No me fío demasiado de los famosos que escriben novelas, aunque sean periodistas con un trabajo detrás que les avala. No es justo, lo sé, pero mis experiencias me apoyaban. Hasta ahora. No me importa equivocarme cuando me encuentro con un buen libro. No me importa en absoluto si he disfrutado con el argumento, con su forma original de plantearlo, con las diferentes historias que encierra o con sus personajes, sobre todo si me los creo.
Así ha sido como Carlos del Amor me ha sorprendido, para bien, con su novela El año sin verano. Alguna cosilla por ahí se le queda sin rematar, algún hilván me ha parecido un pelín fantasioso, pero, en general, me he paseado muy a gusto por ese edificio de siete pisos fisgando en la vida de sus inquilinos y, de paso, en la del propio autor. Gracias a su vena cotilla (¿o a su deformación profesional?) nos colamos en las casas de varios vecinos del edificio y recorremos sus vidas, entre las pistas dadas por lo que allí se encierra y la imaginación del autor que va rellenando los huecos que quedaban vacíos.
El narrador se encuentra con la tentación de un manojo de llaves que abre todas las casas del edificio y un mes de agosto que le deja las casas vacías para que no pueda resistirse a esa vena voyeur que todos tenemos.
Así va completando no solo los huecos de los vecinos "fisgados" sino también de sus "circunstancias", que diría Ortega, de todo lo que les rodea y todo lo que les ha llevado hasta donde están, de sus familias, de sus sueños, de su futuro. Cada personaje está envuelto en un historia propia que, en sí misma, podría ser otra novela. De ahí que sea imposible aburrirse con lo que se cuenta, aunque haya alguna bajada de ritmo, muy leve, en la narración, aunque más parece que el autor tenía sueño después de tanto deambular por las casas de otros, y hubiera dado una cabezada sobre el borrador de la novela.

Simón y Ana son quienes más le atraen, le impactan. Quizás por lo que parece una historia de amor de esas eternas, o por que él fue periodista, o por ser la primera intimidad invadida. Por eso, quizás, se convierte en ese hilván que sujeta a las demás: a un cartero que se siente justiciero en causas ajenas, a una portera que hace honor a su profesión, a una madre con el coraje de siete, a un matrimonio donde la mujer podría llamarse perfectamente Olvido o al relaciones públicas nocturno, tercero en discordia. Y entre medias, cruzándose como por descuido, un inspector de policía y un barrendero, tan bien perfilados que, aunque secundarios, tienen su propio peso.
Son historias de amor, todas y cada una de ellas. Son diferentes historias de amor, con sus propios matices, algunas demoledoras, con traiciones, con investigaciones policiales, con recuerdos familiares, con muestras a lo largo de los años, con resignación y sacrificios, pero de amor al fin y al cabo. Y las soportamos todas porque no hay ñoñería, porque el lenguaje es sencillo, cercano, periodístico a veces, pero sincero; porque los que huyen del "te amo, te quiero" no se sienten atacados por subidas de azúcar, sino por profundos sentimientos, tan humanos y reales, que seguro que reconocen más de uno como propio.
Sí, me había equivocado. Pero me gusta equivocarme si, cuando me equivoco, disfruto y encuentro una nueva posibilidad de que pueda volver a disfrutar más adelante.