Cuando un libro te deja un sonrisa en
la cara, un buen sabor de boca y a los personajes asentados en la
cabeza, para mí, es un buen libro. No me importa si es alta
literatura o no, si contiene o no sesudas reflexiones que te remueven
por dentro, si su escritura es poesía o no lo es; lo que realmente
me importa es cuánto me ha hecho disfrutar.
Desde que empecé a leer el primer
capítulo, se despertaron en mí unas ganas locas de saber todo lo
que pasaba en aquella enorme mansión a la que Addie había ido a
parar tras la muerte de sus padres. Sabía que su tía le haría la
vida muy difícil, tan estricta, tan preocupada por el escalafón
social y por el "qué dirán", tan esposa ella de un
aristócrata inglés; y sabía que encontraría alguna tabla de
salvación: su prima Bea. Sabía también que sus vidas, unidas desde
la infancia, sufrirían muchos cambios, sus personalidades tan
diferentes las llevarían por muchos caminos imprevistos, las pondría
a prueba. Sabía que Clementine Evans, muchos años después,
empezaría a descubrir piezas sueltas en la historia de su abuela
Addie, pistas que terminarían desentrañando un misterio familiar
que dejaría patidifuso al más pintado. Y es que, a pesar de lo
apasionante de la novela, no es una historia nueva, es una historia
que hemos visto y leído muchas veces. Lo grande de ella es cómo se
cuenta y cómo la viven sus personajes.

Podía intuir muchas cosas, podía
suponer mucho de lo que iba a pasar, pero me daba igual; estaba ante
una forma de narrar tan fluida, tan bien armada, tan cercana que me
metía de lleno en la historia de la familia. Primero, en el
triángulo formado por Addie, Bea y Frederick, el hombre que lo
cambiará todo en sus vidas. Después, en la agitada y vacía vida de
Clemmie y Jon, unidos por la familia, sin ser familia, unidos por una
historia de juventud que ninguno quiere comentar, y unidos en la
tarea de averiguar los secretos familiares que llevan ocultos más de
sesenta años.
Su lenguaje cotidiano, natural y
cercano me transmitía magníficamente los sentimientos de los
protagonistas. Los personajes, los grandes logros de esta novela, han
sido para mí auténticos seres de carne y hueso. Me he identificado
en más de una ocasión con la desesperación de Addie ante la
superficialidad de la gente y el ambiente que la rodeaba; he
comprendido, en otras ocasiones, las ganas de "sentir" de
su prima Bea, educada para jarrón de Sevres pero con naturaleza de
tigre de Bengala, lo que la hace estar perdida continuamente en el
mundo que le ha tocado en suertes; la amargura y el desengaño de
Frederick, tras la horrible Gran Guerra, que le hace renunciar a lo
único que hubiera podido devolverle la esperanza.
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Y en medio de todo esto África, y
después Nueva York y Londres. Una serie de saltos en el tiempo y en
el espacio que me han tenido atada a las hojas del libro durante
muchos días, que me ha hecho enfadar cuando estaba a punto de
descubrir qué pensaba hacer Abbie en medio del cafetal, o qué le
pasaría a Clemmie si permanecía más tiempo en el apartamento de
Jon, porque los saltos en el tiempo son rápidos y cortos para
atraparte aún más.
He disfrutado sobre todo del ambiente
de los años veinte, de la caída en picado de un sistema de vida
aristocrático que no se sostenía después de la Primera Guerra
Mundial, de la convulsión que supuso para algunas personas ver cómo
se desmoronaba su escala de valores. He disfrutado metiéndome en la
piel de sus personajes, de uno y otro lado del tiempo, viendo sus
reacciones y descubriendo con ellos los misterios que se ocultaban
tras los álbumes familiares.
Sé que muchos de vosotros ya leísteis
este libro hace tiempo, sé que no os descubro nada nuevo, pero
cuando un libro te gusta, lo disfrutas y te llena, tienes unas ganas
locas de contárselo a todo el mundo. ¿A qué sí?