Cuando me desperté esta mañana, era muy temprano aún como para empezar a trajinar por la casa. Todavía guardaba el calorcito de las sábanas y era el momento perfecto para sentarme en el sofá, en silencio, con una buena taza de café en la mano, y abrir el ordenador y pasearme por la blogosfera a ver qué encontraba. De vez en cuando suelo ir de aquí para allá por la sección de cultura de los periódicos digitales. Busco todo tipo de noticias y curiosidades, como por ejemplo la multa de 26 millones de dólares que el cineasta chino Zhang Yimou debe pagar por "haber violado la política del hijo único en China" (sí, sí, la frasecita se las trae, pero ya hablaremos más adelante de la corrección gramatical de los periodistas). O la otra, también interesantísima, sobre el escritor George Orwell y un accidente que le pudo costar la vida al zozobrar el bote en el que viajaba, un año antes de terminar su famosa novela 1984, donde la verdadera noticia estaba en la próxima publicación de sus memorias (algo que descubrí llegando ya al final del artículo).
En eso momento mis ojos se pararon en la palabra "librerías" que estaba acompañada de "curiosas" y entonces "se abrió un rayo de luz entre el enlace de la noticia y yo, y surgió el flechazo...".
Cuando abrí el artículo del ABC.es, me encontré con las diez librerías más curiosas del mundo, en las que pude entrar gracias a una fotografía de presentación y una breve descripción de lo que es y contiene cada una de ellas. Nada comparable con poder estar en ellas, evidentemente, pero cuando esto es físicamente imposible, una debe conformarse con cerrar los ojos (o abrirlos, todo va en gustos) e imaginarse paseando entre libros, estantes, palcos de teatro, pilares de una catedral, puertas giratorias convertidas en estanterías llenas de libros, etc. Sí, sí, tal y como os lo cuento. ¿No os parece maravilloso? No os perdáis el artículo por favor; cualquiera que adore los libros rayará el suelo con los dientes.
Así que, mientras terminaba mi taza de café, pensaba qué sensación tendría si pudiera pasearme por las naves de una antigua catedral, iluminada todavía por la luz que traspasa sus vidrieras, buscando libros que, solamente, podrían estar en la sección de historia. O, cómo sería buscar un libro mientras apartaba las hojas de un árbol o subía por una enorme escalera de caracol pensando en tomarme un oporto mientras decido qué libro comprar.
¿No os parece un auténtico sueño?
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