domingo, 31 de enero de 2016

Presentando autores

Hacía demasiado tiempo que no pasaba por aquí. Demasiado para mi espíritu y para mis ganas de encontrarme con vosotros. Además, la mejor forma de combatir los baches de la vida es agarrarse a lo que nos hace sentir bien.
   Entre todas las deudas que he ido acumulando en estos días, está la de hablaros de aquellos autores que no se olvidan de mí para presentarme sus últimos trabajos. ¿Qué mejor forma de recuperar este rinconcillo que de su mano?

   En primer lugar os presentaré a Andrea Vilariño, a la que debo una enorme disculpa por tardar tanto tiempo en traérosla. Ella me escribió hace ya muchas "lunas" para dar a conocer su última novela, Solo respira. La autora de Dame alas para soñar me ofrecía en este ocasión una novela "muy personal", según ella misma confesaba en su correo y que me presentaba así:
Olaia padece fibrosis quística, una enfermedad que está acabando con su vida. Tras un bache con la justicia, se enfrenta a un forzado arresto en el Centro de Estudios Clínicos, donde entra a formar parte del estudio de un medicamento que podría curarla. Ahí conocerá a otros pacientes con diversas patologías que también están siendo sometidos a tratamientos experimentales; entre ellos se encuentra Lucas, un joven fotógrafo con un doloroso tumor inoperable. Ambos sienten que están desperdiciando sus vidas con un futuro incierto y deciden huir del Centro para vivir locamente el tiempo que les quede. Una lista de deseos por cumplir, un par de billetes y una mochila es lo único que tendrán. Pero sus vidas darán un giro inesperado cuando descubran que los médicos no han sido del todo sinceros.
   Aquí os dejo la portada y unos enlaces para que os informéis mejor de todo lo relacionado con la novela:
- www.solorespira.es/
- www.facebook.com/novelasolorespira/.

   
   El segundo en llegar fue Miguel Alonso Dominchin. Traía en el archivo adjunto la cuarta entrega de No pasarán Z4, cuya sinopsis os dejo a continuación:
Permite que te haga un recorrido de 360 º por Madrid a menos de 48 horas después de sufrir una devastadora epidemia zombi. Será una visita muy rápida, casi fulminante, tus impresiones serán como tomas de Instagram. Estás serían las imágenes que captarían tus pupilas: Emilio contempla un montículo de libros ardiendo; Raúl se ata las cinchas de una loriga nazarí; Braulio le entrega a Marta su pistola; Tony desmonta un teléfono y lo arroja a la basura; Mbonka cruza su mirada con un Apolo en los jardines de Sabatini; un copo de nieve se posa sobre la mejilla de Li.
   Aquí os dejo este enlace para aquellos de vosotros que queráis saber más: 
- www.amazon.es/No-Pasar%C3%A1n-Z-Miguel-Griot-ebook/dp/B01ADJ8Q6M.

   
Y finalmente, Enrique Gallud Jardiel y su último libro de humor El arte de hacer de todo, una parodia de los libros de autoayuda y de «hágalo usted mismo». 
Este libro no es ni más ni menos que el manual de autoayuda definitivo. ¿Pretendes triunfar en tu empresa sin dar golpe? ¿Quieres limpiar tu aura astral y dejarla como los chorros del oro? ¿Necesitas saber cómo mudarte de domicilio sin perder a ningún pariente por el camino? ¿Quieres conocer las técnicas más eficaces para beber café con leche? Todo esto y mucho más lo podrás aprender en este compendio de cosas útiles para la vida, que te enseñará «a hacer de todo», como su título indica, convirtiéndote —de la noche a la mañana y sin el menor esfuerzo por tu parte— en un verdadero hombre del Renacimiento.
   Aquí os dejo este enlace para que os "echéis unas risas": humoradas.blogspot.com.es/.

   Y esto es todo, de momento, porque espero volver pronto por aquí, al menos, más a menudo de lo que lo he hecho estos últimos meses. Además, con lo que se está "cociendo" en las esferas culturales con lo de la conmemoración de la muerte de Cervantes, tengo los dedos calentitos y listos para dar salida a mis reflexiones.
Hasta la próxima.

domingo, 10 de enero de 2016

El reencuentro

Todo pasa y todo llega, que decía Machado. Han pasado los días de desorden, improvisaciones, zascandileos, etc., y han llegado los de la rutina, los horarios, las obligaciones. En todo este tiempo sin pasarme por el blog me he sentido un poco huérfana, algo desubicada y muy rara. Pero la verdad es que no era capaz de escribir una sola línea. 
   El problema no era la falta de lecturas, porque he leído, yo siempre leo, aunque sea algo que es mejor olvidar. El problema era la falta de escritura; mis dedos eran incapaces de teclear algo medianamente digerible. Mi pantalla estaba totalmente en blanco, como mi cabeza, y se llenaba y se vaciaba de frases malísimas y manidas que pretendían contar lo que estaba leyendo en esos momentos. Creo que todo tiene su momento y mi incapacidad para escribir también. Ya pasaría la sequía y volvería a recoger el guante que me lanzaba la blogosfera. Pero el tiempo pasaba y la sequía permanecía. Ahora está lloviendo afuera, así que me he decidido a probar suerte.
   El problema para mí siempre es empezar. Esta vez también. Los libros que he leído se me acumulan en la cabeza sin orden ni concierto. Intento ponerlos en fila, pero se resisten. Sobre todo porque tampoco a ellos los leí en fila, sino salteados entre trenes, sofás y alguna que otra hora muerta.

   La chica de las fotos, de Mayte Estaban, se cambiaba el puesto con La ciudad de los ojos grises, de Félix G. Madroño, un día sí y otro también. La primera me divertía por su argumento de peli de sobremesa, bien hilado y sin pretensiones, entretenido y bien contado. La segunda se me iba de la mente en más de una ocasión y, aunque muy bien escrita y con una historia de enjundia, no sé por qué, no conseguía agarrarse a mí y terminaba por dejarla a ratos, hasta que la dejé definitivamente.
   También dejé Un millón de gotas, de Víctor del Árbol, no por su calidad sino por su dureza. Había demasiado dolor, demasiado mal y sufrimiento. Y sin embargo, volvía a ella de vez en cuando, en los momentos en que la curiosidad me vencía y necesitaba saber. Hasta que ciertas escenas me golpearon por dentro de tal manera que fui incapaz de sacar partido de lo que leía y se quedó, definitivamente, en el sueño de los justos.
   
Así que me lancé de cabeza a lo que parecía lo que en realidad fue: una novela sencilla, entretenida, con cierto misterio en su argumento y ambientada en la Inglaterra victoriana. Secretos del corazón, de Camila Winter me trajo cierta paz de espíritu mientras se resolvía el misterio de una novia desaparecida antes de la boda y de otra que estaba a punto de cometer el mayor error de su vida si se casaba con quien no amaba. Sencillita, pero entretenida, me sirvió para volver a retomar el ritmo, con tranquilidad y sin tener que hacer esfuerzos.
   Y llegó Puerto Escondido, de María Orduña. Con un asesino en serie, con horrores del pasado y crímenes en el presente. Con historias en dos tiempos y personajes interesantes y bien armados. De la que disfruté bastante y con la que endulcé el sabor amargo de mis escarceos anteriores. Una de las que acabé porque me apetecía y que no alterné con ninguna otra porque se merecía toda mi atención. Cuando, de repente, llegó el final, y mi espíritu volvió a estar perdido y yendo de la Ceca a la Meca sin conseguir parar en el camino.

   Me crucé con Atados por error, de Ruth Lerga, de la que mejor no hablar. Con La femme au miroir, de Eric-Emmanuel Schmitt, de la que no puedo decir nada coherente porque no he conseguido entender la mitad de lo que decía (esto me pasa por pensar que sé lo que no sé de francés) y con los deberes de clase, que empecé con emoción y que me fueron deprimiendo a medida que sumaba las veces que tenía que acudir al diccionario para seguir el hilo: La vie des elfes, de Muriel Barberi, esa que me había despertado las ganas de escuchar de nuevo a Enya, esa que le prof me había presentado tan bien envuelta que no pude resistir, esa que me hablaba de mundos mágicos y niñas más mágicas aún, y que se presentaba hecha todo un reto. 
   
No era tanto el vocabulario desconocido (el diccionario incorporado de la tableta hace maravillas), ni la gramática misteriosa de una manera de escribir absolutamente poética. Eran los dobles sentidos de las palabras, el mensaje filosófico escondido en cada descripción, lo que se sobreentendía detrás de una frase que, aparentemente sencilla, no tenía sentido en ese contexto, salvo por lo que ocultaba.
   Y aquí estoy, descifrando el jeroglífico que Barbery me ha puesto delante de los ojos, que empezó siendo uno de los deberes de clase y se ha convertido en un "a ver quien puede más" personal. Y encantada de volver de la sequía.
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