El día era tan desapacible que me pensé varias veces si salir de casa o no. La opción de quedarme suponía, con toda seguridad, seguir contribuyendo al hundimiento del lado izquierdo del sofá. Así que me lié la manta a la cabeza y salí por la puerta dispuesta a pasearme por "los madriles". Una vez hube bajado del tren, dejé que mis pies decidieran dónde ir porque, normalmente, suelen acertar con el camino. Y así fue como llegué al Thyssen (estos tunantes, siempre intentando culturizarme).
El viento soplaba tan fuerte que arremolinaba mi pelo justo delante de los ojos, de manera que fuera casi imposible caminar dos pasos sin retirarlo continuamente, sobre todo si no quería desayunarme a algún turista japonés. Cuando por fin conseguí ver con claridad hacía dónde iba, me encontré de bruces con una exposición de Cezanne. ¡Qué maravilla! El único problema es que, como yo, otros "tropecientos mil" también se toparon con lo mismo. Había que cambiar de tercio y el destino me volvió a tapar los ojos con el pelo, para que, al retirarlo por enésima vez, viera otro cartel anunciando la exposición dedicada a Darío de Regoyos, el principal representante español del impresionismo. Cezanne tendría que esperar a mejor ocasión.

Y pocas veces me he alegrado tanto de un cambio de rumbo. Siempre he sentido la necesidad de sentir y una de las mejores formas de hacerlo es descubriendo cosas. Confieso, con vergüenza, mi ignorancia sobre la figura de Regoyos y, aunque para algunos esto no merezca el castigo divino, para mí sí que se merece al menos un pescozón. Porque había estado perdiéndome algo hermoso, algo grande.
Darío de Regoyos fue un asturiano que se empapó de todo lo que significaba el impresionismo para adaptarlo a sus paisajes y a su mundo. Llevó los estudios de luz y de ambientes a la playa de La Concha o a la Diagonal de Barcelona, a las calles de Bruselas o de Córdoba. Estudió en Madrid y maduró por Europa, especialmente en Bruselas y París, en donde se hizo amigo de Pisarro o de Whistler. Pero nunca dejó de volver al norte, creando una conexión especial con los paisajes vascos.

La primera sala tiene una luz especial, pero no provenía solo de los focos, sino que salía directamente de los cuadros. En su primera etapa, el artista se encargó de recoger toda la luz que pudo y llevársela a sus pinturas. Con pinceladas todavía precisas, a veces incluso con espátula, consigue plasmar esa luz, el ambiente, los cambios del día. Es impresionante su cuadro Effets de lumière, de 1881, donde vemos las luces que se escapan de las pequeñas farolas de la plaza de la estación del norte, en Bruselas, para atravesar los ventanales de un pequeño kiosko pintado en primer plano.
Después paso a la siguiente sala, pero decido pasar de puntillas por su serie "La España negra". Aunque con la misma fuerza que la sala anterior, aquí ha bajado el volumen de luz y ya no me siento tan a gusto. De pronto, la luz de la luna me da de lleno en la cara, fría, blanca y resplandeciente. ¡Increíble!
Vuelve a cambiar la intensidad, a aumentar esa luz, pero ya no brilla como al principio. Creo que es por la técnica del puntillismo que decidió utilizar en su nueva etapa. Para mí, todo parece cubierto con un velo transparente. Sigo adelante y me convenzo de que el pintor adora los paisajes urbanos, costumbristas; hay más mercados locales, puentes y vistas panorámicas por m2 que campos amplios y montes. Me paro en la imagen de la calle de Alcalá de Madrid, arbolada, sin edificios, pero con la Cibeles.
Sin cansarse nunca de viajar ni de pintar, Darío de Regoyos decidió por fin establecerse en Barcelona, y recrear esta ciudad y sus alrededores, sin renunciar nunca a trabajar al aire libre. Decidió que la enfermedad no le impidiera seguir atrapando la luz de las calles, de los puentes, de los edificios, mañana, tarde y noche.
En esta ocasión no he conseguido encontrar un libro adecuado que acompañara esta exposición. Así que, si vosotros sabéis de alguno, no dudéis en decírmelo. Me encantará echarle una ojeada.