domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 26 de marzo de 2017

Momentos musicales

No leer sin escuchar a la vez.



Ella estaba segura de haber oído, a lo lejos, el sonido de los cascos de los caballos acercándose a la aldea. Habían empezado ya las primeras nevadas y, dentro de muy poco, todo se quedaría encerrado sin remedio en el pequeño valle que unía las dos montañas gigantes donde habitaban esos dioses tan furiosos que dirigían las vidas de los habitantes del poblado y que obligaban a muchos de ellos a marcharse lejos para asegurarse de poder resistir un invierno más. Era lógico que de un momento a otro volvieran los que se habían marchado al comenzar el otoño.
   Ella casi había olvidado porqué había llegado allí o cuánto tiempo hacía de aquello. Solo recordaba su decisión de quedarse, la paz de su mente y de su cuerpo al haber encontrado su objetivo, la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto. El calor de aquella pequeña mano a la salida de la escuela donde acababa de despedirse la sacudió por dentro y la llenó de una convicción absoluta sobre lo que tenía que hacer, permanecer allí hasta su vuelta. Fue tan fácil; solo tuvo que hacer lo que había hecho siempre, no luchar contra lo que se le presentaba, dejarse arrastrar por las circunstancias, pero esta vez sintiéndose feliz, segura de que eso era exactamente lo que quería.
   Así que cuando el ruido de los caballos era ya evidente, cuando la gente se arremolinaba a la entrada de la aldea para recibir a los jinetes, ella apenas podía respirar, solo esperaba verlo llegar entre los demás. Los rumores decían que las luchas habían sido más crudas esta vez, que los enfrentamientos con los compradores en el mercado habían sido mayores, que cada vez era más difícil proteger los productos y conseguir después un buen precio por ellos. Y se aferró a aquella pequeña mano caliente y blandita que había seguido con ella todo ese tiempo.
   Por fin desmontaron los jinetes, por fin aquella manita pudo soltarse de la suya y por fin pudo verlo a él cogiendo al pequeño en volandas y estrujándolo como si estuviera hecho de algodón. Por fin podía sentir aquel latigazo en la punta de los dedos que sintió cuando lo había cogido de las manos para despedirse, aquel chispazo al acariciar su cara cuando le prometía que cuidaría de aquellas manitas calientes y regordetas. Por fin pudo abrazarlo todo lo fuerte que le dejaron sus brazos y sentir la misma tormenta eléctrica que sintió en la despedida. 
   Caían ya los primeros copos, blancos y grandes como plumas. Había que prepararlo todo para el invierno. La casa estaba fría aún, hacía falta recubrirla muy bien de todas aquellas cosas que les unían sin que hubiera una razón lógica. Solo así podrían superar todas las idas y venidas que les estaban aguardando agazapadas. Y el brazo que rodeaba su cintura y la pequeña mano que calentaba su espíritu le aseguraron que pasaría muchos muchos muchos inviernos en aquella aldea.

Qué cosas imagina la mente cuando escucha una música mágica como esta. Sennen no Inori, del grupo japonés Himekami.

domingo, 12 de marzo de 2017

El maestro: Sorolla

Casa museo Joaquín Sorolla. Madrid
Eso de que no solo de pan vive el hombre es una verdad como un templo, porque también vive de darle gusto al espíritu: con arte, con días de sol y con buena compañía. Y ya después se dedica uno al pan, al vino, al aperitivo y a unas buenas raciones con los amigos.
   Ayer fue uno de esos días que salen redondos, que empiezas con un paseo mañanero mientras notas los primeros calorcitos de un sol que promete, sigues con una exposición de esas que te llenan el alma y acabas pasando de unas risas a otras, hablando de lo divino y de lo humano, y brindando por Sorolla.
   ¿Por qué precisamente por Sorolla? Porque gracias a él veníamos de disfrutar de esas cosas que solo los grandes artistas consiguen: transmitir; transmitir sensaciones, atmósferas, vivencias y luz, eso es lo que don Joaquín había hecho en esos cuadros, y nos había dado de lleno a nosotros. Así que... ¡A brindar por él!
   La entrada en su casa ya es un privilegio. Te recibe un jardín pequeño y encantador que parece estar siempre lleno de luz, da igual como esté el día, y que te lleva despacito, de patio a patio y de fuente a rincón hasta la entrada. Dentro está su casa, llena de su vida: sus cuadros, sus pinceles, sus libros, sus fotografías, y estoy segura que de sus pensamientos. Esta vez, además, estaba también la exposición Sorolla en París, que recogía aquellas pinturas con las que el maestro dejó boquiabiertos a los artistas parisinos, al tiempo que él también los admiraba, aprendía de ellos y se hacía más grande, transformando todo aquello en su propia forma de pintar.
   
Cosiendo la vela
Él venía de Venecia, de aprender allí también de los grandes, llevando con él su admiración por Velázquez, que no es poco, lo que le permitía valorar mejor lo que encontraba. De aquí pasó a París, y allí les enseñó algo de lo que llevaba bajo el brazo, a ver qué les parecía. ¿Qué les iba a parecer?:
"Una vez más es un extranjero, Joaquín Sorolla, de Valencia, quien da la nota más resonante y quien produce la mayor impresión”. -- Charles Yriarte, Supplément du Figaro, Paris, 1895."
(…) [los apuntes] encerraban en sus pocos centímetros cuadrados toda la brisa marina, toda la magia huidiza del Mediterráneo, con un brío, con una ciencia, con un ardor, con una flexibilidad y un virtuosismo en los valores, que maravillaban la vista y el espíritu”. -- Camille Mauclaire. L’Art et la Décoration, 1906."
   Sorolla aprendió todo lo que pudo, en lo que era el centro del mundo artístico, empapándose del naturalismo, el impresionismo y la increíble vida artística que existía en París. A cambio les dejó la luz del Mediterráneo, la calidez de su sol, la habilidad de pintar la atmósfera y su maestría para tocar el corazón, al menos el mío.
  Yo sentía la brisa del mar cuando te acercas a la orilla para mojarte los pies, notaba el calor del sol cuando te sientas en las rocas, el frescor y el resguardo de las parras cuando fuera aprieta el bochorno. Notaba su amor por su familia en los retratos que se exponían, el respeto por el otro en sus pinturas de pescadores, mujeres y niños, y su enorme amor al mar. Era imposible pasear entre sus cuadros sin emocionarse, sin disfrutar. Alguna amiga me enseño su carne de gallina ante una de sus obras. A menos que se tuviera agua en las venas o los pies muy doloridos, era impensable moverse por allí, de paso, como el que ve escaparates; no quedarse clavado al suelo ante un agua cristalina que se movía y reflejaba los rayos del sol; no abrir la boca como un bobo viendo chapotear a los niños en la orilla o a los pescadores arrastrando sus barcas.
Pescadores valencianos

    No, imposible. La única posibilidad que esta exposición dejaba era la de marcharse de allí flotando, habiendo alimentado al espíritu con el mejor manjar, y dejándolo ya listo para las necesidades del cuerpo, que en este caso se apaciguaron con un tinto ribera, un blanco barbadillo y unas raciones a su altura.
   "Aquello no es pintar, es robar a la naturaleza la luz y los colores. -- Vicente Blasco Ibáñez, 1887."

domingo, 5 de marzo de 2017

Una auténtica montaña rusa

No sé que me pasa últimamente con los libros que leo, que me resulta muy difícil escribir sobre ellos. Algunos, porque apenas me han sacudido y han sido más un entretenimiento en los viajes que una vivencia. Otros, porque han supuesto tantos altibajos que no sé cómo explicarlos.
   Eso es lo que me pasa con La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, que no sé por dónde empezar. Porque todo ha sido un subir y bajar constante. Ha habido momentos verdaderamente magistrales, en los que la ironía estaba manejada con tanta habilidad que las carcajadas se me escapaban en medio de un vagón atestado de gente comatosa y anestesiada por lo intempestivo de la hora. Esa ironía hacía que el ridículo o la grosería de lo que se vivía en la novela se mantuvieran sujetos, sin escaparse, para que la escena resultará genial en vez de grotesca. Otras veces, sin embargo, me tenía que meter entre pecho y espalda unas cuantas páginas de pensamientos e ideas manidas que me cansaban más que el madrugón que acababa de darme y que me hacían buscar cuánto faltaba para el final; un "subeybaja" continuo, ¡vaya!
   A pesar de eso tengo que ser honesta y confesar que Onofre Bouvila ha conseguido engancharme la mayor parte del tiempo, y con él, y sobre todo, su ciudad, Barcelona, con la que cambia y crece y se transforma a la vez. La historia de los dos se une de exposición universal en exposición universal. Desde 1888 a 1929, el autor nos cuenta la historia de Barcelona y de España, utilizando a Onofre y todo lo que le rodea, que no es poco. Vemos cambiar a los dos al mismo tiempo, uno gracias a la otra y al revés, dando saltos en el tiempo a través de los recuerdos del protagonista. Esto me resultaba a veces un poco confuso, pero enseguida volvía a situarme en el meollo y a coger las riendas. Esos saltos, además, han estado acompañados del más puro estilo "esperpéntico" de Valle Inclán, al entremezclar perfectamente la descripción cruda y real con la superstición y la legenda.
Publicado por DOVEL

   Onofre es un niño pobre que se marcha a la gran ciudad a ganarse la vida, dando con sus huesos en una pensión de mala muerte donde aprende a sobrevivir y donde se une a ciertas personas que le acompañarán el resto de su vida. Será su inteligencia, su frialdad y su falta de escrúpulos los que le llevarán a lo más alto, a la abundancia y al poder más absolutos, influyendo en todo, absolutamente en todo lo que transforma Barcelona.
   La forma de narrar es tranquila, pausada, como de otra época, cuando se escribía para que leyéramos sin prisa, solamente para contarnos cosas y no para sacudirnos permanentemente. Por eso se detiene en los detalles, en la descripción de las escenas y de los pensamientos, sobre todo de Onofre, sin apenas diferenciar los diálogos, que no son muchos, de la narración. Los golpes de ironía y de sarcasmo aparecen a todas horas y sin avisar, como si el autor quisiera romper el ritmo de las vidas tristes y sórdidas de los personajes, algo que he agradecido muchísimo para superar esos momentos en los que desconectaba de la historia.
   
Exposición universal de 1929
Que es una novela interesante, no hay duda; que se merece el reconocimiento que tiene, no lo discuto; pero que me ha producido una sensación de amor-odio permanente, por supuesto. Y esto es lo que me hace tan difícil describirla y analizarla como seguramente se merece. Por eso, lo mejor en estos casos, es dejar paso a las experiencias de otros, para comparar y aprender. Así que, aquí os dejo el guante.

domingo, 19 de febrero de 2017

El Principito

Mientras estudiaba el bachillerato, El Principito era una de esas lecturas  que entusiasmaba a todo el mundo; leerlo te incluía en los grupos "culturetas" del momento; era el libro que "había" que leer si querías entrar en las conversaciones "guays"; era la historia que te tenía que impactar si querías demostrar tu "riqueza" interior. Y yo, que siempre he estado fuera de lugar, que nunca he conseguido encajar en ninguna parte y que "demostraba" haberme caído de otro planeta, tenía mis narices totalmente metidas en El Quijote y mi corazón atado a Becquer. Cuanto más entusiasmo demostraban los demás, menos ganas me daban a mí de leerlo, y este defecto, que me ha acompañado hasta ahora, ha mantenido este libro lejos de mí durante años. 
   Sin embargo, un buen día, el destino que es muy suyo, decidió volver a la carga y hacerme entrar por el aro. Buscando lecturas para mi clase de francés (a ver si avanzaba de una vez por todas), intentaba alcanzar un novela de Amin Maalouf que algún "reponedor espabilao" había decidido colocar en la última balda de la estantería. Como si fuera un complot del cosmos, en el intento se calló a mis pies un libro pequeño y de pocas páginas, que además tenía el precio perfecto. Y fue así como El Principito se presentó ante mis narices al cabo de los años, dándome otra oportunidad para enmendar mi error. Y aunque torcí el gesto de nuevo, terminé rindiéndome a la evidencia.
   
   Página a página, y poco a poco por algún que otro tropiezo con el idioma, fui descubriendo lo que había enamorado a mis compañeros de bachillerato y a miles de personas en todo el mundo. Paso a paso fui entrando en los entresijos de la historia, viajando con el pequeño príncipe por todos esos planetas hasta llegar al nuestro. Fui desentrañando la "moraleja" que Antoine de Saint-Euxpéry presentaba con ese envoltorio de cuento infantil, sus reflexiones sobre la amistad, la soledad, el objetivo que cada uno se marca en la vida, y todos esos rasgos que la mayoría de vosotros ya sabréis.
   Y así llegué al final, en un abrir y cerrar de ojos, en un volver y pasar de página; con una sensación muy agradable y el orgullo personal de haber superado un antiguo prejuicio. Soy consciente de que no estoy descubriendo nada nuevo y de que no aporto nada original sobre sus virtudes. Pero me da igual; yo me paso por aquí para contar lo que siento con un libro, aunque no siempre consiga transmitirlo con eficacia, y a que me contéis, si queréis, lo que habéis experimentado vosotros. Así que, ¡adelante!

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