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jueves, 10 de julio de 2014

Manías que crean dependecia

Todos tenemos manías y quien diga lo contrario miente "cual bellaco". Quizás sean manías pequeñas, quizás sean más una costumbre, quizás sean muy comunes y pasen desapercibidas; puede haber miles de posibilidades. En mi caso, con los libros, estas manías son como una droga: tengo que llevarlas a cabo obligatoriamente si no quiero caer en un estado de "abstinencia" que me impida ver lo que miro y entender lo que leo. ¡Qué le voy a hacer! 
   Hay quienes lo llaman "rituales", puede que lleven razón: los ritos son más importantes de lo que nos pensamos en nuestra vida; da igual la época, la cultura o la ideología, nos entregamos a ciertos rituales que nos hacen sentir seguros, parte de algo más importante o, simplemente, dueños de nuestros actos. Para mí, estas "manías-costumbres-rituales" deben ser seguidas y respetadas antes de empezar a leer un libro.
   En primer lugar, lo toco durante un rato, suavemente, con la yema de los dedos, entre las hojas y por la portada, no es necesario mucho tiempo; debe ser el suficiente para notarlo y para tener tiempo a percibir su olor, el segundo paso.
   El aroma de un libro es esencial para mí. El olor de la tinta y del papel es diferente en cada ejemplar, el aroma del libro al empezar a leerlo y al terminarlo, también es distinto. Y ya ni os cuento el perfume que siento al entrar en una librería o papelería; para mí es como el olor a tierra mojada, un auténtico placer.
   En tercer lugar, me agencio un buen lapicero, de los que usaba de pequeña, color madera, con la mina firme y muy negra y el nombre de su procedencia grabado en letras doradas. ¡Qué placer cuando ese libro tiene unos buenos márgenes para poder anotar lo que me viene a la cabeza mientras leo! En este caso, soy algo más flexible: a veces, consiento en usar una libreta en la que anotar cosas de mayor enjundia que escaparían de esos márgenes, por muy anchos que fuesen. Además, ahora mi blog me exige ciertas concesiones a nuevas manías.
   Y por último, si es un libro que estaba esperando como agua de mayo, le hago una ceremonia especial acompañándolo de una buena taza de té, que bien puede ser con hielo si estamos a cuarenta grados a la sombra, tampoco quiero ser "enfermiza".
   Así que, después de todas estas confesiones sobre mis manías más ocultas y adictivas, me pregunto: ¿Cómo puñetas soy capaz de disfrutar con un libro electrónico?

miércoles, 9 de octubre de 2013

La responsabilidad de leer

Toda mi vida he leído por placer. Incluso en el instituto, cuando teníamos lecturas obligatorias, me gustaba leerlas, nunca me supuso ningún trauma ni me creó rechazo a la lectura ni nada por el estilo. Al contrario, me descubrió libros a los que jamás me hubiera acercado por mi propia iniciativa, como El conde Lucanor, o Los milagros de Nuestra Señora. Sí, ya sé que puede resultar muy pedante decir esto hoy en día, y más cuando el informe de la OCDE nos deja a la cola en lectura y en matemáticas. Pero es que es verdad. Me gustaron esos libros, y como lo que me gustaba entonces y me gusta ahora es leer, pues me daba igual si era "guay" o no era "guay" (entonces decíamos "mola" o "no mola"). 
   Ahora, desde que tengo el blog y doy mi opinión sobre lo que leo y compruebo la cantidad de cosas que hay por ahí flotando, que me leería sin dudar, y cuando compruebo lo retrasada que voy con mis entradas y cuando me encuentro con un libro que no me gusta nada de nada..., pues me trastoco toda. Sí, me trastoco, me desorganizo, me descoloco y empiezo a agobiarme y a sentir la responsabilidad de escribir sobre todo lo que leo, a toda costa, sea lo que sea, valga lo que valga, me guste o no me guste.
   No me entendáis mal, en absoluto me arrepiento de este blog, ni tampoco de dar mi opinión, pero a veces creo que me pongo un poco nerviosa pensando en lo que debería o no debería hacer con un determinado libro. Si no me gusta nada ¿Lo dejo? ¿Doy mi opinión? ¿Lo termino pero no lo comento?
   Estos últimos meses me ha pasado alguna vez encontrarme con un libro que no me decía nada, que me aburría, incluso que me desagradaba. En otro momento de mi vida lo hubiera dejado sin más y me hubiera despachado a gusto sobre él con quien quisiera oírme. Ahora, sin embargo, pienso en los posibles lectores de mi blog que, quizás, quisieran tener un punto de vista más sobre ese libro, o en que me vendría bien para llenar ese hueco que tengo en tal o cual semana, o pienso en el autor y me da palo poner verde su libro. ¡Ya ves! Como si el autor me leyera normalmente. En esos momentos, siento la responsabilidad de leer, porque, aunque sean muy pocas, sé que hay personas a quienes les gusta leer mi blog y leen con interés mis comentarios. Así que espero que todo esto sea fruto de mi inexperiencia en esto de los blogs y vuelva a despreocuparme el resultado de la lectura, y simplemente piense en el placer de leer. Y seguiré comprobando si habéis comentado o no, cual es vuestra opinión, si me comprendéis y descubriré que estáis ahí.

jueves, 27 de junio de 2013

Y por fin ... El verano.

Parece ser que, en verano, todo es posible. Todas aquellas cosas que no hemos sido capaces de hacer a lo largo del año queremos resolverlas en verano. Ese mueble que restaurar, ese idioma que aprender, ese libro que leer. Pensamos que, en verano, el tiempo es un enorme chicle que se estirará hasta hacernos posible cualquier cosa.
   Personalmente no he sido capaz de llevar a cabo nada de esto en ningún verano de mi vida. Cuando era niña, porque la siesta ocupaba gran parte de la tarde, seguida de los juegos en la calle hasta la puesta de sol. De joven, porque el tiempo se me iba con los amigos en las piscinas y en las escapadas a la montaña los fines de semana. Ya de adulta, el tiempo no era tal: no crecía, sólo se escapaba. Y así han ido pasando los años sin que sea capaz de aprovechar realmente ese "tiempo infinito" que parece ser el verano.
   En estos días en que ya hace calor y la pereza y la "galbana" se nos echan encima sin que podamos hacer nada, me he dedicado a navegar por multitud de blogs que hablan de libros. La norma general es la recomendación de títulos para leer este verano, las reflexiones sobre el tipo de libros que hay que elegir en esta época y cómo viajar cargados de títulos. 
   Yo no me atrevo a hacer tal cosa. Cada vez que he intentado hacerme con una lista de posibles lecturas, todo se trastocaba y terminaba leyendo algo completamente distinto. ¿Por qué? Porque creo, sinceramente, que son los libros los que me eligen a mí. ¿Cómo? No lo sé, pero termino encontrándome con otros libros diferentes a lo que yo había decidido.
   Recuerdo un verano en que, por fin, había convencido a mi madre (mi proveedora oficial) de que me prestara el libro que ella estaba leyendo para mi viaje de vuelta a casa. Ella (bendita sea) leyó como una posesa para terminarlo a tiempo de mi salida y así lo tuve en mis manos en el mismo momento en que salía por la puerta para coger el autobús. Cuando hicimos la primera parada para descansar, repostar y "liberar" lastre, decidí echar un ojo a los libros que se vendían en la tienda del área de servicio. Y allí estaba, flamante, con su elegante portada, mirándome fijamente y gritándome: "cómprame, cómprame". Era La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.  Y de esa manera, "traicioné" el regalo de mi madre por el pálpito que me causó este libro. 
   Otras veces, renunciaba a mis títulos por regalos inesperados, por insistentes recomendaciones de amigos, por alguna presentación hecha en mi programa de radio favorito, con entrevista incluida del autor, etc., etc., etc.
Y así es como llegamos a la conclusión de esta gran decisión veraniega: no luchéis contra los elementos, dejaos llevar, poneos frente a los libros y dejad que alguno os elija. Me extrañaría mucho que os defraudaran. 
   Pero esto no quiere decir que no espere que me contéis qué libros preferís para el verano, y cuales son vuestras experiencias. Os espero.

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