Cuando me sumé al reto de Serendipia recomienda, elegí este título como una de las lecturas porque venía descrito como un libro divertido, que hacía reír y hacía pensar. Yo venía de maravillarme con Mil soles espléndidos, pero había sentido tanto y tan fuerte con esta novela que necesitaba un respiro, alguna válvula de escape. Y así fue como me encontré frente a Un bonsái entre tú y yo, de F. J. Rohs.
La historia está narrada con toques de humor y nos presenta a un padre de dos hijos casi adolescentes que decide pasar las vacaciones en un pueblecito (Dreamville, nada menos) tranquilo y sencillo, para alejarse de todo el estrés y la pesada carga que supone la gran ciudad. Aquí conoce a Collete, también con hijos, que se convierte en su mejor amiga y que le hará pasar un verano inolvidable junto al entrañable profesor que les enseñará las técnicas del cuidado de los bonsáis.
Con un lenguaje ágil, de expresiones muy cercanas, a veces un poco atropellado, como si el protagonista estuviera hablando con sus colegas, iremos conociendo los "entresijos" de la mente de Kevin y sus "sesudas" reflexiones filosóficas dirigidas a "sesudos investigadores de la Universidad de Milwaukee y Oklahoma".
En general, la historia es bastante típica. La hemos visto miles de veces en esas pelis para la televisión que nos tragamos los domingos después de comer con la idea de dar una cabezadita. Pero su lenguaje ligero y la forma divertida de contarlo hacen que, como ocurre a veces en esas pelis domingueras, nos enganchemos y no podamos dejar el libro. El argumento, las escenas, algunos diálogos, los hemos visto miles de veces en comedias románticas y familiares. Sin embargo, no me ha producido ningún rechazo, al contrario, me ha resultado muy entretenida y agradable. Todo tiene cierto aire de película hollywudiense: la descripción del entorno, los nombres de los protagonistas. Crees estar en una comedia de Meg Ryan y, de repente, te saltan a la cara referencias tales como el pirata Garrapata, el chorizo en la cesta del pinic o Benji y Oliver. Los ojos se me pusieron como platos.
Es verdad que está llena de tópicos: la Harley, la sabia y eficaz profesora de los niños y, especialmente, el sabio maestro de los bonsáis. Pero la narración es tan agradable y simpática que no me ha importado en absoluto presuponer la historia. Quizás fuera mi estado de ánimo, predispuesto al algodón de azúcar, o mi necesidad de simple diversión, o las dos cosas, pero el caso es que me he divertido, me he relajado y he pasado un rato agradable. Y esa es también una de las finalidades de un libro, ¿o no?
El espíritu necesita, a veces, sonreír, relajarse y pasar un buen rato, sin más pretensiones. Si os encontráis en este caso, este libro podría ser una buena opción.