Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de enero de 2020

Y llegaron, por fin, sus Majestades

"Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría .Y entrando en la casa vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra".

Y desde entonces, se han encargado de transmitir esa alegría a miles de niños, de generación en generación. Consiguen trepar, junto con sus camellos, hasta el piso último del bloque y hasta la buhardilla más alta del tejado. Pero también son capaces de colarse en un sótano que apenas tiene un par de ventanas asomadas a la acera. Pueden colocar todos los regalos en una sola noche, incluso, mientras se encuentran en plena cabalgata saludándonos a todos y regalándonos caramelos tipo "torpedo". Son capaces de reconocer los zapatos de cada niño, algunos no demasiado limpios porque no ha habido tiempo suficiente para sacarles brillo. Y todo esto sin que nadie les vea y en el más absoluto silencio, algo que pude comprobar de niña cuando me quedaba sentada en la cama dispuesta a pillarles con las manos en la masa: "es imposible que no hablen entre ellos _pensaba_, y que los camellos no relinchen o ronquen, o lo que quiera que hagan". A mi abuela uno de ellos le dio un buen pisotón. Pero desgraciadamente, siempre caía rendida sin poder pillarles in fraganti.

   También hay que decir que sus Majestades no han sido nunca demasiado limpios. Cuando era niña, siempre dejaban los polvorones a medio morder y sus camellos desparramaban la paja por todas partes. Menos mal que entre la cocinita de turno, el balón de fútbol, la Nancy o el scalextric, siempre se acordaban de dejarnos un libro. Primero fueron los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm, y después las aventuras de los cinco o los tebeos de Mortadelo y Filemón.
   Porque ellos y su maravillosos pajes tienen la habilidad de conseguir casi todo lo que les pedimos en nuestras cartas (lo que a veces es bastante complicado si tenemos en cuenta que también lo han pedido otros miles de niños más), y además otras cosas que necesitamos, aunque nosotros no lo sepamos.
   Por eso, cuando dejé de ser niña, escribí a los Reyes Magos para que me dejaran ser una de sus pajes. Y desde entonces, me ocupo de ayudarles a trepar por el balcón, a dejar paja a los camellos y un bombón a ellos (creo que los prefieren a los polvorones), y a "colar" un libro entre los "centros comerciales" de Pin y Pon, los videojuegos de Super Mario Bros o las Belli Beth de turno. Y es que tanto los Reyes como sus pajes sienten la misma inmensa alegría de la primera noche al poder llenarlo todo de magia.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Difícil elección

Me levanté con cuidado para no despertar al pequeño visitante que se había quedado a dormir en mi casa esa noche. Por suerte, el pequeño guerrero "legendario" había tardado en dormirse un pestañear de mis cansados ojos, después de que los dos hubiéramos acompañado a Percy Jackson a recuperar el vellocino de oro que salvaría el campamento de "los mestizos", hijos de dioses y humanos. 
Por algún que otro sobresalto nocturno, imaginé que el "piratilla" había estado luchando en sueños y necesitaría unas horas más de descanso. Así que, en el silencio de la casa, me preparé un tentempié para resistir hasta el desayuno que nos habíamos prometido los dos esa mañana. Entre sorbo y sorbo de café iba terminando el libro que tenía entre manos, con más pena que gloria todo sea dicho, al mismo tiempo que mi memoria hacía un repaso de las posibilidades que tenía para sustituirlo. Pero llegué al final, del café y del libro, y no había conseguido encontrarle sustituto.
Mientras yo buscaba y rebuscaba, mi superhéroe particular se desperezaba y espabilaba recordando las hazañas más emocionantes de su admirado Percy, y tras varios tiras y aflojas, conseguimos los dos estar listos para salir en busca del desayuno dominical, para mí, uno de los mayores placeres de la semana. Compartimos uno especialmente rico.
Cuando llegó el momento de devolver el "duendecillo" a sus legítimos dueños, la falta de compañía y de lectura me empujaron a dar un paseo, aprovechando que la lluvia parecía haberse cansado ya y que el sol estaba en su mejor momento. No hay nada como el aire fresco, el sol en la cara y el ruido del río para poner en marcha los engranajes de la memoria y hacer balance de los títulos que tenía esperando turno. El primero era El niño pájaro, de Juan Manuel Peñate Rodríguez, un libro de relatos entre el suspense, la fantasía y el terror. De él había leído buenas críticas en varios blogs, pero me parecía más adecuado para la lluvia que acababa de marcharse, más propio de una luz grisácea que de un sol luminoso y un cielo azul metálico. Así que pasé a la segunda posibilidad, Azul Vermer, de Mar Melle.
El color del título parecía encajar mejor con lo que me encontraba en el largo paseo. Recordaba las buenas sensaciones que había dejado en más de una compañera bloguera; su buena narrativa, el protagonismo de la pintura, la labor de documentación... Sin embargo, según avanzaba, el azul del cielo quedaba escondido entre miles de tonos amarillos, ocres y marrones. Algo me decía que tampoco era el turno de este libro y que debía seguir indagando en la biblioteca mental. 
Como mi memoria es fotográfica, recordé la portada del libro que se "acumulaba" en la tablet tras este Azul Vermer; era Herbarium. Las flores de Gideon, de Anna Casanovas, que me había llamado la atención por tener como centro de la trama la novela de Charlote Brontë, Jane Eyre. Una portada que prometía misterio y romanticismo y un argumento que contaba con estancias en Oxford, personajes interesantes y viajes al pasado empezaban a situarla como favorita. Además, combinaba bien con esa mezcla de colores y rayos de sol con los que me tropezaba a cada paso.
Sin embargo, no podía olvidarme de las nuevas adquisiciones en papel que acababan de aterrizar sobre la mesa del salón. Una era La tormenta de cristal, de Morgan Rhodes. Venía de Círculo de Lectores, de una de esas revisiones rápidas y urgentes que siempre me toca hacer cuando se me echa el tiempo encima. Lo había elegido porque era de género fantástico y, en aquel momento, el cuerpo me pedía fantasía e imaginación. Esperaría a volver a casa para leer de nuevo la contraportada y decidir sus posibilidades.
La otra adquisición me la traje bajo el brazo después de visitar la Feria de editoriales y librerías de Madrid, que termina justo este fin de semana y que alegraba todavía más la Plaza Mayor. Santiago Posteguillo y Las legiones malditas se habían pegado a mí desde que entré por el Arco de Cuchilleros y me di de narices con la caseta que lo exponía. Bueno, en realidad tuve que sortear primero a algún que otro turista despistado, empeñado en hacer de fotos de la Casa de la Panadería desde el peor ángulo de toda la plaza. Pero nada se puede interponer entre Posteguillo y yo, y menos si me ofrece como protagonista a Publio Corneclio Escipión el Africano. 
Llegaba el final del paseo y el momento de volver, y al llegar a casa, tendría que elegir cuál me acompañaría en mis viajes ferroviarios. Las aventuras vividas con mi pequeño héroe la tarde anterior me animaban a elegir La tormenta de cristal, pero los reflejos y colores que todavía me saltaban en los ojos me empujaban a decidirme por Herbarium. Aún me quedaban unos diez minutos antes de llegar al portal, diez minutos para hacer las últimas cábalas que me ayudaran a decidir mi próxima lectura.

miércoles, 23 de abril de 2014

¡Feliz día del libro!

Hoy es un día muy especial para todos los que amamos los libros. Para mí es algo así como el día de nuestro patrón: se le celebra, se le agasaja con fiestas y actos importantes, se le rinde culto. Buscando homenajes originales, espectaculares o impresionantes, le he dado muchas vueltas a la cabeza para escribir una gran entrada a la altura de las circunstancias, pero últimamente no consigo expresar correctamente lo que siento. 
   Así que he decidido recurrir a los "maestros", a los que saben, a los que usan el lenguaje como se debe y crean eso que amamos tanto: los libros. Estoy segura de que hay miles de párrafos más apropiados que los que he seleccionado. Posiblemente algunos de vosotros tenéis en mente miles de ejemplos mejores, más representativos. Yo he elegido los últimos leídos que se han acercado a lo que yo siento cuando estoy entre libros y en los lugares que los guardan. He seleccionado los que me impresionaron y me despertaron las ganas de estar en el lugar del protagonista. Espero que los disfrutéis.
"Queremos libros escritos para nosotros que dudamos de todo, que lloramos por nada, que nos sobresaltamos ante el más mínimo ruido. Queremos libros que hayan costado mucho a su autor; libros en los que se hayan depositado sus años de trabajo, su dolor de espalda, sus crisis, su temor a veces a la idea de perderse, su desánimo, su valentía, su angustia, su cabezonería y el riesgo que ha asumido de fracasar. Queremos libros espléndidos que nos sumerjan en el esplendor de la realidad y que nos mantengan ahí; libros que nos demuestren que el amor obra en el mundo al lado del mal, muy cerca, a veces de forma indistinta". La Buena Novela, Laurence Cossé.
"Por mucho que hubiese un ordenador, cosa que no existía en las bibliotecas que Brunetti visitó como estudiante, el olor seguía siendo el mismo: los libros viejos siempre le provocaban nostalgia por los siglos en los que no había vivido. Estaban impresos en papel fabricado con trapos viejos que se hacían trizas, se golpeaban, se mezclaban con agua y se batían una y otra vez. Con esa pasta se formaban enormes hojas sobre las que se imprimía, y después se doblaban incontables veces y se cosían y encuadernaban a mano. "Todo ese esfuerzo para dejar constancia y recordar quiénes somos y qué pensamos", reflexionó". Muerte entre líneas, Donna Leon.
"Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu". La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
"Marta queda sola, envuelta en denso silencio, olor a cerrado y ante la triple pared de libros, que parecen escrutar a la intrusa. Se siente pequeña, desalmada (...). Cavilando en ello Marta se desplaza a lo largo de los estantes. Magníficas encuadernaciones con blasones reales estampados. Desorden, aunque cierta agrupación por temas o reinados (...). Abre una hoja de la alta ventana e irrumpe un alegre rumor de agua a borbotones. Se sienta en el sillón y enciende la lámpara". Real Sitio, de José Luis San Pedro.
"Durante el período que pasamos en la abadía, siempre vi sus manos cubiertas por el polvo de los libros, por el oro de las miniaturas todavía frescas, por las sustancias amarillentas que había tocado en el hospital de Severino. Parecía que sólo podía pensar con las manos. (...). De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o de quienes los habían ido transmitiendo". El nombre de la rosa, Umberto Eco.


miércoles, 22 de enero de 2014

Ordenar, desempolvar, descubrir

Cuando vacié la última caja, después de mi mudanza, pensé que ya estaba todo hecho, que ya podía sentarme tranquilamente en mi nuevo sofá y descansar; el resto de los detalles ya los iría añadiendo poco a poco, paso a paso, según fuera haciendo la vida. Ahora tocaba disfrutar de todo e ir viviendo mi casa para saber lo que necesitaba de verdad. Nada más lejos de la realidad.
   Siempre he tenido memoria fotográfica, por suerte o por desgracia, y eso hace que recuerde dónde he puesto las cosas a través de imágenes. Es entonces cuando empiezan los problemas. Todos mis libros estaban perfectamente colocados y distribuidos por mi nueva casa, incluso algunos puestos juntos por su color, que casaba maravillosamente bien con la estantería oscurísima y los adornos en verde pistacho. Sin embargo, mis libros ya no tenían la imagen correspondiente de sus lugares de origen, así que no sabía con exactitud dónde estaba cada cual. Además, algunas de mis últimas lecturas habían venido de la biblioteca privada de mi señora madre (mi distribuidora oficial) y otros habían sido préstamos de grandes amigos que confiaban mucho en mí. Por lo tanto, cada vez que tenía que buscar un libro, tenía que recorrerme toda la casa. Entonces tomé una decisión, drástica quizás, espontánea seguramente, pero la única posible: había que recolocar todos los libros de nuevo.
   ¿Por dónde empezar? Sobre la mesa del comedor y aledaños, empecé a amontonar los libros de las diferentes estanterías. Según iban saliendo de su escondite, iba decidiendo sobre la marcha una clasificación general: mis libros de la facultad, mis libros de literatura y los que tenía en otros idiomas. Tengo que reconocer que no son demasiados, si no esta clasificación no me hubiera servido de mucho. 
   Después, lo más urgente era limpiarlos un poco, sacudir esos pequeños papeles escondidos desde, váyase usted a saber cuándo: pequeñas notas a mano, antiguas entradas de cine, alguna foto de gente ya casi desconocida. 
   Cuando ya todo estaba limpio, desempolvado y descifrado, pasé a la tercera fase: la de los descubrimientos. Fue increíble encontrarme de nuevo con viejos amigos que había leído cuando tenía, ¿quince años? Algunos no habían resistido muy bien mi antigua pasión lectora y tenían demasiado celo por todas partes; otros, sin embargo, estaban todavía de muy buen ver e incluso guardaban el mismo olor que yo recordaba. Otros, no sé por qué, se habían librado de la "quema" y estaban allí, tan flamantes, resistiendo mis censuras, aunque esta vez serían pasto de la donación.
   Ya para terminar, dediqué unos momentos a reflexionar sobre el último paso de mi plan: volver a colocarlos todos según un perfecto y práctico orden. Lo que no sabía aún era cual sería ese orden: ¿alfabético, de materia, por tamaños? Esta última posibilidad se me ocurrió mientras miraba atentamente las medidas de algunas baldas de la estantería del salón. La primera la deseché por incómoda, ya que no estaba dispuesta a recolocar los libros cada vez que tuviera que encajar una nueva letra.
   Conclusión: la mesa del salón y sus aledaños siguen cubiertos de libros perfectamente amontonados en tres grupos: universidad, literatura y otros idiomas. Pero estoy muy feliz porque cada vez estoy más cerca de alcanzar una solución. Solo tengo que decidir cual es el orden más adecuado para mí y olvidarme de una vez por todas del lado bibliotecario de mi cerebro. Sencillo, ¿verdad?  
   Y vosotros, ¿cómo tenéis organizados vuestros libros?

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Libros para Navidad

Son muchas las cosas que hacemos, año tras año, en Navidad. Adornar la casa, preparar comidas, juntarnos con amigos. Algunas hasta cantamos villancicos y tocamos la pandereta. En algunas casas, Papá Noel se da un paseo y deja regalos al lado de la chimenea o debajo del árbol. En otras, todos esperamos a los Reyes Magos, deseando que no se hayan equivocado al leer nuestra carta. A mí me gusta, también, visitar exposiciones de belenes, pasearme por las calles iluminadas, ver escaparates y mirar como la gente llena esas calles con gorritos ridículos y antenas luminosas, pero con una sonrisa de oreja a oreja y estrellas en los ojos.
   Mi Navidad también consiste en  un recorrido por los pasillos de las librerías del centro, mientras busco los libros que siempre han estado conmigo otras navidades o mientras juego a emparejar un libro con un posible dueño: un amigo, un familiar, un conocido.
   En Navidad recuerdo grandes belenes recortables, ocupando parte de la ventanilla del kiosco de la esquina de casa, y miles de revistas con señoras sonrientes que estaban muy orgullosas de decorar el salón con adornos hechos con sus propias manos. Todo se llenaba de cintas de colores, hojas secas pintadas de spray dorado y piñas de todos los tamaños que formaban los centros de mesa.

   Pero sobre todo, para Navidad recuerdo libros, muchos libros, en especial, libros de cuentos. Los escaparates de mi infancia mostraban preciosas ediciones de cuentos de los hermanos Grimm, o de Perrault y, en ocasiones, las fábulas de Esopo o de Iriarte. Otras veces, era Andersen y, sobre todo, el cuento de "La cerillera" el que aparecía en los escaparates a los que pegaba la nariz, imaginando cual de ellos me traerían los Reyes, porque sabía que siempre habría un libro como regalo sorpresa. 
   
Entre tanta fanfanfarria, sidra, petardos, anuncios y lotería, podemos abrir un hueco especial para los libros, especialmente si hay niños en casa. Ahora que se oye tanto eso de "yo... por los niños, que si no...". Pues hagámoslo por los niños, llenemos su Navidad de libros; libros que les den ilusión, sueños y fantasía. Eso es algo que se recuerda para siempre. ¿Recordáis vuestros libros navideños?

jueves, 15 de agosto de 2013

Un inciso: perdida sin libros

Cuando preparé mi maleta para venirme a la playa cometí el error de tirar de eBook, más concretamente el de mi madre (a la que no sólo "sustraigo" libros de su biblioteca particular sino también de la digital ¡No sé puede caer más bajo!). El caso es que pensé que con tres libros bastante "tochos" tenía más que suficiente para cubrir mi estancia playera. Pero... "nasti de plasti", me los he merendado en menos de un mes y ahora estoy más perdida que Carracuca (un señor al que mi abuela mencionaba a menudo y que, lamento decirlo, no tengo ni la más mínima idea de quién fue).

   Después de acabar con mis libros al uso, es decir, papel, cubierta y pegamento, me lancé a por esa maravilla de la tecnología que son los libros electrónicos. Pensé que mi madre tendría la "biblioteca virtual" bien llenita de cosas y, ¡mira tú por donde!, la mayoría ya los había leído, otros estaban en inglés (bajo el sol de agosto y el olor a bronceador de la sombrilla de al lado, me niego a martirizar a las neuronas con una lectura en inglés) y otros eran relatos breves que no terminaban de llenarme, me sabían a poco.
   Así que, como pollo sin cabeza, pasaba de uno a otro y de otro a uno, sin conseguir encontrar la lectura que me aliviara los últimos días de "veraneo" (¡Qué bonita palabra!). De repente me topé con unos pequeños relatos de Jane Austen, unos escritos de juventud bastante interesantes presentados como cartas, escritas por los protagonistas a sus conocidos, a través de los cuales, conocemos, de forma muy sarcástica, muchas de las "particulares" costumbres y hábitos de su época. Algunos han conseguido engancharme como Lady Susan, retrato divertido e irónico de una aburrida dama de la alta sociedad entretenida en enredar y comprobar hasta dónde llega su poder de seducción.

   En fin, como "intermedio" hasta encontrar el próximo libro (en papel, senza dubbio) que me exija el uso de toda mi materia gris, creo que estos relatos son más que relajantes y balsámicos.
   Y sin nada más que añadir hasta la puesta en marcha nuevamente de la rutina habitual, me despido. Feliz verano.

domingo, 26 de mayo de 2013

E-books vs libros

Hasta ahora, no tenía ninguna intención de ponerme a divagar sobre este tema porque creo, sinceramente, que cada uno es muy libre de elegir lo que más le guste. Pero, hace unos días, tuve una conversación con mi hermana sobre esto. Discutimos durante un buen rato (entendiendo por discutir intercambiar opiniones, no mamporros) y me di cuenta de que estaba tratando de llevarla a mi terreno. Entonces pensé que no me resultaba tan indiferente el asunto como yo creía.
   Ella estaba encantada con los e-books, porque le habían facilitado la vida cuando daba el pecho a la pequeña Inés. Estos libros eran mucho más ligeros y fáciles de manejar que un libro tradicional y podía pasar las páginas con un simple toque en la pantalla, sin apenas mover un músculo y, así, no molestar a la pequeña tragoncilla que protestaba cada vez que su mamá se movía un poco. Desde entonces, se ha acostumbrado a ellos y apenas lee libros en papel. Su elección está clara: es más práctico y más cómodo. Yo, sin embargo, soy incapaz de acostumbrarme a ellos. 
   En todo este tiempo, he hecho muchos intentos para leer un libro electrónico, os lo aseguro, pero esa pantallita color gris me supera. Reconozco todas sus virtudes. Sé que es mucho más práctico y más útil, y más manejable, y más TODO. Sé, que con el paso del tiempo, terminará imponiéndose, como ha ya ha pasado antes con otros formatos del libro, pero ¡Ojalá no lo vean mis ojos!
   Yo necesito sentir el libro entre las manos, tocar el papel, pasar las hojas sujetando la siguiente con un dedo, mientras termino el último párrafo de la página. Me gusta sentir la cubierta, aunque sea una de estas de "chichaynabo" de las ediciones de bolsillo, me da lo mismo. Me gusta ver los distintos tipos de letra destacar sobre el fondo blanco. Me chiflan los marcapáginas.  Me gusta poder usar mi exlibris. En fin, como veis, todo "muy poco racional".
   Pero lo que de verdad más me gusta de un libro en papel, es el olor. Sé que puede parecer estúpido, pero me encanta oler los libros. No sé si será por la tinta, por el papel, no lo sé, pero es uno de los primeros placeres que siento al abrirlo. ¿Os habéis fijado, alguna vez, como huele al entrar en una librería, o en una papelería? ¡Me encanta! Es el olor fresco del papel nuevo, sin tocar, sin usar todavía. Huele a madera de lápices nuevos, al cuaderno del primer día de curso. Un olor completamente distinto al que hay, por ejemplo, en una biblioteca (aunque aquí se mezcle un poco con el olor a "humanidad" de algún que otro lector, además de los ambientadores al aroma de limón salvaje del Caribe), o con el de una librería de viejo, donde los libros ya son libros vividos y cada uno tiene su propio aroma.
   Por eso me resulta un poco tonta toda esta discusión que algunos tienen por ahí, sobre el tema, porque todavía es una cuestión de preferencias. Cada uno elegirá lo que más le guste o lo que mejor le convenga. Con el paso del tiempo, si se imponen definitivamente los avances tecnológicos, igual que ha pasado ya en otros campos, no habrá "tu tía" y todos "gozaremos" del libro electrónico. Pero, de momento, todavía podemos elegir y, en mi caso, es una cuestión sentimental. Y contra eso, yo no puedo luchar.

martes, 23 de abril de 2013

Día internacional del libro: Gracias don Miguel.


Hoy es el día internacional del libro y, mucho antes, lo fue del libro español. Seguro que ya habréis leído por ahí todo lo que se ha publicado sobre los orígenes de esta celebración, sobre la fecha, sobre su creador Vicente Clavel, etc. Por eso, no os lo voy a repetir ahora, aunque es interesante. Es de las pocas veces que la UNESCO nos hace caso, claro que, para ello añadió, como otro motivo importantísimo, que Shakespeare hubiera muerto también el mismo día que Cervantes, aunque, en realidad, lo hiciera el 3 de mayo. Pero eso es lo de menos. Lo que importa es que la genial idea del editor y escritor valenciano ha llegado a convertirse en un proyecto internacional para promover la lectura y la venta de libros, que también es importante.
   Hoy seguro que hay miles de actividades y de celebraciones en casi todas partes. Pues bien, ¡aprovechadlas! Pasead por las calles entre las casetas que, seguro, muestran un montón de libros interesantes. No se trata solo de ver, también de tocar y de oler los libros, de disfrutar del ambiente, de la gente que, como tú, está buscando algo especial, quizás un regalo. Seguro que encuentras a algún autor famoso firmando ejemplares (cuando digo "autor" estoy usando el genérico, no el masculino. ¡Qué nadie se me ponga en pie de guerra! En castellano, los dos tienen la misma terminación, a veces), o, aunque no sea tan famoso, quizás sea ese autor que te encanta o que te parece interesante y que te hace una ilusión enorme conocer. ¡Anímate! Acércate, salúdalo, compra su libro y que te lo firme, es un buen recuerdo, no seas tímido o tímida.
   Es un día especial y tenemos que disfrutarlo. En Madrid, se celebra La noche de los libros. Hay jornadas de puertas abiertas en muchas bibliotecas. Hay debates, conferencias, firma de libros, representaciones en la calle, etc. ¿No es genial? Quién no lo disfrute  es porque no quiere.
Sí, es verdad, te tienen que gustar los libros y te tiene que gustar leer, pero no somos tan pocos los que lo hacemos, especialmente las mujeres, o eso dicen las estadísticas.
   Seguro que en la ciudad en la que estáis habrán organizado algo, habrá alguna caseta con libros a buen precio, con libros de segunda mano, libros curiosos. Es posible que haya cuentacuentos en las bibliotecas o en algunas librerías, o que algún café-librería organice algo especial que podréis seguir acompañados de una buena taza de café. Seguro que algo encontráis para celebrar este día.
   Y si no podéis salir a la calle o acudir a cualquiera de estas celebraciones, pues elegid ese libro que os robó el corazón alguna vez y leéis la parte que más os gustó, la que os llenó el alma. Sí, sí, que los libros llenan el alma, no penséis que es solo cursilería. Seguro que todos tenéis un libro que no vais a poder olvidar y que os dejó tan buen sabor de boca que os ha costado volver a sentir lo mismo con otros libros. En realidad espero que hayan sido muchos.
   En fin, que no es necesario tampoco hacer grandes alharacas. Que todo esto también se puede celebrar tranquilamente en casa, con ese libro que antes os decía, o viendo los reportajes de televisión sobre este día, o leyendo mi post, ¿eh? Y, especialmente, haciendo un homenaje al maestro de la lengua española y de la literatura de todo el mundo, a don Miguel, leyendo unas poquitas líneas de El Quijote. Tampoco es una mala forma de acabar el día del libro. ¿Qué pensáis?

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...