Todos tenemos manías y quien diga lo contrario miente "cual bellaco". Quizás sean manías pequeñas, quizás sean más una costumbre, quizás sean muy comunes y pasen desapercibidas; puede haber miles de posibilidades. En mi caso, con los libros, estas manías son como una droga: tengo que llevarlas a cabo obligatoriamente si no quiero caer en un estado de "abstinencia" que me impida ver lo que miro y entender lo que leo. ¡Qué le voy a hacer!
Hay quienes lo llaman "rituales", puede que lleven razón: los ritos son más importantes de lo que nos pensamos en nuestra vida; da igual la época, la cultura o la ideología, nos entregamos a ciertos rituales que nos hacen sentir seguros, parte de algo más importante o, simplemente, dueños de nuestros actos. Para mí, estas "manías-costumbres-rituales" deben ser seguidas y respetadas antes de empezar a leer un libro.
En primer lugar, lo toco durante un rato, suavemente, con la yema de los dedos, entre las hojas y por la portada, no es necesario mucho tiempo; debe ser el suficiente para notarlo y para tener tiempo a percibir su olor, el segundo paso.
El aroma de un libro es esencial para mí. El olor de la tinta y del papel es diferente en cada ejemplar, el aroma del libro al empezar a leerlo y al terminarlo, también es distinto. Y ya ni os cuento el perfume que siento al entrar en una librería o papelería; para mí es como el olor a tierra mojada, un auténtico placer.
En tercer lugar, me agencio un buen lapicero, de los que usaba de pequeña, color madera, con la mina firme y muy negra y el nombre de su procedencia grabado en letras doradas. ¡Qué placer cuando ese libro tiene unos buenos márgenes para poder anotar lo que me viene a la cabeza mientras leo! En este caso, soy algo más flexible: a veces, consiento en usar una libreta en la que anotar cosas de mayor enjundia que escaparían de esos márgenes, por muy anchos que fuesen. Además, ahora mi blog me exige ciertas concesiones a nuevas manías.
Y por último, si es un libro que estaba esperando como agua de mayo, le hago una ceremonia especial acompañándolo de una buena taza de té, que bien puede ser con hielo si estamos a cuarenta grados a la sombra, tampoco quiero ser "enfermiza".
Así que, después de todas estas confesiones sobre mis manías más ocultas y adictivas, me pregunto: ¿Cómo puñetas soy capaz de disfrutar con un libro electrónico?



