Sentada en las rodillas de mi abuelo, mientras me enseñaba a enrollar la cuerda alrededor de la peonza, estaba más pendiente de los refranes con los que me aconsejaba que de la forma en que tendría que lanzarla después, para hacerla girar tanto que sus colores se confundieran con tanta vuelta. Evidentemente, el lanzamiento era un fracaso, pero el refrán se había quedado en mi cabeza, bien instalado y cómodo: "quien mucho corre pronto para, así que paciencia". Y ahí lo tengo todavía.
Siempre me han parecido tan redondos, tan precisos a la hora de expresar un sentimiento o una idea, un poco lejanos a veces, cuando la experiencia en la que se basan cambia y tienen que adaptarse o desaparecer.
Con los nuevos aires de modernidad que nos caracterizan y lo gran cosmopolitas que somos ahora, los refranes nos suenas a algo antiguo, con olor a polvo y un poco rancios, propios de provincias y pueblos pequeños donde se mantiene el polvo de la dehesa. Por tanto, los olvidamos, y los sustituimos por excelentes expresiones tomadas de frases célebres o de citas famosísimas y, así, mostramos nuestro gran nivel cultural. Como no quiero ser una mala pécora confieso que, en otras ocasiones, simplemente, nuestro entorno nunca los ha utilizado y, por tanto, apenas los conocemos.
Sea como fuere, la ocasión la pintan calva y acaba de salir al mercado librero Dichosos dichos, de Editorial Ariel, en donde tres profesores universitarios han recogido, no solo refranes, sino todo tipo de dichos y expresiones populares que llevan siglos utilizándose en una auténtica tradición oral, que es aquella que sale del alma directamente por la boca, sin traje editorial ni moda literaria, tan solo procedente de lo aprendido en las rodillas de nuestros abuelos.
Estos profesores, bajo el seudónimo de Victor Amiano, han querido mostrarnos cuanta sabiduría de siglos está contenida en estas expresiones, cuál es su significado y por qué las usamos. Con este libro aprenderemos cómo muchas de nuestras expresiones son los rescoldos de antiguas fábulas romanas, por ejemplo, o restos de antiguos textos de Homero o de Virgilio que se quedaron en la memoria colectiva. Porque no solo heredamos los ojos negros de nuestro padre o la nariz respingona de nuestra madre, también heredamos la cultura de nuestros antepasados, esa que conservamos o perdemos dependiendo de cuánto conozcamos nuestra propia historia. Esta puede ser una buena ocasión para averiguar un poco más de nuestro bagaje cultural, tan válido y rico como el que más. ¿Por qué no valernos de él? Quizás, después de este libro, nos veamos algún día con nuestros nietos en las rodillas diciéndoles: "quien mucho abarca, poco aprieta, así que aprende primero a enrollar la cuerda y después aprenderás a lanzar la peonza". ¿Habrá peonzas entonces? No lo sé, pero estoy segura de que habrá refranes.
