domingo, 21 de febrero de 2016

De misterios con Cervantes

El protagonista del libro que acabo de terminar se define como un loco de los tangos, del ron cubano y de Cervantes, aunque no sé si por este orden. Como he disfrutado tanto con su historia y algún que otro "pero", he decido rendirle un merecido homenaje creando el ambiente adecuado mientras me pongo a redactar la entrada.
   Lo primero sería empezar con un buen tango, banda sonora de la novela, pero no poseo tangos en mi discoteca ¿Cómo solucionarlo? Hecho mano de Chavela Vargas, lo más parecido que encuentro a la melancolía "tangera". El ron va a ser más difícil de sustituir; no tengo nada remotamente parecido, y acompañar a Chavela con Coca-Cola, mi primera opción, me parece una falta de respeto, así que he terminado dando sorbitos a una copa de Pedro Ximénez. En cuanto a Cervantes, nada mejor que "picotear" a lo largo del Quijote diversos pasajes, tan solo para disfrutar de la genialidad del maestro. Y con esta preparación light, empiezo a escribir.
   Cuando me topé con El escudero de Cervantes y el caso del poema cifrado me pareció un título propio de Agatha Christie, suficiente para que llamara mi atención. El argumento de la solapilla sobre un profesor de instituto envuelto en una intriga que le obliga a buscar un antiguo manuscrito inédito de don Miguel hizo el resto.
   Nuestro protagonista se llama Miguel Saavedra y, evidentemente, es un experto en su tocayo. Su tranquila vida como profesor se pone del revés al conocer a una estudiante estadounidense que "parece" querer saberlo todo sobre Cervantes (y sobre el profesor), y también, cuando su exmujer le entrega un misterioso soneto destinado al escritor, encontrado por casualidad entre los papeles de la biblioteca personal de una importante familia.
   A partir de aquí todo son misterios, intrigas, verdades a medias, investigaciones, corazones rotos, fantasmas personales y familiares, aventuras, todos los ingredientes necesarios y muy bien mezclados para que el autor, Manuel Berriatúa, haya creado una entretenidísima novela de misterio, con la que he disfrutado de lo lindo.
   Los personajes no son demasiado profundos o "tridimensionales" (palabrita que he leído por ahí más de una vez y que me gusta lo "profesional" que queda), pero resultan simpáticos y cercanos. El lenguaje del hilo temporal actual es algo rimbombante y artificial, pero terminó gustándome eso de poder leer un vocabulario culto pero asequible, con el que rescatar la riqueza de nuestro idioma. Por otro lado, esa manía de algunos autores de trufar una historia con su opinión sobre diferentes temas es algo que me cansa bastante, pero aquí se hace de una forma sutil, sin demasiada insistencia. El misterio familiar de nuestro Miguel del presente no me encajaba demasiado en la trama, pero tampoco me disgustó esta especie de "novela intercalada" a modo de homenaje al Quijote. Y, finalmente, los dos hilos temporales, muy bien enlazados y en perfecto equilibrio, me han permitido pasear por Sevilla en dos siglos diferentes, recorrer calles de Madrid que tengo un poco abandonadas y regresar a uno de mis primeros viajes de la infancia.
   Solo puedo deciros que, salvo algún que otro frunce de ceño y de labios, las hojas volaban ante mis ojos, la intriga me tenía totalmente enganchada y la forma de contar de Manuel no me dejaba escapar de sus páginas. La vida del escudero Andrés, del profesor Miguel y de los amigos y enemigos que les rodean, junto con algunos diálogos bastante divertidos me han hecho disfrutar muchísimo, algo que siempre le agradezco a un libro.
   
Este libro fue el ganador del último Premio Círculo de Lectores de Novela, cuyo jurado son los propios lectores.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un buen broche

Un buen broche es lo que se necesita para acabar, como Dios manda, con una muy buena trilogía. Y es lo que ha conseguido Victoria Álvarez con El sabor de tus heridas. Sé que ya habréis leído "ríos" sobre él y no voy a descubriros nada, así que me limitaré a mi recorrido particular.
   Todo empezó para mí, y por causalidad, con la primera reseña que leí de Tu nombre después de la lluvia, el primer título de la trilogía de Dreaming Spires. Se produjo una especie de chispazo en mi cabeza, de esos que me anuncian lo que voy a hacer sin remedio; no hay dudas posibles: salir corriendo a conseguir la novela. Cuando la terminé, estaba perdidamente enamorada de uno de sus protagonistas (yo soy así de fantasiosa) y totalmente enganchada a la "cuadrilla" de amigos dedicados a investigar y a escribir sobre fenómenos paranormales. 
   Yo nunca he sido muy amiga de trilogías y cosas por el estilo, porque no siempre he tenido suerte con las continuaciones, pero paseando por la última feria del libro de Madrid, me encontré con la autora y me llevé a casa Contra la fuerza del viento, más una agradable dedicatoria estampada en su portadilla. En esa segunda entrega, mi amor por Lionel fue absoluto, y su puntito canalla, ahora transformado en amor verdadero (me recordaba a don Juan), solo me hacía tener más ganas de que llegara la siguiente entrega. Y llegó. Y me volví a enamorar.
   En esta última aventura, la autora les pone en un tesitura verdaderamente difícil. En esta ocasión no tienen elección; se ven obligados a embarcarse en un viaje a Centroeuropa quieran o no. No se trata de investigar un fenómeno extraordinario con el que llenar las páginas de su periódico especializado, sino de sus propias vidas. Alexander, Lionell y especialmente Oliver tratan desesperadamente de rescatar a la pequeña Chloë y para ello, ayudados por la magnética Srta. Stirling, viajan hasta Bohemia, donde sus vidas cambiarán para siempre.
   Los giros de algunos personajes, las decisiones de otros, los momentos de acción y de misterio hacen de esta novela un digno broche a la trilogía. Porque Victoria Álvarez, en El sabor de tus heridas, ha conseguido redondear cada uno de los personajes que han ido apareciendo a lo largo de todas las novelas, les ha dado más realismo. Ella ha ido eligiendo distintos ambientes para cada trama y distintas leyendas y misterios propios con los que tenernos encadenados a la historia, para resolver misterios, asistir a amores imposibles y para hacernos amigos de unos protagonistas muy creíbles, que van evolucionando a cada paso, hasta llevarles, en esta última, a un final lógico para cada uno de ellos.
   Su lenguaje es ligero y accesible, que no corriente y poco culto. Algunas de sus escenas (que a mí me parecen de lo más cinematográficas, aunque ella confiese que las veía como si fueran cuadros) te dejan sin aliento en más de una ocasión, y la combinación de aventura y acción con los momentos intimistas de los protagonistas está perfectamente lograda.
   Solo debo ponerle un pero, algo totalmente personal que nada tiene que ver con la calidad de la novela. Se trata de un giro en el comportamiento de uno de los personajes, algo que últimamente está muy de moda en toda peli, novela o serie de televisión que se precie de ser políticamente correcta y que, aunque no me molesta en absoluto, me cansa. Pero como os digo, es algo totalmente personal. No, no me pidáis que os lo cuente porque os espachurraría parte de la historia. 
   Solo os digo que os atreváis con ellas, y que si os gusta la tensión, las leyendas, la buena ambientación y los personajes bien moldeados, disfrutareis de lo lindo.

domingo, 7 de febrero de 2016

Perdida entre elfos

La vie des elfes ha sido una novela extraña. La descripción que la prof nos hizo en clase de francés sobre este libro me lleno los ojos de magia, de un lenguaje cuidado y diferente (en peu difficile, dijo ella misma) y de la posibilidad de conocer otras literaturas escritas en su propia lengua.
   Lo cogí con ganas, con muchas ganas, y me armé de un estupendo lapicero de mina fina y de post-it de colores para inundar las hojas de notas y de marcas: vocabulario interesante, gramática nueva, expresiones y frases hechas... Después de las tres primeras páginas, el sueño se convirtió en pesadilla y todas esas esperanzas de descubrir cosas maravillosas (en el texto, en el lenguaje) se esfumaron en cada tropezón que daba con las palabras y la grammaire. ¿Un peu difficile, había dicho la prof? Mucho más.
   Me resultaba imposible averiguar qué era lo que le había sucedido a la pequeña Maria. Que había desaparecido era algo evidente, que habían salido en su busca, también. Pero el momento de magia que al parecer la niña estaba experimentando en medio del bosque era algo que me costó varias lecturas repetidas y miles de idas y venidas al diccionario. Entonces, mi desesperación me hizo abandonar el papel y lanzarme de cabeza al libro digital que, con la punta del índice, me llevaba directamente a la definición de la palabra y, en caso de bloqueo total, a la traducción directa. Allí quedaron sobre la mesa del salón el lápiz, los post-it y el libro, mirándome con tristeza y un pelín de burla por mi rendición. Pero así es la vida, adaptarse o morir, y yo tenía que leer esta novela "mágica" de Muriel Barbery para la clase de francés.
   Con estas nuevas herramientas digitales fui descubriendo a trompicones que Maria era una niña muy especial que tenía el don de comunicarse con la naturaleza y que ¿en otra dimensión? otra niña igual de especial, Clara, poseía el don de trasladar al piano los sentimientos de los que la rodeaban. Ambas estarían conectadas entre sueños y visiones, comunicándose mediante la música y la naturaleza, a través del espacio y del tiempo, la primera en un pequeño pueblecito francés y la segunda en la inmortal Roma.

   Con el machete en la mano iba desbrozando las dudas, la gramática imposible, el vocabulario elegante y muy muy rico de Barbery, como buenamente podía; unas veces adivinando, otras suponiendo y las más inventando un mundo mágico de elfos y hombres que terminaron enfrentándose en una dura batalla por conseguir el poder de ambos mundos. O eso imaginaba yo.
   Pero a pesar de mis limitaciones, estoy casi segura de haber descubierto la auténtica finalidad de la autora: una historia de cuento para esconder sus reflexiones sobre la vida; unos personajes de fábulas y leyendas utilizados para hablarnos de la grandeza y la miseria de los hombres; una excusa como otra cualquiera para filosofar. Porque eso es lo que creo que hace Barbery en esta mezcla de lo onírico con lo real, de elfos y de humanos, presentarnos sus propias reflexiones sobre la vida, hablarnos de la capacidad de las personas para luchar por lo que aman, y de aferrarse a lo fantástico cuando se lo pide su espíritu.
   Sin embargo, no sé si por mi desconocimiento del francés o por que soy demasiado terrenal y un exceso de magia y filosofía me vence, he tenido la impresión de que la historia se atascaba en mitad de lo narrado y daba vueltas sobre sí misma sin terminar de despegar. Y que el final tenía que precipitarse porque ya había girado demasiado sobre el enfrentamiento entre dos bandos y el lector se merecía descansar. Sea como sea, se me dibujó en la cara una expresión de "¿ya?" y de "¿cómo?" difícil de plasmar aquí.
   En resumen, la necesidad de hacer justicia con un libro que no he conseguido descifrar del todo hace que prometa volver sobre él cuando haya sido capaz de defenderme dignamente en la lengua de Balzac. Creo que no sirve con un "creo que..." o un "por lo que me ha parecido entender..."; la autora de La elegancia del erizo se merece que descifre sus puntos de vista escondidos en los paisajes maravillosos que sin duda ha descrito en esta novela.
   Ten paciencia Muriel, aunque tarde mucho tiempo, alcanzaré la habilidad suficiente para recorrer de nuevo los montes nevados de esta aldea francesa y rescatar a la Naturaleza junto a los elfos transformados en jabalíes, ciervos y caballos y los hombres que les acompañan.

domingo, 31 de enero de 2016

Presentando autores

Hacía demasiado tiempo que no pasaba por aquí. Demasiado para mi espíritu y para mis ganas de encontrarme con vosotros. Además, la mejor forma de combatir los baches de la vida es agarrarse a lo que nos hace sentir bien.
   Entre todas las deudas que he ido acumulando en estos días, está la de hablaros de aquellos autores que no se olvidan de mí para presentarme sus últimos trabajos. ¿Qué mejor forma de recuperar este rinconcillo que de su mano?

   En primer lugar os presentaré a Andrea Vilariño, a la que debo una enorme disculpa por tardar tanto tiempo en traérosla. Ella me escribió hace ya muchas "lunas" para dar a conocer su última novela, Solo respira. La autora de Dame alas para soñar me ofrecía en este ocasión una novela "muy personal", según ella misma confesaba en su correo y que me presentaba así:
Olaia padece fibrosis quística, una enfermedad que está acabando con su vida. Tras un bache con la justicia, se enfrenta a un forzado arresto en el Centro de Estudios Clínicos, donde entra a formar parte del estudio de un medicamento que podría curarla. Ahí conocerá a otros pacientes con diversas patologías que también están siendo sometidos a tratamientos experimentales; entre ellos se encuentra Lucas, un joven fotógrafo con un doloroso tumor inoperable. Ambos sienten que están desperdiciando sus vidas con un futuro incierto y deciden huir del Centro para vivir locamente el tiempo que les quede. Una lista de deseos por cumplir, un par de billetes y una mochila es lo único que tendrán. Pero sus vidas darán un giro inesperado cuando descubran que los médicos no han sido del todo sinceros.
   Aquí os dejo la portada y unos enlaces para que os informéis mejor de todo lo relacionado con la novela:
- www.solorespira.es/
- www.facebook.com/novelasolorespira/.

   
   El segundo en llegar fue Miguel Alonso Dominchin. Traía en el archivo adjunto la cuarta entrega de No pasarán Z4, cuya sinopsis os dejo a continuación:
Permite que te haga un recorrido de 360 º por Madrid a menos de 48 horas después de sufrir una devastadora epidemia zombi. Será una visita muy rápida, casi fulminante, tus impresiones serán como tomas de Instagram. Estás serían las imágenes que captarían tus pupilas: Emilio contempla un montículo de libros ardiendo; Raúl se ata las cinchas de una loriga nazarí; Braulio le entrega a Marta su pistola; Tony desmonta un teléfono y lo arroja a la basura; Mbonka cruza su mirada con un Apolo en los jardines de Sabatini; un copo de nieve se posa sobre la mejilla de Li.
   Aquí os dejo este enlace para aquellos de vosotros que queráis saber más: 
- www.amazon.es/No-Pasar%C3%A1n-Z-Miguel-Griot-ebook/dp/B01ADJ8Q6M.

   
Y finalmente, Enrique Gallud Jardiel y su último libro de humor El arte de hacer de todo, una parodia de los libros de autoayuda y de «hágalo usted mismo». 
Este libro no es ni más ni menos que el manual de autoayuda definitivo. ¿Pretendes triunfar en tu empresa sin dar golpe? ¿Quieres limpiar tu aura astral y dejarla como los chorros del oro? ¿Necesitas saber cómo mudarte de domicilio sin perder a ningún pariente por el camino? ¿Quieres conocer las técnicas más eficaces para beber café con leche? Todo esto y mucho más lo podrás aprender en este compendio de cosas útiles para la vida, que te enseñará «a hacer de todo», como su título indica, convirtiéndote —de la noche a la mañana y sin el menor esfuerzo por tu parte— en un verdadero hombre del Renacimiento.
   Aquí os dejo este enlace para que os "echéis unas risas": humoradas.blogspot.com.es/.

   Y esto es todo, de momento, porque espero volver pronto por aquí, al menos, más a menudo de lo que lo he hecho estos últimos meses. Además, con lo que se está "cociendo" en las esferas culturales con lo de la conmemoración de la muerte de Cervantes, tengo los dedos calentitos y listos para dar salida a mis reflexiones.
Hasta la próxima.

domingo, 10 de enero de 2016

El reencuentro

Todo pasa y todo llega, que decía Machado. Han pasado los días de desorden, improvisaciones, zascandileos, etc., y han llegado los de la rutina, los horarios, las obligaciones. En todo este tiempo sin pasarme por el blog me he sentido un poco huérfana, algo desubicada y muy rara. Pero la verdad es que no era capaz de escribir una sola línea. 
   El problema no era la falta de lecturas, porque he leído, yo siempre leo, aunque sea algo que es mejor olvidar. El problema era la falta de escritura; mis dedos eran incapaces de teclear algo medianamente digerible. Mi pantalla estaba totalmente en blanco, como mi cabeza, y se llenaba y se vaciaba de frases malísimas y manidas que pretendían contar lo que estaba leyendo en esos momentos. Creo que todo tiene su momento y mi incapacidad para escribir también. Ya pasaría la sequía y volvería a recoger el guante que me lanzaba la blogosfera. Pero el tiempo pasaba y la sequía permanecía. Ahora está lloviendo afuera, así que me he decidido a probar suerte.
   El problema para mí siempre es empezar. Esta vez también. Los libros que he leído se me acumulan en la cabeza sin orden ni concierto. Intento ponerlos en fila, pero se resisten. Sobre todo porque tampoco a ellos los leí en fila, sino salteados entre trenes, sofás y alguna que otra hora muerta.

   La chica de las fotos, de Mayte Estaban, se cambiaba el puesto con La ciudad de los ojos grises, de Félix G. Madroño, un día sí y otro también. La primera me divertía por su argumento de peli de sobremesa, bien hilado y sin pretensiones, entretenido y bien contado. La segunda se me iba de la mente en más de una ocasión y, aunque muy bien escrita y con una historia de enjundia, no sé por qué, no conseguía agarrarse a mí y terminaba por dejarla a ratos, hasta que la dejé definitivamente.
   También dejé Un millón de gotas, de Víctor del Árbol, no por su calidad sino por su dureza. Había demasiado dolor, demasiado mal y sufrimiento. Y sin embargo, volvía a ella de vez en cuando, en los momentos en que la curiosidad me vencía y necesitaba saber. Hasta que ciertas escenas me golpearon por dentro de tal manera que fui incapaz de sacar partido de lo que leía y se quedó, definitivamente, en el sueño de los justos.
   
Así que me lancé de cabeza a lo que parecía lo que en realidad fue: una novela sencilla, entretenida, con cierto misterio en su argumento y ambientada en la Inglaterra victoriana. Secretos del corazón, de Camila Winter me trajo cierta paz de espíritu mientras se resolvía el misterio de una novia desaparecida antes de la boda y de otra que estaba a punto de cometer el mayor error de su vida si se casaba con quien no amaba. Sencillita, pero entretenida, me sirvió para volver a retomar el ritmo, con tranquilidad y sin tener que hacer esfuerzos.
   Y llegó Puerto Escondido, de María Oruña. Con un asesino en serie, con horrores del pasado y crímenes en el presente. Con historias en dos tiempos y personajes interesantes y bien armados. De la que disfruté bastante y con la que endulcé el sabor amargo de mis escarceos anteriores. Una de las que acabé porque me apetecía y que no alterné con ninguna otra porque se merecía toda mi atención. Cuando, de repente, llegó el final, y mi espíritu volvió a estar perdido y yendo de la Ceca a la Meca sin conseguir parar en el camino.

   Me crucé con Atados por error, de Ruth Lerga, de la que mejor no hablar. Con La femme au miroir, de Eric-Emmanuel Schmitt, de la que no puedo decir nada coherente porque no he conseguido entender la mitad de lo que decía (esto me pasa por pensar que sé lo que no sé de francés) y con los deberes de clase, que empecé con emoción y que me fueron deprimiendo a medida que sumaba las veces que tenía que acudir al diccionario para seguir el hilo: La vie des elfes, de Muriel Barberi, esa que me había despertado las ganas de escuchar de nuevo a Enya, esa que le prof me había presentado tan bien envuelta que no pude resistir, esa que me hablaba de mundos mágicos y niñas más mágicas aún, y que se presentaba hecha todo un reto. 
   
No era tanto el vocabulario desconocido (el diccionario incorporado de la tableta hace maravillas), ni la gramática misteriosa de una manera de escribir absolutamente poética. Eran los dobles sentidos de las palabras, el mensaje filosófico escondido en cada descripción, lo que se sobreentendía detrás de una frase que, aparentemente sencilla, no tenía sentido en ese contexto, salvo por lo que ocultaba.
   Y aquí estoy, descifrando el jeroglífico que Barbery me ha puesto delante de los ojos, que empezó siendo uno de los deberes de clase y se ha convertido en un "a ver quien puede más" personal. Y encantada de volver de la sequía.
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