sábado, 17 de septiembre de 2022

La tan nombrada "rentrèe"


Después del "todo vale" veraniego, septiembre parece poner cada cosa en su sitio. La ilusión de improvisación, de rutina rota, de normas olvidadas, de dietas sanas y de lecturas "ligeras" empieza a desvanecerse y comenzamos con los planes para un nuevo curso, llenos de "altos y bellos" propósitos que seguramente, al menos yo, abandonaremos al girar la esquina. 

   En esta vuelta que tan elegantemente llamamos rentrèe, para que en francés nos resulte más llevadera, yo he preparado mi propia lista de "elevados objetivos" que poner en marcha lo antes posible. El primero es conseguir volver al blog; el segundo, recuperar antiguos autores que se quedaron olvidados en mi memoria personal. Así que, plumero en mano, me puse a desempolvar esa memoria literaria que suele perdérseme tan a menudo, y busqué mi próxima lectura.

   Conocí a Camen Laforet hace tanto tiempo que casi tuve que presentarme de nuevo, como si fuera la primera vez. Desde  Nada, no había vuelto a tener contacto con ella, hasta que llegó a mis ojos una antigua noticia del centenario de su nacimiento. Una cosa llevó a la otra y decidí volver a conocerla, pero en otra obra, sin recuerdos ni ideas preconcebidas. Me di de bruces con La isla y los demonios y no me lo pensé dos veces. Me la llevé a casa y le hinqué la vista nada más entrar por la puerta.

   Una adolescente de la isla de Gran Canaria, Marta Camino, esperaba en el muelle del puerto de Las Palmas la llegada de unos parientes de la península que pondrían su vida patas arriba. Era noviembre de 1938. A partir de aquí, con un ritmo tranquilo que parecía seguir los latidos de la propia isla, se fue desarrollando la historia, sin prisas, presentando a los distintos personajes, sus vidas, sus pensamientos, sus miserias. Poco a poco, ese ritmo fue cogiendo impulso, tal y como lo hacían las vidas de los protagonistas, y todo empezó a tomar fuerza.


   Comenzaron a asomar los auténticos sentimientos de los protagonistas, las encorsetadas normas sociales en las que vivían, las rancias costumbres y las falsas apariencias de una sociedad en decadencia a punto de salir de una guerra civil. En ese ritmo lento tan real, algo hace tambalear todos esos principios y, de forma inconsciente y casi inocente, se empiezan a descubrir las miserias que hay debajo de ese falso barniz brillante, y los miedos y angustias de los personajes, mientras un paisaje de leyenda lo envuelve todo formando parte de la historia como un personaje más. Es como si los sentimientos y reacciones de todos ellos se explicaran en parte por la gravilla de la lava, el caluroso viento de levante o las montañas donde habita el dios Alcorah. 

   Estos fuertes sentimientos son la auténtica sustancia de la historia; esas fuertes pasiones son las que dan origen a todo lo que sucede. Todo presentado sin alarmismo, sin dramas exagerados ni ruidosos. Ni siquiera en la desbordada Pino resultan estruendosas sus exageradas histerias. Es como si todo siguiera el compás marcado por el ritmo de la isla.


   Cuántas veces he buscado fuera, en literaturas lejanas, la grandeza que ya tenía en casa y que desconocía. Esta historia me ha vuelto a descubrir a una gran escritora que había olvidado injustamente. Gracias a ella, he reencontrado esa forma de contar que tanto me gusta, porque parece sencilla, cotidiana y cercana, pero que está llena de riqueza, de imágenes poéticas, de sinceridad y de belleza. 

   Cruzo los dedos para que el resto de propósitos de esta vuelta al cole empiecen con tan buen pie como estos dos que he conseguido cumplir.

miércoles, 13 de abril de 2022

Cómo explicar la muerte con inteligencia


No es la primera vez que Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga se unen para explicar la vida o, en este caso, la muerte. Pero sí ha sido la primera vez que yo me asomo a sus conversaciones. En La muerte contada por un sapiens a un neardental se entrelazan las reflexiones, conversaciones y puntos de vista de estos dos autores, cada uno con su personalidad, sus modos de actuar y afrontar el fin de la vida en la Naturaleza, ¿o más bien la transformación? 

   La literatura de Millás pone los sentimientos y las sensaciones, la descripción de ambientes y de personajes, las diferentes actitudes ante el hecho de la muerte. La ciencia de Arsuaga pone el análisis, el estudio, la observación, las deducciones. Los dos se complementan y disfrutan peleando verbalmente, retándose, midiéndose el uno al otro, compitiendo a veces y divirtiéndonos mientras nos enseñan.

   Los diálogos son ingeniosos, en ocasiones, juveniles y frescos, muchas veces llenos de humor negro, un poco absurdo, y siempre refrescantes. Arsuaga hace de sabio que va guiando a su pupilo en los descubrimientos. Millás hace de aprendiz que va siguiendo el hilo conductor que le tiende el maestro. Y al tiempo que descubre, se descubre también a sí mismo y nos descubrimos un poco los lectores al plantearnos las cuestiones que van surgiendo en el camino. 

   Esta lectura se me ha presentado como un baile perfecto donde he aprendido de lo que supone la muerte desde un punto de vista científico al ritmo en que he aprendido de lo que supone la vida, a la vez que sabía algo más de la personalidad de los autores. 

Imagen encontrada en Goglee

   ¿Y cómo hablar de la muerte sin hacerlo también de la inmortalidad, el después, el por qué? A través de distintas experiencias que Arsuaga prepara para su compañero de viaje, se habla de la longevidad, de si existe la vejez o no en la Naturaleza, de prioridades. El "sapiens" hace un recorrido por diferentes entornos y especies animales y vegetales para hablarnos de cuánto tiempo viven, de cómo mueren, de cómo se adaptan a esa fecha de caducidad. Acompaña al "neardental" por distintos lugares, incluso a través del tiempo, para ejemplarizar sus reflexiones y ponerlo en situación. Le presenta a varias personas que por su profesión o por su forma de entender la vida, afrontan de diferente manera la muerte.

   Cuánto me gusta que me sorprendan. Qué agradable es aprender y encontrar lecturas que pueden hablar de un tema peliagudo de manera entretenida, original, a veces hasta divertida, interesante, reveladora y muy muy inteligente.

domingo, 27 de marzo de 2022

Lo que yo encontré bajo este sofá


¡Qué manera de sacudirme por dentro! Lo que encontré bajo el sofá, de Eloy Moreno, me ha zarandeado, me ha apretado las entrañas y me ha hecho retirar la vista en algún que otro párrafo. Me ha dejado, en ocasiones, al borde del abandono, pero me he visto incapaz de dejar de leer. Su forma de contar me agarraba y me sujetaba tan fuerte que me impedía marcharme.

   Al terminar la novela, me doy cuenta de que no hay palabras grandilocuentes, ni gramática rebuscada, ni giros con efecto. No, hay un vocabulario conocido, utilizado cada día, increíblemente fuerte cuando sabes enlazar adecuadamente las palabras, tanto que te impacta de lleno, en el pecho, en las tripas... y que, a mí, me ha removido por dentro. Y, sin embargo, lo hace suavemente, con calma, como si una lengua de miel se fuera extendiendo poco a poco.

   Apenas hay capítulos como tales, sino pequeñas historias como reflexiones sueltas que se agrupan en bloques. Pueden ser del autor o de los personajes, y parecen escritas a vuela pluma y recogidas en una misma encuadernación. Pero no es verdad; al final, te das cuenta de cuánto tienen en común.

   De este autor, había leído Tierra, que me pareció original, y Diferente, que me arrancó lágrimas como puños, así que tenía que seguir conociéndole y descubriéndole. Y así llegué a esta novela, que me he puesto el corazón del revés al comprobar, una vez más, cómo puede cambiar una vida en un momento, con una decisión o con no tomarla.

   En estos últimos años, todos hemos experimentado cómo pueden cambiar las cosas de repente, o nuestra perspectiva de ellas, o nuestras prioridades. Alicia, la protagonista, también lo experimenta y nos lo cuenta paso a paso, al mismo tiempo que ella misma lo va viviendo y comprendiendo. No lo hace sola, por supuesto, hay mucha gente alrededor que la completa, y sobre todo, es la ciudad de Toledo la que le echa una mano. Todos los que la acompañan tienen sus decisiones escondidas, camufladas o ignoradas, y como cuentas de un rosario, van apareciendo a lo largo de la novela para darnos las pistas que lo explican todo.


   Publicada por primera vez en 2013, me ha asustado bastante ver que es totalmente actual. ¿Tan poco hemos avanzado? No he encontrado ni una sola línea que no pueda aplicarse a la sociedad de hoy. Las miserias humanas, las necesidades de justicia, las cobardías y el coraje están en el mismo lugar. Es verdad que algunos personajes se deciden a actuar, a impartir justicia a su manera. Y aunque, moralmente, sabía que ese no debería ser el camino, confieso que mi fuero interno ha sentido cierto placer al ver en el papel lo que yo he deseado hacer muchas veces.

   Son muchas las sensaciones que me ha despertado este libro, muchas cuestiones las que me ha planteado, hasta el punto de traerme de vuelta por estos lares, tan abandonados. Que me ha hecho pensar y sentir, es evidente. Que me va a hacer actuar, ojalá. En cualquier caso, a partir de ahora, me plantearé más a menudo la conveniencia o no de buscar debajo de mi  propio sofá.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Por tierras de Salamanca

Tengo claro que las cosas que me curan el alma están enlazadas y me llevan de una a otra, aunque no siempre sea consciente. La música, la lectura o los viajes son algunas de ellas, y solo a veces me doy cuenta del camino y me dejo llevar. Así ha sido con mi última lectura Por tierras de Portugal y de España, de Miguel de Unamuno.
   Estaba yo feliz de la vida, disfrutando de mi viaje a Salamanca y sacándole el jugo a todo lo que se me ponía por delante, cuando al descorrer la cortina de la habitación me encontré un día gris plomizo acompañado de una cortina de lluvia. Bueno, vale... Era tan sencillo como acomodar los planes al cielo y cambiar un paseo a la deriva a través de los últimos rincones sin descubrir, por algunos museos bien resguardados de la lluvia y no muy alejados del hotel. Así llegué a la Casa Museo de Unamuno.
   Desde que leí Niebla en el instituto y, más tarde, La Tía Tula en la facultad, mi relación con don Miguel había brillado por su ausencia, así que conocer sus "intimidades" me pareció una buena forma de volver a relacionarnos. No sé si conocéis la que fue su casa, pero si no es así, escapaos en cuanto podáis para ir a verla, no solo por la atmósfera que queda de él en sus habitaciones, sino por la pasión que encontraréis en el guía que os llevará de la mano. Qué gustito cuando alguien sabe contagiarnos su admiración por lo que muestra. El caso es que aquellas fotos, retratos, libros, plumas y demás enseres que tocó Unamuno no habían estado entre mis planes de viajera por Salamanca, y si no hubiese sido por el cielo plomizo y la lluvia infatigable y calmosa, posiblemente no habría terminado en esta casa, lo que me desató las ganas de volver a leer a don Miguel.
   

   A la vuelta del viaje, busqué entre esos eternos pendientes que todos tenemos en las estanterías y, ¡bingo!, allí estaba este libro de artículos que Unamuno recopiló allá por 1911 para hablarnos de esas "excursiones" con las que recorría la península. ¿Porqué tenía yo este libro? Ni lo recordaba, pero era evidente que mi viaje lo había colocado en la parrilla de salida de las próximas lecturas. 
   En este libro, a don Miguel se le escapa el ingenio por las manos. Es como si su cabeza no pudiera retener tantas ideas y reflexiones y se agolpasen todas en los dedos a la hora de escribir. No me interpretéis mal, no hay nada atropellado en su escritura, pero sí se agolpan los comentarios sobre este o aquel paisaje o costumbre, que le lleva de un pensamiento a otro como si no pudiera sujetarlos; eso sí, perfectamente argumentado todo y muy bien descrito. Esa seguridad en sus ideas hace que suelte por la pluma toda su sinceridad, sin tapujos, a veces de forma no muy caritativa, aunque siempre educada. En ocasiones, he pensado que debería haberse mordido la lengua, pero después me doy cuenta de que es imposible frenar un torrente. 

   Porque esa ha sido mi sensación durante toda la lectura, la de un torrente que necesita discurrir. No sé si es acertado, teniendo en cuenta que los artículos fueron escritos para diferentes periódicos y, lógicamente, cabe pensar que estaban planeados y meditados. Sin embargo, debe de ser difícil contener el ingenio. Mucho menos filosófico que las novelas que yo recordaba, estos artículos están llenos de ironía, honestidad, confesiones, vitalidad, respeto, pesar, lamentos, enfado..., y una enseñanza que quisiera poner en práctica siempre que pueda:

   "No ha sido en los libros (...) donde he aprendido a querer a mi patria, ha sido recorriéndola, ha sido visitando devotamente sus rincones".

Que las cosas que nos curan el alma sigan enlazándose eternamente.

lunes, 18 de octubre de 2021

Volver a sorprenderse

Fuente: Google
Fuente: Google

El mundo de los libros te da sorpresas increíbles cuando menos te lo esperas. Yo, que cacareo tan a menudo lo de rechazar un libro si ya he visto la peli, acabo de tragarme mis  palabras tras devorar Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. 

   Este libro llegó a mis manos por casualidad: un conocido hizo limpieza en un antigua casa familiar y necesitaba deshacerse de varios libros; y allí estaba yo para recibirlo. Aún no sé porqué lo acepté; he visto la película prácticamente todas las veces que la han emitido en televisión, porque me gusta la historia y porque la protagoniza Gregory Peck, los labios más sexis del cine. Y a pesar de mis prejuicios habituales, me veía con el libro entre las manos reproduciendo en mi cabeza la historia con los fotogramas que tan bien conocía. 

   Pero la novela, como siempre (no sé de qué me sorprendo) era mucho más. Encerraba el retrato valiente y sincero de las costumbres y la mentalidad de Maycomb, una población "antigua y fatigada" del estado de Alabama allá por los años de la Gran Depresión, donde a la pobreza se sumaba el racismo, los prejuicios de clase y la ignorancia, pero también la bondad y la rectitud. El lenguaje elegante y fluido de la autora me hacía muy fácil meterme de lleno en lo que me contaba Scout, una niña de unos 8 años, que con sus "inocentes" preguntas dejaba al descubierto la doble moral de una sociedad anclada en un pasado sureño de rancias familias de abolengo. Scout no entiende porqué no puede llevar pantalones si son más cómodos para correr libre y jugar con su hermano Jem y su amigo Dill; no comprende porqué su tiíta Alexandra insiste en que es una vergüenza para la familia Finch que no lleve vestido o que su padre defienda a Tom Robinson; tampoco sabe porqué los Ewell son los únicos que van al colegio el primer día de clase y desaparecen el resto del curso, o porqué no puede visitar la casa de Calpurnia, su criada negra.

 

Fuente: Google

   Sé que no voy a descubrir nada nuevo sobre el argumento de esta novela, pero lo que más me ha sorprendido de ella es la habilidad de la autora para destapar las miserias y bondades de una época y unas costumbres con tanta naturalidad y sutileza, no solo valiéndose de una niña pequeña sino de todos y cada uno de los personajes que la acompañan, personajes de carne y hueso que muestran lo mejor y lo pero del ser humano. Y esto lo ha hecho sin decirme lo que tenía que pensar, sino dejándome descubrir a mí los entresijos de aquella sociedad.

   A pesar de tener en todo momento las imágenes de la película en mi retina, ha conseguido emocionarme como la primera vez, intrigarme y engancharme como si no la conociera y sentir de nuevo las ganas de volver a su lectura en cuanto tenía un momento libre. Y, sobre todo, mucho más importante para mí, empujarme otra vez a pasarme por aquí.

Ah, me olvidaba. Por fin he comprendido lo que significa matar un ruiseñor.

martes, 9 de febrero de 2021

Libros que me tomo a sorbitos

 


Sé que no descubro nada nuevo al decir que algunos libros se toman de vez en cuando y que los vamos leyendo en diferentes momentos según nos lo pide nuestro estado de ánimo. En estos tiempos que corren, donde tanto necesitamos de salud mental para hacer frente a todo lo que se presenta, el tomar pequeños sorbos de algunos libros se me ha hecho más necesario que nunca.

   Seguro que más de uno diría que mi salud mental ha dejado siempre mucho que desear, ¡yo también os quiero! Pero especialmente ahora que no puedo aliviar mis males con los abrazos y los besos de los míos, ni con una cerveza con los colegas en nuestro bar de referencia, o dando saltos como una loca en algún concierto, necesito agarrarme a ciertas pequeñas píldoras como si no fuera a haber un mañana. Estas píldoras las voy alternando como buenamente considero, sin distanciar regularmente las tomas ni medir la posología, sino como me lo pide el cuerpo, que algunas veces es bastante sabio.  


   En estos momentos, tengo extendidos sobre la mesa los libros que más he manoseado, junto con alguna que otra adquisición reciente y algunos retos que voy superando poco a poco. ¿Qué me pongo nostálgica? Echo mano de Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram, un clásico de mis tiempos universitarios que, aunque tiene sus añitos, no ha perdido nada de su atractivo a la hora de contarnos los intríngulis de los mayores hitos de la arqueología. ¿Qué se me despierta la vena cultureta? Pues a por Amin Maalouf y su El naufragio de las civilizaciones, con el que me sigo sorprendiendo ante la lucidez y las predicciones de este escritor. ¿Qué a mi cabeza le da por centrifugar desgracias? Nadie como Elsa Punset para bajarme las pulsaciones a través de sus veintiuna rutas para manejar las emociones, en Una mochila para el universo.

   


Cuando el mal tiempo o la inutilidad de salir hacen que dé vueltas por la casa como una fiera enjaulada, me apacigua recorrer con el dedo las estanterías y elegir algo que llevarme a la boca. Nada amansa tanto a mi fiera interior como los recursos que propone Isabel Roch en Música, tu gran aliada en el aula. Vale, sí, no soy profesora, pero no imagináis la de beneficios que estoy descubriendo sobre las posibilidades que ofrece la música como herramienta didáctica. Y si se trata de alejarme de mis cuatro paredes diarias solo tengo que darme un garbeo de vez en cuando por las excavaciones de José Manuel Galán con En busca de Djehuty, porque ante la posibilidad de toparme con el descubrimiento de una buena momia, que se quite cualquier playa caribeña.

  Y es que hay pocas cosas que me devuelvan tanto la cordura como estos pequeños sorbos de lectura que doy de vez en cuando, mientras espero a que vuelvan los abrazos y los besos, los apretujones para llegar a la barra o el tener que esperar para coger mesa.


   Ah, me olvidaba. Tengo que confesar que en algún momento de enajenación he echado mano de Cocina para no engordar, pero os prometo que se pueden contar con los dedos de la mano. Además, visto el resultado, he decidido dejar los libros de fantasía para otra ocasión.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Recuperar la ilusión

Dados mis problemas para escribir últimamente, he decido rescatar una antigua entrada que me trae muy buenos recuerdos, llenos de aquella antigua ilusión que sentía en plena adolescencia.
Como Blogger se ha empeñado en hacérmelo más difícil con esta nueva versión maldita, no he podido preparar la entrada como me habría gustado, pero aún así, si tenéis paciencia y seguís el enlace, podréis compartir conmigo un bonito recuerdo con el que quiero desearos a todos Feliz Navidad.

Un abrazo fuerte.



domingo, 6 de septiembre de 2020

Ay, viajar... siempre viajar

Quien me robó el mes de abril me ha robado también el verano. Se ha esfumado de repente, de un día para otro, como todo lo que ha sucedido este año. Y aquí estoy, una madrugada fría como todas las de septiembre, aturdida por el silencio sepulcral que ocupa la calle. Cualquier otro año, estaría llena de voces y risas de los que volvían de la verbena de turno, despidiéndose o decidiendo en dónde tomar el chocolate con churros. Pero hoy no, hoy solo se oyen los pitidos del móvil anunciándome ese maravilloso viaje a playas exóticas o a ciudades de ensueño. Porque estos días siguen llegando a mi teléfono los mensajes de las plataformas de viajes ofreciéndome auténticos chollos alrededor el mundo, que como gotas malayas, me recuerdan a donde no puedo ir. 
   Sin embargo, soñar es gratis, y muy fácil cuando eres lector empedernido. Así que sin querer rendirme, he tirado de memoria bloguera para rescatar los libros con los que he recorrido medio mundo, o casi. No todos los he encontrado en este maremágnum que tengo de blog, aunque habría jurado que los tenía bien colocados en su lugar correspondiente. Qué más da, recurriré a la otra memoria.
   El primero que me ha venido a la mente ha sido Corazón de Ulises, de Javier Reverte, probablemente por ser el último que leí de este tipo. O quizás, porque los últimos calores me piden mar y el encierro me pide sitios históricos donde otros vivieron antes historias increíbles. El caso es que con este libro visité los lugares que, en principio, pisó Ulises en su viaje de vuelta eterna desde Troya. Y desde aquí hasta Ítaca, el Mediterráneo clásico no tuvo secretos. Visité Ítaca, Alejandría, Éfeso, Atenas, Creta, Micenas, ¿qué más se puede pedir?
   Después se agolpan de repente otros títulos que no recuerdo si he reseñado o no, pero que me veo incapaz de buscar en los listados del blog. Por eso, he tirado directamente de técnica táctil y, con el dedo índice, he ido deslizando la pantalla hasta encontrar el siguiente título que os presento. En Arcadia, de Ian Pears, los protagonistas viajan a un mundo fantástico simplemente atravesando una puerta, además de a otros lugares que es mejor no desvelar porque os espachurraría la historia. Lo que sí os digo es que me sorprendió la forma de recorrer épocas y mundos en esta novela. Yo ahí lo dejo.
   He seguido buscando en el totum revolutum de entradas, pero no encontraba las que estaba "casi" segura de haber publicado, "prácticamente" convencida de haber reseñado y "a punto" de poner la mano en el fuego de haber compartido. ¿Qué tal si voy directa a las que sé que están ahí? Cambio de tercio y me decido por otro tipo de viaje: el literaturario. Con Testamento de un libro, de Abdellah Baïda, recorro los siglos de vida del Libro, así, con mayúsculas, contada por él mismo: su nacimiento, sus momentos de gloria y horror, de decadencia y de miedo a desaparecer. En resumen, un viaje a través del tiempo donde conocer momentos cruciales de la literatura.
   Por último, me he encontrado con una estupenda sorpresa, un antigua entrada que preparé en mis primeros días de bloguera aprendiza y que pretendía convertirse en la primera de una serie de futuras camaradas. Con la novela Tiempo de cenizas, de Jorge Molist, preparé un itinerario por Roma siguiendo algunos de los puntos más importantes de la historia. Como esta ciudad nunca, pero nunca, defrauda, pude recorrer la Roma de los Borgia por las calles y plazas donde lo hicieron los protagonistas.
   No he conseguido dar con algunos otros títulos con los que he recorrido lugares increíbles, pero se han despertado las memorias de algunos otros que también me hicieron viajar y a los que me gusta volver, de vez en cuando, para recordar algunos de sus pasajes. 
- La casa de vapor. Viaje a través de la India septentrional. Julio Verne.
- La guía de viaje al Egipto de los faraones. Christian Jacq.
- Viajeras intrépidas y aventureras. Cristina Morató.
- El viaje de la reina. Ángeles de Irisarri.
   
Siguiendo estos viajes astrales míos, tengo que añadir uno muy particular que he vivido gracias a Gabi Martínez y su Un cambio de verdad. No ha sido el típico viaje al uso de visitas y fotos, pero sí uno de descubrimientos, en el que el autor decide volver a los orígenes de su familia materna en Extremadura y experimentar la forma de vida de los pastores de la zona. Lo llaman nature writing, yo lo llamo crónica perfecta y mágica sobre un sistema de vida y el paisaje al que va unido. Pero esto espero contároslo más adelante.
Ahora me despido con mi viaje actual, Un otoño romano, de Javier Reverte, porque necesito despedir a este verano fugaz con un paseo tranquilo que me deje saborear una de las ciudades de mi vida. Hasta la vuelta.

domingo, 26 de julio de 2020

Mi salvadora: Irène Némirovsky

Leer a Némirovsky siempre me trasmite paz. Me resulta elegante, serena y sin dobleces. No importa que nos hable de momentos duros y difíciles, de sentimientos convulsos, confusos o atormentados; aún así, ella es capaz de ser amable con el lector. Por eso, ella es de los pocos autores a los que les dejo que me hablen de guerra.
 

 Después de meses de buscar una lectura que me devolviera un pellizco de mi normalidad, después de muchos intentos por hablar sobre lo que leía, de intentar, sin éxito, analizar mis lecturas, llegó a mis ojos Irène Némirovsky en forma de recomendación bloguera, y fue el empujón que necesitaba para salir de la "cueva" y lanzarme a la aventura de las librerías. Y así se convirtió en el primer libro comprado físicamente en los últimos meses, sin "onlines" que valgan.
   
Los fuegos de otoño me llevaba de nuevo a París, un París que pasa de la Gran Guerra a los locos años veinte y de nuevo al horror de otra nueva guerra. En este período, la autora retrata una sociedad burguesa que se creía segura, de valores firmes y costumbres arraigadas, que ve como todo se viene abajo y cambia de una forma radical, dejando al descubierto las lagunas de esa firmeza y las carencias de dicha sociedad, junto a las distintas reacciones de incredulidad, exaltación patriótica, temor o incertidumbre que sienten los personajes de esta historia ante todo lo que viven.
   Y aquí es donde aparece, una vez más, mi admiración por Némirovsky, porque es capaz de describir todos esos acontecimientos tan convulsos sin estridencias ni golpes de efecto, sino de una forma serena y directa. Porque ella no necesita envolver los momentos duros y crueles con imágenes impactantes, ni tampoco sacudirnos utilizando un vocabulario brutal. Por el contrario, con una sencillez mucho más eficaz, que puede ser igualmente fría y dura, narra los acontecimientos sin rodeos, recurre a los adjetivos precisos para trasmitirnos sensaciones desgarradoras y describirnos los ambientes y las situaciones extremas en las que se mueven los protagonistas, hace que los personajes se confiesen directamente con nosotros y sean ellos mismos quienes nos cuenten lo que sienten, lo confusos que están, los miedos que les invaden.
 
Foto tomada de Internet


 Los encargados de contarnos lo que pasa durante esos años en París son los Brun, los Jacquelain y las Humbert, cuyas vidas se van entremezclando y protagonizando la vida en las trincheras, los negocios turbios, las grandes fiestas o los campos de prisioneros. Como me ocurre siempre con esta escritora, no deja de emocionarme la entereza con la que narra los hechos y la comprensión que desprende con algunos comportamientos sabiendo cómo fue su vida y cómo terminó. En mi caso, aumenta mi admiración por ella. 
   Esta novela la escribió en la primavera de 1942, parece ser que al mismo tiempo que Suite francesa, aunque se descubrió y publicó después de su muerte, en 1957. La edición que yo he leído, además, corresponde a un segundo texto revisado por la autora que contenía correcciones y modificaciones de su puño y letra.
   Y así es como Irène Némirovsky me salva de volver a la cueva y me ayuda a dar los primeros pasos para recuperar un poco de mi normalidad.

lunes, 27 de abril de 2020

Diario de una crisis. El olvido

¡Qué tentador! ¿Verdad? Poder olvidar lo que nos incomoda: los momentos de ridículo absoluto, de "tierra, trágame", de meter la pata hasta la cintura. Y qué decir de los momentos de dolor, de desengaño, de angustia. Pero ¿luego, qué? ¿También los incómodos, los que nos avergüenzan?


   En una de mis últimas lecturas, El encuadernador, de Bridget Collins, hay libros que se encargan de "rescatar" a la gente de sus malos recuerdos (de los buenos, nadie quiere ser rescatado, aunque los vayamos perdiendo con la edad y los desengaños), de ¿liberarla? de pesos y arrepentimientos. Sin embargo, ¿es correcto?, ¿es ético?, ¿es saludable para el rescatado? Todo esto se pregunta Emmet Farmer, el protagonista. De repente, se ve obligado a trabajar como aprendiz de encuadernador, una profesión que despierta miedo y rechazo. Cualquier cosa relacionada con los libros está llena de superstición y de leyendas oscuras. Sin embargo, su familia se lo ofrece como remedio para su "enfermedad", una enfermedad de la que nadie quiere hablarle.

   La primera parte de este libro me entusiasmó. Estaba llena de misterio, de esas frases que me gusta anotar en mi libreta porque me hacen reflexionar, de personajes interesantes que sabes que te ocultan cosas que estás deseando descubrir. El lenguaje era poético y, al mismo tiempo, ligero y asequible. Las descripciones de sentimientos y, sobre todo, de paisajes era muy plástica, muy hermosa, y te unía a unos personajes que contaban con sus propios rasgos y personalidades. La historia iba añadiendo datos, poco a poco, dando las pistas justas para crear ese misterio y esas expectativas que me tenían tan enganchada. Y de pronto...
   
Imagen tomada de Internet
De pronto, me encuentro con un giro en la trama que me descoloca. Según avanzo voy viendo las intenciones de la autora. Creo que sé por dónde van sus tiros y me tranquilizo. Vale, ahora voy a empezar a descubrir el porqué de la enfermedad de Emmet. Bien de acuerdo. Pero aquello avanza sin muchas alegrías. El lenguaje ha perdido color y fuerza, las frases "lapidarias" empiezan a escasear, los personajes van transformándose en arquetipos y, en el trascurso de la historia, el argumento se hace cada vez más previsible y empiezo a sospechar el resultado. Efectivamente, lo que imaginaba, pocas sorpresas.
   Llega la tercera parte, y aquí la voz cantante la lleva otro personaje. Pero la línea descendente continúa cuesta abajo, y no encuentro nada nuevo que me sacuda, nada que me sorprenda. Al menos, la trama está entretenida y me mantiene el interés lo suficiente para quedarme hasta el final. El final es correcto y cierra bien la historia, con lo que me queda un buen sabor de boca a pesar de la decepción sufrida.
   ¿Conclusión? En estos días en que todo lo analizo y sobre todo reflexiono, esta lectura me ha hecho pensar de lo lindo: en cuánto tendremos que olvidar para poder salir adelante; en cuánto deberemos recordar para no volver a caer en los mismos errores... en cuánto vamos a ser capaces de perdonar.
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jueves, 2 de abril de 2020

Diario de una crisis. Días de lluvia y soles

Y encima, casi siempre llueve. O solo asoma el sol a veces.  Es cierto que los días de lluvia invitan a quedarse en casa, calentitos, bajo la manta, disfrutando de un buen libro. Pero a mí, "antes", si la lluvia caía lenta, con calma, y era suave y templada, me gustaba dar un paseo a media tarde por una calle poco concurrida y escuchar su sonido sobre el paraguas.
Evidentemente, "ahora", eso es imposible, así que me he quitado el antojo buscando en internet este sonido tan relajante para mí, y lo escucho mientras recorro las estanterías maternas buscando lecturas que vengan bien con este día.
He desempolvado unas cuentas: algunas me han venido a la mente de golpe; otras, las he encontrado por casualidad.



Jane Eyre. Charlotte Brontë.
Cumbres borrascosas. Emily Brontë.
Vinieron las lluvias. Louis Bromfield.
Rebeca. Daphne Du Maurier.
Nieve en abril. Rosamunde Pilcher.
Los gozos y las sombras. Gonzalo Torrente Ballester.





   Jane y Charlotte fueron mis primeras amigas literarias. Con Jane Eyre me bauticé en la literatura "adulta" y quedé tan enamorada de esta novela que la leí tres veces seguidas, para repasar después los párrafos que más me habían impresionado.
   Con Cumbres borrascosas fue distinto. Había visto varias versiones cinematográficas bastante buenas y una serie de la BBC muy bien adaptada, y ¡claro!, como me suele pasar, me costaba mucho lanzarme a por la novela. Hace un par de años me decidí por fin y aún sigo dando gracias.
   Vinieron las lluvias fue una novela que mi madre compró en Círculo de Lectores cuando yo no era más que una mocosa. Enamorada hasta la médula de Tyrone Power, ella (mi madre) devoraba su historia sentada en el balcón de casa durante las tardes grises y frías de marzo, mientras yo miraba la cartelera del cine de enfrente donde el actor acaparaba el enorme cartel que publicitaba la película de la Fox.
   Y qué decir de Rebeca, de ese impresionante Manderley en blanco y negro, cuyas ventanas eran azotadas por la tormenta mientras Mrs Danvers susurraba siniestra al oído de Jane Fontaine. Pasó mucho tiempo hasta que me decidí a leer la novela y, aunque no pude librarme de las imágenes creadas por Hitchcock, fui capaz de disfrutarla como nunca.
   Nieve en abril me saltó a los ojos prácticamente al empezar el recorrido por las estanterías. Era evidente que venía al pelo para esta entrada. A esto había que añadir la paz que me producen las novelas de Rosamunde Pilcher; su habilidad para hacerme sentir como en casa cuando visito a sus protagonistas siempre me sorprende, sea cual sea la historia. Este viaje a Escocia de Carolina, la protagonista, es uno más de los típicos melodramas Pilcher que tanto me entusiasman, y al igual que el resto, esconde un genial retrato de los diferentes sentimientos y comportamientos humanos, perfectamente aderezados de costumbrismo.
   Los gozos y las sombras no podían haber existido sin ese chirimiri perpetuo que envuelve el relato y que le da esa media luz a los caprichos del cacique del pueblo y al poder de la rancia nobleza que representa "la vieja" Doña Mariana. Si queremos retratos costumbristas y crítica social, pocos hay que hilen tan fino como Torrente Ballester.
   
   Hoy parece que ha salido el sol, pero como volverá la lluvia, es posible que me apetezca repasar alguna paginilla de alguno de ellos.

domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de una crisis. Héroes

Es tiempo de héroes, grandes y valientes, a los que aplaudimos todos los días desde los balcones para que sepan lo agradecidos que estamos. Y también de héroes modestos y con miedo, pero dispuestos a ayudar como puedan, quedándose en casa, cumpliendo las normas, cuidando de los suyos.
   Y es que hay muchas formas de ser valiente, de enfrentarse a los problemas, de no resignarse. Hace unos días os hablaba de La colina del Almendro y de su protagonista, Mary Ellen, y su lucha contra lo que le tocó vivir. Hoy os hablo de Circe, de Madeline Miller, y de su especial manera de revelarse contra su destino.


   Es cierto que Circe no era una mujer cualquiera. Hija de dioses, amante de Ulises, entre otras cosas, dominaba las artes de la magia. Pero, precisamente esto era su calvario. En esta magnífica novela, Miller da vida a una heroína que lucha y se sobrepone a su destino, y lo hace con una carga propia de la que no puede librarse, porque está en su propia naturaleza. La dota de conciencia, algo de lo que solían carecer los dioses, y la hace evolucionar a lo largo de la novela. Vemos como la Circe niña pierde sus ilusiones y su inocencia y se vuelve desconfiada y solitaria. Como ocurre con otras heroínas, cuando parece que no tiene salida y que lo lógico es rendirse es cuando se muestra más fuerte y más decidida.
   El hilo conductor de esta historia son las propias reflexiones de la maga, el repaso que hace de su vida y de las decisiones que ha tomado, de los hombres que ha conocido y de las personas que la han lastimado, pero también de quienes la ayudaron y la amaron. Es mujer antes que maga o que diosa, y actúa más por su corazón que por "cólera divina". 
   Había leído muchas cosas sobre este personaje mitológico, pero nunca lo había encontrado tan humanizado y tan creíble. Un gran trabajo el de Madeline Miller, lo mismo que el de Alanza Editorial, con una edición cuidadísima que da gusto tener entre las manos. Y no digo nada ya del regalo con el que venía acompañado. 
   En estos días de héroes, y heroínas, esta puede ser muy buena lectura. 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Diario de una crisis. Qué suene la música

Qué suene alta y fuerte, qué suene a todas horas, qué suene en todas partes. La música es otro tipo de escritura. Nos cuenta historias y nos habla de sentimientos igual que lo hacen lo libros. 


   Los miércoles toca paseo musical. Si el tiempo lo permite, vuelvo andando de la estación mientras escucho algo de música en el móvil hasta llegar a casa. El último miércoles decidí escuchar un podcast titulado Educando con música: Tiempo para educar. Adagio. Creo que fue premonitorio, porque no hay nada más importante para afrontar crisis y malos tiempos que una buena educación. Y no me refiero a los buenos modales en la mesa o a ceder el paso a los mayores o a no empujar como posesos en el metro. No, me refiero a una educación cívica, a una educación solidaria, que nos enseñe a comportarnos con sentido común y con empatía.
   Este podcast pertenece a la serie Música en familia, dirigido y presentado por Isabel Roch, y que forma parte de la programación de Clásica FM Radio, una emisora independiente de música clásica, que ofrece una forma nueva de hablar de este género, entretenida, divertida y muy interesante. 

Imagen tomada de la web de Clásica FM Radio

   En esta ocasión, elegí este en concreto porque estaba pensado para los momentos de ajetreo y de prisas diarias. En palabras de su autora: "la música nos enseña a disfrutar de las cosas lentas". Y ahora, cuando nos vemos obligados a abandonar las prisas y el estrés sin más remedio, me parece el mejor tributo a las largas horas que tendremos por delante para disfrutar de los cosas hermosas de este mundo.
   Como la combinación de lectura y música es algo que muchos de vosotros seguro que habéis probado y de lo que disfrutareis como corresponde, elegid ese libro que más calma y paz os inspire y disfrutad lentamente tanto de la música como de la lectura.
   Como el ser humano no solo es capaz de expandir virus, sino también de crear cosas tan maravillosas como la música, os dejo esta preciosidad de pieza de la que nos habla con tanta pasión Isabel.

Imagen tomada de la web de Clásica FM Radio
Disfrutadlo a sorbitos como si fuera un buen vino.



lunes, 16 de marzo de 2020

Diario de una crisis. Bendita rutina

Se dice, y por desgracia también se comprueba, que valoramos realmente las cosas cuando las perdemos. Pues bien, yo estoy valorando, y mucho, mi rutina. En un intento por mantenerla, aunque sea artificialmente, he decidido dividir la jornada de la manera más parecida posible a como suelo hacerlo habitualmente, haciendo cambios aquí y allá cuando hace falta adecuarse a la situación.
   Los lunes, por ejemplo, me gusta caminar al salir del trabajo. Voy paseando por la calle, viendo escaparates y entrando en alguna que otra tienda, y terminando, un lunes sí y otro también, en La casa del libro, no sé si por culpa de mis pies o de mi pensamiento. Así que, al terminar mi teletrabajo, me he paseado por algunas tiendas online, muchas de ropa (posiblemente necesite ampliar tallas) y otras de libros, hasta dar con mis dedos en mi destino habitual.
   Al entrar, me gusta acercarme primero a los expositores de los libros más vendidos, aunque nunca suelen atraerme los títulos que encuentro. En esta ocasión, sin embargo, me ha llamado la atención  más de uno: Tierra, de Eloy Moreno, o A corazón abierto, de Elvira Lindo; y me ha arrancado una media sonrisa 1984, de George Orwell.

Imagen tomada de web de La casa del Libro


  Después, me recorro las estanterías de infantil, porque no me resisto a hacer una selección mental de posibles títulos para mis sobrinos. Me encanta imaginar cuál le encajaría a cada uno de ellos, mientras paso revista a sus trastadas y a sus proezas.



Imágenes tomadas de web de La casa del Libro

   Y por último, hay días en los que me apetece echar un vistazo a la literatura en otros idiomas, con la esperanza de no perder lo poco que he aprendido.

Imagen tomada de web de La casa del Libro

  Ya es hora de irme. Llevo unas cuantas buenas ideas para anotar en mi libreta de posibles. A ver si voy dando salida a los libros que tengo en la recámara parar sustituirlos por otros nuevos. 
   Mañana tocaría gimnasio. Tendré que echar mano de esos miles de enlaces que nos estamos intercambiando unos y otros para salir mínimamente en forma del confinamiento. Hasta la próxima.

domingo, 15 de marzo de 2020

Diario de una crisis. No hay mal que cien años dure

Saltar de mi última entrada sobre los Reyes Magos al Coronavirus me ha producido un vértigo espantoso. Mi situación personal no me ha dejado escribir estos últimos meses y, de repente, me veo frente a la hoja en blanco del ordenador. Es curioso que esta crisis "global" sea la que me da el empujón que necesitaba. ¡Cómo es la vida!
   Son momentos de grandes frases, de palabras llenas de valores, de responsabilidades propias y comunes. Pero también de miedos, de dudas, de nerviosismo, frente a los que hace tanta falta un punto donde apoyarse. Yo encuentro el ánimo, el consuelo, la energía en los libros, en la música, en el cine y en los míos, por supuesto, quienes estaremos a prueba de tolerancia y paciencia durante estos días de encierro. Las posibilidades que circulan por las redes son infinitas, con enlaces a museos, revistas, opera, libros, etc., y que nos van a ayudar a muchos a sobrellevar todo esto. Para mí, además, mi tabla de salvación será comunicarme con vosotros, con quienes queráis pasar por aquí, y contaros mis propuestas de cada día. Quien sabe, quizás también resulte ser tabla para otros.
   Y para empezar, qué mejor que unos libros sobre coraje y superación, sobre la lucha contra las zancadillas que a veces pone la vida. Qué mejor que ver cómo otros superan los obstáculos y salen adelante, no sin sudor y lágrimas, es cierto, pero, a estas alturas, todos sabemos que así funciona el mundo, o deberíamos saberlo.

Mi primera heroína tiene que hacer frente a unas reglas sociales opresoras, a una familia rancia y anticuada y a la Primera Guerra Mundial, ahí es nada. En La colina del almendro, Maite Esteban no se conforma con que Mary Ellen, hija del conde de Barton, pierda todos los privilegios de su clase social, y que tenga que "batirse el cobre" para sobrevivir, cosa que hace muy dignamente por cierto, sino que además la sitúa en la Gran Guerra para que sus opciones se reduzcan aún más. Como Maite apreta pero no ahoga, Mary podrá contar con personas nobles en las que apoyarse, a las que he cogido cariño con el paso de las páginas; personajes muy creíbles y congruentes cuyo papel en la trama es siempre esencial: aquí no hay personajes de relleno, todos están ahí para mostrarnos algo. 
  
   El argumento, tan solido como los personajes, tiene ese toque romántico que nos da un respiro en medio del drama y que hizo que la novela me enganchara desde el principio. Sus toques costumbristas y los diferentes escenarios en los que se desarrolla también sirvieron para que disfrutara muchísimo de esta novela.
   

A mi segunda heroína os la presentaré más adelante. También ella es un ejemplo de coraje y también vendrá acompañada de unas circunstancias peliagudas, entre ellas, un asesinato. Pero..., paciencia, que esta es otra historia.
 

lunes, 6 de enero de 2020

Y llegaron, por fin, sus Majestades

"Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría .Y entrando en la casa vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra".

Y desde entonces, se han encargado de transmitir esa alegría a miles de niños, de generación en generación. Consiguen trepar, junto con sus camellos, hasta el piso último del bloque y hasta la buhardilla más alta del tejado. Pero también son capaces de colarse en un sótano que apenas tiene un par de ventanas asomadas a la acera. Pueden colocar todos los regalos en una sola noche, incluso, mientras se encuentran en plena cabalgata saludándonos a todos y regalándonos caramelos tipo "torpedo". Son capaces de reconocer los zapatos de cada niño, algunos no demasiado limpios porque no ha habido tiempo suficiente para sacarles brillo. Y todo esto sin que nadie les vea y en el más absoluto silencio, algo que pude comprobar de niña cuando me quedaba sentada en la cama dispuesta a pillarles con las manos en la masa: "es imposible que no hablen entre ellos _pensaba_, y que los camellos no relinchen o ronquen, o lo que quiera que hagan". A mi abuela uno de ellos le dio un buen pisotón. Pero desgraciadamente, siempre caía rendida sin poder pillarles in fraganti.

   También hay que decir que sus Majestades no han sido nunca demasiado limpios. Cuando era niña, siempre dejaban los polvorones a medio morder y sus camellos desparramaban la paja por todas partes. Menos mal que entre la cocinita de turno, el balón de fútbol, la Nancy o el scalextric, siempre se acordaban de dejarnos un libro. Primero fueron los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm, y después las aventuras de los cinco o los tebeos de Mortadelo y Filemón.
   Porque ellos y su maravillosos pajes tienen la habilidad de conseguir casi todo lo que les pedimos en nuestras cartas (lo que a veces es bastante complicado si tenemos en cuenta que también lo han pedido otros miles de niños más), y además otras cosas que necesitamos, aunque nosotros no lo sepamos.
   Por eso, cuando dejé de ser niña, escribí a los Reyes Magos para que me dejaran ser una de sus pajes. Y desde entonces, me ocupo de ayudarles a trepar por el balcón, a dejar paja a los camellos y un bombón a ellos (creo que los prefieren a los polvorones), y a "colar" un libro entre los "centros comerciales" de Pin y Pon, los videojuegos de Super Mario Bros o las Belli Beth de turno. Y es que tanto los Reyes como sus pajes sienten la misma inmensa alegría de la primera noche al poder llenarlo todo de magia.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Te adoro, Javier Reverte

De mayor quiero ser como Javier Reverte. Quiero contagiar como él lo hace cuando escribe. Quiero viajar como él viaja y empaparme de los sitios que visito como él se empapa.

 "Son esos, quizás, los mejores instantes de los viajes, porque no sabes muy bien qué harás ni a dónde irás en las siguientes horas (...). O sea: tienes hondas sensaciones de libertad".

   Así es su libro Corazón de Ulises, pura libertad. Libertad para escribir lo que piensa de lo que ve y de lo que siente. Libertad para opinar sobre lo que pasó y sobre lo que pasa; para comparar, para describir y para sincerarse. Libertad para escribir como un poeta unas veces, y para hacerlo como todo un castizo, otras. Libertad para decidir si se queda, si se va o si cambia su rumbo. 
   Pocas veces me he sentido tan identificada con lo que leía como en este libro. Aquí he visto mi ideal de viaje sobre el papel y muchas de mis sensaciones cuando leo buenos libros; he podido compartir mi pasión por la historia de aquella Grecia antigua que creó el mundo occidental; y he aprendido de todas aquellas personas brillantes que lo hicieron posible.
   Porque, gracias a Javier Reverte, además de visitar el mundo antiguo y literario de Odiseo_Ulises, he conocido a quienes escribieron sobre él. Además de pisar Ítaca, Troya, Creta, Rodas, Esmira, Éfeso, el monte Olimpo, Delfos, Atenas, Esparta, Alejandría y muchos lugares más, he conocido a Henry Miller y Lawrence Durrell, y las andanzas de Cavafis o Lord Byron.

   La pasión que transmite... No, perdón, la pasión que "destila" y hasta rezuma cuando describe los lugares que le emocionan y le zarandean es tan contagiosa, que dan ganas de preparar el petate y salir pitando a coger un barco que nos lleve despacio a través del Egeo. Porque así viaja él, despacio:

"De modo que es preciso reservar tiempo cuando empiezas el camino para poder ceder luego al asalto de los caprichos inopinados, la salsa picante de los viajes".

   Decidir sobre la marcha siempre que sea posible, permanecer en un lugar más de lo previsto solo por placer, improvisar si algo tira de nosotros... O sea, "viajar" en vez de "hacer turismo".  Conocer gente distinta en cada sitio e intercambiar visiones del mundo, poder pisar lugares míticos y sentir que compartes un poco con aquellos que los hicieron posibles, y acompañarte de los libros que se escribieron inspirados por esos mismos lugares y lo que pasó en ellos. Eso es lo que contiene este libro: experiencias personales y datos históricos y literarios de los lugares que habitaron Homero, Jenofantes, Safo, Pericles, Leónidas, Eráclito, Pericles, Aristóteles o Alejandro.
   
No me digáis que no es adictivo; que el mundo no sería un lugar mejor si pudiéramos conocerlo de esta forma. Sí, vale, adoro la Historia y mi amor por este libro se veía venir. ¡Qué sí, que lo sé... haberme licenciado en Antigua me convertía en presa fácil. Bueno... Y qué. Eso no cambia la habilidad del autor para apasionar con las descripciones de los lugares que visita; para combinar con esa maestría sus anécdotas con los hechos históricos que sucedieron allí; para conseguir ese equilibrio entre lo que ve y lo que allí sucedió. Porque, por suerte, es totalmente subjetivo, y vemos lo que él ve y sentimos lo que él siente. Y notamos cuándo se emociona o cuándo se mosquea con lo que ocurrió, y sonreímos con sus toques de humor y su falta de pelos en la lengua, y vemos cómo muestra sin tapujos su admiración por aquellos griegos que:

"... nos enseñaron a reír, a reflexionar y a llorar. La gran hazaña de los griegos fue cincelar el alma del hombre libre, por eso todos somos griegos".


Posdata: ¡Qué gran edición si tuviera buen corrector!
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