Hoy es un día muy especial para todos los que amamos los libros. Para mí es algo así como el día de nuestro patrón: se le celebra, se le agasaja con fiestas y actos importantes, se le rinde culto. Buscando homenajes originales, espectaculares o impresionantes, le he dado muchas vueltas a la cabeza para escribir una gran entrada a la altura de las circunstancias, pero últimamente no consigo expresar correctamente lo que siento.
Así que he decidido recurrir a los "maestros", a los que saben, a los que usan el lenguaje como se debe y crean eso que amamos tanto: los libros. Estoy segura de que hay miles de párrafos más apropiados que los que he seleccionado. Posiblemente algunos de vosotros tenéis en mente miles de ejemplos mejores, más representativos. Yo he elegido los últimos leídos que se han acercado a lo que yo siento cuando estoy entre libros y en los lugares que los guardan. He seleccionado los que me impresionaron y me despertaron las ganas de estar en el lugar del protagonista. Espero que los disfrutéis.
"Queremos libros escritos para nosotros que dudamos de todo, que lloramos por nada, que nos sobresaltamos ante el más mínimo ruido. Queremos libros que hayan costado mucho a su autor; libros en los que se hayan depositado sus años de trabajo, su dolor de espalda, sus crisis, su temor a veces a la idea de perderse, su desánimo, su valentía, su angustia, su cabezonería y el riesgo que ha asumido de fracasar. Queremos libros espléndidos que nos sumerjan en el esplendor de la realidad y que nos mantengan ahí; libros que nos demuestren que el amor obra en el mundo al lado del mal, muy cerca, a veces de forma indistinta". La Buena Novela, Laurence Cossé.
"Por mucho que hubiese un ordenador, cosa que no existía en las bibliotecas que Brunetti visitó como estudiante, el olor seguía siendo el mismo: los libros viejos siempre le provocaban nostalgia por los siglos en los que no había vivido. Estaban impresos en papel fabricado con trapos viejos que se hacían trizas, se golpeaban, se mezclaban con agua y se batían una y otra vez. Con esa pasta se formaban enormes hojas sobre las que se imprimía, y después se doblaban incontables veces y se cosían y encuadernaban a mano. "Todo ese esfuerzo para dejar constancia y recordar quiénes somos y qué pensamos", reflexionó". Muerte entre líneas, Donna Leon.
"Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu". La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.
"Marta queda sola, envuelta en denso silencio, olor a cerrado y ante la triple pared de libros, que parecen escrutar a la intrusa. Se siente pequeña, desalmada (...). Cavilando en ello Marta se desplaza a lo largo de los estantes. Magníficas encuadernaciones con blasones reales estampados. Desorden, aunque cierta agrupación por temas o reinados (...). Abre una hoja de la alta ventana e irrumpe un alegre rumor de agua a borbotones. Se sienta en el sillón y enciende la lámpara". Real Sitio, de José Luis San Pedro.
"Durante el período que pasamos en la abadía, siempre vi sus manos cubiertas por el polvo de los libros, por el oro de las miniaturas todavía frescas, por las sustancias amarillentas que había tocado en el hospital de Severino. Parecía que sólo podía pensar con las manos. (...). De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o de quienes los habían ido transmitiendo". El nombre de la rosa, Umberto Eco.





