Ayer, mientras leía la entrada sobre librerías escrita por Mientras
leo en su blog Entre montones de libros (que os recomiendo sin dudar), empecé
a sufrir un ataque de nostalgia. Recordaba momentos vividos en esas librerías pequeñas, en las que los libros están casi encajados buscando su sitio, o esas otras enormes, de amplios mostradores y libros bien presentados. Y de repente, empecé a oler a café, intenso y dulzón. Y supe que me había trasladado a esos cafés librerías donde, alguna que otra vez, había disfrutado de lo lindo, oyendo el
sonido de las hojas de aquellos libros leídos u
hojeados por los clientes. Y sentía el fortísimo
aroma de los cafés recién hechos que estos lectores saboreaban en silencio, o el de los vinos de aquellos que llegaban para el aperitivo, todos sentados
tranquilamente a sus mesas, algunos contemplando la calle a través
de las ventanas.
Hace años, una loca de los libros
soñaba con montar un café librería en el que poder pasar el tiempo
entre papel y tinta y poder sentirse acompañada de otros locos como
ella que saborearan esos libros mientras se tomaban su bebida
favorita.
Aquel sueño se quedó en el tintero,
así que ahora paseo mis ganas por los sitios que podían haber sido
míos y no fueron, pero que me acogen como si supieran lo que una vez
soñé. Y ahora, con vuestro permiso y el de esa mesa que se acaba de
quedar libre junto a la ventana, voy a tomarme un café con leche
bien calentito, una pequeña chocolatina cortesía de la casa y
alguno de los libros que empapelan los muros. Con permiso.
