Una dice: "¡Hola" Ya estoy de vuelta", cuando se ha ido a alguna parte, pero no es mi caso. Ni he hecho envidiables viajes por lugares exóticos ni he disfrutado del lugar de mis orígenes familiares ni me he escondido del mundanal ruido. No, me he quedado aquí, en mi casita, en mi pueblo y en mi trabajo, salvo alguna escapada de "largo puente".
Sin embargo, creo que tengo todo el derecho a decir: "¡Hola! Ya estoy de vuelta", porque mi abandono de este rincón mío ha sido absoluto. Y no penséis que no lo echaba de menos, pero los impedimentos no son solo cuestiones físicas, sino también mentales; una desidia gigantesca se ha venido de vacaciones a mi casa, y las largas tardes de verano, se ha sentado conmigo en el sofá, me ha cogido de las manos y me las ha colocado en el mando de la tele, para impedirme hacer nada más que cambiar de canal o de ver series descargadas (todo muy legal, ¡qué conste"). Sin embargo, y por fortuna, he sido capaz de que me devolviera las manos para sujetar algunos libros y pasar páginas o pantallas y, aunque no han sido demasiados, me han permitido limpiar mi conciencia de las horas pasadas delante de "la caja tonta".
Terminé hace tiempo El noviembre de Kate, de Mónica Gutierrez, que en plena solanera del verano, trajo consigo una tormenta de nieve que me vino de perlas. Fue hace tiempo, como digo, pero todavía me relamo de lo bien que me sentí leyéndola.
Después di el salto a la fantasía. Hacía siglos, ¡qué digo!, milenios que no leía una historia de fantasía, así que deslizando el dedillo por la pantalla de la tableta, me encontré con una antigua adquisición de esas que haces en un subidón de compras libreras, y que parecía decirme: "leeme leeme" desde su portada "mágica". No me hice de rogar, la verdad, paradójicamente, Desidia estaba tan activa que cualquier cosa le venía bien, y a mí también, dicha sea la verdad. Así que me puse manos a la obra con Las Tierras Blancas, de la saga Leyendas de la Tierra Límite, y me metí de lleno a preparar conjuros, atravesar páramos y bosques malditos y a salvar a la población del mal y la oscuridad. Fue una buena sensación: entretenida y relajante.
En mitad de tanto frenesí, se le coló a mi invitada Desidia un libro en francés que yo tenía la intención de utilizar para actualizar un poco lo que se me iba olvidando del curso acabado, y ¡claro!, la lectura ha resultado ser más lenta, lápiz en mano, entre subrayados, signos de interrogación, notas al margen y cabezadas en el tren. Porque Mémoires d'Hadrien, de Marguerite Yourcenar, no es precisamente una perita en dulce, por eso sigue entremezclada con el libro de turno y así puede colarse de vez en cuando en mis lecturas.
Y como colofón, le di en los morros a Desidia con una novela histórica sobre los tartesios, ¡toma castaña! Lo mismo se pensaba que tenerla merodeando todo el día haría que evitara correr riesgos. ¡Pues no señor! Me tiré de cabeza a la novela El hombre de la plata, de León Arsenal, a ver qué se cocía allá por el siglo VI a. C., cuando pululaban por aquí los fenicios, griegos, tartesios y todo el maremagnum de tribus y pueblos de la península. Acabo de pasar la última página y todavía no sé qué narices he sacado en claro. A pesar de zambullirme, no he conseguido sumergirme ni una sola vez; todo ha sido "flotar y avanzar un poco". Pero esto ya lo contaré más adelante.
De momento, os saludo de nuevo, y espero que sin nuevas despedidas, y que Desidia no se de cuenta de que se ha quedado sola en el sofá.


