sus hojas finas y suaves, su cubierta de cuero con filigranas doradas, su cinta de seda como marcador de lectura y ese olor tan penetrante de los libros especiales. ¿Cómo me iba a resistir? Así que, desde el primer día de mis vacaciones navideñas hasta la vuelta al cole, las mañanas consistían en los trabajos manuales que mi madre nos mandaba para adornar la casa y las incursiones secretas a su habitación para leer a Dickens. No es que mi madre me prohibiera coger el libro; si se lo hubiera pedido me lo habría dejado, pero acompañado de muchos consejos y de preguntas sobre la lectura. A mí me sabía mejor leer a escondidas, sentada en el suelo junto a la cama de mis padres, y en absoluto silencio, con el mismo ambiente misterioso de la habitación de Mr. Scrooge.
La parte que más me gustaba era la llegada de cada uno de sus fantasmas, la mezcla de sueño y realidad. Y después, el viaje al pasado, cuando volvía a su infancia y su juventud, al lado del fantasma de las Navidades pasadas, y volvía a sentir los buenos ratos vividos, su amor por la joven Bell, y cómo la perdió por culpa de su avaricia. Pero Scrooge era duro de pelar, necesitó tres fantasmas para darse cuenta de su error y yo necesité de varias escapadas para ver cómo sucumbía al espíritu navideño. El último fantasma era el más inquietante, con su "ropaje de profunda negrura". No hablaba, no tenía rostro. Tan solo mostraba una mano que guiaba a Mr. Scrooge por las distintas escenas de su futuro. Yo leía deprisa mientras oía a mi madre y a mi abuela cacharrear en la cocina, y, de repente, abrirse la puerta de la calle y entrar mi padre silbando. Entonces cerraba el libro con un golpe seco y salía como una bala del dormitorio con cara de buena y sonrisa de falsa. 
Y así, poco a poco, escapada a escapada, entre ángel de cartulina y nueces de purpurina, iba leyendo la historia del avaro Mr. Scrooge, sus tres fantasmas y su conversión al espíritu navideño. Y ahora que no puedo esconderme en el dormitorio de mis padres, me conformo con echarle una ojeada cuando voy a su (mi) casa y mi madre lo tiene todavía en la mesilla de noche, junto a su cama.
Y vosotros. ¿Cómo recordáis este cuento?

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Y llegando Navidad... Mujercitas

Cuando era muy, muy pequeña, lo tradicional en la televisión navideña no era El Almendro, ni siquiera la sidra El Gaitero, "famosa en el mundo entero", era la película Mujercitas, además de algunas corales cantando villancicos y Paco Martínez Soria en Se armó el belén. 
   Esta película me ha acompañado todas las navidades hasta bien entradita en la juventud. Luego desapareció para dejar paso a Santa Claus, Qué bello es vivir y Cuentos de Navidad (en las cientos de miles de versiones que existen sobre esta novela de Dickens). Pero ninguna de ellas me llegó al corazón como lo hizo Mujercitas, en la versión de 1949, con June Allyson y Peter Lawford que, para muchos de vosotros, serán dos "momias" del Hollywood prehistórico. Pues para mí fue tan impactante esta peli que he sido incapaz, en todos estos años, de leer el libro de Louisa May Alcott, y mucho menos de ver completa la nueva versión de Winona Ryder, que por supuesto consideré una de las mayores traiciones que se podían hacer a todo un clásico del cine: ¿Cómo se podía sustituir a la vitalista June Allyson por la plana y ausente Winona (perdón a sus seguidores)? ¿O al alto y varonil Peter Lawford por el todavía barbilampiño Christian Bale?

   
Cada año, mi madre, mi abuela y yo nos sentábamos cómodamente en el sofá a ver Mujercitas, a llorar a lágrima viva y a repetir, tras un suspiro, una frase que hizo famosa una tía mía cuando iba al cine con mi abuela y disfrutaba de lo lindo con la peli: "Hay que bonita, cuanto hemos llorado". Pues eso hacía yo, llorar y moquear cuando el viejo señor Laurence, gruñón y antisocial, le regalaba un piano a la pequeña Beth, o cuando Laurie, el amor verdadero de Jo, se comprometía con la vanidosa y egoísta Amy, y ya ni os cuento el mar de lágrimas que se desataba cuando la pequeña Beth caía enferma, aquello era el acabose. Pero, a pesar de todo este drama lacrimógeno, lo que de verdad me gustaba era la parte divertida de la película: el vestido remendado de Jo en el gran baile del señor Laurence, que no la dejaba despegarse de la pared, o las representaciones de sus obras teatrales en el desván de la casa; los coqueteos de Amy con su profesor para librarse de los castigos o la pinza en la nariz que usaba para dormir; los encuentros entre Jo y Laurie o cuando la primera se cortaba el pelo para conseguir dinero.
   Pero una de las cosas que más me atraían era su protagonista: decidida, valiente y "escritora". ¿Cómo no iba a admirarla? Estaba dispuesta a rechazar al amor de su vida para conseguir su sueño: escribir novelas, y no paraba hasta que lo consiguía. Además era generosa, divertida y alegre. ¿Qué más se podía pedir? 
   Así que durante muchos años, esta pequeña historia me hizo soñar, en las noches navideñas, tanto o más que lo hicieron los Reyes Magos, y pedir cada noche que llegara a ser como su protagonista, aunque si era posible, prefería quedarme con el joven Laurie; a esa edad yo pensaba que se podía tener todo.
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