Repasaba con el dedo mi lista de libros electrónicos pendientes; los de papel se habían agotado de momento, hasta que fuera de nuevo por casa de mi proveedora oficial o me diera un paseito por unas cuantas librerías. De repente, mi dedo se paró en Africanus, el hijo del cónsul, un pequeño niño romano entre un grupo de soldados y bajo un apellido: Posteguillo. Ya estaba decidido: historia de Roma, de Hispania, del mundo.
Mi experiencia anterior con este escritor me despertaba esas cosquillas de "ganas de empezar" que entran cuando estás casi segura del éxito de la lectura. Mis necesidades literarias en esos momentos eran exclusivamente de diversión y entretenimiento, pero también sabía que aprendería muchísimo con la excelente documentación de los libros de este autor, y podría desempolvar lo poco que quedara en mi cabeza de mis años de carrera.
Empecé a leer. Y empecé a caer en las redes de ese lenguaje tan visual del escritor, de esa forma tan plástica de presentarte las escenas, que te hacen "mirar" la historia como si estuvieras en el cine. Su forma de escribir está cargada de sentimiento, de vida; me transmite fuerza, me hace entrar de lleno en la historia.
Así conocí al joven Hanibal y al pequeño Publio Cornelio Scipion, metiéndome en sus casas, en medio de las conversaciones con sus padres, tíos y hermanos, en sus vidas y viendo como les unía el destino. Acompañé a Hanibal cuando perdió a su padre luchando contra las tribus iberas de la península y, más tarde, cuando conquistaba Sagunto. Me di una vueltecita por la domus de los Escipiones, empezando por el impluvium y terminando por el tablinium, y luego me empapé bien de toda la preparación militar del pequeño Publio por cuenta de su tío Cneo. Vi forjarse una guerra por la simple ambición de algunos políticos, la lucha de los habitantes de Sagunto por sobrevivir a la conquista de los cartagineses.
Vi como se forjaba la venganza en la cabeza de Hanibal, sus ideas de conquistar Roma, su paso a través de media Europa hasta cruzar los Alpes, no solo con un enorme ejército, sino también con un buen puñado de elefantes, y sentí la fuerza, el carácter y la inteligencia del hombre que estuvo a punto de destruir el imperio romano.
Vi como el pequeño Publio se enamoraba, como iba a la guerra por primera vez, salvaba la vida de su padre, conseguía el respeto del que sería su amigo de por vida y se forjaba, poco a poco, como el hombre capaz de hacer frente al indestructible Hanibal.
Me ha vuelto a asombrar la habilidad de Santiago Posteguillo para tenerme pendiente de cosas que, en situaciones normales, no hubiera dudado en leer en diagonal: el asalto a una ciudad, la organización de las tropas en el campo de batalla, los asedios. Él ha cogido los antiguos textos que narran estos años de historia, las leyendas escritas por los cronistas del momento, los cantos de los literatos antiguos, y les ha dado vida y les ha dotado de realismo y les ha convertido en un genial relato que pasa ante nosotros con la misma fuerza de una película.
Los personajes son tan reales, el mundo en el que se mueven tan auténtico, que he vivido con ellos cada paso que han dado y meditado, sus dudas y sus miedos. He conocido a sus familias y a sus amigos, a sus soldados al mando y a sus enemigos más acérrimos. Les he acompañado al teatro y a las reuniones del senado; a los encuentros con los jefes de las tribus conquistadas y a las reuniones con los generales antes de la batalla. He asistido a sus miedos y a sus dudas, pero también a su seguridad casi irracional, cuando parecía que todo estaba en su contra.
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Cartago Nova |
Y de esta forma, otra vez más, Santiago Posteguillo me ha hecho disfrutar de sus 720 páginas casi sin darme cuenta, sin más ambición que la de pasar un buen rato, sin pretensiones de sacudir conciencias o despertar almas, simplemente ofreciéndome un viaje a un mundo que existió hace mucho tiempo, lleno de manipulaciones políticas, sobornos y traiciones. Me ha mostrado sus ceremonias sociales y sus rituales bélicos y me ha entretenido de lo lindo, a la vez que me enseñaba como podría haber sido la vida de aquellos que crearon los cimientos sobre los que vivo yo hoy.
Lógicamente, no me queda de otra que seguir con la trilogía de Escipión, no sé si ahora o más adelante, pero seguir.