domingo, 22 de octubre de 2017

Un lugar a donde ir

Allí estaba yo, pasando las hojas de aquel catálogo de libros para hacer la petición mensual correspondiente, sin demasiado entusiasmo pero con demasiada urgencia, porque se acababa el plazo. Ya desesperada, mirando más que viendo, frené en seco al ver su nombre y, de nuevo, María Oruña me convenció de que recorriera paisajes con ella y conociera lo que se esconde en lo más profundo de algunos seres humanos. Y así fue como empecé a leer Un lugar a donde ir, segura de que disfrutaría con este libro tanto como con el anterior, Puerto escondido.
   Son los protagonistas de la anterior novela quienes, de nuevo, tienen que enfrentarse a un increíble misterio en la localidad de Suances. Cuando ya todos pensaban que habían vuelto a la normalidad tras los asesinatos que lo pusieron todo patas arriba hacía ya unos cuantos meses, el cadáver de una joven que parece haber viajado en el tiempo aparece en La Mota de Trespalacios, una particular construcción medieval. Todo lo que lo rodea vuelve a alterar la comisaría donde trabaja la teniente Redondo, al igual que los asesinatos que le siguen y que traerán de cabeza a nuestros protagonistas. Mientras estos investigan los entresijos de estos crímenes, Oliver Gordon se enfrenta a su propio misterio, la desaparición de su hermano Guillermo.
   Me frotaba las manos con esta nueva historia, sobre todo, porque esperaba que detrás de ese argumento hubiera mucho más, como en su anterior novela. Porque deseaba encontrarme con esos personajes tan completos, daba igual su escala de protagonismo, cada uno con su propio pasado, sus propias cicatrices, dándoles así realismo y profundidad. También, con esa forma de escribir tan fluida que hace la lectura tan fácil, con diálogos ingeniosos y un lenguaje que encaja muy bien con cada personaje. Y por último, con esa perfecta combinación de saltos en el tiempo que, a la vez que explican hechos del presente, aumentan el misterio y la intriga. Todo esto, sin olvidar la increíble labor de investigación que se refleja en los detalles y datos de las distintas disciplinas que se mezclan en la trama y que van completando el rompecabezas. 

   Y en medio de todo esto, el paisaje. Un paisaje tan protagonista como los personajes de la novela, que parece entrelazado con la historia como si esta no hubiera podido transcurrir en otro lugar, y que yo misma había tenido la suerte de recorrer no hacía mucho. Reconocía lugares y recordaba rincones, pero no era solo esto lo que me me hacía caminar de nuevo por allí, era también la habilidad de María Oruña para crear una fotografía del entorno donde pasa todo. 
   Según iba leyendo me iba encontrando con referencias a la anterior novela, pequeños guiños a personas y hechos que habían cambiado la vida de los protagonistas; suficientes para que los que habíamos leído Puerto escondido supiéramos cómo habían evolucionado algunos acontecimientos, pero no tantos como para que los recién llegados se perdieran y necesitasen leerla para saber de qué se hablaba. Aunque, sinceramente, no creo que puedan resistir mucho tiempo sin salir corriendo a por ella.
   Y así es como, otra vez, esta escritora ha vuelto a sorprenderme, a hacerme disfrutar y a que cerrase el libro con satisfacción, esperando ya su próxima obra.

domingo, 15 de octubre de 2017

Deprisa, deprisa

Hoy mismo se acaba el plazo para conseguir, totalmente gratis, el libro de Gonçalo J. Nunes Dias, El buen dictador: El nacimiento del Imperio, que se acaba de traducir ahora al español. Para ello, solamente tenéis que entrar en Amazón y "comprar en un clic". Fácil. Aquí os dejo el enlace: https://www.amazon.es/dp/B072JRPD4P.
   Lo primero que debo hacer es pedir disculpas a su autor, que me presentó su novela hace ya varios días, y por culpa del frenético ritmo de mi vida, se ha  ido quedando a la espera hasta ahora. Sin embargo, todavía estáis a tiempo de haceros con ella.
   Gonçalo es un escritor portugués, actualmente afincado en España, que ha visto como su novela conseguía un importante éxito en su país y, tras traducirla al inglés, la presenta ahora en español. 
   ¿De qué trata? Aquí tenéis la sinopsis:
"Un objeto no identificado ha aterrizado en la Luna y nadie parece conocer su origen. Gustavo, un informático de mediana edad, con una vida gris y cómoda, decide hacer una lista junto con dos amigos para intentar sobrevivir frente a un posible ataque. Obsesionado con esa lista, derrocha una fortuna, atraca una farmacia y su familia comienza a verlo como un loco y paranoico, sin embargo, después del ataque, ese loco es el que mejor se adapta a una nueva era de la sociedad".
   Gonçalo es licenciado en Ingeniería medioambiental y recursos naturales, además de ser experto en robles y en ornitología. Esta es su primera novela y acaba de publicar, no hace mucho, la segunda, que  muy probablemente será traducida el español el próximo año.
   Pero lo mejor es que acudáis a su blog, GJND Books, donde podréis encontrar más información sobre el autor y su obra. 
Así que corred, daos prisa, aprovechemos esta oportunidad.

domingo, 8 de octubre de 2017

Un cadáver muy frío, de Ana Bolox

Me encanta divertirme con un libro y notar esa sensación de bienestar y esa media sonrisa que te deja en la cara después de cada capítulo. Me gusta coger cariño a los personajes y echarlos de menos al acabar la lectura. Disfruto cuando la historia me deja con ganas de más y con la intriga suficiente por ver qué pasará después. Y todo esto es lo que he encontrado en Un cadáver muy frío, de Ana Bolox, primera entrega de Las cosas y casos de las señora Starling.
   La historia empieza de una forma bastante surrealista: según la señora Lacey, su vecino, el señor Snow, ha sido raptado por una boa y arrastrado a través de las cañerías del edificio. Ante una situación tan "dramática", y siguiendo los consejos de una amiga, nada mejor que pedir ayuda a la señora Starling que, al parecer, tiene una gran experiencia a sus espaldas en "absurdeces" parecidas. Y así, lo que empieza con una historia sin pies ni cabeza, se va complicando y va descubriendo una trama cada vez más peligrosa.
   El torbellino Anna Starling, esposa del embajador británico en Estados Unidos, y el sufrido Arthur Crawford, inspector de policía arrastrado por la primera a lo largo de todo el caso, forman la típica pareja "ni contigo ni sin ti" que te engancha desde la primera página hasta la última. Sus conversaciones son mordaces, divertidas e inteligentes; la atracción entre ellos, evidente; los momentos de peligro, excitantes y de mucha tensión; y la trama, de peso y llena de intriga.
   El resto de personajes que apoyan a los protagonistas no son un simple complemento o un apoyo necesario para que la historia avance; no, también tienen "su corazoncito", algunos más negro que el petróleo, pero todos creíbles y nada planos. Cada uno de ellos cumple con su cometido a la perfección y se van mostrando, poco a poco, a lo largo de la novela. ¿El mejor? Para mí, sin duda, ese marido resignado con las excentricidades de su mujer, Anne, y que parece estar en una "Babia" constante. ¿Lo estará realmente?
   La historia tiene muchos toques de las comedias del Hollywood de los años 50, bien hechas, bien contadas, sin fisuras y con ese encanto de lo que parece ligero pero no lo es. El caso que se investiga parece salido de una novela de Agatha Christie, donde lo más peligro es resvalarse con el borde la moqueta y los crímenes surgen en un ambiente en el que parece impensable que eso ocurra. En este caso, es el "peligroso" mundo de las maquetas de barcos antiguos el que esconde el misterio y está lleno de conjuras por el poder. Sí sí, sonreid, que ya veréis todo lo que puede dar de sí.
   Y no quiero contaros más, porque la gracia está en ir descubriendo cómo van presentándose las sorpresas, en cómo evoluciona la relación amor-odio de los protagonistas o cómo van transformándose algunos personajes. 
   Desgraciadamente, tengo un "pero", y para mí, muy grande: la edición. Me da mucha rabia, y a la vez, mucha pena, encontrar tanta errata en un libro bien escrito, de lenguaje ágil y rico: palabras mal escritas, preposiciones que faltan y otras que sobran, falta de acentos, etc. Puede que lo mío sea deformación profesional, pero es muy molesto encontrar errores continuamente porque creo que es estropear una buenísima novela, como es esta, a la que evidentemente le hubiera venido bien un par de repasos más de corrección. 
A pesar de todo, la recomiendo, y mucho. Porque nada mejor que una buena sonrisa de vez en cuando acompañada de un jugoso asesinato. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Con Fernando y Javier

Las mañanas de domingo suelo desayunar tranquilamente en la cama, y lo suelo hacer con el libro que tenga entre manos en ese momento. Es como si desayunase en compañía. Por eso me siento tan agradecida cuando un escritor se dirige a mí para ofrecerme su libro, porque es una nueva oportunidad para ese desayuno en compañía. Y aunque no siempre pueda leer su creación, sí que puedo hacer las presentaciones oportunas para que la conozcáis.
   
En esta ocasión, el café y las tostadas me las he tomado releyendo los correos de Fernando y Javier, llegados casi a la par a mi "bandeja de recibidos". Javier Torras traía consigo una colección de relatos titulada Te amaré todas las vidas; Fernando Sánchez-Ballesteros, su novela Arai no es nombre de perro, finalista del prestigiosos premio literario Felipe Trigo.
   Según riguroso orden de llegada, empezaremos con Javier y su libro de siete  relatos sobre el amor. Con tu permiso, Javier, copio aquí tus propias palabras:
"(...) que tratan otros temas colindantes como el miedo, la muerte, el destino, los sueños, las ilusiones, las casualidades... Cada relato es distinto (en trama, personajes, estilo, género, voz...) e independiente, pero a la vez todos ellos están unidos por un hilo que enlaza las palabras, las almas de los personajes. En el libro hay cuentos de princesas, historias épicas, ciencia ficción futurista, historias contemporáneas... pero en todas ellas el amor entre los dos personajes protagonistas es la esencia, un amor visto desde diversas perspectivas y con un final diferente en cada caso. Como la vida misma."
Si os interesa, no dudéis en acudir a su página javiertorrasdeugarte.com, donde, además, podréis conocer sus otros trabajos.

   En cuanto a Fernando, su amable correo me presentaba esta novela de la siguiente manera:
"¿Qué harías si toda tu vida cambiase en un instante?
Atrévete a averiguarlo y únete a Arai en la búsqueda de las palabras que el destino le tiene reservadas. Comparte sus experiencias, sus ilusiones, su amor (uno y sólo uno) y sus sueños de la mano de originales personajes: unos entrañables, otros esperpénticos y algunos exasperantes aunque divertidísimos. A su lado recorreréis el camino hacia un insólito y sorprendente final que os permitirá encontrar la palabra más especial de todas".
Según se la describe en la presentación del premio literario que antes comentaba, se trata de una obra:
"(...) que alcanza niveles de verdadero virtuosismo narrativo, que suscita el interés del lector desde la primera pagina hasta la ultima. La emoción, la intriga, la calidad literaria y el hilo conductor de la música al comienzo de cada uno de los capítulos dotan a la novela de un especial atractivo, tanto en el fondo como en la forma".
   Y nada más por hoy. Espero que vosotros también desayunéis en buena compañía.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Entre detectives y legionarios romanos

Estas últimas semanas he tenido entre manos unas lecturas bien distintas. Empecé con unos asesinatos en el Londres victoriano y terminé a orillas del Rin, en plena guerra entre germanos y romanos. De una historia de detectives que tenía a Charles Dickens como uno de sus protagonistas, a una novela histórica sobre una de las mayores derrotas sufridas por el imperio romano. ¿Por qué las he unido aquí? Por las cosas en común que han tenido para mí y, honestamente, porque no sabía si darían para una entrada propia.
   Su primer punto en común está en la manera en que las conseguí: sin pensar. Me explico. La primera de ellas El detective y Charles Dickens, de William J. Palmer, estaba en una de las estanterías de una tienda de libros de segunda mano que me topé por casualidad viniendo del trabajo. Era una de esas tardes calurosísimas en las que se derretían las piedras y la semioscuridad de la librería me hizo creer que allí encontraría el aliento que empezaba a faltarme. ¿Qué mejor que recuperarlo entre libros? Pero nada más lejos, la atmósfera dentro era más sofocante que fuera (donde, al menos, corría el aire) y una jovencísima dependienta me perseguía sin descanso ofreciéndome las "increíbles" ofertas de las que podía disfrutar. Mi agobio llegó a tal punto que, cuando vi "Dickens" y "detective" en una misma frase, no lo pensé más y lo compré, para escapar lo antes posible del bochorno. Ya leería la sinopsis más tarde.   
   La segunda novela andaba camuflándose entre las páginas de la revista de Círculo de lectores, a la que yo llevaba ojeando unos días sin encontrar nada que me convenciese. Los wasap de mi agente habían saltado sin descanso los últimos días recordándome que llegaba la fecha del pedido y que yo estaba todavía en Babia; que me decidía o me encascetaba la sugerencia del mes, que no me apetecía nada. En la misma situación de agobio que en el caso anterior, empecé a hojear la revista, hasta que mis ojos se atascaron en Valerio Massimo Manfredi y en Teotoburgo. ¡Anda! --pensé--. Una de romanos. Pues esta misma.
   
El segundo punto en común fue el entusiasmo con que las empecé a leer. En la El detective..., Palmer conseguía crear esa atmósfera tan londinense de calles húmedas, lúgubres y envueltas en niebla, donde parece que no queda más remedio que cometer un asesinato. Los personajes de Dickens y del inspector Feald, que investiga el asesinato de un conocido hombre del teatro, eran bastante convincentes, lo mismo que el del narrador de la historia, Willkie Collins, amigo personal de Dickens y autor de este supuesto manuscrito, autobiogrgáfico e inédito, que desvela las aventuras detectivescas del famoso escritor. El misterio estaba servido y la intriga también.
   La segunda novela me presentaba la historia de dos hermanos, Armin y Wulf, príncipes de la tribu de los queruscos, que son hechos prisioneros por una legión romana y llevados como rehenes a Roma para ser educados y "civilizados" a la manera del Imperio (entonces dirigido por Augusto). La descripción de costumbres de una y otra cultura, las intrigas políticas de la Urbe, el choque de mundos con el que se encuentran los dos muchachos y la habilidad de Manfredi para hacer que la Historia se convierta en un estupendo argumento novelesco me prometían una gran lectura.
   Ya estamos en el tercer punto en común: esa parte media del libro, el meollo de la historia, esa franja tan peligrosa que puede hacer que abandones un libro, ese punto crítico que, si no superas con facilidad, te pone en la disyuntiva de mandarlo todo a paseo. Y aquí, por desgracia, también coincidieron. Me encontré con una caída en picado del argumento, unas situaciones que no terminaba de entender entre los protagonistas, unas reflexiones y unas escenas que rompían completamente con el inicio de la novela, como si los dos autores se hubieran cansado de escribir, como si se les hubieran acabado las pilas en pleno proceso creador y estuvieran tratando de cruzar el foso como fuera, a ver si en la otra orilla encontraban el camino de subida.
   Mientras Palmer se recreaba, sin ton ni son, es escenas sórdidas sobre los vicios y pecados de la sociedad victoriana de aquel entonces, Manfredi metía a sus protagonistas en un acertijo sin sentido que debían resolver lo antes posible, porque se suponía que podía cambiar el curso de la Historia, pero que lo único para lo que sirvió fue para dejarme confundida y sin ser capaz de "pillarle" las intenciones al maestro. En los dos libros, sus autores habían bajado la cuesta pedaleando a toda pastilla en una bici de carreras y ahora tenían que subir la montaña sin aliento y en triciclo. Y yo empezaba a cansarme también y a desear que terminaran pronto. ¿Hay algo más triste?
 Y, por fin, el último y definitivo punto en común: el giro; ese momento en el que las cosas cambian como por un golpe de viento y la historia empieza a coger carrerilla y a engancharte de nuevo. En el primer caso, Dickens y su amigo Willkie se ven metidos de lleno en la vorágine de la investigación, como héroes y actores principales, como mano derecha del comisario Field, para conseguir las pruebas que permitan atrapar al asesino y rescatar a la "prota" (candorosa y muy femenina ella) de un destino horrible; además, lo hace entremezclando muy bien la ficción con los hechos reales de la vida del escritor. En el segundo caso, Manfredi vuelve a surgir de sus cenizas para recrear los hechos históricos con una mezcla de leyenda y realidad, metiéndose en la piel de los protagonistas para darles vida de nuevo y contándonos, de una forma frenética y emocionante, el enfrentamiento que hizo desistir a Roma de convertir Germania en una nueva provincia del imperio.
   Al terminar cada uno de ellos, me quedé con la sensación de despiste que dejan esas vivencias anodinas que no sabes cómo calificar. ¿Fueron malas lecturas? No, pero tampoco fueron buenas. ¿Me dejaron mal sabor de boca? Pues tampoco, pero no es que las paladeara más allá de la última página. ¿Las debería haber dejado en el olvido? En absoluto, pero no me sentía capaz de dedicarles una entrada particular a cada una. Así que, lo mejor era que se hicieran compañía.

domingo, 27 de agosto de 2017

Más allá del invierno

Hasta esta noche, en que nos ha visitado la tormenta, cualquier cosa que me sonara a frío me atraía. Me imaginé paisajes helados, chimeneas ardiendo para calentar unos pies gélidos, pisadas en la nieve... Pero, claro, no me paré a pensar que se trataba de Allende y que nada es lo que parece. Hay nieve, es cierto, de hecho una tormenta descomunal, que es la que desata la historia y pone a los personajes "a trabajar" en latrama. Pero no hay nada de frío, nada.
   Lo que encontramos son experiencias desgarradoras, luchas personales, fuerzas interiores y pasión, y sentimientos fortísimos, y situaciones límite... En fin, lo que suelo encontrarme en sus novelas. Lo de menos es el argumento, sino los latigazos emocionales de sus protagonistas, sus sentimientos y su lucha por sobrevivir.
   La excusa que utiliza esta vez es una tormenta que deja prácticamente incomunicados a los habitantes de Brooklyn y que pone a Lucía, Richard y Evelyn en una situación muy, pero que muy difícil. Esta situación les empuja a una aventura bastante peligrosa que, sin embargo, les servirá para curar heridas y para recuperar parcelas de su vida que habían perdido.
   Y no digo más de esto por que espachurraría por completo la novela y las sorpresas que debe ir descubriendo el lector. Así que os hablaré de Allende y de lo que me gusta de su forma de contar.
   En primer lugar, esa habilidad suya para meterme de cabeza en la historia. Casi desde el principio me siento parte del grupo protagonista, como si fueran a pedirme consejo de un momento a otro. Son personajes tan reales que tengo la sensación de conocerlos desde hace tiempo. Son fuertes, valientes y tienen que afrontar unas pruebas que hace que les admire continuamente.

   En segundo lugar, me chifla su capacidad para crear el entorno donde se mueven los personajes, siempre marcándoles el paso, determinando sus comportamientos, y que le sirve para hacer un análisis, muchas veces también una crítica, de los pecados y defectos de nuestro mundo. En él deben sobrevivir los protagonistas, mostrando sus sentimientos, sus miedos, sus fortalezas. Son tan "viscerales" siempre.
   En tercer lugar, me encanta la facilidad con la que mezcla los fenómenos mágicos, espirituales, de tradiciones ancestrales, con la más pura y cruda realidad, como para darnos un respiro o una tabla de salvación. Al menos, así lo utilizan en este caso dos de los protagonistas.
   Y como siempre hay que incluir algún pequeño "pero" para darle vidilla al asunto y poder crear un poco de discusión, he encontrado algo hacia el final (¡ay! Señor, los finales...), de aplicación de justicia propia que no me convence. Apañados estaríamos si cada uno decidiéramos qué justicia merece cada cual. Pero, oye, al fin y al cabo, es su novela, y la administra como le parece.
   
¿Y de su forma de escribir? Cálida, cercana, fácil, equilibrando perfectamente un lenguaje coloquial con la elegancia y la riqueza. Una forma de escribir clara, muy visual y yo diría... "desde las entrañas", que transmite como nadie los sentimientos y las sensaciones con las que se mueven los personajes, todos, hasta el que pasaba por allí; ese secundario cuya misión es ayudar a que tenga lugar la trama también tiene su propia historia detrás, también voy a aprender algo con él, también tiene sus propias dimensiones.
   En definitiva, por si no os habíais dado cuenta, he disfrutado de lo lindo con este libro. Y es que me gusta Isabel Allende, que le voy a hacer, con sus luces y sombras, sus tics y sus recursos, me gusta mucho. Porque siempre consigue envolverme e incluirme en su aventura.
"Se había aventurado con Richard más allá del terreno conocido y seguro, obligados ambos por la desventurada Kathryn Brown, y al hacerlo iban revelando quienes eran".

domingo, 20 de agosto de 2017

Las lecturas de mi verano

En verano, mi tiempo se sale de madre. La rutina se interrumpe continuamente por periodos  de veraneo llenos de comidas fuera de hora, aperitivos a cualquier hora, desayunos descomunales que duran horas, cenas a malas horas... todo descontrolado y salpicado a lo largo del día según surga. Este desorden, sin embargo, me permite picotear de muchas cosas diferentes y saborearlas sin prisa, paladeando, desde un paseo por la playa con el sol recién salido, o una exposición sin cabezas incómodas y miopes, hasta lecturas calmadas manchadas de arena, de horchata o de una Mahou bien fresquita.
Esas lecturas no han sido muchas si las comparamos, pero sí han sido siempre estupendas compañeras. La que llegó primero fue La casa de Vapor, de un Julio Verne decidido a pronosticar las vacaciones futuras de los aventureros que se llevan la casa a cuestas. Como su tamaño era considerable, me vi obligada a sustituirlo por Penelope Fitzgerald y su El inicio de la primavera, que se acomodaba mejor en la mochila de viaje y me traía los fríos de Rusia a principios del siglo XX. Estos dos amigos se alternaron unos días mientras los iba acabando, poco a poco, entre la cama y el tren que me devolvían a la rutina, aunque fuera solo por un tiempo.
Durante esta etapa de recuperación de la normalidad, eché mano de Care Santos para adaptarme de nuevo, ya que había estado "poniéndome ojitos" desde que Círculo la trajo a casa. Con Media vida, me colé en una reunión de antiguas compañeras de colegio y me enteré de todas sus desventuras. El sabor de boca fue extraño, fresco de paso pero con aristas y retrogusto amargo. 
Esto hizo que, con la vuelta al maravilloso desorden del segundo veraneo, me tirara de cabeza a por una lectura que yo imaginaba relajadísima, es decir, entretenimiento sin pretensiones. Busqué en la bolsa de las últimas adquisiciones, que aún colgaba del respaldo de la silla, y me decidí por La tumba perdida, de Nacho Ares quien, de la mano de Howard Carter, abrió para mí la tumba de Tutankamón y me permitió acompañarle en todos los tejemanejes y misterios que persiguieron a su descubridor y a su equipo. Empecemos el recorrido.
La casa de vapor. Un grupo de amigos atraviesan la India en el primer prototipo de caravana que Julio Verne imaginó muchos años antes de que los alemanes lanzaran la primera de su especie. Buscaban diferentes objetivos, hoy, políticamente nada correctos: uno, la caza del tigre número cincuenta, otro, la venganza por la muerte de su esposa a manos de los rebeldes sublevados contra el imperio de "su graciosa majestad", el resto, ayudar en lo que puedieran. Además del descubrimiento de zonas y costumbres del país, he descubierto cómo cambian los puntos de vista y los valores morales de una época. 
La amistad y el honor podían justificar actitudes que hoy no compartiríamos, aunque justifiquemos otras igual de inmorales. Además de comprobar los conocimientos científicos del señor Verne, he disfrutado de la aventura y de la fantasía que emocionaba a los lectores del siglo XIX.
El inicio de la primavera. Penelope Fitzgerald no me ha defraudado, como me esperaba. Caí rendida a sus pies en La librería, aunque me marché bastante cabreada con el final, igual que aquí. En un ambiente totalmente distinto a ese pueblecito de Hardborough, aunque igual de opresor, Frank Reid debe afrontar el abandono de su mujer y los conflictos sociales de principios del siglo XX en medio de los fríos rusos, mientras la primavera va llegando a Moscú, despacito. ¿Lo más increíble para mí? La capacidad de la escritora para comportarse como un auténtico autor ruso en esa capacidad de dejarme boquiabierta por el comportamiento de los personajes: extraño, incomprensible e ilógico, al menos para mí, evidentemente. 
La he visto combinar magistralmente su maravillosa capacidad de describir los paisajes al más puro estilo victoriano con esos personajes de la literatura rusa tan emocionales y extremados, que pasan del llanto a la euforia en lo que dura un abrazo; todo esto dicho desde mi exclusivo y personal punto de vista, y según mi experiencia personal of course.
Media vida. Cuatro antiguas compañeras de colegio deciden reunirse después de treinta años. Algunas han tenido relación, otras no, pero ninguna ha conseguido olvidar lo que vivieron en ese internado de monjas de los años cincuenta. Con esto os lo digo todo. 
A pesar de cuánto me gusta cómo escribe esta escritora, de su capacidad para volcar los sentimientos más extremos de sus personajes sin resultar amarillista, de la facilidad con la que consigue que conecte con sus protagonistas, en esta ocasión, me ha hecho sentirme ante un ajuste de cuentas, un resarcimiento personal o algo así, donde hay malos malísimos y buenos buenísimos, sin grises. 
Esto no quiere decir que no haya disfrutado de la novela, pero no tanto como esperaba cuando la veía tan colocadita en la estantería, teniendo en cuenta lo vivido con otras de sus obras.
La tumba perdida. Howard Carter acaba de descubrir la tumba del farón-niño, pero no solo eso; hay algo más que hace que intenten matar a sus amigos y echarle a él del país. Nacho Ares, conocido por su colaboración en Cuarto milenio, no me ofrecía muchas garantías (es que los famosos de la tele me dan cierto yuyu) y, por suerte, sin ningún fundamento. Además de encajar perfectamente los datos históricos y los posibles hechos reales con la ficción literaria, ha humanizado la figura de este egiptólogo imaginando sus miedos y dudas, los rasgos de su carácter, su relación con su mundo, etc. Y ha hecho lo mismo con Tutankamón viajando a su reinado. Me ha traído y llevado de 1922 d.C. a 1327 a.C. sin que me despeinase, disfrutando tanto de un momento como de otro y alternándolos con mucho equilibrio. Y lo mejor: ha sido capaz de "imaginar" lo que pasó en ambos periodos sin darle patadas al rigor histórico y respetando lo "posible" y lo "probable", algo que no pasa muy a menudo en la novela histórica.
Ahora me las veo con Isabel Allende que, como de costumbre, me tiene "embrujada", curiosamente, igual que hace un año por estas fechas con El amante japonés. Pero esa es otra historia, que contaré más adelante.

domingo, 30 de julio de 2017

Presentando a...

Mientras sigo luchando con el tiempo y aprendiendo a manejarlo y a ralentizarlo, vuelvo a la sana costumbre de presentaros en mi blog a los escritores que intentan abrirse camino y dar a conocer sus obras, algo que sabéis que no es nada fácil.
   En este caso, se pasó por mi correo Oscar Montoya que, con el pseudónimo de Montoya Jackson, me ofrecía la novela Últimos días de maternidad. Menos mal que este licenciado en Derecho me advertía de que el título ocultaba su auténtico contenido, porque no me veía yo frente a contracciones, paritorios, o epidurales. 
   Este eterno escritor residente en Vigo me confesaba que, después de llevar escribiendo toda su vida, fue el año pasado cuando se decidió a presentar sus relatos a un concurso, Hablando con letras, del que quedó finalista con el micro relato Código Fuente.
Como sus palabras valen más que cualquier explicación mía, os pongo a continuación la sinopsis que el autor me ha enviado, para que conozcáis de primera mano lo que contiene:
“Quiero escribir la palabra CARIÑO, pero el texto predictivo recomienda CARROÑA”.
Isabel Almoyna (madre tardía y primeriza, ex votante socialista), es una mujer casada y algo huraña, dotada de un humor descarnado. Una noche, en pleno disfrute de su permiso de maternidad, escucha discutir a sus vecinos. El hombre agrede a su mujer e Isabel llama a la policía (ha leído en Wikipedia el significado del fenómeno psicológico conocido como “efecto espectador” o “difusión de la responsabilidad”). El machista es detenido, pero posteriormente su mujer no presenta denuncia. 
Al cabo de unos días, Isabel recibe una llamada. Es de los Servicios Sociales: una trabajadora social desea entrevistarse con ella. Al parecer, ha recibido una serie de denuncias que alertan de un trato negligente, dispensado por Isabel hacia su hija. El protocolo público de protección al menor se pone en marcha. 
“Últimos días de maternidad” es el testimonio en primera persona de Isabel: una cuenta atrás donde la situación del país y del mundo se superponen a su situación personal. Todo ello aderezado con cantidades importantes de humor negro, irreverencia y crítica social. 
“Si todos los ex votantes de partidos socialdemócratas europeos encendieran un mechero al mismo tiempo, las lucecitas podrían verse desde el espacio”.
M.J.
Y esto es todo por mi parte sobre esta: "comedia autoeditada de 176 páginas". Para aquellos de vosotros que quiera saber cómo se las arregla Isabel, su creador me ha dejado los siguientes datos de contacto:
Correo:
Página Facebook:
Mucha suerte, Óscar.

domingo, 23 de julio de 2017

Frenético

Últimamente tengo la sensación de vivir en una montaña rusa, no por subir y bajar constantemente (aunque también), sino por la velocidad con que lo hago. Tengo la sensación de atravesar la vida como un rayo, sin pausa para ver lo que voy dejando a lo largo del camino. Últimamente, se me escurren las horas entre las manos; no soy capaz de hacer nada que esté fuera de la rutina diaria sin que el tiempo se "me eche encima" sin intención de apearse. Así, cuando llega la noche, no he sido capaz de hacer nada más que lo que suelo hacer cada día.
   Esto afecta especialmente a la lectura. La habilidad para devorar libros que me ha acompañado toda la vida parece haberse esfumado sin que me haya dado cuenta, y veo como los libros se apilan en la mesa sin ser capaz de aligerar su torre. Y creedme, esto ha pasado en un abrir y cerrar de ojos, que es lo más terrorífico de todo.
   Posiblemente, todo esto sea "ley de vida"; posiblemente, sea falta de habilidad por mi parte para gestionar las horas; posiblemente, necesite un curso del tan "manoseado" y "aclamado" Mindfulness que me ayude a ser más ¿provechosa? Sinceramente, no lo sé, pero os aseguro que el estrés y la fatiga padecidos hasta ahora por intentar llegar a la meta cargada de actividades "extraescolares" han llegado a su fin. Se terminó el sentimiento de culpa por no poder leer más allá de dos o tres libros al mes, y esa "angustia vital" por no tener nada de lo que escribir en el blog al final de la semana; se acabó esa pesadumbre eterna por no verme capaz de participar en retos o sorteos. C'est fini.
   A partir de ahora pienso "masticar" cada página del libro que tenga entre manos, tarde lo que tarde, sin remordimientos, porque la lectura no es un maratón para acumular títulos en un tiempo récord, sino una experiencia personal de cada lector, independientemente del tiempo recorrido. A partir de ahora, voy a "intentar" pasear al trote en vez de al galope, aunque el resto me adelante como si viajase en el AVE. A partir de ahora, me sentaré a escribir con calma, cuando tenga cosas que decir, sin importar la fecha de la última entrada, y sin necesidad de borrar una y otra vez lo que escribo o anularlo directamente porque ni yo misma percibo el mensaje.


   
   En fin, todo esto no es más que una explicación de mi falta de entradas "libreriles" o, quizás, una justificación de  mi falta de "apariciones "blogueriles" y de la acumulación de notas en la cabeza y en la libreta sobre esos últimos libros leídos y aún no reseñados. Libros más o menos afortunados pero siempre útiles. Esa La guerra de las dos rosas. Tormenta, de Conn Iggulden, que me dejó más frío que calor. O Le jardin des lumières, de Amin Maalouf, siempre sorprendente. O la que ahora mismo tengo entre las manos, La casa de vapor, de Julio Verne, que quisiera terminar (sin presión) lo antes posible para seguir con la que llevé en la maleta estos días de playa, El inicio de la primavera, de Penelope Fiztgerald, que tan sorprendida me está dejando.
   En resumen, pienso caminar tranquilamente por lo que leo para ser capaz de saborearlo y retenerlo mucho más de lo que lo he hecho hasta ahora. Pienso mirar la torre de libros acumulados con emoción ante la posibilidad de elegir una nueva lectura y no con angustia por el número de ejemplares. Me acercaré al ordenador para escribir con ganas lo que tenga revoloteando por la mente, sin la presión de una fecha o del tiempo transcurrido. Solo espero que sigáis ahí cada vez que vuelva y que no se os acabe la paciencia de asomaros a ver si realmente he vuelto. Yo ya os doy las gracias de antemano.

domingo, 25 de junio de 2017

Cartas a una extraña

Cuando ha pasado mucho tiempo de una lectura, me resulta muy difícil ser fiel a los sentimientos que me produjo. Recuerdo perfectamente la impresión final, el resultado, pero no el proceso. Tengo frescos ciertos aspectos de la historia, ciertos personajes, pero olvido esos detalles que son los que diferencian a unos libros de otros.
Ese es el caso de Cartas a una extraña, de Mercedes Pinto Maldonado, que leí in ille tempore. Menos mal que la mayoría de vosotros ya la conoceréis y no es necesario descubrir nada nuevo, tan solo que compartamos y comparemos experiencias.
Por suerte para mí, no recordaba muy bien los detalles contados en tantas reseñas como había leído antes de tenerla entre mis manos, lo que me permitió ir descubriendo por mí misma sus valores y esos detalles que me hicieron disfrutarla como una gran novela, a pesar de la mala edición que me tocó en suerte.
La escritura sencilla pero llena de fuerza de la autora, su habilidad para mostrar el carácter de los personajes a través de la descripción de su aspecto, o de su entorno, la visceralidad con que Berta se enfrenta a su pasado y al presente que tiene entre las manos llenan la historia de fuerza, de pasión y de misterio. Porque cualquier excusa es buena para que veamos todas las  miserias de que es capaz el ser humano sin escrúpulos, aunque también el ser humano con corazón y con coraje.
Me pareció maravillosa la manera de plasmar la explosión de sentimientos que sufre nuestra pobre Berta cuando vuelve a su casa de la infancia, después de haber conseguido escapar de la opresión de su fría y calculadora madre (siempre doña Alberta, nunca mamá) y de su prepotente y egoísta hermana; cómo nos transmite sus miedos, sus frustraciones, su amargura, a través de los olores que encuentra pegados a los muebles, a las paredes, a la propia casa, y que le producen ataques de pánico al recordar los peores momentos; una decoración que le aprieta la garganta y le impide respirar, haciéndole perder el conocimiento.
Además de los misterios que nuestra protagonista debe resolver y de los peligros en los que se ve metida, la autora hace todo un estudio psicológico de la maldad humana, y también de la bondad, y de cómo puede marcarnos nuestra infancia, a pesar de llegar a superarla y llevar una vida normal.
En medio de este torbellino de emociones, aparecen unas cartas como un pequeño oasis para Berta, una tabla de salvación que le servirán para mantenerse más o menos firme y serena frente a todo lo que se va descubriendo capítulo a capítulo. Unas cartas que se convierten en el único punto fiable para ella, ante las mentiras en las que había vivido y que se iban desvelando poco a poco; incluso más fiables que Teresa, el "ama" que se había ocupado de quererla y de apoyarla en los peores momentos de su vida y de la que también termina por desconfiar. Gracias a ellas se enamorará de una forma que nunca habría imaginado, conseguirá fuerzas para afrontar todo lo que se le viene encima, descubrirá partes de sí misma que desconocía.
Esa mezcla de misterio, de intriga, de miserias y virtudes humanas, de reflexiones sobre lo que somos y lo que creemos, de estupendas descripciones de los distintos paisajes y ambientes hicieron que deseara no parar de leer, que me costase trabajo apagar la tablet cuando llegaba a mi destino, que utilizara cualquier tiempo perdido para volver a acompañar a Berta y a ese detective privado tan particular que era Antonio en sus pesquisas, y que disfrutara de una gran novela.
Y por último, ¿qué pensáis del final? ¿No os pareció un poco atropellado? Quizás fuesen las pocas ganas que tenía de despedirme de esta historia, pero yo lo habría trabajado un poquito más. Ya me contareis.

domingo, 11 de junio de 2017

Entre libros

Decidí acercarme a la Feria del Libro caminando, así que bajé por la calle de Alcalá, desde Goya hasta el Retiro, despacito y por la sombra. Estaba a punto de cruzar la calle, a la altura de la Casa Árabe, cuando se presentaba ante mis ojos el primer aperitivo librero de la tarde: una librería de viejo. El escaparate estaba lleno de libros antiguos, de encuadernaciones con solera e historia propias, con contenidos de otras épocas, y yo no pegaba la nariz contra el cristal por vergüenza, pero me costaba contener el impulso.

   
Me despegué de allí con pena, pero pensando en todo lo que me esperaba dentro del parque, haciendo una lista mental de las dos o tres casetas que quería visitar sí o sí e imaginándome el resultado final de mi paseo entre los libros. Sin embargo, aún tuve que esperar.
   Faltaban tres cuartos de hora para que se abriera de nuevo la Feria. Paseábamos por allí, los impacientes de siempre, los curiosos y algunos deportistas. Mis ganas se consolaban viendo la exposición de fotografías que acompañan cada año el comienzo del recorrido desde la puerta de la calle O'Donnell, mientras los árboles me daban sombra.
   
Miré el reloj en el último panel y el tiempo seguía alargándose hasta el infinito, como si se empeñara en retrasar mi cita. Así que esperé y esperé delante de un café con hielo en una de las terrazas que dan cobijo a los visitantes, tamborileando de vez en cuando sobre la mesa, consultando las firmas de esa tarde, buscando el número de esas casetas obligadas. De pronto, empezaron a abrir los más madrugadores, los impacientes se acercaban agachando la cabeza por debajo de los cierres y algún "feriante" incluso hacía su primera venta antes de que sonase el pistoletazo de salida.
   Y por fin sonó la megafonía y, como pequeñas hormigas que aparecen de repente junto al bocata de tortilla olvidado sobre el césped, los visitantes iban inundando las calles y casetas. Al principio, tan tímidamente, que la Feria parecía desolada, y abandonada. Yo misma me sentía extraña con tanto espacio a mi alrededor, nadie me metía el codo en el costado para ser el primero de la fila y asomarse antes al muestrario de títulos, nadie se chocaba conmigo de frente metido a contracorriente en la avalancha de espectadores. Supuse que serían los 34 grados empeñados  en instalarse en el parque, o lo temprano de la tarde, y empecé el recorrido disfrutando de una ocasión que seguramente no volvería a tener en mucho tiempo.
   
   Los primeros títulos se presentaban ante mí mientras se anunciaban las actividades para los más pequeños en el pabellón de Portugal, país invitado en esta ocasión. Un libro en francés aquí, uno de Impedimenta allí, y poco a poco iba llenando los ojos de posibilidades y la bolsa, de libros. Ya llegaba al final del recorrido y en una de las casetas situada a pleno sol, en donde apenas se paraban los paseantes, vi el nombre de un escritor que mi infancia aventurera y soñadora adoraba. Julio Verne volvía a mi encuentro después de muchísimo tiempo, para sorprenderme con una novela que parecía distinta a las que me habían hecho soñar. Así que no pude resistirme a sus encantos y pasó a ser mi última adquisición.
   Hoy termina la 76 edición, y como todos los años, se marcha dejándome la sensación de no haber aprovechado lo suficiente todo lo que ofrecía. Como cada año, echo por los aires mi ritual de organización. Como cada año, se me escapan los autores que más me interesan. Como cada año, me siento aturdida ante tanto "dulce" diferente, sin saber cuál elegir o probar. Como cada año, todo pasa muy rápido y vuelvo a hacerme la promesa de organizarme mucho mejor el año que viene. Pero sé, que el año que viene volveré a perderme entre los libros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Arcadia

Cuando empecé a leer esta novela, me parecía encontrar continuamente alusiones a otros libros fantásticos: Alicia en el País de las Maravillas o Las crónicas de Narnia, además de Orwell y por supuesto Tolkien. Esto no me molestaba en absoluto, porque me garantizaba una buena formación del autor y, muchas posibilidades de una buena obra. Después, según avanzaba la historia, me iba sorprendiendo cada vez más con la mezcla de géneros que se perfilaban y que prometían un relato de lo más original. Y así ha sido. Esta novela puede ser perfectamente literatura fantástica, por supuesto de misterio, pero también romántica, de aventuras, de ciencia-ficción y, si mi apuráis, hasta novela negra. Todo ello, se reparte en tres hilos temporales diferentes, muy bien combinados y alternados, sin que uno destaque sobre los demás, aunque yo haya  tenido mi preferido, pero eso es simplemente una cuestión de gustos personales.
   Algunos de los protagonistas nos cuentan en primera persona su historia, mientras que un narrador omnisciente nos relata el resto de lo que va pasando. Y así nos vamos metiendo en los diferentes mundos y vamos saltando de una historia a otra. No creáis que es fácil hablar del argumento sin espachurrar partes importantes que, creo, deben ir descubriéndose poco a poco, al menos no lo es para mí. El profesor Lytten está escribiendo una novela en la que imagina un mundo ideal, según su criterio, que se convierte en el eje que enlaza unos personajes con otros, a través del tiempo y del espacio. Pero contar cómo sucede esto, como se van cruzando los protagonistas de los distintos momentos y lugares revelaría muchos detalles que es mejor ir descubriendo poco a poco y que se van intuyendo gracias a la estupenda habilidad del autor para crear tensión y misterio, para hacernos dudar en determinadas ocasiones, para empujarnos a sospechar de todo y de todos. Incluso he buscado la sinopsis que se hace de la novela en internet y, evidentemente, cuenta bien poco: Rosie se encuentra en el sótano de su amigo Henry Lytten la entrada a otro mundo, Anterworld, y en él vive todo tipo de aventuras. Mientras, a este lado, Lytten también vive las suyas propias. Y en otro diferente, un científico esta trabajando en una máquina con la que trata de demostrar que el tiempo y el espacio no existen. Esto no aclara demasiado, ¿verdad? 
   
Pues bien, la virtud de esta novela es precisamente esa vaguedad sobre el argumento, que permite que el lector vaya imaginando, intuyendo y descubriendo lo que pasa, poco a poco, saboreándolo. Además, cuenta con unas excelentes descripciones de los diferentes entornos en los que se desarrolla la novela y de algunos personajes, de quienes hace un retrato psicológico a través de su aspecto físico. También aprovecha el autor los distintos mundos para hacer valoraciones sobre la sociedad, algunos hechos históricos, la valentía de algunos personajes. Es curioso como en cada uno de esos mundos existe un rebelde que se revela contra lo establecido; una buena moraleja. Confieso, sin embargo, que en algunos momentos no sabía muy bien a dónde quería llegar el autor y me sentía un poquito perdida; he llegado a sospechar de cualquier nuevo personaje que aparecía en la historia, sintiéndome a veces un pelín paranoica. Pero, en general, ha sido una estupenda tarea de investigación.
   En conclusión, he disfrutado mucho de una novela bien escrita, con estupendas descripciones de los ambientes y los personajes, salteada de toques de sarcasmo y de ironía, con alguna que otra realidad imaginada que asusta y muy muy original. Solo puedo dar las gracias a nuestra amiga Mónica Serendipia por darme a conocer esta historia a través de su blog. Espero que alguno de vosotros se anime también a hincarle el diente. 

domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 26 de marzo de 2017

Momentos musicales

No leer sin escuchar a la vez.



Ella estaba segura de haber oído, a lo lejos, el sonido de los cascos de los caballos acercándose a la aldea. Habían empezado ya las primeras nevadas y, dentro de muy poco, todo se quedaría encerrado sin remedio en el pequeño valle que unía las dos montañas gigantes donde habitaban esos dioses tan furiosos que dirigían las vidas de los habitantes del poblado y que obligaban a muchos de ellos a marcharse lejos para asegurarse de poder resistir un invierno más. Era lógico que de un momento a otro volvieran los que se habían marchado al comenzar el otoño.
   Ella casi había olvidado porqué había llegado allí o cuánto tiempo hacía de aquello. Solo recordaba su decisión de quedarse, la paz de su mente y de su cuerpo al haber encontrado su objetivo, la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto. El calor de aquella pequeña mano a la salida de la escuela donde acababa de despedirse la sacudió por dentro y la llenó de una convicción absoluta sobre lo que tenía que hacer, permanecer allí hasta su vuelta. Fue tan fácil; solo tuvo que hacer lo que había hecho siempre, no luchar contra lo que se le presentaba, dejarse arrastrar por las circunstancias, pero esta vez sintiéndose feliz, segura de que eso era exactamente lo que quería.
   Así que cuando el ruido de los caballos era ya evidente, cuando la gente se arremolinaba a la entrada de la aldea para recibir a los jinetes, ella apenas podía respirar, solo esperaba verlo llegar entre los demás. Los rumores decían que las luchas habían sido más crudas esta vez, que los enfrentamientos con los compradores en el mercado habían sido mayores, que cada vez era más difícil proteger los productos y conseguir después un buen precio por ellos. Y se aferró a aquella pequeña mano caliente y blandita que había seguido con ella todo ese tiempo.
   Por fin desmontaron los jinetes, por fin aquella manita pudo soltarse de la suya y por fin pudo verlo a él cogiendo al pequeño en volandas y estrujándolo como si estuviera hecho de algodón. Por fin podía sentir aquel latigazo en la punta de los dedos que sintió cuando lo había cogido de las manos para despedirse, aquel chispazo al acariciar su cara cuando le prometía que cuidaría de aquellas manitas calientes y regordetas. Por fin pudo abrazarlo todo lo fuerte que le dejaron sus brazos y sentir la misma tormenta eléctrica que sintió en la despedida. 
   Caían ya los primeros copos, blancos y grandes como plumas. Había que prepararlo todo para el invierno. La casa estaba fría aún, hacía falta recubrirla muy bien de todas aquellas cosas que les unían sin que hubiera una razón lógica. Solo así podrían superar todas las idas y venidas que les estaban aguardando agazapadas. Y el brazo que rodeaba su cintura y la pequeña mano que calentaba su espíritu le aseguraron que pasaría muchos muchos muchos inviernos en aquella aldea.

Qué cosas imagina la mente cuando escucha una música mágica como esta. Sennen no Inori, del grupo japonés Himekami.

domingo, 12 de marzo de 2017

El maestro: Sorolla

Casa museo Joaquín Sorolla. Madrid
Eso de que no solo de pan vive el hombre es una verdad como un templo, porque también vive de darle gusto al espíritu: con arte, con días de sol y con buena compañía. Y ya después se dedica uno al pan, al vino, al aperitivo y a unas buenas raciones con los amigos.
   Ayer fue uno de esos días que salen redondos, que empiezas con un paseo mañanero mientras notas los primeros calorcitos de un sol que promete, sigues con una exposición de esas que te llenan el alma y acabas pasando de unas risas a otras, hablando de lo divino y de lo humano, y brindando por Sorolla.
   ¿Por qué precisamente por Sorolla? Porque gracias a él veníamos de disfrutar de esas cosas que solo los grandes artistas consiguen: transmitir; transmitir sensaciones, atmósferas, vivencias y luz, eso es lo que don Joaquín había hecho en esos cuadros, y nos había dado de lleno a nosotros. Así que... ¡A brindar por él!
   La entrada en su casa ya es un privilegio. Te recibe un jardín pequeño y encantador que parece estar siempre lleno de luz, da igual como esté el día, y que te lleva despacito, de patio a patio y de fuente a rincón hasta la entrada. Dentro está su casa, llena de su vida: sus cuadros, sus pinceles, sus libros, sus fotografías, y estoy segura que de sus pensamientos. Esta vez, además, estaba también la exposición Sorolla en París, que recogía aquellas pinturas con las que el maestro dejó boquiabiertos a los artistas parisinos, al tiempo que él también los admiraba, aprendía de ellos y se hacía más grande, transformando todo aquello en su propia forma de pintar.
   
Cosiendo la vela
Él venía de Venecia, de aprender allí también de los grandes, llevando con él su admiración por Velázquez, que no es poco, lo que le permitía valorar mejor lo que encontraba. De aquí pasó a París, y allí les enseñó algo de lo que llevaba bajo el brazo, a ver qué les parecía. ¿Qué les iba a parecer?:
"Una vez más es un extranjero, Joaquín Sorolla, de Valencia, quien da la nota más resonante y quien produce la mayor impresión”. -- Charles Yriarte, Supplément du Figaro, Paris, 1895."
(…) [los apuntes] encerraban en sus pocos centímetros cuadrados toda la brisa marina, toda la magia huidiza del Mediterráneo, con un brío, con una ciencia, con un ardor, con una flexibilidad y un virtuosismo en los valores, que maravillaban la vista y el espíritu”. -- Camille Mauclaire. L’Art et la Décoration, 1906."
   Sorolla aprendió todo lo que pudo, en lo que era el centro del mundo artístico, empapándose del naturalismo, el impresionismo y la increíble vida artística que existía en París. A cambio les dejó la luz del Mediterráneo, la calidez de su sol, la habilidad de pintar la atmósfera y su maestría para tocar el corazón, al menos el mío.
  Yo sentía la brisa del mar cuando te acercas a la orilla para mojarte los pies, notaba el calor del sol cuando te sientas en las rocas, el frescor y el resguardo de las parras cuando fuera aprieta el bochorno. Notaba su amor por su familia en los retratos que se exponían, el respeto por el otro en sus pinturas de pescadores, mujeres y niños, y su enorme amor al mar. Era imposible pasear entre sus cuadros sin emocionarse, sin disfrutar. Alguna amiga me enseño su carne de gallina ante una de sus obras. A menos que se tuviera agua en las venas o los pies muy doloridos, era impensable moverse por allí, de paso, como el que ve escaparates; no quedarse clavado al suelo ante un agua cristalina que se movía y reflejaba los rayos del sol; no abrir la boca como un bobo viendo chapotear a los niños en la orilla o a los pescadores arrastrando sus barcas.
Pescadores valencianos

    No, imposible. La única posibilidad que esta exposición dejaba era la de marcharse de allí flotando, habiendo alimentado al espíritu con el mejor manjar, y dejándolo ya listo para las necesidades del cuerpo, que en este caso se apaciguaron con un tinto ribera, un blanco barbadillo y unas raciones a su altura.
   "Aquello no es pintar, es robar a la naturaleza la luz y los colores. -- Vicente Blasco Ibáñez, 1887."

domingo, 5 de marzo de 2017

Una auténtica montaña rusa

No sé que me pasa últimamente con los libros que leo, que me resulta muy difícil escribir sobre ellos. Algunos, porque apenas me han sacudido y han sido más un entretenimiento en los viajes que una vivencia. Otros, porque han supuesto tantos altibajos que no sé cómo explicarlos.
   Eso es lo que me pasa con La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, que no sé por dónde empezar. Porque todo ha sido un subir y bajar constante. Ha habido momentos verdaderamente magistrales, en los que la ironía estaba manejada con tanta habilidad que las carcajadas se me escapaban en medio de un vagón atestado de gente comatosa y anestesiada por lo intempestivo de la hora. Esa ironía hacía que el ridículo o la grosería de lo que se vivía en la novela se mantuvieran sujetos, sin escaparse, para que la escena resultará genial en vez de grotesca. Otras veces, sin embargo, me tenía que meter entre pecho y espalda unas cuantas páginas de pensamientos e ideas manidas que me cansaban más que el madrugón que acababa de darme y que me hacían buscar cuánto faltaba para el final; un "subeybaja" continuo, ¡vaya!
   A pesar de eso tengo que ser honesta y confesar que Onofre Bouvila ha conseguido engancharme la mayor parte del tiempo, y con él, y sobre todo, su ciudad, Barcelona, con la que cambia y crece y se transforma a la vez. La historia de los dos se une de exposición universal en exposición universal. Desde 1888 a 1929, el autor nos cuenta la historia de Barcelona y de España, utilizando a Onofre y todo lo que le rodea, que no es poco. Vemos cambiar a los dos al mismo tiempo, uno gracias a la otra y al revés, dando saltos en el tiempo a través de los recuerdos del protagonista. Esto me resultaba a veces un poco confuso, pero enseguida volvía a situarme en el meollo y a coger las riendas. Esos saltos, además, han estado acompañados del más puro estilo "esperpéntico" de Valle Inclán, al entremezclar perfectamente la descripción cruda y real con la superstición y la legenda.
Publicado por DOVEL

   Onofre es un niño pobre que se marcha a la gran ciudad a ganarse la vida, dando con sus huesos en una pensión de mala muerte donde aprende a sobrevivir y donde se une a ciertas personas que le acompañarán el resto de su vida. Será su inteligencia, su frialdad y su falta de escrúpulos los que le llevarán a lo más alto, a la abundancia y al poder más absolutos, influyendo en todo, absolutamente en todo lo que transforma Barcelona.
   La forma de narrar es tranquila, pausada, como de otra época, cuando se escribía para que leyéramos sin prisa, solamente para contarnos cosas y no para sacudirnos permanentemente. Por eso se detiene en los detalles, en la descripción de las escenas y de los pensamientos, sobre todo de Onofre, sin apenas diferenciar los diálogos, que no son muchos, de la narración. Los golpes de ironía y de sarcasmo aparecen a todas horas y sin avisar, como si el autor quisiera romper el ritmo de las vidas tristes y sórdidas de los personajes, algo que he agradecido muchísimo para superar esos momentos en los que desconectaba de la historia.
   
Exposición universal de 1929
Que es una novela interesante, no hay duda; que se merece el reconocimiento que tiene, no lo discuto; pero que me ha producido una sensación de amor-odio permanente, por supuesto. Y esto es lo que me hace tan difícil describirla y analizarla como seguramente se merece. Por eso, lo mejor en estos casos, es dejar paso a las experiencias de otros, para comparar y aprender. Así que, aquí os dejo el guante.
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